El hombre se abrochó el cinturón, apretó los dientes y recordó una vieja canción de navidad de Nat King Cole. Recordaba siempre esa canción con los cinturones de seguridad.
Son las 15 horas en Antofagasta y la temperatura es de 21 grados.
En el paréntesis entre el avión y la entrada del aeropuerto, Hiromu se detuvo a un costado de la pista de aterrizaje, miró al cielo nublado e inspiró el aire húmedo. Repitió el acto hasta que un operario del aeropuerto lo encaminó hacia la entrada. La pista de aterrizaje parecía hervir. La sensación era como estar dentro de un invernadero.
Desde el interior del aeropuerto, Hiromu fotografió varias veces la breve cordillera lila que tapaba el horizonte. Esos cerros parecían incrustados a la fuerza en el continente. Presionaban.
—Se llama Cerro Moreno como el nombre del aeropuerto —afirmó Kusonoki después de leer en su Iphone.
—Te dije que este lugar era atípico —dijo Hiromu comparando la geografía con un rompecabezas mal armado.
Kusunoki había decidido seguir con la mirada a una mujer rubia mal teñida de más de cuarenta años, algo gruesa, que vestía con polo y pantalón rosado. Esos detalles le daban una imagen de muñeca Barbie. De muñeca Barbie acabada. Desde que subió en el aeropuerto de Santiago le llamó la atención la rubia que por si fuera poco hablaba por un celular rosado. Quería saber quién la vendría a buscar o por último en qué terminaría su historia.
—Se me vienen muchos pensamientos desérticos— dijo un contemplativo Hiromu.
—¿Qué son esos pensamientos desérticos? —preguntó Kusunoki, sin perder la vista en la Barbie.
—Nada. La nada misma. En el desierto me han dicho que uno puede escuchar hasta el escurrir de la sangre.
El idioma y la gesticulación de Hiromu había interesado a un niño. El chico de unos diez años le preguntó por qué miraba tanto un afiche donde aparecía una foto del rescate de los 33 mineros. Hiromu no entendió. Le dio unas palmadas en el hombro al chico. El niño le pasó su cámara fotográfica e Hiromu atinó a sacarle una foto bajo el afiche. Las personas que iban con el niño le hicieron un saludo a Hiromu y este respondió bajando dos veces la cabeza.
—Usted es todo un filósofo, maestro. El filósofo del desierto más árido del mundo —afirmó de improviso Kusunoki que había identificado un bolso rosado.
—Nada —respondió Hiromu en seco.
—¿Nada qué, maestro? —dijo Kusonoki secándose con un papel la transpiración de la frente.
—No es agradable que me trates como un estúpido y siento que estás empeñado en hacerlo porque así me quedó claro en el viaje y no deseo que tu actitud continúe el tiempo que pasaremos en este lugar. ¿Te parece? —Kusunoki hizo una negación con la cabeza y ubicó a la Barbie.
Hiromu pensó en lo complicado que sería su relación con el joven. Sabía que el chico no lo tomaba en serio o, por último, lo ignoraba. Kusunoki había ironizado de la rusticidad del proyecto durante el viaje. Todo era demasiado simplón, pensaba Kusunoki, salvo si Hiromu llevara consigo algún explosivo raro para provocar un mega terremoto, antecedentes que de todos modos le parecían ridículos aunque se lo planteó en un momento. Hubo mucho en que pensar en las casi treinta horas de viaje. Kusunoki en algún minuto pensó en bajar en Sao Paulo y mandar a la mierda todo. Quedarse para siempre en una playa. Brasil le parecía un lugar perfecto, pero continuó hasta ese aeropuerto chato.
La otra posibilidad, ridícula, era que Hiromu ya tuviera explosivos encargados en Chile, bien guardados en una bodega para hacer una explosión submarina. Sonaba de ciencia ficción, pero algunos de sus compatriotas eran capaces de hacer lo peor para salvar su honra.
La historia de la Barbie terminó por ese momento cuando esta se subió a una camioneta 4×4 blanca. La conductora también era rubia. Kusonoki dedujo que era la dueña del negocio.
El taxista les habló un par de palabras básicas en inglés.
Vaya al Radisson, le indicó Hiromu.
La ciudad comenzó a exhibirse con su caravana de villas montadas sobre la arena. El Kia avanzaba hacia el sur, adelantando vehículos, 4×4 y camiones. Al taxista, que tenía aspecto de futbolista retirado, le crecía la curiosidad de saber qué discutían los japoneses. Hablaban de la desalación del agua de mar.
A ratos Kusunoki, que seguía la ruta por su Iphone, reía no por lo que dijera su compañero sino por la reacción de sus amigos por la foto de la Barbie que puso en Facebook. El taxista pensó que se estaban riendo de él. Por esto y por el olor a axila roció con desodorante ambiental. Kusunoki tosió y gesticuló diciendo que no continuara. Cuando vio el spray, Hiromu se agachó pues pensó en gas paralizante. El olor lo tranquilizó y devolvió a la posición original. Al ver la reacción de los japoneses, el taxista bajó la velocidad, puso música y abrió los vidrios del auto.
Pasaron una antigua grúa dispuesta sobre lo que era una playa. Kusunoki apuntó a unos oxidados faluchos, como diciéndole esto es igual o parecido que allá en esa búsqueda del viajero, casi inconsciente, de semejanzas con su ciudad de origen.
Unos barcos pequeños, de pescadores, le parecieron demasiado cerca.
—Con una ola gigante esos barcos se transformarán en proyectiles —dijo Hiromu. Kusunoki lo miró con cara de duda. Más rocas que arena. Parques descuidados. Un centro comercial que de seguro se lo iba a tragar el mar o tal vez, serviría como barrera—. Es estúpido construir tan cerca del mar. Estúpido —dijo Hiromu—. El destino parecía echado para los lujosos edificios de la costanera. Aquí a la gente solo les preocupa el aquí y ahora —siguió Hiromu. Kusunoki siguió mirándolo con la cara de duda, a lo que agregó bostezos. Así los contenedores dispuestos en el puerto se iban a venir encima, arrastrados por el mar. Vieron vagabundos y otra grúa más pequeña. En un McDonald frente a una playa estrecha rodeada por un brazo de rocas que se adentraba en el mar se bajó Kusunoki para tranquilidad del taxista, que ya lo había identificado como el responsable del olor a sobaco.
Al Radisson también lo taparía el mar.
Después de media hora, donde Hiromu aprovechó para fumar y revisar sus emails, llegó su compañero al hotel. El peruano-japonés Kusunoki venía con una bolsa de papel de McDonald.
—Tres dólares —le indicó Kusunoki a Hiromu con los dedos.
Dejaron sus cosas en el hotel y partieron en taxi a Tocopilla.
A mirar otra vez por la ventana.
Tocopilla, el destino, quedaba a dos horas al norte de Antofagasta. Dos horas de desierto.
Vieron playas, pueblos abandonados y sus cementerios derretidos por el sol. Todo rápido. Todo en flash. Mudos.
Llegaron a Tocopilla, cerca de las 19 horas de un día de semana, con lo último del sol. Tres detalles le inquietaron a la entrada: el breve espacio entre cerro y mar que hacía parecer a la ciudad a un anfiteatro, las tres grandes chimeneas de Termoeléctricas ubicadas frente al mar que expelían motas plomizas de humo y una serie de carteles y graffittis con la figura de un aliens y unos mensajes imposibles de leer, pero con una fecha: 30 de diciembre. El conductor, otro taxista con aspecto de futbolista retirado, le explicó que se trataba de una corporación que resguardaba el patrimonio, la historia y los secretos de Tocopilla.
La ciudad olía a ácido.
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CxF


Grandioso nuevamente, no defrauda!!
Me encanta la forma en que entrelazas historias banas con la historia principal: la rubia, los taxistas, el chico, el spray… lo hacen los que saben!!
Imagino será raro escribir sobre la tierra de uno con ojos de un extranjero, tan extravagante… ahí lo que engancha!
Saludos, espero el 6º
Saludos Nicolás y siempre agradecido de tus palabras. Viene más. Los viernes estoy subiendo los textos. Saludos.