Hola, ya me he apuntado un par de libros para leer.. paso a recomendar un par:
-Ambiguedad, de Elliot Perlman, es dificil de conseguir, por lo menos en mi pais, pero si lo haces no dudes en leerlo, el mejor libro que leí.
-Prohibido suicidarse en primavera- de Alejandro Casona
-Un mundo felix- de Huxley
-Inferno- de Dan Brown
-Boquitas pintadas- de Manuel Puig
-Ensayo sobre la ceguera- de Saramago
-Crónicas marcianas- de Bradbury
Hola,
pues yo voy a recomendar EL NIÑO QUE ROBÓ EL CABALLO DE ATILA, escrito por Iván Repila y publicado por “Libros del silencio”. Si me permitís, lo haré rescatando el comentario que le hice en su día en otro sitio web:
Me muero por saber qué opinión le merecería a Vladimir Propp este cuento iconoclasta remozado a base de retales mal cosidos de novela gótica. Y es que no consigo entender el empeño constante de algunos escritores por apretujar la historia de la hermenéutica en el camarote de los hermanos Marx. Ante estos casos me suelo quedar perplejo, mirando el ejemplar recién leído como quien mira la caja de Schrödinger. Aún después de haberla abierto con mis propias manos, no consigo saber si el gato que había dentro estaba vivo o muerto.
Si vertemos en un Wok a Platón y su mito de la caverna, a Daniel Dafoe y su querido Viernes, a Víctor Hugo y sus Gavroche, a Mijaíl Bajtín y sus problemillas con Dostoievski, y al pobre Antonio Gala con su perrito Troilo… sin duda, aunque el recipiente esté cubierto de teflón, se nos pegará de todas todas. Debo ser un insensible, pero me supera tanto trascendentalismo de a pie.
Con todo, Iván Repila no me parece mal escritor porque he disfrutado fragmentos realmente brillantes. Ayer mismo leía un post de la editorial Candaya que decía: “Nabokov sabía que no hay juicio estético más preciso que sentir un escalofrío en el espinazo.” Y yo, señores, lo he sentido en varias ocasiones leyendo este cuento. Luego volvía a la realidad en cuando el autor recuperaba su prosa poética. Aún así me ha parecido magnífica su capacidad para recrear lo escatológico sin necesidad de pornografía, y desde otra perspectiva, la exquisitez léxica de algunos pasajes. Lo que me lleva a pensar que el texto el mucho mejor en su forma que en su contenido.
De la verosimilitud de la historia y de la inconsistente adecuación del registro elevado a dos niños atrapados en un pozo hablamos otro día.
Buenas,
no sé si es ortodoxo en este hilo hacer comentarios tan extensos como los míos a las obras que van cayendo en mis manos y que me gustaría recomendar. Si os resultan insufribles, no tengo inconveniente en hacer un requiebro en el registro y optar por la brevedad en lugar de tanta disertación. Soy todo vuestro…
LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES
No cuento con demasiada experiencia leyendo literatura japonesa. Me esfuerzo -puntualmente- para que mis tristes carencias se extingan, pero después de haber leído LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES me he dado cuenta de que aún me queda mucho por hacer, por leer, hasta que me abandone para siempre esa sensación de “extrañamiento”. Aunque me he llegado a preguntar: ¿quiero realmente que esto ocurra alguna vez?. Tal vez no, al menos en lo que se refiere a su literatura, porque supondría renunciar a momentos catárticos tan estimulantes como éste.
Una supuesta ventaja de la globalización es la posibilidad para los occidentales de apreciar entre el universo iconográfico –propagandístico- (vinculado a la industria del ocio) atisbos de la compleja y esquiva cultura nipona. El cómic -anime-, el cine, su conservadurismo político, su pujanza como gran potencia económica… están todos los días en los medios de comunicación. Pero no bastan a occidente para estar familiarizados con asuntos que atañen a su idiosincrasia. Una de las grandes virtudes de la literatura ha sido siempre -dependiendo del autor, claro está-, mostrar a los lectores con más o menos verosimilitud los entresijos de una sociedad, sus tradiciones. La narrativa, generalmente, se nutre del “desglose” de las civilizaciones. Y en el libro que nos ocupa, la japonesa, se despliega en toda su magnitud en tan sólo cien páginas.
Al empezar a leer a Kawabata sentí un gran desasosiego que aumentaba según pasaba las páginas y que terminó convirtiéndose en estupor. LOLITA, de Nabokov, por ejemplo, me produjo la misma sensación. Mi mente educada para no tolerar determinados comportamientos delictivos como la pederastia o el maltrato a la mujer se interpusieron entre la obra y yo. En estos casos, intento que los prejuicios no me impidan asumir que sólo tengo delante una obra de ficción, pero soy un tipo muy visceral que suele recrear mientras lee y, con frecuencia, este “jugar a evocaciones” provoca estragos en mi psique. Ser tan apasionado tiene grandes desventajas. Y sólo mi experiencia como lector consigue hacerme recuperar la compostura, nunca sin grandes esfuerzos. Sin embargo, con LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES he necesitado una dosis extra de aclimatación. Tampoco penséis que Diógenes es un lánguido, me he enfrentado a textos muchísimo más crudos que éste, pero la diferencia es que a esos otros los consideraba literatura menor y adoptaba un rol de lector pasivo, tolerante. Kawabata, en cambio, es literatura mayúscula, y el lector activo que hay en mí empezó a gruñir como un oso. La solución definitiva la encontré citándome con un par de amigas, que además de lectoras consumadas de literatura nipona, daba la casualidad de que son doctoras en neuropsicología. Lo primero que conseguí, claro está, es que me diesen dos buenos pares de hostias cuando les hablé de mi aflicción (es lo que los argentinos llamaban terapia conductista). Fueron necesarias un par de horas para instruirme sobre Kawabata y paliar sus efectos secundarios.
El Ilustre Señor Yasunary fue el gran maestro del juego de la doble moral, del enfrentamiento entre lo racional y la “inclinación natural” hacia la transgresión de la conducta humana. ¿Cómo no me pude dar cuenta?. En sus historias el lector queda atrapado entre estos dos mundos, y no es en sí una cuestión cultural -podría serlo-, sino, en su defecto, algo que tiene más que ver con los códigos deontológicos. Y ahí reside, comprendí, el valor incalculable de sus obras. Me meé en las bragas… Luego me comí entero el bizcocho que había sobre la mesa para compensar la hipoglucemia que me había provocado el análisis (sin psico) de mis dos amigas otakus.
Una casa. Un anciano. Una meretriz. Muchachas dormidas. LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES, como el jardín Zen -karesansui-, es una obra de apariencia simple -minimalista-, pero laberíntica en cuanto a su(s) significado(s). Bajo su inocente apariencia de narración breve, evocadora, onírica,… bulle un categórico y desgarrador tratado sobre la senectud. Cabrían muchas más interpretaciones, por supuesto, pero como he de ser breve, me recrearé básicamente en este aspecto.
Sería muy cómodo decir que Kawabata narra “las miserias” de la vejez. La soledad extrema, el desencanto, el hastío. Pero también es posible, si se quiere, decir que habla de la plenitud de la vida, como si de Simone de Beauvoir se tratara. La metáfora, bellísima, de una joven insuflando vida a un anciano es enternecedora y pasa a ser tremendamente desagradable si el asunto se ensucia con el hecho de que a estas jóvenes se les habría privado de su derecho a disponer de su propio cuerpo.
LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES es una obra caleidoscópica. Enigmática. Según el ángulo de visión adopta formas grotescas –perversión, fetichismo, misoginia- o se reproduce el lenguaje poético más sutil, un verdadero canto a la belleza del cuerpo femenino.
Una obra que ha hecho mella en mi devenir como lector. Una pequeña novela gigante, que seguirá siendo fuente inagotable de inspiración para escritores, sin la menor duda. Literatura en forma de materia prima existe bien poca. Toda una lección.
Jamás releo ningún libro, pero si llego a viejo, seguro que lo haré y será éste. Será toda una experiencia recuperar este “imperio de los sentidos” para darle otra vez un nuevo significado. Es la mejor obra que ha caído en mis manos que encarna –recrea- el ciclo de un ser ¿vivo?.
Hola de nuevo,
tengo libros recomendables para parar un tren debido a este defectillo mío de ser lector compulsivo, así que intentaré hacerlo despacio y con buena letra para no saturar el hilo.
Os recomiendo muy mucho EL MAESTRO Y MARGARITA de Bulgakov. He aquí mi comentario:
Suelo sentir vértigo cuando me enfrento a obras consideradas cumbres de la literatura universal. Y no me refiero al vértigo de la sumisión al texto y su posterior veneración, sino al vértigo del escepticismo. Me niego a aceptar cánones o listados de las mejores obras escritas en un siglo u otro –en este caso el siglo XX– porque para mí supone una auténtica aberración cuantificar la calidad de un texto en base al grado de satisfacción que obtuviese en su momento la crítica especializada, que suele atender, consabidamente, a intereses comerciales, aburguesados, follamigables y, por descontado, falaces.
Para leer un libro tan reputado en la historia de la literatura es imprescindible, al menos para mí, desprenderse del lastre del reconocimiento unánime y abordar la obra con la mente en blanco, sin consideraciones previas, y dejarse conmover por el texto sin auspiciar la jodida refrenda del “mejor escritor”. Saturar uno mismo su propia oquedad mental es más práctico y satisfactorio a la postre, porque las obras leídas en un futuro (las previas y sus detalles sucumben al olvido) conformarán mi particular dictamen in progress que podrá o no corresponderse con el de la crítica.
No es ninguna paradoja que sostenga mi teoría de que esas obras leídas y “caídas en el olvido” adquieren su verdadero significado en base a las que lees en la actualidad. La explicación es simple. Cuantas más veces tu psique recupere de la amnesia un texto determinado porque el que tienes en tus manos en ese momento alude -directa o indirectamente- a él, más valor adquiere, para mí, esa obra concreta. Y EL MAESTRO Y MARGARITA juega (y gana) por partida doble en ambas direcciones:
1. Me creo a pies juntillas lo que dicen otros y por tanto lo que leo es, o debe ser, maravilloso y excepcional.
2. Esta obra no tiene sentido hasta que yo mismo con mis lecturas establezca cuánto hay de ella en lo que antes pude leer y cuánto habrá de ella en mis lecturas posteriores.
Permítaseme decir que me quedo con la opción segunda al enfrentarme a la obra de Bulgákov. Empirismo cañí del cebolleta Diógenes. Defecto de fábrica.
Perdón por describir mis tretas de lector recalcitrante, pero de no hacerlo, mi comentario de EL MAESTRO Y MARGARITA no tendría sentido alguno. Veréis el porqué.
Cuando Bulgákov escribió esta novela creó una obra “universal” –odio esta palabra, pero es muy socorrida-, lo cual no significa que guste a todo el mundo, ojo) sino que aborda temas que incumben a todo y a todos. Parece ser que el autor concibió un trasunto crítico del stalinismo, como aseguran la Wiki of poor quality y otras shit´s. A mí que la obra haya adquirido su valor por dicha interpretación me importa verdaderamente un comino. En ningún lugar del texto se habla del dictador, así que si gusto puedo aplicarlo a cualquier otra época, zarista, comunista, hitleriana y así to infinity and beyond. Esto, para mí, es “lo universal” de una obra, siempre y cuando no se opte por prescindir de significados y recrearte en el texto a secas. Yo alterno, como la corriente. Reconozco ser bastante “politizador de textos”, pero a veces reprimo mis impulsos y suelo admirar la novela en cuestión sin salirme del borde de la página, sobre todo cuando me saturo de leer interpretaciones ecuánimes. Y en esta ocasión, así ha sido. Me gusta llevar la contraria, y si todo el mundo habla de esta obra como trasunto político yo me quedo con la fantasía desbordante del autor sin atender a nada más. “Porculismo crítico”, me atribuyo el término.
Satanás llega a Moscú y provoca estragos con su magnífica corte de demonios, entre ellos, el entrañable gato Popota (personaje que me ha gustado tanto que incluso me he planteado cambiarle el nombre a mi felino). Por otro lado, como otra lámina de distinto sabor de este pastelito milhojas está la maravillosa historia de amor entre Margarita y el innómine Maestro, que me ha dejado estupefacto y cuyo apoteósico final me encantaría contaros ya, pero no lo haré aunque se me salte la hiel… Y como colofón la pasión y muerte de Cristo vista desde los ojos de Poncio Pilatos.
Tres historias, tres patas para un banco, pero no para sentarte, sino un “banco de sangre” (por lo sanguinario de algunos pasajes) y porque EL MAESTRO Y MARGARITA me han supuesto una transfusión de fantasía que tanto bien ha hecho a que disfrutase de un merecido “colocón de endocrinas”. Omito referencias a la originalidad del texto y al magistral uso de los registros en este perfecto intrincado de historias, para que cada cual lo compruebe por sí mismo.
Hola de nuevo,
aquí os dejo mi última recomendación de hoy. Dejaré pasar un tiempo hasta que vuelva a hacer otra recomendación porque escribo hasta por los codos y corro el riesgo de empachar a los usuarios. Os dejo mi comentario a la maravillosa HIGIENE DEL ASESINO de Amélie Nothomb.
Alguien dijo, para mi regocijo psicotrópico, que tras haber leído uno de mis relatos le recordé a la señorita Nothomb. Y, ¡pobre de mí!, mira por dónde aún no había leído a esta mala mujer a pesar de que mis amigos se sabían sus libros de memoria…
Pero ya he rellenado, al fin, esa laguna con un divino camión de estiércol, y, ¡vive Dios!, que me siento henchido de placer… Ahora sueño con ser ella, cambiarme de sexo y ponerme sus sombreros imposibles…
HIGIENE DEL ASESINO es cruda, grosera, delirante y despechada. Una novela que se articula en el diálogo preciosista de seis personajes (se prescinde casi por completo de la figura del narrador) que de forma metafórica analizan la gran mentira de la literatura y sus grandes hacedores. Un texto rico en matices, erudito, irreverente, y tan refinado como soez. Algo que muy pocos escritores logran constreñir en una sola obra.
Y yo, humildemente, sigo la concatenación de ideas y avanzo hasta mi adorado Peter Greenaway y su obra maestra EL COCINERO, EL LADRÓN, SU MUJER Y SU AMANTE. Si algo resulta de la unión de Jean-Paul Gaultier, Hellen Mirren y Michael Nyman, no es sólo esta gran película, porque el poder de sus imágenes y su música tienen la misma fuerza adictiva que se reproducen e interpretan en HIGIENE DEL ASESINO.
Mi gusto por la literatura escatológica (en los dos sentidos más conocidos del término, la mierda prosaica y Dios) se sublimó ayer mismo, cuando leí la última página. Ahora soy además de idiota, tachtiano.
Anónimo
said
Hola! Es asombrosa la cantidad de libros que me gustaría ya ponerme a leer, pero no podré más que anotar sus excelentes recomendaciones hasta terminar lo que estoy leyendo, es una obra de Sangan Nick, Código Genético, y ésta es alucinante, entretenida a más no poder, os recomiendo para cuando tenga un tiempo, yo de igual forma intentaré leer lo que he visto que en serio, realmente se ve interesante.
Desde mi humilde opinión les recomiendo a todos las obras del escritor Ricardo Menéndez Salmón. Acabo de terminar “Niños en el tiempo” y me ha impresionado. Emplea el lenguaje como un mago y de sus páginas salen flores. Ahora estoy con “La luz es más antigua que el amor”.
Buenas a todos, muy interesantes algunas de vuestras propuestas. Por mi parte, voy a dejar una recomendación nacional, y otra extranjera. La primera, “Últimas tardes con Teresa” de Juan Marsé, me pareció un libro precioso. La historia, el lenguaje…me atrapó. Por otro lado, leí hace poco “Estrella distante” de uno de mis escritores predilectos; el chileno Roberto Bolaño, y también me cautivó. Extraño, y algo retorcido en algunos momentos, pero una gran elección.
Gracias a todos!
Lauren
Últimas tardes con Teresa es un tremendo clásico que tengo en lista de espera para leer, me lo ha recomendado mil veces. De Bolaño empecé a leer Detectives salvajes y si bien me gustó el desenfreno y la “locura” no logré engancharme y lo dejé. Pero son un bicho raro, la mayoría de mis amigos son fanáticos de él.
Un abrazo, gran aporte.
Hola! Tomo nota de los títulos que han dejado (por cierto, no sabía que Puenzo escribía también), y dejo un par de nombres:
Saki, un autor que conozco hace tiempo, pero recién este año conseguí una antología suya, tiene un sentido del humor medio raro (el que más me gusta hasta ahora es “La reticencia de Lady Anne”).
La peste, de Camus (El extranjero está en mi lista de espera XD)
He tomado nota de unos cuantos. Coincido con los que habéis nombrado a Albert Camús y cito el primer parráfo de El extranjero para animar a los que no lo hayan leído:
< Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: “Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.” Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.>
Os recomiendo uno de mis favoritos: Los renglones torcidos de Dios (Torcuato Luca de Tena).
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