—Así es, comisario —dijo el abogado de la calle Manuel Castro—: estamos asqueados. Asqueados y preocupados. Hoy ya es 30.
Iriarte se repantigó en su sillón hasta que un chirrido lo detuvo. Esos cajetillas estaban asqueados y preocupados, y él estaba harto. Harto de ellos y de sus ínfulas, de su barrio parque y de sus caserones Tudor, de sus enormes jardines con piletas de natación, de sus árboles de troncos gruesos y copas frondosas, de sus empedrados irregulares, de sus canchas de tenis. Gente bien. Gente puta.
Y encima eran bastante retobados: tipos de contactos, de palancas. En esa manzana de Banfield se conocían y apoyaban entre todos. Las casas habían modificado su arquitectura, y ahora lucían modernas, con frentes planos y tapiadas igual que la de Sandro, todo un pionero. Los muy bacanes se habían organizado en comisiones para mantener el estilo de barrio residencial y frenar “los embates de la modernidad”. De esta forma habían conseguido que no asfaltaran las calles empedradas, que no se instalara un hipermercado. Incluso habían impedido que se cambiara el código de edificación, y controlaban la tala y la poda asesina —“poda asesina de árboles”, así la llamaban esos tilingos—. Y siempre refregándole que él vivía en una casa de mierda, del otro lado de la vía, del lado de los baratos.
Y ahora, para colmo, esos bienudos le venían con un nuevo reclamo: el olor. Una verdadera gansada, que esos tipos inflaban por el solo gusto de hincharle las pelotas.
Pero parte de razón tenían: el olor se había incrustado en las fachadas; atravesaba puertas, ventanas, rejas y cercos; tomaba cada rincón del barrio; se metía bajo los aleros, entre las tejas y las copas de los árboles.
Sí, en eso tenían razón: desde hacía una semana, el barrio apestaba.
Los vecinos se miraron satisfechos: el abogado había hablado bien.
La viuda de la calle Grigera dijo:
—Iriarte, querido, que fui tu maestra —las arrugas en su piel blanca temblaban con cada palabra—. Venimos a pedirte que investigues la casa del amable señor Miguens.
—Miguens… —dijo Iriarte asintiendo y frotándose la pera—. Carlos Miguens, lo recuerdo: un buen tipo. Cuando yo andaba por ahí, charlábamos, cigarro de por medio —Y preguntó, levantando las cejas—. ¿Qué tiene que ver Miguens con el olor que ustedes dicen?
La casona de Carlos Miguens, en el centro de la cuadra de Azara, adhería orgullosa al estilo inglés: varios techos a dos aguas siguiendo las aberturas, dos plantas, balconcitos, chimenea. Pintada de blanco con un bajorrelieve geométrico en verde, era la única que respetaba la estética original del barrio.
Carlos Miguens, solidario, atento y conversador, arquitecto muy querido en la zona, había quedado viudo desde muy joven y debió ocuparse él solo de sus tres hijos. Cuando se le hicieron grandes y se mudaron, cambió su carácter en sintonía con la arquitectura, y se fue alejando de las reuniones sociales.
A nadie se le escapaba que Miguens sentía —lo dijo más de una vez— que todos ellos, al tapiar las casas, le habían cambiado el espíritu al barrio. Hasta el odontólogo había sacado los árboles de la calle, y andaba pidiendo que los demás los podaran hasta el tronco para que las hojas no mancharan las veredas y galerías.
Miguens solo se dejaba ver para las fiestas de fin de año, cuando sus hijos lo visitaban.
Ese año, no.
Los vecinos extrañaron no cruzárselo en los negocios, notaron la ausencia de la corona de muérdago en la puerta.
—¿No es raro? —dijo la mujer del bioquímico—. Ni llamó a mis hijos para decorar el árbol de Navidad.
—¿Sabe, comisario? —dijo el dueño de la principal inmobiliaria del Sur—. Yo siempre veía atrás de mi parque cómo todos los chiquitos se divertían con este señor. Cada 8 de diciembre, su enorme abeto nos daba el tono de la auténtica Navidad: las luminarias, las bolas, las guirnaldas. Yo diría que ese árbol, así cubierto de tanto espíritu navideño, es un plus para la cotización de la zona. Era, mejor dicho.
Y la maestra bromeó:
—Seguro que Papá Noel se deja esa casa para el final de sus visitas, je, je.
—Es que me parece —susurró la directora de la escuela—, que este año los hijos de Miguens no vienen. Pobre Carlos. Con todo lo que este hombre hizo por esos muchachos. Cuando me enteré, fui a invitarlo a pasar las fiestas con nosotros. Pero él rechazó la invitación, y hasta lo noté medio molesto por los cuchicheos. Me dijo que tenía todo planificado. Que había tomado la decisión.
El comisario Iriarte dio un respingo.
—¿Así nomás lo dijo?
Desde la Nochebuena, no lo volvieron a ver. Pensaron que había ido a la casa de una prima que él solía visitar. Alguno comentó que oyó, a eso de las seis de la mañana, un auto que se alejaba.
—Y el 26 amanecimos con ese horrible olor.
—Es por este calor agobiante —explicó el médico—: cocinamos para batallones, y después tenemos que tirar las sobras.
—¡Qué barbaridad! —dijo la escribana—. Podríamos haber llamado a la parroquia de haber sabido que los recolectores nos iban a dejar los restos en la puerta. Huelga. En estas fechas. ¿Dónde está el espíritu festivo? ¡Qué país, por favor!
El 27, llamaron a la Municipalidad. El olor no se toleraba. Ellos pagaban sus impuestos, y alguien debía sacar la inmunda basura. Los funcionarios debían trabajar.
—¿Quién les paga, eh?
—Tengo entendido —Iriarte se alzó de hombros— que el 28, a la nochecita, pasó una cuadrilla a retirar la podredumbre y fumigar las moscas verdes.
—Sí. Y el 29, bien temprano, nuestras empleadas baldearon las veredas con ahínco y lavandina, y nosotros volvimos a los preparativos del festejo de Fin de Año. Si fuera por las autoridades, estábamos fritos. Pero el olor quedó.
—Tengo entendido —volvió a decir Iriarte, ya con pocas pulgas—, que la Municipalidad está encarando un eficaz tratamiento de la basu…
—… este olor no es de basura —afirmó el estanciero con el dedo en alto—. Yo tengo mis campitos, y les digo que esto es olor a muerto. Es diferente. Se nota. Hay que buscar algo muerto, comisario. La autodigestión habrá comenzado, y los jugos viscosos que se escurren por las rajaduras en la piel y los orificios naturales…
—¡Puaj! —dijo la maestra—. Usted es demasiado gráfico, Antúnez. Pero por ahí tiene razón.
—Explíquese, doña Rosita.
—Plutarco, mi querido dogo, desapareció el 24, por los petardos. Lo busqué por todos lados, salvo en la casa de Carlos: no me atendió, me parece que hace rato que no hay nadie.
—¿Lo llamó al celular a Miguens, Rosa? —dijo el abogado sacando el suyo del cinturón.
—¿No llamaron aún? —dijo Iriarte—. No tengo tiempo para perder. Deme el número de Miguens.
—No, querido —dijo, sonriendo, la maestra jubilada—. Él no tiene celular. No se me ponga nervioso, que transpira mucho. Como cuando era chico, je, je.
Iriarte ya no aguantaba más a esa manga de cornudos y arrastradas. ¿Querían mierda? Él sabía lo que era meterse en la mugre. Sabía de olores y barandas. ¡Qué le iban a contar a él los pitucos!
—Voy ahora mismo —dijo sacando el arma del cajón del escritorio—. El que quiere, que me siga.
Y así, entre protestas y bufidos, el comisario Epifanio Iriarte se puso en camino con su comitiva de nenes de mamá.
Cuando llegaron a la manzana en cuestión, el gerente de la compañía de seguros los invitó a pasar a su casa para mirar por los fondos.
Pobre perro. Lo descubrieron, sí, en la casa de Miguens, bajo el abeto navideño sin decorar. Todo hinchado, la lengua violeta asomando por la boca abierta. Les dio un poco de pena, pero necesitaban que el inmundo aroma terminara de una vez.
—¡Pedro! —le gritó el veterinario a uno de sus empleados—. ¡Te me traés la bolsa negra, que vas a sacar y enterrar al perro!
—Bueno —suspiró la psiquiatra—, ahora me quedo tranquila. Yo ya estaba pensando que Carlos no se había ido, que estaba muerto adentro de la casa. Que se había suicidado por la tristeza y sus hijos abandónicos.
—¡Dios no permita! —dijo la maestra Rosita santiguándose.
—Dios nada tiene que ver en esto —dijo la psiquiatra con su mejor tono doctoral—. Los trastornos afectivos bipolares, en sus fases depresivas, pueden inducir a…
—… ¡gracias, Iriarte! —interrumpió el empresario de la calle Larroque—. Usted sabe que para estas fechas recibimos a muchos familiares, socios y amigos. Incluso, a empleados. ¿Quiere pasar por casa a tomarse unos traguitos, así le agradecemos?
—Faltaba más —dijo el policía con las manos en la pistolera y la peor cara de culo que pudo mostrarles—. Es mi deber.
—Esperemos que los efluvios cambien por estas tierras —dijo el abogado, que tenía fama de “culto”.
Pero el olor persistió, y se acercaba peligrosamente el Fin de Año.
Los vecinos llamaron a la comisaría el 31 a la mañana. Después de estrellar una carpeta contra la pared, Iriarte les mandó a decir, literalmente, que le dejaran de romper las pelotas con toda esa mierda.
El 31, a las 23:59, segundos antes de que el año muriera, se oyó un intenso crujido, y luego un estruendo impresionante como anticipación de los festejos. Pero no se trataba de un petardo ni cosa que se le pareciera.
Los vecinos salieron a los jardines. Y vieron partir directo al cielo nocturno, desde la chimenea de Carlos, un globo rojo, perfecto.
—¡Un festejo clásico! —dijo el abogado.
Se asomaron por las medianeras pensando en felicitar a Carlos entre risas y aplausos.
No lo encontraron.
Los fuegos artificiales iluminaron el cielo, y entonces todos pudieron ver, chorreante, hinchado y hediondo, un cadáver vestido de rojo y con una bruta perdigonada en el pecho.
—¿Vieron qué les dije? —la maestra batía palmas—. ¡Papá Noel la dejó para el final!


Jajajajaaj, es buenísimo. Maravillosa la ambientación de los personajes a través de sus palabras, ¡me encantó!
Gracias, Paloma.