—Uno… Dos… Seis… Mmhh… Doce personas. Doce. Un buen número. —dijo la anciana—. Los números le dan forma al mundo, ¿lo sabían?
Comenzaba una cálida noche en el pueblo de Yiv. Era un pueblo no muy importante, casi perdido. Estaba atravesado por un lago, que era casi como una cicatriz en el terreno y se encontraba rodeado de viejas posadas, todas respetables. Una de ellas, la más alejada del centro del pueblo, rebalsaba de emoción, pese a las pocas personas que allí había. No era una posada común y corriente como las demás, no: era una posada tata en kua, una construcción fuerte y amplia con una enorme fogata en medio y un gran agujero en el techo, cuyos bordes las llamas lamían. En las paredes colgaban enormes pinturas de paisajes lejanos, dagas y escudos, cacharros y trastos, cercando los ventanales. Detrás de la larga barra de madera negra descansaba un cofre abierto, con algunos trapos en él. Había mesas y sillas dispuestas en modo azaroso y un gran sitial de roble, adornado con madreselva y algunas flores, ubicado frente al fuego. Allí estaba sentada la anciana.
—Ah… qué vieja estoy. Mita, ¿podrías traerme un poco de agua? ¡Estoy tan sedienta que podría tornarme en arena en cualquier momento! —exclamó—. La sangre joven puede moverse con agilidad, por suerte para los viejos.
Un jovencito se levantó e hizo lo que la anciana le pidió. Los demás hablaban y bebían con desparpajo mientras esperaban que Mora y Havak, posadera y cocinero, sirvieran la cena; ambos estaban ocupados, detrás de la barra.
Un tiempo atrás la anciana había llegado a su posada con un trato para ofrecer: entretenimiento en forma de relatos a cambio de techo y comida. Al principio aceptaron por lástima, pero después comprobaron que quienes sacaban más provecho del trato eran, de hecho, ellos: la anciana contaba sus historias y los clientes llegaban en busca de entretenimiento. De eso hacía ya un largo tiempo y ahora que se había asentado la tradición del relato, habían ganado su clientela habitual. Sin embargo de la anciana sólo sabían poca cosa: su nombre, Jekua, y su edad, mucha. Había llegado sin grandes pertenencias: sólo los gastados ropajes, color oro y gris parduzco, su sabiduría e historias y una cajita de madera negra de la que nunca se separaba. Jamás vieron qué había dentro.
—¿Cuál historia nos contará hoy, Jekua? —preguntó Tavi, una de las jóvenes.
—No lo sé, mi niña. Depende de quién cruce la puerta. —respondió Jekua—. Presiento sangre nueva hoy, aquí mismo: me lo dicen mis huesos. Con suerte, aquel que cruce la puerta —la señaló— tendrá una pregunta, y quizá entonces pueda pensar qué historia contar hoy.
Justo en el momento en que dejó de hablar la puerta se abrió y todos miraron al mismo tiempo. Un hombre permanecía parado, en la sombra, dudando si entrar o no. Parecía temblar, como si estuviera atontado o bajo mucho peso, o débil, quizá. Dio un tímido paso y todos se dieron cuenta de porqué parecía tan endeble: estaba en un estado lamentable, sucio, flaco y parecía muy herido.
—¿Señor?, ¿se encuentra bien, señor? —preguntó Havak, preocupado por su aspecto y asustado por su extraña actitud. Dio un paso hacia la puerta—. ¿Necesita ayuda para caminar?
—Busco… comida…
Los ojos de Jekua tenían un brillo extraño, y miraban directamente hacia el hombre. El hombre miró hacia ella y se desmayó.
* * *
El hombre estaba tendido, arropado frente al fuego. Abrió los ojos.
—¡Vaya, ha vuelto! —exclamó Mora—. ¡Qué susto nos ha dado!
De inmediato un gran número de gente se levantó y fue a ver cómo estaba. Él los miró: ancianos, jóvenes, hombres y mujeres. Eran muchos, demasiados, rostros difusos, todos rostros nublados.
—Déjenlo respirar, parece que fuera a caer de nuevo —dijo Jekua con su profunda voz—. Havak, querido, trae agua, ¿sí?
Casi de inmediato las personas se alejaron y siguieron con sus cosas. Un ambiente casi festivo se instaló en el lugar: gente bailando y cantando al rededor del fuego, y esa nota se mantuvo un buen tiempo. Sin embargo, con el tiempo, una disonancia comenzó a teñir el ambiente: la nota de la duda. Nadie sabía de dónde venía el hombre, ni para qué.
—¿Qué impulsa a un hombre a viajar de noche, solo y contra todo sentido común? —preguntó Jekua, sonriente.
El canto y jolgorio había cesado, dejando paso a un silencio expectante. La anciana sentada miraba al hombre con curiosidad.
—Mis dos piernas me impulsan, y la necesidad las impulsa a ellas. —dijo el hombre.
—Ha de ser una gran necesidad, pues. —comentó con ligereza. Y luego añadió con lentitud—: Creo que a todos nos impulsan las dos piernas…
—¡No a mí! —interrumpió un viejo, con acento raro—. ¡Yo me cago en las dos piernas! —dio unos pasos al frente, dando pequeños saltitos y dejando en evidencia sus piernas: una convencional, de carne y hueso, la otra, de hierro y madera.
Todos rieron. Havak se acercó al hombre con un cuenco con agua y un plato de comida: sopa de variadas verduras y carne asada. El hombre comenzó a comer con voracidad.
—¿Cómo te llamas? Debes tener un nombre. —preguntó Jekua. Lo miraba con curiosidad.
—Mi madre y mi padre me llamaron Ránduva, pero me llamo a mi mismo Rekán. —comentó el hombre con la boca llena. Todos lo miraban, ansiosos. Tragó ruidosamente y prosiguió—. Vengo de Bósorat. Necesitaba aire nuevo, pero no me salió bien… Me robaron a unos kilómetros de aquí y, bueno, me han dejado en este estado. Al parecer no fue suficiente con robar mis cosas. —siguió comiendo.
Un ruido agradable se coló en la posada: el ruido de la cotidianidad, de los platos que son movidos, de las sillas arrastradas. De risas y cantos, de personas que hablan y comparten. Poco a poco iba llenándose más de clientes. Al poco tiempo la posada estaba casi abarrotada. Havak le dijo a Rekán que sus pocas pertenencias estaban en el cofre, y le ofreció lugar hasta que se recuperase. Jekua permanecía sentada con los ojos cerrados. Parecía dormir.
—¡Jekua! ¿Con qué nos deleitará hoy? —exclamó una mujer repentinamente, en el fondo.
—¡Lómidel y Merc’el! —gritó una niña.
—¡La drüa y el súcarat! —gritaron algunos.
—¡Cáracon y Samaleon! —dijo un joven.
—Yo quiero la del cojo y el perro de arcilla. —dijo el viejo cojo. Estaba tan ebrio que apenas se podía mantener sentado.
—Jekua nos cuenta historias del mundo, ¿lo sabía? —dijo Havak a Rekán—. Desde que llegó aquí, hace mucho. Noche tras noche. Los relatos nunca se terminan. ¿Quiere quedarse a escuchar o prefiere irse a dormir?
—Me quedo. Siempre me gustaron las historias. —dijo Rekán. Se rebulló en sus mantas.
Jekua mantenía los ojos cerrados. Levantó una mano, y casi al instante todos dejaron de hablar.
—Todas esas historias que me han pedido ya las conocemos de pie a cabeza. Todos los que aquí estamos las hemos escuchado antes… —miró a Rekán, quién asintió. Jekua asintió a su vez, con una sonrisa. Prosiguió—. Cómo verá aquí, hoy mismo, hay muchas personas. Su extraña llegada ha despertado curiosidad en la gente, Rekán —hizo un ademán hacia su alrededor, señalando la gran cantidad de gente agrupada en la posada—. Hoy es quizá tiempo de una historia diferente. Hoy, jóvenes y ancianos, mujeres y hombres, hoy es tiempo de una nueva historia. O quizá una nueva para ustedes. Hoy no van a ser ustedes quiénes elijan. ¡Preguntémosle a Rekán cuál historia quiere oír!
Miraron a Rekán con ansias. El grupo ya era enorme: apenas si había espacio, y poco a poco las llamas había ido palideciendo, dando una escasa luz: casi estaban en penumbras.
—De pequeño siempre me han gustado las historias de los mondaha’s… la de Teros y Karael… La de Arai y el Pueblo del Cielo… —respondió Rekán, con voz trémula—. Pero esas ya las conozco. Hay una que siempre quise oír pero que pocos conocen entera: la del Ladrón Morombi y la Guerra Sangrante. Si he de elegir, elijo esa.
Los más jóvenes fruncieron el ceño, pero los más viejos asintieron, solemnes. Era una historia muy vieja, mucho más vieja que la anciana, y eso ya era mucho decir. Era, sin embargo, una buena historia para contar rodeado de personas, calentándose los huesos ante un moribundo fuego.
—Curiosa elección, Rekán. —dijo Jekua—. ¡Muy bien todos! ¿Quién quiere oír la historia de cómo un hombre simple desató una de las guerras más grandes de nuestra Era, y de cómo él mismo dio origen a una de las Órdenes más respetadas y temidas? Pues bien, escuchen, presten atención… allá vamos…
Seguirá, eventualmente, en Relatos en la posada: Rekán II


Patxi-Hinojosa
Muy buen comienzo para un relato en capítulos, por lo que desde ya me dejas excpectante. amigo Abramael-el-Aquel. Esperando a la siguiente entrega, te dejo mi voto y un muy cordial saludo.
Mabel
Me gusta el cuento, muy bien escrito, un abrazo y mi voto desde Andalucía
Xailluz
Un gran inicio, espero por lo que viene… El relato está muy bien construido, una prosa limpia que contribuye a generar la expectación necesaria. Desde ya me anoto. Mi saludo y mi voto, desde Chile.
VIMON
Muy interesante relato. Esperamos la continuación. Mi voto y un saludo.
Julieta-Urbana
Me gusto mucho el personaje de la anciana.
Saludos.
Abramael
Gracias por los comentarios, ¡saludos!