La casa del caracol. Segunda parte. 1. Decisiones

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La casa del caracol (Segunda parte)

1. Decisiones

“Mira Danielito, mañana nos vamos para Santa Cristóbal a las cinco de la mañana. Así, que a dormir temprano” –dijo Don Cipriano- un carpintero de La Grita, que mensualmente viajaba a la capital del estado, para comprar en el aserradero “El Progreso” la madera que necesitaba y cumplir con los encargos de sus clientes. Lo menos que hice fue dormir aquella noche ya lejana, en la que el fervor del viaje alteraba mis sentidos, pensando emocionado en la aventura que estaba a punto de comenzar. Y cómo no íbamos a ilusionarnos los muchachos del pueblo, si la capital tenía algo así como seiscientos mil habitantes y nosotros no llegábamos a cuarenta mil. Santa Cristóbal era para nosotros una metrópoli digna de visitar: derrochando carros, avenidas, edificios, centros comerciales, cines, teatros, bares, mujeres hermosas, glamour… San Cristóbal era un reto que estaba dispuesto a superar. Ya a las cinco de la tarde teníamos el mandado hecho, la madera en el camión y Don Cipriano diciéndome “Muchacho, nos vamos”. Y fue entonces cuando tomé la mejor decisión de mis dieciséis años ya cumplidos: “Don Cipriano, yo me quedo. San Cristóbal me gusta, aquí hay futuro y, con el favor de Dios me va a ir bien, eso espero” El viejo, sorprendido, se quedó mirándome, hurgando en mis pensamientos y preguntó ¿Cuál es el plan? Muchacho” y le respondí “no tengo plan Don Cipriano, pero quiero probar suerte y a lo mejor, si me va bien, termino llevándole la madera a La Grita en mi propio camioncito, riéndome, “Tienes razón” –dijo el viejo- entonces se metió la mano al bolsillo y sacando unos billetes, me los ofreció y me dijo “toma, para que te comas algo y pagues el hotel esta noche”. El hombre arrancó para La Grita y yo me quedé ahí, solito, paradito frente al depósito de madera, asumiendo mi barranco, sin brújula ni bitácora, pero seguro de que había hecho lo mejor. La sirena del aserradero y los obreros saliendo del trabajo con sus gritos, bromas y carcajadas, interrumpieron mis reflexiones y entonces me lancé por ahí, por cualquier parte, al fin y al cabo, esa es la gracia de toda aventura…

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