Escribí mis sueños en un billete de lotería
3 de Octubre, 2012 3
3
     
Imprimir
Agrandar Tipografía

Escribí mis sueños en un billete de lotería. Llegó el día del sorteo y nada pasó. Ni un solo número acertado. Ninguno cerca, ninguno que diera luces de suerte. Invertí en él mis últimos cinco mil pesos. Vendí mi alma por cinco mil pesos. Dos bolsas de leche y algo de pan. Un almuerzo barato o una entrada un martes a cine. Todos mis chances se fueron ese día. La esperanza de un mundo feliz se perdió cuando las balotas giraban y cada una negaba una sonrisa futura, cada una le decía no a mi salvación. Que triste saber que tantos sueños se frustran por dinero. Sucios billetes de cincuenta en un banco sucio de angustias.

Rompí el billete y seguí con mi vida. Atravesé la calle pensando en mis deudas, miré al autobús que venía y pensé en lanzármele, en acabar con todo ello. No lo hice, solo caminé calle arriba del centro. Caminaba y caminaba y caminaba y caminaba como aquel eterno cuento que me contaba mi padre antes de dormir. Tal vez ahora entendía porque el oso caminaba tanto; no tenía a donde ir.

El circo se fue y ya no me fui con él, no valía la pena dar la vida por cuatro centavos, al menos yo tenía oportunidad de decidir. El elefante, la vieja leona en huesos y su cría tan bonita y flaquita ya, no tendrían ese lujo. Hasta que la muerte los separe diría un cura loco y enajenado describiendo la relación entre el puto cirquero y esos pobres animales.

La tarde caía sobre un edificio muy alto, cada rayo de luz llegaba primero a los pisos superiores, veía como el día se acababa más rápido para los oficinistas allí arriba. ¿Y para los seres de la planta baja? ¿Los días son más largos? ¿Las tragedias más largas?

Resulta deprimente pensar en las tardes de angustia, cuando no se sabe que hacer, cuando no se tiene a ningún dios a quien culpar, cuando no es el estado de mierda o la droga o un amor. Los problemas se ven peor con el hambre entre las tripas y la somnolencia de la carencia.

Llego a lo que yo llamo hogar y ustedes llamarían pocilga, hueco, chuzo, cuchitril putrefacto, feo y viejo y roído y tosco y burdo e inmundo. A este sitio con un catre sin resortes y una sabana desteñida que solía tener la silueta de un Mickey Mouse. Una silla de fique y una mesa de metal oxidada con un pocillo de cárcel, de esos que son blancos y se pelan por los bordes en negro. Ese cuarto me recibe, ese cuadro de mi alma triste y perdida.

Antes de entrar, le he pedido a Doña Martha un lazo largo que ha dejado su hija botado al lado del pórtico. Ella me lo presta y me cobra por enésima vez lo que le debo, le digo que mañana seguro, que mañana ya no tendrá de mi ninguna otra queja.

Tomo el lazo entre mis manos, lo anudo a lo corbata midiendo con él el ancho de mi cuello, lo agarro del extremo contrario y lucho por lanzarlo contra la viga que sostiene las tejas de zinc.

Una y otra vez lo lanzo, lo lanzo y lo lanzo, una y otra vez intento lanzar el miserable lazo y fallo, tan miserable es el mundo que no me permite irme, tan miserable para un maldito enano de circo, tan miserable que me causa gracia, no puedo hacerlo, no puedo irme de aquí, la vida me quiere para reírse de mi, cada mañana de mi angustia, cada mañana de mi corta humanidad, cada mañana. Ahora pienso en como decirle mañana a doña Martha que no tengo la plata que le debo.

3 Comentarios
  1. Desgraciadamente, cada vez más gente está en una situación similar…deudas y más deudas.
    Un gran relato, mi voto.

  2. Qué extraordinario relato, pido tu permiso para imprimirlo y poder leerlo muchas más veces. Mi voto +1

  3. Ars alna: has escrito lo que nos pasa a todos: esa miseria que nos ahoga, que no nos deja ir por el mundo, por las calles tranquilos, disfrutando de la libertad, del aire, de la vida, porque no se apartan de nosotros tantas preocupaciones, tantas carencias, tantas necesidades que debemos resolver con urgencia.
    Eres un maestro en el arte narrativo y te felicito.
    Mi voto
    Volivar

Deja un comentario