¿Cómo resistir a decir… siempre?
Esa palabra causa escalofrío a cualquiera que quiere ser libre, cambiar las cosas de su vida o simplemente improvisar cada día.
Es la misma palabra la elegida para sellar un pacto y darle peso; la que permite la clandestinidad en amores escondidos o aquella que define la condena de quien ha violado una ley.
Siempre. Siempre. Se pierde en la frontera de la probabilidad de que algo o alguien se modifiquen en sí mismas. Eso elimina la posibilidad de la incertidumbre porque el “siempre” conlleva la ausencia de oportunidades o de caminos posibles, distintos al ya establecido con anterioridad. Siempre es una palabra peligrosa para dilucidar. La sonrisa que provoca el pronunciarla es necesaria para soportar los dolores de cabeza que provoca ante juramentos incumplidos o arrepentimientos sin reparos en el tiempo.
Siempre y Reloj van de la mano. Son lineales, paralelos y no dan espacio a retroceder. Lo que ocurre marca el camino. Ahora bien “siempre” parece mostrar su bondad.
El “siempre” garantiza que los sueños se amarren a su condición de eternidad al ser cumplidos. El “siempre” hace a las relaciones amorosas y a los vínculos maternales permanentes y resistentes a las tragedias que puedan ocurrir en el medio.
No te enojes conmigo.
“Siempre” es una utopía para cada uno de nosotros, es la esperanza neta de los inseguros. Por eso no te amarres a nada, pues si no eres maleable a los cambios del mundo será imposible que cambies con él. Sólo cree en ti mismo que si mutas siempre sabrás a donde ir aunque nunca lo puedas ver.



Muy inteligente reflexión sobre una palabra problemática.
Como dijo R. Lechowski “Nunca digas nunca pero nada es para siempre.”
Hay tanto que quisiera inmortalizar con un siempre.
Un saludo y mi voto.