Había una lluvia constante, espesa y de color en la ciudad. Ladrillos dóciles que explotan en el asfalto. Había edificios temblando. Había una calle resbaladiza porque el tanque de gelatina de fresa tenía una fuga y el semáforo llevaba veinte minutos con el disco en rojo. Tres agujeros como tres disparos. El ventilador del motor gemía como en plena asfixia. El asfalto era un chicle denso, como lava débil que apenas logra subirse a la acera. El conductor, sordo como una tapia, peinaba su bigote afilado y rascaba su barba dura cada diez segundos. La niña, indefensa, en la acera, lamía como prototipo de película porno su piruleta roja. El viejo levantaba el bastón y chillaba nervioso. El gesto abría sus piernas y acentuaba la apertura descuidada de la cremallera del pantalón. Y el cielo, paciente, iba oscureciendo su color. Los coches habían perdido la línea y el control, pero ni un solo conductor abandonó el volante. Y cruzados, resbalando, chocaban lentamente. Aterraba la quietud del cubo de hielo en el que se había convertido el tiempo.
Un plan falso, millonario y absurdo que ideó con un palillo entre los dientes. Tras devorar tres tacos mexicanos, eliminaba con una sonrisa quieta un hilo de pollo.
La funda roja de plástico atrajo cuatro miradas. Escondía un violoncello. La dueña soplaba e hinchaba de aire un chicle. También de fresa. En la tercera ocasión no midió la respiración, y explotó y cubrió sus labios y nariz. Y se detuvo tratando de despegar la telaraña con torpeza. Y caminó porque una señora con dos bolsas de plástico que superaban su peso le observaba y sonreía. Cruzó, hundió sus zapatillas, resbaló y patinó. Miraban. Nadie ayudó.
Las tablas eran dos lanzas planas en sus pies. Dos flechas con dos bastones. Mallas negras dibujando la silueta exacta de sus piernas y nalgas. Volaba. Esquiaba sin descanso con una sonrisa amplia y divertida y una respiración acelerada. Gotas descendían su frente, esquivaban las cejas y se deshacían en la sien. En el asfalto, sobre la gelatina de fresa, dos vías de tren rojas nacían tras el atleta.
El conductor del segundo coche tarareaba una canción sin acompasar con la letra. Solo balbuceaba la rima. Ya había un bollo que hundía su puerta y cristales naranjas hundiéndose en la densa gelatina. El cubo de hielo del tiempo continuaba perdiendo, lentamente, su forma. Y el caos, inexplicablemente permanecía quieto; expectante.
Ella rompió el silencio. Un paraguas negro y un vestido rojo que solo le dejaba al descubierto sus rodillas desnudas y pies. “¡Gelatina de fresa!”, gritó eufórica. Elegante, avanzaba lenta y descalza. Llevaba una escopeta y un bolso de piel con munición. Miró a la niña y le disparó en la piruleta. “¡Gelatina de fresa!”. Cargó dos cartuchos y disparó a las muñecas de la vieja con bolsas de plástico. “¡Gelatina de fresa!”. Cargó y disparó a la entrepierna del viejo. “¡Gelatina de fresa!”. Apuntó y alcanzó las piernas del atleta. “¡Gelatina de fresa!”. Hundió sus pies en la carretera y gritó. Y disparó. Y gritó y disparó, y gritó y disparó y disparó y disparó, y se disparó.



Curioso, interesante. Distinto a la generalidad de los cuentos. Imágenes que no esperan ser hiladas. Su estilo es bueno. Saludos.
Gracias por leer, Jhon!
Disculpa el retraso a la hora de contestar.
Espero verte pronto por aquí.
Un saludo!!