
Serían las ocho de la noche, más o menos.
Saúl atravesó la puerta de la casa. Parecía un astronauta que emerge de una sonda espacial en la luna. Si bien le apasionaba la microbiología y su trabajo era justo lo que había soñando —no solo por la plata—; también le desagradaban ciertas vivencias las cuales prefería no recordar. Casi todas tenían que ver con vestir un traje de riesgo biológico.
Tinieblas. Él llevaba un discreto audífono dentro del casco e Iba iluminado solo con una linterna sorda. Recorrió sigiloso el inmueble: La sala, el baño, la cocina, una recamara. Nada. Solo el inmundo aroma de la carne muerta. En esas circunstancias, agradecía respirar de un tanque.
—¿Encontraste al sujeto? —Una voz femenina le habló por el comunicador.
—Negativo —Respondió.
—¿Cómo se ve todo allá adentro?
—Muy oscuro y hay sangre por todas partes. Parece película de terror.
—Sal de ahí ahora mismo.
—No hemos hallado al sujeto.
—No importa. Quiero que salgas ya.
Obedeció. Al abandonar la residencia, tres hombres enfundados en armaduras plásticas lo condujeron hasta un camión estacionado al frente. Le hicieron subir a la parte posterior. En el interior del vehículo, se sometió a seis duchas consecutivas, y luego, lo irradiaron con luz ultravioleta. Al terminar el proceso, le tomaron dos muestras de sangre y por último, sellaron la cámara de esterilización. Lo dejaron aislado en aquella reducida fortaleza de paredes blancas, gruesos ventanales y un incómodo banco.
Dalia, la mujer con quien él habló por el intercomunicador, llegó al cabo de un rato. Una puerta automática le cedió el paso al posar la mano en una placa. Tomó asiento frente a él, calmada.
—Tus muestras dieron negativo —Anuncio seria
—¡Qué bueno! —Cuestionó Saúl—. Ahora sí la vi muy cerca.
—Pero, sigo preocupada por el sujeto.
—¿Y tú crees que yo no? Una cosa es lo que hacemos en el laboratorio cuando ya no hay nadie. Y esto, mi reina, es algo distinto.
—Te recuerdo que la investigación también es tuya. En primer lugar, a ti se te escapó el sujeto y en segundo lugar…
—Tú diseñaste ese virus. No te des baños de pureza, Dalia. Eso no te queda.
—Yo solo hago mi trabajo, igual que tú. Ninguno de los dos puede cuestionar nada.
—Si no estabas de acuerdo, ¿Por qué no te negaste?
—Dime primero por qué no lo hiciste tú
—A mi me obligó Zamudio. Como mi desempeño anda por la calle de la amargura, ya no me deja escoger en qué proyectos participar.
—A mi me hicieron algo parecido. Nada más que a mi jefe le pidieron que me asignara.
—¿Ya encontraron al dueño de la casa?
—Estaba en el baño. Nos queda poco antes que haya otra infección.
—No me lo recuerdes. El señor Olsen no quiere que se divulgue nada.
— Tienes que hallarlo cuanto antes. La policía va a cercar la casa en media hora. Mi jefe tiene contactos ahí, ellos nos van a cubrir por ahora.
—Tenemos, querida. Tenemos.
Dalia se dirigió a la entrada de la cámara. Posó la palma de su mano derecha en otra placa. Un zumbido le indicó que podía salir. Le dirigió una mirada de preocupación a Saúl.
—¿Cuánto tiempo nos dieron? —Quiso saber él.
—Tres días —Manifestó ella antes de irse.
Se quedó solo de nuevo. Setenta y dos horas para encontrar al sujeto infectado con la nefasta creación era demasiado poco. ¿Por dónde comenzar? Lo único que le vino a la mente fue algo sobre una nueva vida en México o algún otro país. Eso lo era más probable. Aunque, tampoco era demasiado tarde. Si mal recordaba, la bestiecilla con la cual ellos inocularon al fugitivo se transmitía por una mordida o un arañazo, igual que la hidrofobia.
Al fin, él también abandonó la cámara hermética. Dalia y los otros asistentes habían abordado el camión. Un policía acordonaba la vivienda. Una ventanilla separaba el laboratorio de la cabina. Saúl tocó el vidrio con los nudillos. Ella deslizó el cristal
—¿Ya sabes dónde buscarlo? —Preguntoo la mujer
—Si el infeliz que vivía aquí tiene poco de muerto —Dijo su compañero—, el sujeto no debe de andar muy lejos.
—¿Quieres que lo busquemos en las otras casas?
—Yo diría que sí. No pudo haber ido tan lejos en un par de horas.
—No estaría tan segura si fuera tú. El hombre ya lleva cinco días muerto. No pudo ir al hospital.
—No creo que el sujeto se halla ido a otra ciudad. Hay que buscar con los vecinos.
A unas cuadras de ahí, una pequeña entró a su casa. Feliz, con una gran sonrisa y rasguños en los brazos. Fue a la cocina, donde su madre preparaba la cena.
—Mami —Dijo la niña— mira lo que me hallé.
—Mi hijita —respondió la madre—, ¿de dónde sacaste eso?
—Estaba solito en el patio. ¿Me lo puedo quedar?
—¡Ay Silvia! No sé que voy a hacer con otro gato. Con este ya serían tres.
—Porfa, mami. Yo lo cuido. ¿Sí?
—No sé. A mí me parece que está enfermo.
—A lo mejor no ha comido. Estaba maullando muy triste, arriba de la barda de atrás.
—Hay que preguntarle a tu papa. A ver si él quiere.
—¿Le puedo dar tantita leche?
—Está bien. Sírvesela con cuidado. Yo te lo cuido mientras
La señora agarró al felino con cuidado. Se dio cuenta que algo debía dolerle, pues al tomarlo por el vientre, le dio un feroz mordisco. Lo soltó con brusquedad; no supo si asustada o molesta por la mordedura. El minino se alejó mientras bufaba. Se ocultó bajo un sillón.
Silvia tosió. Su cara se había sonrosado, como si tuviera mucha vergüenza. Su madre le palpó la frente un momento. Tenía fiebre.
—Me duele mucho la cabeza —Informó la niña.
—Ve y acuéstate —Ordenó la mujer—. Yo voy cuando me cure la mano.
La niña obedeció de inmediato. La señora lavaba su mano lastimada bajo el grifo del fregadero. Se tallaba la herida con fuerza. De repente, le dolía la cabeza como si tuviera un cincel clavado en ella. Comenzó a sentirse débil cuando escuchó el auto de su marido aparcar en la cochera.
El hombre de la casa se apareció en la puerta.
—¿Qué tienes? —Le preguntó a su esposa.
—Silvia trajo un gato y me mordió —Dijo ella—. A lo mejor tiene rabia.
—¿Te sientes muy mal?
—Sí. La niña también tiene calentura.
—Súbete al carro. Yo llevo a Silvia.
Los esposos abordaron el vehículo familiar con su hija en brazos. El hombre condujo desesperado hasta el final de la calle, de ahí, continuó derecho hasta perderse de vista. Enseguida, un sujeto vestido con traje de riesgo biológico bajó de un camión estacionado en la acera opuesta.
—Voy a entrar —anunció por el comunicador— El sujeto debe estar en esta casa.



Muy buen relato. Con mucha tension y un final aterrador. Felicidades y saludos.