Julián, un padre de familia, pertenecía al cada vez más numeroso grupo de los que no tienen dónde ganar dinero; sus muchas deudas lo desesperaban de fea manera.
Habiendo dejado solicitudes de empleo en diversas fuentes de trabajo, los encargados del personal prometían llamarlo en cuanto hubiese una vacante, lo que nunca sucedía.
Por investigaciones minuciosas de los vecinos, se sabía que el hombre le debía al malmodoso de la tienda de la esquina; que tenía muchos abonos atrasados en una caja popular, en Coppel, en Elektra, en una casa de empeño, y según testigos dignos de fiar, les debía dinero hasta a los que venden agua en garrafón.
Era del dominio público que había ido a todas las casas de empeño, en donde, por unos cuantos pesos les había dejado hasta el anillo que le había puesto en el dedo a su mujer cuando se casaron, de lo que ya habían transcurrido algunos años.
Así las cosas, una noche, en el cuarto donde dormía toda la familia, de esquina a esquina se paseaba Julián nervioso, pues a la cama no lo consignaba el sueño, y muy avanzada la noche, cerrando la puerta con extremas precauciones para que nadie despertara, salió y se dirigió al corral, en donde lo aturdió el metálico ruido del viento que se filtraba entre las hojas de un granado, y bajo sus ramas levantó los brazos, con los puños apretados; respiró profundo, tragó tantita saliva, pegó las pestañas y gritó:
-¡Diablo… Demonio… Lucifer… si es cierto que existes, como dice el Padrecito en las misas del domingo, aquí te espero! ¡Quiero proponerte una tratada! –dijo, volviendo la cabeza en todas direcciones, con aire inquieto.
Pasaban los minutos y nada sucedía; todo estaba impregnado de silencio revuelto con murmuraciones de animales llamados de corral.
Las atrevidas invocaciones al enemigo malo se repitieron en las dos siguientes noches, pero a la cuarta, ya no salió Julián, sino que se quedó en la cama.
-¿Para qué seguir rogándole al demonio que se me aparezca? ¡A lo mejor ni existe ese desgraciado! –se dijo, desilusionado, con los ojos fijos en los morillos del techo que sostenían las tejas, al no llegarle el sueño, pues lo atormentaban, como siempre, los muchos pagos urgentes de dinero que debía de hacer, y el fracaso de su último intento para conseguirlo.
Esa noche, roncaban su mujer, sus hijos y hasta el gato (bueno, en realidad este último ronroneaba), cuando inesperadamente la puerta de madera que daba a la calle empezó a chirriar, abriéndose con lentitud para dejar pasar a un sujeto vestido elegantemente, que se plantó en el centro de la recámara.
-¡Ya vine! ¿Qué quieres? –le preguntó a Julián, quien se tapó la cabeza, desagradablemente sorprendido.
-¡Que qué se te ofrece! ¡Soy el diablo!
Y como el hombre no le respondiera, dijo, a voz en cuello y enojado:
-¿Con que no me crees que soy el mismísimo demonio? ¡Bueno, ahorita mismo me verás tal y como soy!
Fue cuando el hombre, haciendo a un lado la cobija y después de un gran esfuerzo, pudo abrir la boca y expresar, muy asustado:
-¡No, no, no lo hagas… te creo, te creo!
-¿Para qué me quieres?
-Para… para… el dinero… que necesito…
-Está bien; tendrás mucho, pero ya debes de saber las condiciones.
-¡Sí, sí, que es a cambio de mi alma empecatada!
-¡Efectivamente, amigo; me ahorras las explicaciones detalladas!
Y en un pestañear desapareció el rey de las tinieblas, dejando un tufillo a pelos de puerco metido en un cazo de cobre con agua hirviendo.
Desde entonces Julián tuvo dinero a manos llenas; sus amigos, parientes y vecinos afirmaban que se había sacado el premio mayor de la lotería nacional del diez de mayo; otros aseguraban que lo que había ocurrido era que tumbando adobes de un cuarto viejo que ya no servía ni como guarida de ratones, se había encontrado una olla repleta de monedas de oro.
El caso fue que Julián pagó sus muchas deudas; que le dio su dinero al de la tienda, al del agua purificada en garrafón y al carnicero; que recuperó las cosas empeñadas, aunque, sin saberse bien a bien por qué, dejó que se perdiera el anillo que le había puesto en el dedo a su mujer cuando se casaron.
Sin embargo, una tristeza inextinguible no lo dejaba en paz; se exasperaba al pensar que en cualquier momento el diablo podría llegar por él, como efectivamente sucedió una noche, una noche lúgubre a causa del tenebroso silbar del viento en el corral.
El demonio, después de entrar sigilosamente a la recámara de Julián, se lo echó a la espalda, con los pies enredados entre los afilados cuernos, amarradas las manos con la peluda y larga cola, y calle arriba se lo llevó a todo correr.
Mas, como el hombre lanzaba espeluznantes gritos, no los soportó el demonio, que lo arrojó en un lodacero, diciéndole, muy irritado:
-¡Eres un collón, amigo! Tenía pensado inscribirte como ciudadano distinguido del averno, pero, siendo tan cobarde y tan chillón, mejor aquí te dejo; para nada me servirías en el infierno, y en cuanto a la cuenta, no me debes nada, pues haz de saber que el dinero no es más que mi excremento.



Genial, como siempre.
Qué buenas historias de apariciones…me pregunto cuál será la próxima. Abrazo!
Me encantan este tipo de historias, por algo una de mis obras de teatro favoritas es Fauto de Marlowe. ¡Muy buena!
Este mito siempre merece una relectura o una reescritura a cargo de un buen escritor. Enhorabuena y voto.
Excelente narración y es totalmente cierto, el dinero es el excremento del Diablo, el único problema es que al menos una porción de Diablo todos llevamos dentro. Un gran saludo desde Buenos Aires.
Buen relato, como siempre mi estimado Volivar. Aplauso y voto.
Un saludo Volivar, ahora fue mi turno de leerte. Me pareció muy amena la lectura, me remite a las historias que se cuentan en los pueblos, en las familias. Obviamente posees mayor experiencia, y sabes de lo que hablas. Te seguiré leyendo, y aprendiendo de tu literatura.
Buffff. ¿Lo admitirán en el cielo? Si lo hicieran yo preferiré ser una chica mala
Bicos.
Como siempre, mi buen amigo, logras entremezclar lo real con lo fantástico y hasta lo profano. Gran virtud.
Tu relato realmente parece una leyenda de pueblo.
Tienes mi voto.
Buen relato. Me encantan este tipo de historias en las que me parece que eres un maestro. Enhorabuena.
Aurora: te agradezco la opinión a mi narrativa. Nos leemos.
Volivar.
Lot Alkef: para mí, tu opinión es muy valiosa. Gacias.
Volivar
Mariav: Claro que lo van a admitir en el cielo, Amiga, pues no lo quisieron en donde ya estaba inscrito.
¿Bicos? me imagino que son besos, y en este caso, bienvenidos.
Volivar
Marisol B. E. un comentario tuyo, es para mí el mejor de los premios. Saludos.
Atentamente
Volivar
Vimon: si te ha gusto mi relato, me siento honrado
Volivar
nanky: Ese dinero, amigo, que no alcanza para nada; pensar que ese excremento del demonio es tan necesario. Vi tu comentario a una narración de un compañero, y me pareció acertada. te felicito. (tarde, es cierto, pero sincera la feliitación. Resulta que me paso viajando, como te he comentado)
Volivar
Antoniosib: te agradezco tu comentario; estos mitos populares, amigo, que al menos nos hacen reflexionar. Gracias por tus palabras.
Volivar
ZusiOns: te agradezco infinitamente tus palabras; ese impulso que tomo cuando sé que gente culta como tú lee esto que pongo aquí.
Volivar
Walter Gasparetti: un poco tarde pero te agradezco tus palabras de aliento, amigo.
Me alegro que a gente preparada intelectualmente le gusten mis narraciones.
Volivar
Jorge Moreno: Amigo, disculpa mi tardanza en agradecerte tu comentario; por asuntos familiares tengo que viajar continuamente y poco tiempo me queda para lo que me gusta, como es leer y comentar en esta red. Yo también te leo, y me gusta mucho, porque de inmediatamente me entero que eres una persona culta, intelectual, por lo que te felicito.
Volivar
Me gusto. La situacion de penurias que todos los mexicanos conocemos de otros, de nosotros o de otras familias, o simplemente del emblematico Don Ramon. Y el misticismo del diablo, me recordo a la loteria nacional. Un cuento muy mexicano y bien logrado, fue muy bueno, como comida rapida pero nutritiva, una zanahoria azucarada para llevar, es la primera vez que te leo y lo seguire haciendo, saludos!
Juioko: de mi parte recibe un saludo, y un profundo agradecimiento por los términos expresados a mi narrativa. Has de sabes que yo leo todo lo que sale de tu fecunda inspiración, pues me deleita, me remonta a regiones insospechadas, en donde soy feliz.
Volivar
Disculpa por el error que se me pasó en tu seudónimo: Julioko
Volivar
¡¡Por todos los demonios!! Esa estuvo muy buena Volivar… me gustó mucho el final que le diste. Con todo y mis redundancias… creo que nos entenderemos. ¡¡Éxitos!!
Luciano Rozo: muchas gracias por tu alentador comentario. Nos leemos.
Atentamente
Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)
Ahora viene lo de: “El dinero no da la felicidad”
Besos, NoëlleC
NoëlliC: un saludo afectuoso, y te diré que muchos basan la felicidad en el dinero, lo que yo creo que es incorrecto.
Gracias, amiga
Volivar