Desde algún otro lugar la escuché llorar. Ella no comprendió en aquel momento esa repentina irrupción de las lágrimas. Había quedado al cuidado de su hermana mayor y el día anterior me había visto marcharme en una ambulancia. Esa mañana no quiso ir a la escuela y para no ser obligada se refugió en el cuarto de ensayo. Desde allí me llagaron sus lágrimas. Con su carita entre las rodillas, la vi tan sola, tan desamparada.
Fue una visión única y fugaz. Ella por entonces tendría unos… siete años.
Luego se sucedieron imágenes confusas, mezcla de hechos reales con mis propios sueños. Personas que no había visto en mucho tiempo. Familiares que aún viviendo lejos se acercaron. Recuerdo luego una caravana, como un camino de hormigas. Como si se tratase de una fecha por la cual en el pueblo se congregara la mayoría de la gente.
Luego, el silencio de los árboles y el aullido del viento. Voces lejanas, casi apagándose, que traían flores. Rostros que preguntaban, que anhelaban algún encuentro, que se resignaban, que no encontraban consuelo. Y entre tantos rostros, el rostro de mi hija.
No sé cuanto tiempo habría pasado pero estoy seguro que ella tendría unos… nueve años.
Su carita llena de ternura. Sus ojos resplandecientes, con una mirada tan llena de gestos como inocente, y la mueca que se dibujaba en sus labios al expresar siempre una sonrisa, fueron como marcándome el tiempo y la diferencia entre un día y el otro. Supe por ella, que después de las estrellas salía el sol. A mí siempre me pareció que la veía venir cuando el sol estaba a la mitad del cielo.
Ella era distinta a los demás. Algunas veces venía en bicicleta, ordenaba las flores mientras improvisaba algún diálogo en voz alta y jugaba. Sí, jugaba con su muñeca patas largas. La hacía dormir en su regazo, le contaba cuentos y creo que también le hablaba de mí. Aunque lo deseara, nunca pude oír lo que decía, pero aprendí a leer sus labios. Y un día leí: “te extraño”.
Quise incorporarme de la cama y no pude. Quise extender mis manos para abrazarla, y no pude. Quise gritar a la enfermera, y no pude. Sólo en ése momento comprendí.
Repentinamente, un día llegó desde la penumbra de los faroles y el destello de las estrellas. Miró hacia las flores, con su mano derecha hizo un rápido movimiento frente a su rostro y con el temor en sus ojos se marchó presurosamente.
¡Quise protegerla, irme con ella…!, y no pude.
Volvió nuevamente con el sol, cuando ya tendría dieciocho. Me explicó que de niña siempre había venido a escondidas de su madre y de sus hermanos porque había comenzado a extrañarme. Levemente se sonrió, mientras me relataba el día que no había podido venir y que, armándose de coraje, lo hizo de noche y se fue corriendo por el temor al hombre gato y a los fantasmas.
Me juré a mí mismo, quedarme en ella, y permanecer para siempre, como algo más que un recuerdo. Por eso he podido a través de vos, en un rapto de inspiración, de locura o de posesión, escribirte sobre mi hija.
Quiero que le hagas llegar estas hojas. Y no preguntes cómo sucedió. La fuerza de su amor y del mío han hecho posible esta única intervención.
No quieras hacer una sesión de espiritismo para convocarme nuevamente, porque es errónea la idea que tienen, de cómo es ésta otra parte, de la vida.
Encuentra a mi hija y obséquiale éstas hojas, ella no dudará de tus intenciones y reconocerá en estos papeles… mi letra.



Un relato notable uniendo de grandes trazos de sensibilidad y lazos indisolubles de amor.
No me queda claro si esta en coma o murió
De lo que he leído de ti, he notado posees la herramientas para hacernos participes de tus letras, felicitaciones por ello
Saludos
Escribir es un juego de seducción. A sabiendas de que el lector intentará “atraparme”, me escapo. Pero si me “atrapa”, entonces, enciendo el fuego… Dicho esto queda claro que, “encenderé el fuego” y por lo tanto ya me estoy quemando en la misma duda que has planteado, por lo cual, aún pudiéndote responder, ya se me hizo tarde: Soy todo cenizas…
El amor más allá de la muerte, y el amor de un padre a una hija es único. Una historia muy bien contada que atrapa al lector por cada vivencia, por cada sentimiento. Buen cuento, mi voto.
Juan C: uno de esos relatos que contagian la tristeza del autor. Un relato, en fin, maravilloso.Felicidades
Mi voto
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