“En una cacerola se ponen 5 yemas de huevo, 4 huevos enteros y el azúcar. Se baten hasta que la masa espesa y se le anexan 2 huevos enteros más. Se sigue batiendo y cuando vuelve a espesar se le agregan 2 huevos completos, repitiendo este paso hasta que se terminen de incorporar todos los huevos, de dos en dos”
Clara cerró su nuevo libro de recetas de golpe al leer la última frase. ¡De dos en dos! Aquello le recordó que había olvidado hacer los duplicados de los impresos que le habían encargado en el trabajo. Sin detenerse ni un momento, corrió escaleras abajo encajando un portazo sublime.
- Mmm ¡Hola, Ricardo! – saludó, avergonzada por el sudor de su frente, a su amor no confesado, lo que aceleró aún más su ya palpitante corazón. Llevaba casi dos años, desde que llegó al edificio, enamorada de aquel taxista moreno, con el que compartía rellano en la octava planta. Dos años de sufrimiento, de represión, de esperanza ante la posibilidad de que fuera suyo algún día.
Cuando llegó a la puerta, un rayo de sol la cegó momentáneamente, pero no por ello se detuvo en su carrera. Si no llegaba a tiempo, todo estaría perdido, su plan perfecto al traste. Pensó en llamar a los compañeros de trabajo para que ralentizaran el proceso, pero recordó que había dejado el teléfono móvil en casa. Decidió acudir a la cabina más cercana, en la paralela a la avenida donde vivía.
Soltó un grito de horror al ver la cabina destrozada, quizá por algún yonqui de los que merodeaban el barrio por la noche. Ahora sí que sintió pánico y corrió hasta la parada de bus de aquella calle, que nunca tomaba por resultarle más lejana a su ático, descubriendo que el autobús estaba saliendo justo en ese momento.
Miró a sus deportivas azules y sintiéndose capaz; echó a correr tras el vehículo, que se le escapaba. No desistiría en el empeño de alcanzarlo.
Al llegar a la esquina, Clara fue atropellada por un deslumbrante taxi amarillo, cuya matrícula reflejaba la poca antigüedad del mismo. Ricardo se bajó de este llorando y comprobó que en el hilo de sangre que brotaba de la frente de su querida vecina se le había ido la vida; se le había escapado al igual que el autobús.
Diez metros más adelante, una chica pelirroja, cuyo nombre estaba inscrito en el piso C de un octavo piso en una ancha avenida de la ciudad; sonreía. Desde que unos días atrás su vecina Clara le había confesado su amor por Ricardo y su intención de ayudar a que fuera contratado como taxista oficial de su jefe; buscó ayuda en el poder sobrenatural que poseía, que le indicó los pasos a seguir para evitar que sus vecinos se acercaran y Ricardo la amara. Todo comenzaría regalándole a Clara un libro de recetas que compró en la polvorienta librería de su madre.



Que pelirroja más retorcida! he estado en tensión todo el rato mientras lo leía. He de decir que hay gente tan retorcida como ella fuera de la ficción y sin poderes sobrenaturales que todos los días salen por la tele. Buen relato Cangu