1.
Afuera casi llueve. El cielo está de un gris impenetrable, como si ese fuera su color y no nubes que lo cubren. Da un poco de miedo verlo. Tiene una especie de misterio, de anunciación, o desastre. Está opaco. Aunque yo no veo cielos brillantes. Los cielos son opacos aun siendo celestes.
DirÃa más, el cielo no existe. Me refiero al cielo como creencia de lÃmite. No es un techo, ni una frontera. Es un gran hueco que nos rodea. No tiene parte de arriba.
Las cosas que se pierden en el cielo nunca se vuelven a encontrar. Por eso yo nunca miro al cielo cuando pienso en ella. A menudo, como ahora, lo miro. Pero me prohibà mirarlo pensando en ella. Puedo perder una mirada, de cualquier forma tengo miradas de sobra, pero no tengo ellas de sobra.
Ahora llueve. La lluvia golpea todo. Tejas, autos, antenas de televisión, perros, paraguas, cabezas, bicicletas, hombros, árboles. Golpea produciendo un ruido diferente en cada caso. Si uno escucha la lluvia con un sentido general siempre suena de la misma forma. La cuestión es escucharla de un modo particular. La lluvia debajo de un paraguas deja como un eco grave revoloteando en el aire. En los árboles hace un sonido mas seco pero como si una gota fueran diez o veinte. En las tejas de los techos el sonido dura apenas un segundo, se apaga apenas termina de caer, como si se metiera dentro del material. La lluvia en el rostro por ejemplo, es difÃcil de describir. No se si suena de una forma en particular. Mas bien es como un roce o una suavesÃsima presión, muy difÃcil de imitar con una mano y una caricia. Cuando no se cuenta con estos dos elementos, el último producto del primero, lo mejor es dejarse recorrer el rostro por la lluvia. Siempre habrá en estos casos una caricia asegurada, que no es el caso de contar con una mano, porque hay manos que no siempre brindan una caricia.
Por otro lado, la caricia no siempre nace de una mano. A veces sólo basta un pensamiento. Cuando pienso en ella, siempre siento sus caricias. Porque me gusta pensar en ella cuando llueve, con mi rostro con los ojos bien cerrados, mirando el cielo que no existe, detrás de las nubes.
2.
Nos conocimos como el porcentaje de gente que se conoce tentando a la suerte. Yo querÃa saber de ella. Estaba sola, en la otra punta de la barra, con un vaso de cerveza que daba la sensación de haber pasado por varios instantes de desatención, las gotas de transpiración resbalaban lentamente por el vidrio y ella jugaba a atraparlas antes que pasen a formar parte de la servilleta de papel. Cada tanto lo giraba para ocuparse de las gotas de otro sector.
Yo también estaba solo, pero ella, tenÃa sensación de soledad, cara de soledad. Cada tanto le sonreÃa a la madera de la barra, levantaba su mirada y recorrÃa las botellas que adornaban los estantes. Cuando llegó a la última botella me recorrió también a mÃ, con la misma despreocupación, acaso con el mismo desinterés. Sus ojos volvieron a clavarse en la profundidad de sus pensamientos y yo busqué asilo en el banco alto que estaba vacÃo a su lado. No me decidà a hablarle inmediatamente, nunca fui un buen promotor de romper hielos y mucho menos, soledades. Pedà al barman otra medida de ron y una cerveza.
Ella jugaba ahora con la servilleta que antes estaba debajo del vaso. No buscaba lograr ninguna forma en particular, sólo la doblaba en mitades. Yo sabÃa que no podrÃa doblarla mas de ocho veces, fuera cual fuera el tamaño del papel, no me acordaba cómo sabÃa eso pero recordaba haberlo intentado y no me habÃa sido posible. Cuando hizo el doblez siete llegó la bebida.
Tomé el vaso de cerveza y se lo coloqué delante, quitando el que estaba bebiendo. “Esta va a estar más frÃa†le dije, y me preparé para una frase malhumorada y frÃa. Por el contrario, ella sonrió, la misma sonrisa que dibujaba minutos antes, “Gracias†dijo sin mirar “pero me estaba yendoâ€, “No quiero interferir con tus planes†dije “pero me gustarÃa que te quedes, además, afuera está lloviendoâ€. Fue en ese momento en que comenzó a mirarme, “por eso es que me estaba yendo, me encanta la lluvia†me contestó, y sin quitar sus ojos de los mÃos, como si estuviera esperando una respuesta que yo estaba obligado a darle, tomo un sorbo de bebida. “Yo de lluvias mucho no conozco, pero por lo que veo vos sÃ, pero antes de que me cuentes los secretos de cada gota, me gustarÃa saber tu nombre, yo soy Diego, ignorante en lluviasâ€, y luego de la risa “Cecilia, master en diluviosâ€.
3.
Estaba empapada, o como me dijo “no estoy empapada, estoy llena de caricias, y vos tambiénâ€. La calle estaba desierta, habÃamos caminado bajo la lluvia una hora, yo tenÃa frÃo. Quizá por eso fue que me rodeo el cuello con sus dos brazos3
. Yo querÃa besarla, pero no sabÃa cómo. Es decir, no sabÃa cual serÃa la forma correcta de acercarme, de sugerirlo, no terminaba de decidir si debÃa simplemente besarla o quizá tendrÃa que decir algo antes, para que ella se diera cuenta que el intento de un beso era inevitable y pudiera prepararse. Mientras caminábamos y yo teorizaba, su pregunta esquivó las gotas de lluvia y llegó hasta mis oÃdos, “¿Me dás un beso?â€. Sólo recuerdo la pregunta y sus ojos al abrir los mÃos luego del beso. Todo lo intermedio es un completo vacÃo. Recuerdo mis deseos de seguir besándola y los besos posteriores, y la noche inacabable de nuestros cuerpos. Pero el instante entre la pregunta y el final del beso, es un misterio. Quizá fueron cinco segundos o cuatro minutos, fue y sigue siendo mágicamente indescifrable.
La mañana continuó goteando en la ventana, ella caminaba desnuda en la habitación, miraba hacia fuera, miraba mis cosas. Se sentó en una esquina del colchón y me dedicó la última mirada. “Tengo que irme†susurró, “Quiero volver a verte†le dije. “Ya dejó de lloverâ€, me contestó.



Estimado compatriota, extrañaba tus relatos, está de más decir que son excelentes, por favor no nos hagas esperar tanto para el próximo. Muchas gracias por compartir.
Me gusta la imagen de ella atrapando las gotas condensadas del vaso, asi, un poco ausente, pero concentrada. Gracias por compartir!