Tirado en su cama, con un cigarrillo en la boca y un vaso de vino en la otra, se imaginó en medio de Rayuela; tomó el libro de la estantería que quedaba a un lado de su cama, y lo abrió. Lo abrió en donde tenía que abrirlo … y leyó:
“….El canalla soy yo… Déjame pagar a mí. Llorá por tu hijo, que a lo mejor se muere, pero no malgastes las lágrimas conmigo. Madre mía, desde los tiempos de Zola no se veía una escena semejante…
-Ah vos querés decir por qué todo esto. Andá a saber, yo creo que ni vos ni yo tenemos demasiado la culpa. No somos adultos, Lucía. Es un mérito que se paga caro. Los chicos se tiran siempre de los pelos después de haber jugado. Debe ser algo así. Habría que pensarlo.”
Y quedó resonando en su cabeza: No somos adultos, Lucía… Se preguntó, quién sería un adulto; quién en esta vida puede amoldarse a esa dichosa palabra. Miró el techo por una cantidad de tiempo indefinida, le parecieron segundos, aunque sus múltiples relojes, marcaron casi tres cuartos de hora. No encontró la respuesta.
Y mirando ahora su pared color bodeaux y recordó aquel encuentro fortuito. Trato de restarle importancia a los detalles, pero cada uno de ellos estaban presentes al mismo tiempo en su cabeza. Era su recuerdo inagotable, su fuente de emociones encontradas, sin saber muy bien porqué.
Por momentos, le parecía juvenil, aunque su edad quería indicar lo contrario. Lleno de responsabilidades, y una hipoteca que pagar, su mente prefería recordar el momento en el que, por primera vez, reconoció su cara. Ese momento, en el que discriminó el brillo de sus ojos, de otros ojos; ese instante, en el que quería rozar su piel, solo rozarla, para sentir cuán tersa podía llegar a ser. Se sintió un adolescente, otra vez.
Estiró su cuerpo, en búsqueda de un poco de razón para sus pensamientos; sin embargo, su método de evasión, no fue más que eso… un simple método, tan ineficaz como el resto de ellos. Si es que solo reconocerse como adulto, le producía escozor. Solo reconocerse como un ser más, en medio de tantos seres, le producía hasta tristeza. Fue allí cuando lloró.
Lloró tan fuerte, que al mirarse al espejo, reconoció su brillo, el brillo que alguna vez tuvo. Lloró tan fuerte; que solo consiguió balbucear su canción preferida. Se desgarró tanto, consiguiendo abrir más su piel, y más se abrió su mente. Se desgarró tanto, que Rayuela fue el culpable, que el espejo se quebrase en dos, o tal vez en más.
Y ese fue el momento, en el que percató que aún adolecía, y que era tanto el cambio, que aún sus mantas sangraban y aún sus capas caían. Pensó en dejar morir sus delirios de alquimia: pensó en eliminar de su mente sus incontables avatares. Quitó su paleta de colores para que todo se vuelva gris.
Derruido y casi a punto de rezar a quién sabe qué Dios; lentamente, dejó sus miedos a un lado. Tomó el libro, quitando con cuidado los cristales, y una vez más lo abrió donde tenía que abrirlo y leyó:
“… En ese entonces no hablábamos mucho de Rocamadour, el placer era egoísta y nos topaba gimiendo con su frente estrecha, nos ataba con sus manos llenas de sal.”
Y se habló a sí mismo en voz alta. Y se llamó Rocamodour. Le prometió hablarle más seguido; y acariciándose el pecho, tuvo la sensación de alivio. Imaginó a su presente, hablándole a su niño. Y se hizo tangible, aquel encuentro fortuito, y no hizo falta espejos para ver su brillo en los ojos, ni manos ajenas para sentir la tersura de su piel.
Y fue allí, cuando volvió a su mente aquel encuentro. Regresó a él, su pequeño niño. Jugó en su mente. Hasta movió sus manos, dibujando juegos de la infancia, ya resquebrajados.
Desechando a aquel adulto que no existe, su cuerpo recobró la serenidad. Dejó caer el libro de sus manos y quedando dormido, se quedó tranquilo. Al fin de cuentas, sus hipotecas no hacían de él, un adulto… a secas.
Adultus: que ha concluido su proceso de crianza
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Un texto de gran profundidad, excelente reflexión sobre la madurez y excelente homenaje a Cortázar. Muy bueno, merecidísimo voto.
¡Gracias!