Agua viva
29 de Marzo, 2012 4
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La niña estaba junto a su casa canturreando lindas canciones que le había enseñado la madre. Ella la observaba junto a su ventana mientras hacía rica comida con habichuelas, lentejas y con carne picada. La niña empezó a llorar desconsolada, sus llantos y sus gritos sonaban como un pájaro herido.

Ella oyó el grito ahogado de su hija, entonces se le cayó al suelo el cucharón que llevaba en la mano y un cuchillo que estaba cerca. Salió corriendo hacia el bosque y pensó en ir a buscar a su marido al puesto de montaña donde él trabaja.

La niña estaba desorientada por el sol radiante que le pegaba en la cara. Se dio cuenta que estaba mojada, pero no recordaba como había sucedido. Entonces empezó a recordar que estaba cantando y preparando a su muñeca para ser princesa y junto a su peluche vestido de dama de honor del reino.

Recordé que fui a beber al río porque tenía sed. Al llegar a él, fui a por un poco de agua, hundí mis pequeñas manos en el agua cristalina. Algo me cogió y me sumergió.

—¿Qué hago en esta cueva? —me pregunté nerviosa—. Mientras agarraba con fuerza mis piernas.

Su madre llegó al puesto de su marido, llegó gritando y nerviosa, estaba atormentada por lo sucedido. Cuando consiguió calmar sus nervios le contó la historia.

—Mi vida, ¿estás segura que no está en su habitación? —el marido la tranquilizó con estas palabras.

—No lo se, pero lo que sí que se con certeza, es que sus gritos provenían del bosque y sus juguetes estaban tirados en el jardín, pero ella no estaba.

La niña se sentía triste y abandonada, y el reflejo de su cara en el interior del hueco piedra, le hacia pensar lo peor, su cara estaba pálida y sus ojos azules estaban rodeados de ojeras. El ser que le había arrancado de su vida, no sabía realmente que quería o que buscaba en ella con tanta existencia. Pensó en sus padres y en lo desesperados que estarían buscándola.

Todo el pueblo la buscaron desesperados por todo el bosque, gritaron su nombre:

—¡Carla, Carla!.

Pero cuando anocheció no hubo más remedio que irse y sus padres cabizbajos se fueron desesperanzados.

—Mañana seguiremos buscando hasta que nuestros pies y nuestras piernas se derrumben —dijo el jefe de policía.

—No se preocupé Ian, la encontraremos. Dándole ánimos se acercó y le dio una palmada en el hombro a mi padre.

Carla estaba ansiosa porque había oído a sus padres gritar su nombre. Ella también había gritado y pataleado dentro de la cueva, pero solo le respondía su propio eco. Entró un aíre intenso que hizo que su pelo se alborotara, esto hizo que no viera que había una columna de piedra. Dándose un golpe tan fuerte que cayó al suelo inconsciente.

El bosque parecía triste y desolado por la tragedia, “era el bosque maldito”, en donde solo se oían perros y policías dando ordenes a una multitud de gente que me buscaban. Los animales, con tanto revuelo, corrían despavoridos al verlos porque para ellos eran intrusos.

Sus padres desolados después de dos días de búsquedas intensivas ya no sabían que pensar, no había ningún rastro de ella ni su ropa desgarrada tirada por el bosque, ni pisadas de algún extraño. Todo era normal excepto que su hija había desaparecido. Mis padres estaban en mi casa desorientados, pensando que se le escapaba de aquella mañana. Mi madre salto histeria a llorar y mi padre la abrazo.

—¿Hay algo que vieras raro esa tarde? —le preguntó, intentando animarla.

—La verdad es que fue tan rápido todo. Yo estaba cocinando cuando de repente, oí los gritos. Miré donde estaba la pequeña Carla y solo vi sus muñecas sentadas en el césped, pero no a ella.

—¡Esto es frustrante! —se echó a llorar como un pájaro herido y siguió con la conversación entre sollozos— aquella mañana me dio un gran beso y unos abrazos matutinos, era tan cálida.

La niña está despierta, pero a la vez sueña con comida imaginaria: ricas frutas del bosque, ricos filetes de carne y pasteles de chocolate. Todo esto lo comía con sus padres, que le sonreían al ver como devoraba la comida. Estaba tan hambrienta que cada día sus sueños eran más delirantes. Lo que le daba de comer esa cosa, era pescado crudo y alguna vez que otra bayas del bosque que estaban mojadas —¡Eso no era comida, era un suplicio!—. Después de comerlo siempre lo devolvía. No podía seguir así, necesitaba salir de allí.

La policía se movía incesante por el bosque, ella oía sus voces, buscando debajo de cada piedra, cueva y tronco caído sin encontrar rastro de ella. El jefe de policía llamó a sus guardias a través del comunicador.

—Muchachos, ¿Habéis encontrado algo? —dijo a través del aparato

—No señor solo hemos encontrado a animales asustadizos y una ardilla muerta —dijeron sus subordinados en tono serio.

—Bueno chicos, lo dejaremos para mañana, nos retiramos —dijo resignado.

Estaba sola y quería escapar de allí. Me levanté para examinar el terreno y descubrí huellas repletas de agua, eran como pequeños charcos, que me llevaban a la cascada. Fui directa a la cascada y saqué la mano por ella, sentí el aíre y el agua pasando ligeramente por mis dedos. Cuando salté, cerré los parpados con fuerza, entonces una mano mojada atrapó mi brazo y mi salto se convirtió en un salto para atrás como los cangrejos. Caí al suelo golpeándome mi pequeño cuerpo contra el suelo. Enfurecida golpeé la piedra caliza y le grité:

—¿Por qué?

Mis ojos miraban al vacío de la cueva, cuando solté un grito ahogado, desconsolada me puse a llorar durante horas. El eco reproducía mi llanto, con tal fuerza que retumbó en mis oídos.

—¡Maldito cobarde! —le grité y seguí llorando, hasta que el cansancio me venció y me quedé como un ovillo en la fría piedra.

Su madre recordó la noche que nací, tan pequeña y regordeta, ella estaba caminando aquella noche con su marido entre los árboles. Estaban esa noche allí para buscar tranquilidad. En el pueblo estaban celebrando por aquel entonces la fiesta del solsticio de verano: con música, ventas de productos del pueblo y sorteo de animales.

La oscuridad se sentía por todo el bosque y el sol cada vez estaba más escondido. Mi marido y yo miramos al cielo, parecía que todo estuviera apagándose hasta dar paso a la noche. Nuestro refugio estaba lejos y ya no podíamos volver, porque nos perderíamos irremediablemente en la oscuridad. Buscamos un lugar en donde guarecernos y lo encontramos en un hueco de un enorme árbol. Cuando entramos en él se ensanchó para que cogiéramos los dos. Me extrañó su comportamiento, pero no me importó, entonces me acomodé y mi marido me abrazó y puso su mano en mi vientre.

Empecé a sentir contracciones. En el cielo empezó a tronar, los rayos eran muy potentes, uno de ellos alcanzó a un árbol cercano a nosotros y empezó a arder. Yo gritaba de pánico al sentir el humo y las llamas. Mis contracciones eran cada vez más fuertes hasta el punto de desgarrarme por dentro, de repente el suelo se cubrió de agua. Mis gritos me desgarraban la garganta, mi marido se puso entre mis piernas abiertas, entonces gritó:

—¡¡Empuja fuerte!!

Tenía miedo, pero debía empujar para que la niña saliera. En mi interior sentía el fuego acercándose a nosotros. Chillaba para empujar, estaba consumida, pero Ian me dio ánimos:

—¡Venga que ya está aquí! Ya veo la cabeza.

Empecé a empujar con las pocas fuerzas que me quedaban.

Cuando la pequeña carla salió, envolvió de lluvia la tierra seca. Sofocando el incendio que venía a engullirnos. La niña salió bien. Ian, le cortó el cordón umbilical y le puso una pequeña pinza del pelo que encontró en mi mochila. Le cubrió con una toalla y me la dio, era preciosa, su piel estaba roja de la sangre, pero su cara era tan redonda que parecía una pequeña bola de caramelo.

Cuando amaneció estábamos Ian, yo y carla abrazados. El día resplandecía con la luz del sol, nos levantamos cansados después de la noche plagada de nervios y de alegrías. Yo no podía andar así que mi marido decidió ir a la cabaña, porque los móviles en está zona no tenían cobertura, para llamar a la central de emergencias. A las dos horas de haberse ido él, nos despertó el sonido del helicóptero a Carla y a mí. Al despertad vi que junto a mí estaba Ian, que desprendía cierto nerviosismo.

—Me llevaré a la niña al hospital en coche y tú te iras en el helicóptero —dijo con ímpetu.

Bajaron una camilla y mi marido me ayudo a subirme en ella, me ató bien con las correas y me subieron poco a poco hasta llegar arriba donde había personal médico para atenderme.

—¡Que recuerdos! la echo tanto de menos, que me duele y me desgarra el corazón nada más pensar que este muerta —al final de la frase soltó un suspiro y miró a Ian.

 

La niña paseaba continuamente por la cueva. Estaba harta de esperar. Aquel aburrimiento la devoraba y, peor aún, conseguía volverla loca. Sin pensarlo miró al frente, cogió carrerilla con todas sus fuerzas y saltó de nuevo; sintió el agua en su pelo, en su piel y por todo el cuerpo, se sentía libre después de estar días encerrada, entonces sintió el aíre y el sol en su cara, luego la fuerza del agua al caer al fondo que la envolvió.

Creyó que era libre, pero de repente, una corriente de agua le absolvió y perdió el conocimiento, entonces desperté de nuevo esa inmunda cueva otra vez. Empecé a chillar:

—Agua viva muéstrate, ¿por qué me haces esto? —luego caía al suelo extenuada y me quedé con las piernas hacia los lados, sentí dolor al caer.

Estaba ya resignada a morir allí, cuando sentí una presencia detrás de mí que me hizo sobresaltarme. Tuve miedo de volverme. Los minutos empezaban a pesar por la larga espera, hasta que por fin decidí volverme. Pero antes de que lo hiciera me tocó el espectro de agua en el hombro, dejándolo mojado.

—No tengas miedo —dijo—. Salpicándome con una pequeña llovizna cuando me hablaba.

Me volví para ver su rostro, pero había desaparecido. Miré a ambos lado:

—¿Quién eres? ¿Donde estás? —dije desconcertada—. Apareció entre el agua de la cascada, su cara, alargada y redonda; y sus ojos eran azules como el color del cielo cuando anochece. Empezó hablar y su boca gesticulaba, y tiraba como neblina igual que cuando el agua cae con fuerza y te salpica.

—Soy tu protector, tu hermano, tu maestro, tu conciencia y sin lugar a duda, tu sombra y a la vez tu reflejo. Tu eres hija de la naturaleza. Estoy aquí para que vuelvas con tus hermanos y tu padre, esté no es tu mundo. Te salvamos cuando tan solo eras bebe y por lo tanto nos perteneces, eres la diosa del agua.

—Yo soy de este mundo, ya tengo padres, no necesito más que volver con ellos —dije con fuerza—. Para que respetara mi decisión.

—Tarde o temprano volverás a nosotros, nos perteneces —dijo con sentido de propiedad.

Empecé a llorar y toda la cueva se llenó de agua, mi cuerpo se evaporó, entonces sentí como mi mente se desvanecía y todo se volvía borroso. Entonces oí la voz de mi madre, “hija despierta”. Sentí un impulso con fuerza en mi pecho y mi ojos se abrieron. Miré a mi madre, cerca de ella estaba el jefe de policía y un médico que me observaba con incredulidad. Mis fuerzas estaban por los suelos, no podía ni hablar, ni levantarme; solo podía mirarlos y sonreír por haber vuelto a su lado.

4 Comentarios
  1. Una historia interesante, me gustó pero por momentos se confunde la voz del narrador, no sé si es un efecto buscado? Un gran saludo.

    • Gracias por tu sinceridad. ¿Me puedes decir en que momentos se confunde el narrador?, es para aprender del error y para seguir mejorando. Porque soy un proyecto de escritora y me gusta aprender.
      Un saludo.

  2. Querida Nalleba, abajo te copio dos párrafos en los cuales me suerge la confusión de la que te hablé, pero ojo!! no tomes mis palabras como algo correcto técnicamente, ya que carezco totalmente de conocimientos técnicos, sonó medio raro en mi cabeza cuando lo leí, aunque tal vez este perfecto.
    No creo seas un proyecto, sino una escritora. Espero te sea de utilidad el comentario, que reitero es absolutamente personal. Un gran gariño desde Buenos Aires.

    3º persona ” La niña está despierta, pero a la vez sueña con comida imaginaria: ricas frutas del bosque, ricos filetes de carne y pasteles de chocolate. Todo esto lo comía con sus padres, que le sonreían al ver como devoraba la comida.”
    1º persona ” Estaba sola y quería escapar de allí. Me levanté para examinar el terreno y descubrí huellas repletas de agua, eran como pequeños charcos, que me llevaban a la cascada. Fui directa a la cascada y saqué la mano por ella, sentí el aíre y el agua pasando ligeramente por mis dedos.”

    • Me gusta saber que opina la gente de lo que escribo, porque con vuestras opiniones veo mis escritos con otra perspectiva. Gracias por explicármelo eso me hace aprender.
      Un saludo.

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