Al oído con desnudez
17 de Enero, 2012 8
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al oido con desnudez

Me parece inimaginable que siga participando en pro de la ciencia sin alivio, con un desagradable y abrumador estado que podría llamarlo muerte, creyendo que reavivo la vida con la llegada de las horas que añoro.

Nunca visité al médico, hasta aquella mañana que apareció un malestar en la garganta, fui al hospital y expliqué mi dolencia, me dieron la interconsulta con el otorrinolaringólogo, se me hizo la revisión y el diagnóstico fue: amigdalitis. Me recetó antibióticos y otras pastillas para contra restar la infección.

Al mes, mis amígdalas seguían igual pero esta vez tenía mucha fiebre, me sumergieron en una tina de agua y hielo, pero la fiebre no bajó, hasta que pudieron controlar la temperatura, estuve en cama durante algunas semanas. Las consecuencias afloraron, el dolor, el dolor en la manos, en el cuello, en las rodillas, en los tobillos. El diagnóstico decía: fiebre reumática, artritis reumatoidea.

Ligada a la prescripción y a la urgencia de calmar el dolor, vaciaba los frascos, consumí más de lo que decían las recetas, pastillas, drogas, más y más calmantes. Los médicos no daban respuestas, nada se sabía de la enfermedad, solo dijeron que era incurable y que entraría en un proceso lento y degenerativo.

Lo primero que comenzó a desfigurarse en mí fueron las noches, cuando intentaba descansar, no lo conseguía, en lo negro todo era sufrimiento interminable, sin embargo rescataba del fondo de la luz las cosas que había perdido en la oscuridad, logré salvar el sentido de la existencia, la razón del tiempo, todo gracias a esa chispita que consiguió que esperara el día.

Mes a mes regresaba al hospital pero esa mañana regresé en una sillas de rueda, con las articulaciones inchadas, rojas, calientes. La tarjeta de consulta decía: nueve de la mañana con la otorrinolaringóloga, diez con el reumatólogo y once con el médico general.

Le hablé con temor de una nueva dolencia, el vientre ardía y con eso bastó para que esa semana sea agotadora, llena de exámenes con resultados inciertos: Un eco determinó la entrada a cirugía, tumor uterino. Fue el inicio de una cadena de extirpaciones. Extrajeron el útero, luego las amígdalas, la vesícula, el apéndice y redujeron los intestinos.

Regresé al hospital, pero en esta ocasión en camilla, con las articulaciones sin cartílagos, amorfas. El dermatólogo detectó vasculitis, las carnes del cuerpo se derramaron, la piel se estiró. Después vino la soriasis, me prohibieron recibir la luz solar, puedo decir que en cierto momento me olvidé del sol, del exterior. Pude ver el devenir desde aquel orificio de la pared, un chorro de alba que evocaba las estaciones de mi esperanza por curarme.

Años tras años asistí al hospital, la artritis avanzaba, los medicamentos eran cada vez más fuertes, los dolores escurridizos a veces aparecían en las rodillas, en la espalda, el cuello, se deslizaba hasta el cerebro, los ojos. He sumado todo el tiempo que he pasado en este hospital, exactamente: cuatro años, seis meses, veinticuatro días, tres horas y dos minutos, con una carpeta que dice: caso científico.

Es bueno recordar que antes de la enfermedad tuve varios empleos. Cuando me sentí mejor intenté conseguir uno pero me lo negaron, nadie querría contratar a una artrítica.

Por último frecuenté las salas de los enfermos incurables, desde entonces permanezco hospitalizada, en el cuarto de la derecha están los enfermos de sida, en la izquierda de lepra, mi compañera de cuarto con cáncer.

Cuando el dolor es fuerte, cada día es más fuerte, espero la mañana con impaciencia, tal vez, porque el calor del sol quita el frío de los huesos. A las nueve en punto comienzan a visitarme los médicos, el reumatólogo, el otorrinolaringólogo, el traumatólogo, el fisiatra, el hematólogo, el psicólogo, la dermatóloga, el urólogo, el endocrinólogo, con recetas de todas la farmacias de la provincia y del mundo, dignos del Santo Oficio, obedeciendo a las transnacionales y a su deber profesional e inhumano.

A medida que avanza la enfermedad me he vuelto más inmóvil, la mandíbula se ha cerrado y uso sorbetes para alimentarme, cuando parpadeo hasta los párpados traquetean.

La ventana está abierta de par en par, percibo las sombras de los sueños que pasan frente a los ojos como nubes de agua, afuera cae una llovizna boba, este lugar habla al oído con desnudez, estimula la necesidad de humedad y llega a rebozar de vida las miradas de todos los que vemos la mañana desde este lugar. Soy la única sobreviviente en esta jaula de leones con batas blancas. Ningún médico permite morir en paz a sus pacientes.

Hoy han llegado todos; mi mamá, mis hermanos, los tíos, los sobrinos, los primos. Escribo en un pentagrama imaginario las notas de mi desahucio. Acaban de anunciar la triste nueva. Por fin me voy a casa.

8 Comentarios
  1. Es verdad hay momentos en que prolongamos una vida a cualquier precio, y no pensamos en el otro, sino en nosotros mismos. Nuestra muerte está en los ojos de los otros, jamás estará en los nuestros. Muy buen relato. Gracias por compartir.

  2. Después de sufrir tantas penas, reales o inventadas, es formidable escribir ese magnífico relato.

  3. muy estimada Natalia Villalva: los desgraciadísimos médicos nos puedan extirpar todo, como sucede en tu hermoso cuento, con tal de que no la armen contra lo de nuestra sesera (así decía el gran novelista mexicano Juan Rulfo -quien, por cierto, parece ser el preferido de Nanky), todo está bien… que hagan (los médicos) lo que les dé la gana, que al fin, nos queda la imaginación, la inteligencia, la memoria, los sueños (como dices)… contra ellos nada pueden ni la artritis, ni esos desalmados matasanos…
    Atentamente (Cada vez, estimada Natalia, asombras con tus letras, precisas, chispeantes, exhitantes, todo en una perfecta unidad).
    Volivar Martínez Sahuayo, Michoacán, México.

    • Excelentísimo y muy estimado volivar, qué gusto me da encontrar un comentario como el tuyo, realmente lo que dices es cierto, una de las cosas que a veces simpatiza en mi conducta es la ironía una ironía que la manejo para describir y jugar, bueno eso lo estoy descubriendo y me he propuesto a incorporarla en mis cuentos, pero es un trabajo fuerte, por eso mido y reviso mil veces este cuento y la exageración y la ironía elegante que he querido incorporar en este ejercicio, pero siento que me falta crecer, voy a trabajar eso en otro cuento, espero compartirlo para sus críticas.
      Un abrazote desde la costa del Pacífico, mi pueblo cálido con un sol radiante Guayaquil.
      atte.
      Natalia xxxxoooo

  4. La mayoría no tenemos ni idea de como se vive algo así… gracias por hacer pensar.

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