Almas en la pared
12 de Enero, 2012 6
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rayuela

Todas las mañanas amanecía Adrián con el sol y se escabullía de su casa para ir a corretear a la calle.

Se sentaba en el penúltimo banco del parque que estaba al lado del edificio municipal, y observaba con detenimiento como la ciudad se iba despertando con el día.

Los primeros en aparecer eran los trasnochados, los que todavía no alcanzaban a acostarse, hombres y mujeres de la noche que se tambaleaban agarrándose de los semáforos para cruzar la avenida. Los ojos de los noctámbulos eran de un carmesí escandaloso, inyectados por los vicios nocturnos o la falta de sueño, por lo que eran esquivos y Adrián no contaba con ellos.

Luego aparecían los hombres grises, con sus camisas y corbatas planchadas al milímetro en todas sus aristas, con sus maletines llenos de papeles decisivos y fundamentales y sus celulares, testigos cómplices de negocios trascendentales e impostergables. Usaban dorados relojes importados, y Adrián los miraba siempre con una curiosidad inocente porque no se explicaba ese efecto raro que los relojes generaban en ellos, que se detenían a mirarlos mientras estaban envueltos en sus conversaciones importantísimas, y aceleraban de inmediato el paso en cuanto les sacaban la vista, o cuando las manos que eran abrazadas por los relojes pulsera parecían estar pegadas al suelo, inmóviles, como si fueran víctimas de ese peso gravitante del tiempo en sus asuntos cotidianos. Tampoco Adrián contaba con ellos y esperaba ansioso que entraran a sus respectivas oficinas, a sus oscuras cavernas de ignominia, y le dejaran la calle para él.

Adrián tenía unos ocho años, se decía por el barrio, pero nadie podía definirlo con certeza porque nunca había soplado ninguna vela y su madre, la única persona que velaba por él en el mundo, iba colgando la memoria entre los broches, junto a los manteles y los delantales, y la dejaba ahí tendida, en la soga del patio, hasta que se volaba finalmente con algún viento de verano. No podía, entonces, confirmarlo.

Después de los grises, cuando los rayos del sol ya quemaban entre las hojas de los cedros, empezaba a llegar la gente que a Adrián le interesaba ir a buscar cada mañana: los inocentes.

A ellos observaba con tenacidad, buscaba con fuerza encontrarse con los ojos de los inocentes, sin titubeos, sin pestañeos inoportunos, los perseguía vehementemente con las pupilas. A los jubilados que salían a hacer largas caminatas que los exorcizaran del reuma, a las estudiantes universitarias que sacaban a pasear sus diminutos perros enfundadas en pantalones apretados que levantaban suspiros, a los estudiantes primarios que maniobraban sus pesadas mochilas con rueditas entre las acanaladas baldosas de la vereda, a los músicos que recorrían el parque armados con sus guitarras y sus pequeños bombos parchados, a los poetas que caminaban sin despegar la vista del cielo, a los verduleros que empujaban los pesados carros donde guardaban las frutas maduras de toda la semana. Ellos eran sus víctimas, a ellos les robaba una porción de existencia.

Y es que Adrián se consideraba así mismo un ladrón; sentía que tomaba sin permiso un poco de la esperanza de esa gente, porque esperaba todas las mañanas, ahí sentado, que pasaran cosas buenas, que alguien le entregara una sonrisa o una mirada pretenciosa, a él mismo o a cualquier otra persona, que alguien ayudara desinteresadamente a otro, o que simplemente se detuvieran dos desconocidos a prestarse atención, a observarse fijamente, a franquear sus remotas soledades y gritarse que ahí estaban, entre la multitud. A veces incluso fantaseaba cuando dos personas cruzaban miradas intensas, con que se enamoraban ahí mismo, delante de su presencia, y el universo le permitía atestiguar semejante milagro.

Había leído una vez en un libro diminuto, de esos que no superan el alto del dedo meñique, encontrado en la mesa de luz de su madre, en donde los chinos decían que los ojos eran una ventana del alma, y que, además, algunas personas, unos pocos, andaban con el alma “para afuera” y en estos casos era justamente en el iris en donde fluía lo etéreo como el vino que rebalsa de las copas. Y era por estas pretenciosas frases, que Adrián salía todos los días como un despavorido a recolectar porciones de alma, de sueños e ilusiones, y se los llevaba con él cuando los encontraba, los atesoraba como lo haría un artista: no porque así lo quiere, sino porque así lo necesita.

No era fácil su empresa, pero sabía esperar, y la experiencia había agudizado su innata condición de excelente observador, así que en cuanto algo de esto sucedía, una sonrisa o un intercambio intenso de energías, es decir, en cuanto Adrián sentía en sus manos, en su cuerpo, en su ser, un pedazo del alma de alguien, salía corriendo frenéticamente, y se acercaba a la librería de la cuadra donde ya lo conocían, y la encargada del negocio le regalaba una tempera, un pequeño frasco repleto de color y textura que esperaba ser liberado, con el cuidado de que el color elegido sea siempre diferente al del día anterior.

Lo tomaba Adrián entre sus manos, lo apretaba contra su pecho y así volvía corriendo a su casa para meterse derecho en su precaria habitación. Empujaba la pesada cómoda de roble centenaria en donde guardaba sus poquísimas pertenencias, y aparecía, resplandeciente ante sus ojos el mural, el mural de las almas, que pintaba todos los días con sus ínfimos dedos de infante y se escondía en la pared, detrás del mueble. Allí era en donde eternizaba lo que había contemplado en la plaza, en donde perpetuaba a la posteridad las ilusiones y las esperanzas en todo futuro, en la gente, en los adultos, en la vida que le esperaba.

Antes del mediodía se lavaba las manos con ahínco, las refregaba con astuta presteza para no dejar rastro alguno de pintura en sus dedos ni en su dormitorio, era un perfeccionista en el arte de ocultar a su madre la pintura, porque no podía ella ver su obra por la mitad, tenía que hacerlo sólo cuando estuviera terminada.

Y era en el mediodía justamente, cuando tocaba ayudar a su madre, cada vez más deteriorada por la erosión el cáncer, a hacer la comida del día y a realizar aquellas labores domésticas que ella ya no podía realizar.

Durante el almuerzo o la cena, su madre lo prevenía, siempre con el mismo discurso, de que la muerte se acercaba para ella, que iba a tener que arreglárselas sólo, que el mundo era un lugar hostil para un niño huérfano y que no podía permitirse vivir de la caridad, que tenía que valerse por sus medios para hacer una vida, que ella estaba apenada por dejarlo sólo, pero que el Destino tenía un lugar para todos y éste era el de ella, que siempre mirara para adelante con los ojos bien abiertos, y que nunca confiara en nadie. Todos los días se sucedían idénticos, con el mismo palabrerío.

Así que un día de esos, durante una cena cualquiera, después de escuchar paciente el mismo sermón de los últimos meses Adrián tomó a su madre de la mano y la llevó hasta su cuarto, empujó la cómoda vieja que escondía su obra de arte, y le dijo con mucho ímpetu y en tono triunfal, con la firmeza de los que llevan la verdad imperecedera en sus cuerdas vocales, mientras señalaba su pintura:

- Mirá mamá, ya no te vas a tener que ir, te conseguí un alma para que cambies por la que se te enfermó.

La mujer lo miró, silenciosa, mientras las lágrimas acariciaban su rostro.

6 Comentarios
  1. Muy bueno. Me encantó el sentido humano del cuento y las buenas descripciones, sobretodo los perfiles de los personajes. Emocionante el final.

  2. ¡Bienvenido a Falsaria!

    Gracias por publicar y compartir en la red social literaria.

    Un saludo,

    El equipo de Falsaria

  3. Un relato muy emotivo, bienvenido y gracias por compartir.

  4. Gracias a vos por pasarte!

  5. Gabriel, me uno a las felicitaciones que has recibido por tan hermoso cuento.
    Qué relato, amigo, tan intenso, tan bien estructurado. Qué final… sencillamente lindo.
    Volivar Martínez. Sahuayo, Michoacán, México

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