Amigo incondicional
9 de Septiembre, 2012 8
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Bruno había perdido agudeza visual y capacidad auditiva en los últimos meses. El paso de los años hizo mella en su cuerpo, pero no en su alma, pues conservaba intacta la ilusión y las ganas de vivir.

Dispuesto siempre a compartirlo todo con César, jugueteaba inquieto y divertido, buscando únicamente una caricia de complicidad como signo inequívoco del amor de su amigo y compañero.

Como cada mes de agosto, César preparaba las maletas para emprender el ansiado viaje de vacaciones. Este año se le dieron bien las cosas y había decidido “darse un homenaje”. Nada de viajar en coche. Realizaría un crucero por el Caribe.

Preparó un par de maletas grandes con todo lo necesario: camisetas, shorts, sandalias, un par de bañadores; y cómo no, un traje de Adolfo Domínguez para la cena de gala con el capitán del barco.

Bruno miraba atentamente los movimientos de César. Se sentía emocionado, sería la primera vez que subiría a un avión. Aún no sabía si realizaría el viaje en la cabina o en la bodega, pero eso era lo de menos; estaba dispuesto a sacrificarse, si fuera necesario, con tal de no causar problemas a su dueño.

Se acercó hasta su bolsa de comida, que permanecía olvidada en el armario de la despensa. La cogió con cuidado para no romperla, y se la dio a su amo.

César era un poco despistado, y debido a la tensión que le producía los preparativos del ansiado viaje, no tenía nada de extraño que olvidase coger alguna cosa- pensó el perro.

César se mostró más huraño de lo habitual y, sin propinarle ni siquiera una caricia, volvió a poner la bolsa de comida en el mismo sitio de antes.

Bruno se sintió desconcertado ante la inesperada reacción de César, pero aún así justificó su actitud con el estrés pre-vacacional, que tanto parecía afectar a los humanos.

Los días siguientes estuvieron llenos de idas y venidas de un lado para otro.

Por fin llegó el gran día. Cogerían el avión que les llevaría hasta La Habana.

César se levantó temprano. Tras ducharse y desayunar, cogió la correa de Bruno y la colocó en el cuello de su mascota.

- ¡Vamos, campeón! ¡Es la hora de tu paseo!- exclamó el joven.

Bruno se le acercó, moviendo el rabo alegremente.

Bajaron en el ascensor hasta el garaje.

¡Qué raro! –caviló el perro-, los paseos matinales siempre eran por la urbanización en la que vivían.

Llegaron al Audi rojo. Bruno subió al asiento de atrás y se colocó sobre su manta de cuadros para evitar manchar la tapicería; él era muy respetuoso con las cosas de su dueño.

César condujo en silencio. Bruno observaba por la ventanilla. El trayecto resultó más largo de lo habitual, por lo que comenzó a sentirse mareado.

Miraré al frente - pensó el perro-, si continuo curioseando por la ventanilla acabaré vomitando y eso no me lo perdonaría. César se sentía orgulloso de su deportivo y si el can se lo manchaba tal vez no volviese a montarle en él

Aguantó como pudo cerrando los ojos algunos intervalos de tiempo, para distraer su mente y así evitar que la inevitable arcada llegase hasta su garganta.

Por fin, el automóvil se detuvo.

César se bajó del coche y abrió la puerta, franqueando la salida a Bruno.

Era un lugar desconocido para él. Había una gran extensión de campo con algunos árboles al fondo. Ojeó a uno y otro lado en busca de algo que le resultase familiar, pero no halló nada. Parecía un lugar totalmente inhóspito.

César cogió la pelotita preferida de Bruno. Era una pelota de goma, con dibujos de colores.

-¡Cógela, Bruno! - profirió César, a la par que lanzaba el objeto más allá de donde alcanzaban sus ojos.

Bruno, observó extrañado a su amo. No le había acariciado la cabeza, ni le había sonreído, como hacía siempre antes de iniciar sus juegos.

César insistió, a la vez que consultaba nerviosamente el reloj en su muñeca.

- ¡Vamos, Bruno! ¡Ve a por la pelota!

El perro permanecía inmóvil mirando fijamente a su dueño; colocó el rabo entre las patas traseras. Por primera vez en su vida estaba experimentando el miedo.

- ¿Qué te pasa, Bruno? ¿Es que no me oyes?- replicó el joven.

Ante la inercia del animal, César se hincó de rodillas en el suelo y, sin atreverse a mirar a los ojos de su fiel amigo, como si la hacerlo temiese ver en sus pupilas un merecido reproche, exclamó de nuevo:

- ¿Qué ocurre, Bruno?

El pobre chucho, emitió un quejido.

César levantó la mirada hasta encontrarse con las retinas del animal.

Allí estaba Bruno, su amigo incondicional durante los últimos quince años, aquél que le había demostrado su fidelidad día tras día sin pedirle nada a cambio.

El perro permanecía quieto, en silencio y con las orejas gachas en actitud de abandono; una lágrima brotó silenciosa de sus grandes ojos color miel. Éste, como si no quisiera que su dueño fuera testigo de su dolor, se levantó y se acercó lentamente hasta César. Le lamió la mano a modo de despedida; aquella mano que tantas veces le había acariciado, y que ahora acababa de lanzar su pelotita favorita más allá de dónde llegaban sus ojos, con el único fin de huir cuando él hubiese ido a buscarla.

Sintió como si un aguijón se clavase en su noble corazón; pero aún así en lo que parecía sería un último gesto de amor, no por falta de sentimientos sino por ausencia de oportunidades, hacia el que seguía considerando “su mejor amigo”. En vano intento por disuadirle del sentimiento de culpa, Bruno movió ligeramente el rabo y comenzó a correr en busca de su juguete preferido.

César, comprendiendo el gesto de generosidad del perro, no pudo evitar sentirse el más mezquino de los seres vivos.

Se apresuró en busca del mejor amigo que había tenido jamás, a la vez que un desgarrador sonido brotaba de su garganta.

-¡Vuelve, Bruno!

 

FIN

8 Comentarios
  1. ¡Hermoso!, ¿que más te puedo decir? me emocioné. (Tengo perro)
    Gracias amiga.

  2. Querido amigo, Moli, yo también me emociono cuando lo leo; no puedo evitar sentir la angustia de los animales abandonados sin ninguna necesidad.
    Un beso y muchas gracias.

  3. Muy bello relato, Cenicienta. Yo tambien aprecio mucho al mejor amigo del hombre. Un abrazo y mi voto.

  4. Muchas gracias Vimon; ojalá sepamos valorar la amistad incondicional.
    Un abrazo.

  5. Mi querida Dama.
    Emotivo y bello relato.
    Y siempre con un mensaje para ser mejores seres humanos.
    Y toda la vida tuve amigos canes y los tendré hasta el final de los días.
    Un beso enorme.
    Y ya voté.

  6. Me hiciste llorar, Cenicienta. Cada vez que tengo que viajar a Buenos Aires, mi perro se queda muy contento en la casa de unos criadores caninos, le cuelgo su bolsita en el cuello y le digo que se va a la Colonia de vacaciones. Va tan contento que no sabe si saludarme a mí o a la cuidadora. Mi gata, en cambio se queda sola y la tiene que cuidar 2 veces por día el encargado del edificio. Me voy con el corazón partido. Por eso cada vez espacio más mis viajes. Son mis amigos incondicionales!!!
    Lo describiste tan bien! Te felicito. Mi voto

  7. Muchas gracias, querido amigo, Richard, yo no tengo perro, pero tengo un canario llamado “Cupido” al que adoro.
    Me muestra cada día el amor a la vida con sus alegres trinos, sin pedir nada a cambio.
    Me conmueve cuando le veo disfrutar de la sencillez de la vida.
    Un beso muy fuerte.

  8. Mi querida amiga, Lidyfeliz, te comprendo cuando me dices que te apena dejar a la gatita, yo cuando paso el dia fuera, dejo a mi canario con música para que no se sienta solo; los animales tienen una intuición muy desarrollada, perciben la diferencia entre dejarlos unos días por un viaje, o abandonarlos a su suerte en un lugar desconocido. No te sientas mal Lidy, por ausentarte unos dias de vacaciones. Estoy segura de que tus mascotas están muy bien atendidas, tanto el perrito como la gatita.
    Tus lágrimas son fieles testigos de tu gran sensibilidad y gran corazón.
    Un beso muy fuerte y muchas gracias.

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