El fuego subía por la ventana, bañando su piel con agua de mar, el sopor asesinaba sus sentidos, la cena y el alcohol fueron el preámbulo nocturno del hastío y el rencor , ya no recordaba ni su nombre, si es que tenía uno.
La brisa del día luchaba en su boca siendo derrotada por la pestilencia de la muerte, la sombra de una cabeza deforme bailoteaba y se agigantaba, apagando las llamas de la mañana, los animales que no conocen de resacas, desplegaban su estruendoso cortejo a la vida, el tercer intento por levantarse fue vano, su cuerpo era un péndulo oscilante.
El tiempo, lleva tiempo para el reconocimiento.
Le costó su vida fijar la mirada, estiró sus huesos mas allá de los límites de su piel, sus ojos vieron su mente, la polución nocturna cercaba su inconsciente.
El horror silencioso lo arrinconaba, tomó con fuerza sus pantorrillas y ahogó el amargo sollozo en sus rodillas.
Porqué no me diste una oportunidad? – gimió su boca masticando agua y sal.
Ella ya no estaba allí, pero todo estaba teñido con su rojo, hasta sus reproches diarios, sus deseos, su aliento.
En algún momento la quiso, pero nunca la amo.
Reprimió sus manos, intentó besar su sexo, diminuto, helado.
La miró y se imaginó asesinándola nuevamente, sintiendo el calor de su sangre en la piel, la liberación de su ser, una y otra vez, su mente gozó, aulló, rió y lloró.
Debió haberla matado antes, su indulgencia, su don gente le jugó la peor partida de su vida, estranguló su dicha, pero peor, le quitó sus sueños.
Pensó en suicidarse, luego en la cárcel.
Sabía era cuestión de tiempo que viniesen a buscarlo, se arrojó al suelo, su cuerpo se embebió en sangre, sus lágrimas diluyeron solo un poco la escena, bramó su angustia, abrazó el cuerpo sin vida, su sexo era deseo, reunió todas sus fuerzas.
La policía a su ingreso en la habitación se encontró con el cuerpo de una mujer asesinada, sangre y dos hombres abrazados, uno sin vida y el otro igual.


