Amputado
27 de Septiembre, 2012 4
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Era de noche. Salí borracho de casa a dar una vuelta sin un rumbo fijo. Eché una meadita por la calle y el chorro de mi pís me dejó los pantalones totalmente empapados de arriba a abajo. Atravesé bulevar tras bulevar hasta llegar a un callejón. El callejón olía a orina intensa y había un perro desnutrido durmiendo posado en la fría calle. Había un cubo lleno de basura a su lado en el que sonaba el incesante aleteo de las moscas, las cuales también se posaban sobre el pobre animalito durmiente. De repente sentí un golpe en la nuca y pude ver al darme la vuelta antes de caer desmayado en un lapso de segundo, dos figuras, probablemente masculinas, a contraluz.

Al despertarme todo estaba a oscuras. Notaba que algo me impedía mover mis extremidades, quizá un conjunto de cuerdas amordazadas a mis piernas y brazos, y algo me impedía mover las mandíbulas para poder articular palabra, creo que era un trapo bien encajado a mi boca. Traté de desembarazarme de aquella prisión pero era inútil, lo único que hacía era quedarme sin oxígeno y sin energías.

Al cabo de un rato comencé a escuchar pasos en la habitación de al lado. Sonó el picaporte de una puerta y percibí que alguien entraba. Poco tiempo después los pasos cesaron. Noté dos ráfagas leves de viento en mis dos brazos con direcciones diferentes. Eran dos tipos. Comenzaron a susurrar en la oscuridad en una conversación agitada. Comentaron que iban a despertarme en poco tiempo, que cuando lo hiciera iban a poner en practica su plan y que estaban muy excitados con que llegara el momento. Además comentaron que iban a preparar unas sierras para realizar una serie de cortes. Se fueron.

Al rato volvieron y pusieron las luces. Se acercaron a mí y comprobaron que estaba despierto. Exhalaron una horrible sonrisa. Ambos hombres eran increíblemente feos, vestidos con ropas arapientas y olían a mierda literalmente. Reían burlonamente y exhibían una excitación fuera de la norma. Parecían perros salidos. La sala era un simple cubículo de madera. Probablemente una cabaña apartada de la ciudad y sus bucólicos bulevares. Sacaron las sierras. Yo me aterré completamente. Alzaron las sierras y comenzaron cortándome las extremidades superiores de mi cuerpo, los brazos. Un intenso dolor me recorría todo el cuerpo. Lloraba pero no gritaba, ya que el trapo me impedía exhalar cualquier grito. Podía ver como la sangre de mi cuerpo brotaba goteando entre la sierra y las heridas del brazo. No me inmovilizaron la cabeza. Querían que lo viera. Al fin cortaron huesos, músculos y tendones hasta la altura de mi codo. La sangre seguía brotando en ambos brazos. Finalmente me hicieron un gran torniquete en ambos. Pronto tendría dos horribles muñones. Luego se fueron a por mis piernas y repitieron la jugada. El dolor fue más intenso si cabe. Con las cuatro extremidades cortadas y torniqueteadas ya sí que no tenía esperanzas de sobrevivir.

Me encerraron durante días y sólo volvían para ver que tal andaba el torniquete y para darme de comer. Me daban de comer pan y agua. Parecían querer que sobreviviera a pesar de todo. A veces me cambiaban el torniquete y podía ver como grandes coagulos colgaban de mis extremidades cortadas. Los apartaban y ponían un nuevo vendaje.

Por el régimen de comidas calculé que pasaron dos semanas. Las amputaciones me cicatrizaron, al fin tenía los muñones a punto. Ese día los hombres me desamordazaron y me quitaron la venda de la boca. Me quitaron los vendajes de los muñones. Como dije ya estaban cicatrizados totalmente. Comenzaron a lamerlos lascivamente. Entonces entablaron una conversación delante mía. Pretendieron coserme los labios. Yo grité, pero me pegaron un puñetazo en la boca. Posteriormente me cosieron los labios entre mis alaridos, sollozos y llantos. Me desnudaron. Comentaron que querían sentir todos mis muñones atravesando su ano. Y eso hicieron. Jamás sentí por mi piel las cavidades internas de un hombre como aquel día. Se turnaron. Y mientras uno se dedicaba a sodomizarse con mis muñones, el otro me sometía a latigazos y a pinchazos con un arpón. El sodomizado se masturbaba y corría. Mientras que el sádico reía y rozaba su pene a mi piel . La sangre brotaba por mi espalda con cada latigazo y arponeo. La sensación era indescriptible. Nada sexual para mí. Cuando ambos acabaron con las cuatro extremidades me besaron en mi boca cosida ardientemente. Arrancaron violentamente la costura de mi boca, la cual comenzó a sangrar a borbotones. Me cogieron entre los dos y me pusieron una bolsa en la cabeza. Sonó un picaporte y el sonido del viento exterior crepitaba sobre la bolsa. Estaba fuera de la cabaña. Anduvieron largamente los violadores conmigo a cuestas. Pasamos un seto. Sentí que me soltaban y me caía. Me quitaron la bolsa y salieron huyendo. Estaba en una carretera. Un conductor me vio bajo del coche, y horrorizado por mi aspecto, trató de ayudarme en lo máximo posible.

Apenas lo sucedido transcendió en noticia y cada vez que alguien se refería a mí era censurado rápidamente.

Ahora escribo estas confesiones a la espera de una solución química para suicidarme ante la incomprensión social y la falta de una investigación del caso.

4 Comentarios
  1. Que relato, Fernando, pareciera que describes el infierno. Hay que tener estomago para escribir algo así. No cualquiera lo hace y por eso te doy mi voto.

    • Hay que ir imaginándolo, y cuando ya has leído muchas historias de este tipo (recomiendo por aquí Clive Barker), te haces a ello. ¡Gracias por el voto y valoro tu apreciación!

  2. Durísimo, Fernando. Un relato, sin duda, que tira del lector. Te doy mi voto.

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