Aroma a canela

Hoy, una persona me recordó a Papá.

 

Tres veces mi papá se perdió, no sabíamos nada de él, y es que las pocas cartas que mandó en su ausencia no decían nada, sólo nos confirmaban que seguía con vida por el garabato al final de ellas que nadie más podía reproducir. Muchas de las cartas duraban semanas sin abrirse porque todos temíamos que en alguna de ellas escribiera la fecha de su regreso; y es que, aunque nadie lo dijera, todos en la familia deseabamos que jamás regresara, que jamás muriera; que sólo se mantuviera como lo había hecho, sin existir y sin dejar de estar, porque sabíamos que su muerte ocasionaría tristezas a pesar de todo y que su regreso también lo haría; en ese momento no sabíamos que la muerte de él, años después nos traería una tristeza pasajera que vendría acompañada de una calma que nuca en la vida la familia había tenido.

 

Casualmente las ocasiones en que desaparecía eran fechas en que se le necesitaba, unas por dinero y otras porque se añoraba la presencia de la pareja de mi madre, para que no confundiaran al padrino de graduación con el padre perdido. Pasaban días, meses y la última vez pasaron dos años sin saber de él. Esa última vez no volvió con el aroma que caracterizaba sus regresos, el olor que percibí esa última vez fue a caldo de pollo, mi hermana lo preparaba con ahínco tratando que con eso se borraran de tajo los dolores que papá sentía, la tonta creía que el chayote y elote regresarían el color a sus venas; la zanahoría y el apio desinflamarían su vientre, no sabiendo que su estomago no estaba inflamado por gases, sino por el odio guardado durante tantas ausencias por toda la familia.

 

Ese día salí de la escuela y en lugar de seguir con mi rutina de ir a casa, decidí visitar a mi hermana, decidí olvidarme del orgullo y tocar su cerco con la única moneda que quedaba en mi bolsillo, toqué despacio, pidiendo a no sé qué Dios que mi hermana no escuchara, no fue así, mi hermana abrió la puerta y al verme intentó disimular su sorpresa. Entré a la sala después de inventar razones estúpidas del porqué de mi visita, sin lograr que alguna desviara la conversación hacía el punto donde se dirigía, sin lograr que mi hermana NO me pidiera ver al hombre que recordaba entre olor canela. Después de disimular, igual que ella, mi sorpresa y de fingir no haber llegado a su casa por ese motivo; caminé hacia el cuarto al final del pasillo, cruzé la cocina a paso lento, por un momento pensé que mi cuerpo hervía y hedía, volteé a un lado y vi la olla en el fuego y perdí el miedo, descubrí que no era yo el que me quemaba sino el pollo que chapoteaba entre verduras tratando de escapar de ser devorado por el hombre que yacía en la cama del rincón del último cuarto, hasta el pollo sabía que los ácidos del estomago de papá serían peor que cocerce entre tanto ajo que mi hermana pone a cada comida. Porque la maldad se siente aunque te escondas en un congelador, aunque te cubras de carnes ajenas y de distinto color. El espacio que faltaba para ver a papá era semejante al que hay entre mi cama y el armario, pero me dió tiempo para pensar en todas aquellas veces que lo veía regresar de sus viajes en barco a la imitación barata de Oceanía; pensé en la razón por la cual me iba a negar a recibir una caja más de chicles de canela, conjugué en mi mente cada verbo que conocía con un adjetivo ofensivo para armar cientos de oraciones que lo hicieran sufrir tanto como yo lo hacía en cada uno de mis cumpleaños, pensé en levantarlo a golpes de la cama pidiendo que no fingiera más una enfermedad que había conmovido a todos pero que no funcionaría conmigo. El espacio se acabo, cruce el umbral de la puerta con los ojos cerrados a falta de puerta que dividiera el pasillo del cuarto; antes de abrir los ojos percibí que el olor del caldo cambiaba, ya no percibía el oregano, desapareció en el aroma a tristeza. Abrí los ojos y no lo vi. EL hombre que yacía frente a mí no era mi padre. No era aquel que había visto en el baño, años antes, con los ojos en blanco, con cuchara y jeringa en mano. No era aquel que pedía perdon. Mi interior se inundó de llanto que no pudo salir. No dije nada, lo contemplé. Cuando abrió los ojos fui yo quien pidió perdon por no haberlo ayudado con las fuerzas necesarias, por no haberlo amarrado con cadenas de amor a la familia que tanto lo necesitaba. Fue a mí a quien grité las oraciones que preparaba para él. Quería correr a la cocina y decirle a mi hermana que le pusiera papa, calabaza y repollo al caldo para que curara el corazón de mi padre. Que cuando lo sirviera le diera tortillas de maíz que borraran las cicatrices de sus brazos. Fui yo el que se sintió derrotado al ver que mi padre no sabía lo que estaba estudiando cuando lo preguntó, me sentí culpable por no haber mandado cartas al aire contandole mi vida, por no haber platicado con él como con los amigos lo hacía. Fui yo quien quizo oler a canela esa vez.

 

Gracias a la persona que bailaba entre coches esta mañana, con fotografía atada al cuello, ofreciendo goma de mascar.

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