Fabián permanecía sentado en la acera de la Avenida de Carlos V, junto a la iglesia de la Concepción, como si estar cerca de la morada de Dios le sirviese de aval para acceder al pétreo corazón de los transeúntes, que demasiado ocupados con su vida cotidiana, se mantenían ajenos al desesperado reclamo del vagabundo, no tanto para alimentar su cuerpo como para sustentar su alma.
Su adicción a las drogas y una terrible enfermedad le habían llevado hasta aquella lamentable situación.
La gente pasaba al lado suyo sin verle, sin oírle. Su aspecto envejecido y la extrema delgadez le hacían parecer todavía más invisible ante los ojos de los viandantes.
Un trozo de cartón viejo, con “una ayuda por favor”, era su única carta de presentación.
Sin hogar, sin familia, sin un mínimo atisbo de esperanza, dejaba que el tiempo, único bien que aún poseía, se escapase irremediablemente de sus derrotadas manos.
Pero aquel 24 de diciembre, cuando el último halo de esperanza había partido, dejando paso a un profundo sentimiento de tristeza, una anciana se le acercó, le miró fijamente a los ojos, y con la premura de quien se sabe poseedora de poco tiempo, le brindó un hogar donde cobijar sus gélidos huesos.
No hubo preguntas, ni recelos. La buena mujer, que había quedado sola tras morir todos los miembros de su familia en un terrible accidente, comprendía como nadie el sentimiento de desamparo que embargaba el alma del vagabundo.
Le ofreció un plato de sopa caliente y un trozo de pescado rebozado. Y hasta brindaron con medio vaso de vino tinto por haber encontrado a alguien con quien compartir la soledad.
Fabián sonrió después de mucho tiempo. Se sentía feliz y sorprendido. Estaba tan acostumbrado al rechazo de la gente que el altruismo de la mujer le hizo sentir como si su corazón se estremeciese.
La anciana, adivinando los sentimientos del pordiosero, se le acercó y depositó en su mejilla un beso con el amor y respeto con el que tan solo sabe besar una madre.
El indigente cogió las manos de la mujer entre las suyas y las acarició devotamente con sus trémulos labios. Tenía la impresión de estar besando a un ángel. La solidaridad de la benemérita señora le había devuelto la fe en la humanidad.
Aquella mágica noche, como quien por fin ha conseguido cumplir su sueño más preciado, Fabián emprendió el viaje hacia el Paraíso, donde un coro de ángeles lo cobijaron entre sus amorosas alas; un edén, donde no importaba el color de su piel, la lengua que hablase, ni tan siquiera el Dios a quien profesase devoción.
Partió en silencio, con la sonrisa en los labios de quien se ha sentido amado, llevaba las maletas vacías, pero el corazón rebosante de amor.
FIN



Preciso. Me maravillas con tu facilidad con las palabras.
Muchas gracias, Jorge.
Un abrazo
Sin dudar, mi voto +1. Muy bueno
Muchas gracias. Un abrazo
Cenicienta literaria: hermosa mujer de inagotable y excelsa inspiración… leer lo que publicas, es pasar de un estado de ánimo arruinado a otro en donde reina la confianza, la fe, la seguriad, para seguir el camino, tal vez plagado de baches, de piedras, o de espinas, pero armados con eso que parece ser lo que dirige tu fabulosa pluma: el amor.
Un saludo y mi voto.
Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)
Muchas gracias por tu fidelidad; es maravilloso que alguien esté pendiente de mis cuentos.
En efecto, el amor es el que mueve mi pluma al escribir, ese amor que hasta el más perverso de los seres, lleva prendido en el alma.
Lucharé por avivar esa llama latente; como armas: la pluma y la palabra.
Un abrazo
Muy tierno relato, Cenicienta. Un abrazo y mi voto.
Muchas gracias, Vimon. Un abrazo