Blues
15 de Diciembre, 2011 7
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El intoxicante aroma del humo de los cigarrillos se colaba en cada rincón de la sala, haciendo casi imposible no respirar el almizcle que se creaba con el tequila de las botellas. La luz se diluía, no había rayo de luz que llegase completo hasta el piso de madera que rechinaba a cada paso del viejo músico, vagabundo callejero que sólo se le podía ver con una desgastada Epiphone Casino bajo su brazo. Armado de esta pequeña, se le veía todas las noches entrar al bar, puntual como siempre, a las nueve de la noche, hora en la que cientos de fieles solitarios venían a por una cerveza, con unos billetes en la mano y un corazón roto en la otra.
Nadie sabía exactamente algo sobre este viejo, realmente, nadie sabía nada de este vagabundo. Lo único cierto es que no se separaba nunca de su pequeño trozo de madera.
Los rumores acerca de su vida viajaban por la quinta avenida como viaja el viento matutino, volaban de oído en oído como murmullos ciegos, chocando entre paredes invisibles y cabezas necias, entre leyendas urbanas que nadie presta atención.
Se decía que había pactado con el demonio en una tarde lluviosa la habilidad tan prodigiosa que en sus manos poseía. Y los rumores, sean falsos o verdaderos, viajan más rápido que cualquier tren, y fue así como llegó a los oídos de un joven reportero.
Tal era la fama que recogía este enigmático sujeto en los antros marginales de la ciudad de la costa este, que no tuvo duda alguna el reportero y partió en la empresa de su búsqueda.

Vagó de bar en bar buscando al perdido, pero solo se encontraba con palabras vacías que describían el dulce sonido que emanaba de las cuerdas que sujetaba su guitarra.
Al primer bar que llegó, uno perdido en la 27, al fondo de un corredor baldío. Allí unos sujetos de aspecto intimidante y aún peor conducta se le aparecieron. Grande fue su sorpresa al comentarles acerca del músico mítico, ya que según sus comentarios, sólo la noche anterior este sujeto se había presentado en el escenario.
La conversación se hizo sublime mientras recordaban los compases y las notas perdidas de su limpia ejecución, tanto así que muchas veces no encontraban palabras para describirlo, remitiéndose a solo cerrar los ojos y expirar un suspiro. Los tragos de cerveza se sucedían unos con otros, viajaban entre risas de bar y dejaban sonrisas en los rostros de los interlocutores.
A la mañana siguiente, el sol apareció en lo alto iluminando al joven, que, tendido en un callejón abandonado, trataba de recuperarse de una agitada velada. La resaca le hacía aún imposible darse cuenta de lo sucedido la noche anterior, y un bolsillo vacío era su único testimonio del hurto del que había sido victima, timado por un par de maleantes que engatusaron sus sentidos con lo que el había ido a buscar.
Todo su dinero, sus documentos y pequeños recuerdos que guardaba en su cartera habían sido sustraídos. Perdidos para siempre.
El ánimo estaba devastado, pero había que seguir adelante.
Esa misma tarde debía presentar al editor su pequeña historia, la que por cierto aún no comenzaba. Y razón suficiente encontró el jefe editor, que en la cresta de una mala mañana, descargó su ira furiosa con el novato cazador de historias.
Que la vida no es justa, ya lo tenía más que interiorizado. Nunca estuvo conforme en su hogar, su familia le imponía un estilo de vida que pesaba y extinguía su energía, su voraz apetito por las historias que leía en los periódicos que recogía de vez en mes, y que devoraba con inusual avidez.
Pero el camino era aún largo y debía seguir tras los pasos de un misterioso sujeto del que no conocía su nombre, más que una seña en particular, una Epiphone Casino bajo el brazo, una guitarra de maderas ya gastadas y un mástil de alerce que reemplazaba al original. Sólo eso conocía de quien le obsesionaba, sólo datos vagos de un misterioso pordiosero.
Caminaba con el sol a sus espaldas por la avenida, con el murmullo de algunos autos que a esa hora transitaban, penosos en su andar. La luz del sol se extinguía suavemente y se hundía en el mar sereno, en un juego de luces que se alzaban en la bóveda celeste. Y caminaba hasta su hogar solo, ya sin trabajo por el cual preocuparse (y sin un trabajo, por lo cual estaba preocupado). Y la llegada al hogar no fue menos amarga, un hogar vacío, sin la acostumbrada presencia de su mujer, sin el ánima de su compañera presente. La obsesión que provocó la búsqueda del enigmático guitarrista había sido el punto que detonó la ira de la mujer, la que abandonó el hogar en medio del llanto de quien nunca quiso ser responsable de una relación de compromiso.
Y así la brisa le dio un beso de despedida, y le dejó solo en la agonía de una tarde nefasta.

Y todo a causa de un Blues perdido que nunca llegó a oír… ya sin dinero, sin trabajo y sin mujer.

Tomó rumbo al bar mas cercano, entró al antro y pidió una cerveza. El olor intoxicante del tabaco le inundaba los pulmones, penetraba a través de los poros de la piel suavizando y erizando a la vez, cada vello, cada centímetro de su ser. La luz menguante, titilante de un foco perdido llegaba hasta sus ojos, que impotentes no podían llorar.
La cerveza sudaba, y a medida que avanzaba iba quemando cada rincón de su garganta, como hiel amarga, como un río de lava que avanza presuroso en medio de un glacial. Mientras se hundía en los licores, mientras se sumía en hondas e incoherentes cavilaciones, un rechinar de pasos se acercaban al tablón donde se ubicaba la bandita de turno. Los compases de un blues melancólico llovían suavemente, mientras el zumbido del amplificador, de suaves válvulas, que comenzaban lentamente a calentar, se veía interrumpido por el mas dulce sonido que sus oídos jamás hayan escuchado.
Un suave sonido nasal comenzaba a brotar de las manos de un viejo de mal aspecto, de un desgarbado tipejo que deslizaba sus ásperas manos entre las delicadas maderas que entre sus dedos abrazaba. El bajo se dormía bajo el arrullo de una guitarra filosa ahora, que golpeaba en el estómago al joven reportero, al tiempo que este pedía una nueva cerveza.
La imagen de una mujer aparecía ahora ante sus ojos, el corazón que estaba esparcido en el piso de un local sin nombre, ahogado entre cervezas y humo de cigarrillos. Mientras la noche se hacía aun más fría, mientras la luna congelaba las estrellas, el sonido hiriente de una descarada guitarra entraba y partía su pecho. No había lugar a donde ir, todo era ahora oscuro.
La música avanzaba al paso que su corazón se frenaba, sus pulsaciones se detenían y su aliento ahora desparecía lenta, suave, delicadamente.
Sus ojos caían rendidos en una lluvia de lágrimas heladas, que se deslizan por sus mejillas como filosas navajas, hasta llegar a su garganta y ahogar un gemido, que muere en sus labios. Un nudo en la garganta le impide respirar, y el joven muchacho camina con rumbo desconocido, dejando unos billetes en la barra.
Los tablones viejos rechinaban, mientras el sonido de una escala lastimera le guía el camino a seguir. El humo lo envuelve todo, lo condensa todo, lo ahoga todo.
No hay luces en el camino, no hay vida en la carretera, no hay alma que visite el mundo hoy.
Y los pasos se le hacían cada vez mas pesados, y la noche fría le quitaba las ganas de vivir, y suavemente fue cayendo rendido ante la música que emanaba de una vieja guitarra, ante los hábiles dedos de un vagabundo mal vestido, y así fue desvaneciéndose hasta que ya no pudo mas, hasta que la pena se le hizo mucha.
Y cayó rendido, ya sin dinero, sin trabajo, sin mujer.
Y el sujeto al cual había buscado tomó su pequeña Casino, la guardó bajo su brazo y marchó otra vez.

7 Comentarios
  1. Como un Robert Johnson contemporáneo me retiré del mundo, acallé todas las voces y detuve todo movimiento, y después de perderme dentro del intrincado laberinto, al fin hallé la encrucijada de caminos. En la postura del loto, sentado bajo un árbol, al igual que antes hiciera Robert Johnson, esperé paciente hasta que Satanás hizo acto de presencia. Cumplidamente le formulé mi petición, y a cambio, el Maligno tan solo exigió la entrega de mi cuerpo para valerse de él en esta danza de reflejos, en éste juegos de espejos llamado mundo.
    Como Robert Johnson, regresé al mundo transmutado, embriagado para embriagarlo.
    A mi también me gusta el blues.
    Te sigo

    • Oye! eso que pusiste está mucho mejor que lo que yo escribí! es injusto!
      xD
      Y sí, esto lo escribí escuchando a Robert, aunque también un poco de Cooder. El blues escoge a sus víctimas con cuidado, y una vez en sus garras es imposible dejarle sin perder el alma (y la cordura) de paso.

      Gracias por darte el tiempo de leer ^^

  2. Y todo a causa de un Blues perdido que nunca llegó a oír… ya sin dinero, sin trabajo y sin mujer.

    Muy atractivo !!!

  3. Muy buen relato… yo también soy fanático del blues, sobre todo del blues del delta… Mance Lipscomb, Son House, el maestro Johnson, y el diablo de la harmónica Sonny Boy Williamson II… al menos una vez al mes me reúno con un amigo a beber y escuchar blues, no hacemos otra cosa, sólo nos sentamos a tamborilear los dedos escuchando y bebiendo al amparo de los reyes y los ciegos… los blind lemon jefferson, blind w mcTell, los BB kin, alber king o fredy king…

    Tengo la impresión de que el relato en algunos momentos se excede un poquito en decorar el ambiente del blues… creo que a veces es bueno dejar que el lector vaya decorando el ambiente a su gusto, y sólo darle una paleta de colores a base de tramas sugerentes.

    Es la impresión que me dió de inicio.
    Gracias por escribir.

    • Muchísimas gracias por leer y que genial que haya gustado ^^
      Si es cierto que me excedo y sobre adorno ciertas partes, debo mejorar eso. Pero también es cierto que muchos ignoran que es o como se siente (el Blues), por lo que traté de dar la sensación lo más acabada posible (a ver si el lector se anima a escuchar al menos los tributos que realiza Eric Clapton con periodicidad)

      Lamentablemente aquí (donde vivo) el Blues no es popular y es considerado casi un estilo muerto. Más aún el nacido del Delta.

      Trataré de mejorar ese aspecto la próxima vez, muchas gracias por el consejo ^^

  4. Mientras leo, escucho en tus palabras un blues embriagador e ineludible que envuelve al que lee.
    “No hay luces en el camino, no hay vida en la carretera, no hay alma que visite el mundo hoy.”
    Un abrazo, Beck!
    Luna

    • Gracias, esperaba lograr esa sensación en quién leyese.
      Un abrazo de vuelta y gracias por darse el tiempo de leer!

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