La lluvia caía de forma torrencial aquella noche de otoño. Andrea estaba empapada hasta los huesos. No sabía como había llegado hasta allí, el caso es que se encontraba frente a las puertas de aquella taberna irlandesa, de aspecto acogedor.
Abrió la pesada puerta y se adentró con paso ligero. Dirigió sus pasos hasta la barra sentándose en uno de los taburetes de madera. Una suave música envolvía el ambiente. El local estaba prácticamente vacío. ¿Quien iba a estar por la calle una noche así? Se quitó la gabardina y la colocó junto a ella, sacudió ligeramente su melena caoba. Debía de estar horrible. Buscó en su bolso el pequeño espejo que la acompañaba siempre.
Su extrema palidez la llamó poderosamente la atención.
Sentía un fuerte dolor punzaba en las sienes.
- Camarero, un mediano y una aspirina, por favor.
Un joven de aspecto desaliñado se acercó con desgana desde el otro extremo de la barra. Le sirvió el humeante café, el analgésico y un vaso de agua.
Andrea cogió un poco de agua con la cucharilla, deshizo lentamente la aspirina y lo acercó hasta sus labios. Su pulso temblaba no sabía muy bien si por el frío, o por un estado de ansiedad, que parecía invadirla por completo.
Se sentía realmente mal. El dolor de cabeza, lejos de desaparecer, aumentaba con fuerza.
Buscó en su bolso su inseparable cajetilla de tabaco. Sacó uno de los pitillos y lo colocó entre sus labios. Lo encendió ansiosamente.
Tenía que dejarlo. De no ser así más tarde o más temprano acabaría con un cáncer de pulmón. La idea la aterraba pero, aún así decidió postergar su miedo para una mejor ocasión.
Aquella calada la supo a gloria. Exhaló el humo despacio, en un intento de prolongar el intenso éxtasis que le producía.
Cerró sus ojos color miel. Durante unos instantes su pensamiento se perdió en el tiempo, dejando paso a un gran vacío mental. Tan sólo el silencio anidaba en su mente. Se sentía como si flotase. Por primera vez en su vida había dejado de pensar. Había conseguido silenciar a aquella máquina loca, que martilleaba una y otra vez sus sienes, con frases absurdas disfrazadas de razones.
La melodía de su teléfono móvil interrumpió la magia de aquel instante.
La llamada era Mario, su marido, habían tenido una fuerte discusión la noche anterior.
Vaciló unos segundos. No sentía ganas de hablar con él.
Era demasiado tozudo y siempre creía estar en posesión de la verdad.
Estaba cansada de ceder una y otra vez. Necesitaba un respiro. Hacer lo que le viniera en gana, sin preocuparse de si sus deseos eran o no políticamente correctos.
Se había casado demasiado joven. El tiempo y la monotonía habían matado poco a poco el intenso amor que la llevó al matrimonio.
¡Ah! Matrimonio. El verdugo del amor. Si pudiese volver atrás en el tiempo, no cometería los mismos errores. Viviría la pasión hasta sus últimas consecuencias. Exprimiría la fruta prohibida con avidez, hasta consumir las ganas que devoraba sus hambrientas entrañas.
El teléfono volvió a sonar con insistencia.
Pulsó la tecla de descolgar, con trémula voz, murmuró con un susurró de voz apenas audible.
- ¿Diga?
Mario no respondió al otro lado del teléfono.
- ¿Diga? ¿Mario? ¿Es que no me oyes? - Increpó elevando nerviosamente el tono de voz.
El silencio continuaba al otro lado del teléfono.
Seguramente no había cobertura en aquel lugar.
Se acercó hasta la puerta. Continuaba lloviendo torrencialmente.
El cansancio provocado por la tardanza en la respuesta de Andrea había hecho desistir a Mario en su empeño de hablar con ella.
Ahora era ella quien le llamaba, pero no consiguió establecer la comunicación, a pesar de intentarlo una y otra vez
Debía de ser muy tarde. La noche, había cubierto con su inmenso manto la ciudad.
Miró el Cartier de oro que dormía en su muñeca izquierda. Marcaba las seis, estaba parado.
Debía de regresar, Mario estaría preocupado por su tardanza. No estaba acostumbrado a llegar al domicilio y que ella no le estuviese esperando.
Siempre había sido la mujer perfecta. La cena preparada. La ropa limpia, la casa recogida, una sonrisa en los labios, y el aburrimiento pegado a la espalda.
Necesitaba explorar otros mundos. Conocer otra gente.
Su casa, la que suponía era su hogar, la ahogaba poco a poco hasta asfixiar sus ganar de vivir.
Tal vez hubiese llegado el momento de liberarse de Mario, de poder volar en solitario.
Sí, mañana hablaría con él. Todavía tenía tiempo. Aún era una mujer joven con ganas de vivir, de soñar, de recuperar el tiempo perdido.
No quería hacer daño a su marido. A pesar de su carácter más bien agrio, poco detallista, le constaba que la adoraba.
¿La adoraba? ó ¿tal vez lo que sentía era miedo a quedarse solo? Miedo a sentirse perdido.
Mario era un hombre gris, triste. No valía para vivir sin la compañía de una mujer. Sintió un leve remordimiento por los pensamientos que la acechaban.
Sabía que acabaría haciéndolo, sí, más tarde o más temprano, restablecería sus alas quebradas y volaría en soledad.
¿Soledad? Pero ¿había peor soledad que la de sentirse solo estando acompañado?
Mario, era una costumbre, una seguridad económica. Pero qué narices Ella podía trabajar. Terminaría la carrera de Derecho, truncada años antes, por enamorarse demasiado joven.
Sí, todavía tenía tiempo de rescatar sus sueños y de vivir una nueva vida. ¿Una nueva vida? No, una nueva vida no. Aún tenía tiempo de vivir su vida, la que ella eligiese. Hacía años que se sentía muerta dentro de aquel cuerpo, dentro de aquella existencia.
¿Existencia? ¿Acaso ella existía? No, ella tan solo vegetaba. Ella moría día a día, sin saber lo que era vivir.
Nuevamente aquel horrible dolor de cabeza la mordía la sien izquierda.
Dirigió sus cansados pasos hasta el cuarto de baño para refrescarse la cara.
Se colocó frente al espejo, aquel chivato, que reflejaría la verdad de su aspecto, sin ningún reparo. Se quedó mirando la proyección de su imagen.
Permaneció durante unos minutos inmóvil. Se sentía extraña. Su mirada parecía vacía, carente de ilusión, carente de vida.
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Era un frío extraño, intenso. Diferente a cualquier otra sensación percibida hasta entonces.
Sus ropas permanecían caladas. Necesitaba volver a casa.
Se mojó varias veces el rostro con agua tibia. Se sentía extenuada.
Nuevamente, se quedó inmóvil durante unos segundo, mirando aquella imagen que según delataba el frío cristal parecía ser la suya.
No sabía por qué, pero de pronto sintió angustia. Salió del cuarto de baño apresuradamente. Sintió un ansia compulsiva de regresar a su hogar.
Se acercó hasta la cabina de teléfono que descansaba al lado de la barra del bar.
Buscó unas monedas en su cartera. Cogió un euro con sus temblorosas manos. Descolgó el auricular e introdujo la moneda en la desgastada rendija.
Marcó el número una y otra vez, pero no conseguía establecer la llamada.
Colgó el auricular presa de intensa ira. Parecía que todo se había vuelto en contra suya.
Se sentó de nuevo en el mismo taburete de madera, en el que había apoyado anteriormente su cansado cuerpo.
- ¿Que hora es? - preguntó de nuevo al camarero que permanecía ajeno a sus confusos sentimientos en la esquina de la barra haciendo un crucigrama.
- Las once, señora.
- Gracias, se me ha parado el reloj - murmuró como para si.
Levantó sus tristes ojos y dirigió su mirada hacia el fondo de la barra.
Allí, en la penumbra, la figura de un hombre llamó su atención.
Se quedó mirándole con descaro.
Era más joven que ella, parecía atractivo, aunque no podía verlo con claridad.
Estaba solo, parecía compartir sus pensamientos con una copa de whisky.
¿Y si coqueteaba con él? Sentía un deseo irrefrenable de saltarse las normas a la torera. De hacer todo aquello que hasta ese momento no se había atrevido a hacer. De gritar todo aquello que no se había atrevido a gritar.
Sí, todavía tenía tiempo.
Recorrió con la mirada la taberna. Cada persona, cada grupo, parecían pertenecer a mundos diferentes. Existencias muy dispares entre sí. Tan sólo compartían el espacio físico. Habían coincidido en un tiempo-lugar. Pero todos eran distintos a todos.
Sintió ganas de huir, pero permaneció inmóvil, saboreando la última calada del pitillo que reposaba entre los dedos de su mano derecha.
Nunca había sido infiel a su marido. Pero le divertía la idea de tener una tórrida aventura con un desconocido. Con alguien de quien no conociese su nombre. De alguien a quien, después de llegar la luz del alba, no volviese a ver.
Sin explicaciones, ni preguntas; sin lazos que la atasen de por vida, y por supuesto, sin remordimiento alguno.
¿Qué mal había en ello? No se trataba de amor, tan solo era sexo.
Estaba cansada de los encuentros cada sábado con Mario, carentes de toda imaginación, el mismo día, a la misma hora, el mismo lugar, las mismas frases aprendidas, y los mismos suspiros.
¡Dios!, ¡era tan patético!
De nuevo, dirigió sus pupilas al joven del fondo.
Éste, ajeno a sus lascivos pensamientos, continuaba absorto entre el humo y el alcohol.
Dejando a un lado su trasnochado pudor, se dirigió hasta él con paso decidido.
- Disculpe, ¿tiene hora? Mi reloj sed ha parado a las seis.
El joven levantó la mirada, una amplia sonrisa la permitió entrever una perfecta dentadura. Era un hombre bellísimo.
Sus ojos eran de un verde intenso y sus castaños y ondulados cabellos aumentaban su irresistible atractivo.
- Son las once y media.
Sintió como si su voz la acariciase.
- Gracias.
Un intenso rubor asomó a sus mejillas. No se sentía capaz de hacerlo. Bajó la mirada y se giró sobre sí misma, retomando sus pasos hasta el mismo taburete.
El joven la miraba con una divertida sonrisa, como si adivinase sus pensamientos, o por lo menos ésa es la sensación que la produjo a Andrea.
Regresó de nuevo hasta el taburete, cómplice de sus debates internos en las últimas horas.
No era capaz de tomar la iniciativa en nada.
Se sentía mal consigo misma. Mal por no actuar. Mal por decidir actuar. Mal de todas formas.
Consultó el móvil. Tenía siete llamadas perdidas de su marido.
Se acercó a la puerta de la taberna. La noche había cubierto la ciudad, y una espesa cortina de agua la impedía ver con claridad lo que ocurría en el exterior.
A lo lejos, se veían luces como si fuese de una ambulancia. Algo horrible debía de haber ocurrido. Un accidente quizás.
Tenía fobia a la sangre. Aunque no estuviera lloviendo no se acercaría a ver lo que había ocurrido.
Sin embargo, sin saber por qué, permaneció inmóvil, observando el espantoso paisaje que se dibujaba ante sus ojos, sentía como si una fuerza sobrenatural la obligase a permanecer en aquél lugar.
Dos hombres vestidos de sanitarios colocaban algo parecido a una manta sobre una sombra, que parecía estar tendida en la calzada. Alguien quizás hubiese muerto.
¡Que espanto! - pensó Andrea -. Cada vez hay más accidentes. La gente circula sin cuidado.
A nadie parece importarle las señales de circulación. La gente se estaba volviendo loca.
Esperó a que la ambulancia se alejase de allí, con su cántico de bocina y su piloto de luz de color naranja en el techo anunciando la tragedia acontecida minutos antes.
Nuevamente, dirigió sus pasos al taburete que descansaba al lado de la barra.
Hasta que no cesase aquel temporal, no podría salir en busca de un taxi.
Continuaba temblando como un pajarillo desvalido en la noche. Tomaría una copa para calentarse.
¿Una copa? Pero si ella no probaba el alcohol. Eso era cosa de hombres. Además estaba sola. ¿Qué pensaría la gente que la viese?
De nuevo, los prejuicios se asomaban a su mente.
Con voz firme, se dirigió al muchacho de la barra, que continuaba en la misma posición y con la misma expresión de cansancio que antes.
- Camarero, un coñac, por favor.
Su voz la sonó extraña, como si no le correspondiese.
Un intenso alivio siguió a su petición.
- Sí, había sido capaz de hacerlo. De saltarse las rígidas normas en las que había sido educada.
Bueno, todavía estaba a tiempo de cambiar, de transformar todo aquello que no la gustase.
Cogió la copa de coñac con su mano derecha, la acercó hasta su nariz. El olor era fuerte.
Bebió un sorbo pequeño. ¡Era horrible! Demasiado fuerte para su gusto. Como las emociones de la vida, fuertes e intensas.
Tenía una vida tranquila, pero exenta de emoción.
Sintió una punzada en su ovario derecho. Se llevó la mano instintivamente hasta la zona dolorida.
Un viejo recuerdo asaltó su pensamiento. Hacía tanto tiempo de aquello, que había conseguido olvidarlo. O al menos eso creía. Ignoraba por qué aparecía así, de repente.
Fue uno de los momentos más dolorosos de su vida. Pero se había visto obligada a hacerlo. Si hubiera dejado nacer al bebé, no hubiera podido olvidar aquel horrible acontecimiento de su adolescencia.
Era demasiado joven, estaba asustada. Se sentía avergonzada y culpable. Todos lo habían enterrado en sus memorias. Se había convertido en un secreto de familia.
Necesitaba olvidar el horrible suceso, como si nunca hubiese acontecido. A decir verdad, lo había conseguido hasta ese instante.
¿Por qué había aflorado en su memoria con aquella intensidad?, parecía que estuviese sucediendo en aquel preciso instante, para atormentarla de nuevo.
Sintió una terrible desazón y comenzó a llorar amargamente.
El leve contacto de una mano en su hombro izquierdo la hizo volver de nuevo a su realidad presente.
Un hombre mayor, al que no sabía calcularle exactamente la edad, con el pelo blanco, y una dulce sonrisa, la ofrecía un pañuelo para enjugar su llanto.
-Tome, séquese las lágrimas. ¿Qué le ocurre? Llevo un buen rato observándola, parece muy angustiada.
Andrea se sentía desconcertada con todo aquello. Parecía una situación surrealista. No le había visto nunca y sin embargo tenía la impresión de conocerle desde siempre.
Sus profundos ojos azules, la producían una agradable sensación.
- Gracias, no sé, estaba pensando y de pronto he comenzado a sentirme angustiada.
- Debía usted estar pensando en algo horrible a juzgar por la expresión de su rostro. Parecía que iba a desmoronarse de un momento a otro.
Bebió otro trago de coñac antes de continuar hablando:
-Estaba recordando mi vida. Acabo de darme cuenta de que no he hecho nada con ella. Me he limitado a dejar pasar los días, sin hacer nada por mi misma. Sólo he seguido los patrones de conducta que me enseñaron.
-Bueno, no debe de juzgarse por ello, usted actuó como creyó que debía de hacerlo.
-Es cierto, pero acabo de darme cuenta de que toda mi vida ha sido un error. Un lamentable error. A partir de mañana cambiaré mi vida. Dejaré de ser “una señora” para ser simplemente una mujer. Todavía soy joven, todavía puedo hacerlo.
- Es cierto que es una mujer joven, pero el tiempo es algo que no nos pertenece, a decir verdad, tan sólo nos queda el presente. El pasado ya se fue, y no podemos retenerlo y el futuro, el futuro es tan incierto…
-Sí, claro no deberíamos hacer planes de futuro, pero es lo que hacemos todos, ¿no le parece? ¿Cómo vivir sin proyectos?
- ¿Usted ha conseguido sus objetivos en ésta vida?
-Sí, si se le pueden llamar objetivos a casarse y ser una respetable esposa. Eso era lo que se esperaba de mí, y por lo tanto hice de ello el proyecto de mi vida. Después de treinta años de matrimonio, me he dado cuenta de que no era eso lo que yo deseaba para mí, o por lo menos no eso solamente. Mí vida está vacía, carente de toda emoción. Sin riesgos, sin metas. El día de ayer es igual al día de hoy y por descontado igual al día de mañana. Quiero cambiar eso. Me resisto a consentir que esos sea todo en mi vida.
El hombre la miraba fijamente. No quería interrumpirla. Era consciente de que se trataba de un monólogo consigo misma. Él tan solo era una especie de pantalla donde proyectar sus sentimientos.
Andrea le miraba como si esperase su aprobación, pero sin esperar el tiempo necesario para escuchar su opinión, seguramente por temor a no escuchar lo que deseaba, continuó desmenuzando sobre la barra de aquella taberna, sus reprimidas emociones.
- ¿Sabe?, me educaron para que nunca expresase mis sentimientos. Para que hiciese creer a los demás que siempre estaba todo bien. Pero no es así. Nada está bien en mi vida. Mis padres me obligaron a abortar cuando tenía diecisiete años. Para que nadie supiese nunca que…, - en ese instante colocó su mano derecha sellando sus labios. Bajó la mirada.
No quería seguir hablando.
-No me lo cuente si no desea hacerlo. Aunque creo que se sentiría muy aliviada si lo hiciese.
Andrea levantó su mirada hasta colocar sus pupilas frente a las de aquel desconocido.
- Es curioso, nunca he podido, ni he querido hablar sobre ello y ahora lo hago frente a un hombre al que no he visto nunca. A veces resulta más fácil hablar con un desconocido, al no existir vínculos afectivos todo resulta más sencillo -explicó- . Nunca me permitieron comentar lo sucedido. Nadie debía de saber que sufrí abusos reiterados por parte de mi propio…bueno da igual quien fuese.
Sintió una mezcla de cólera y vergüenza al narrar lo sucedido. Bajó su mirada como si temiese que aquel desconocido pudiese adivinar la identidad de aquél salvaje en sus tristes pupilas.
-A nadie pareció importarle lo que yo sintiese. Siempre decidieron por mi lo que según ellos era lo más conveniente. Pero yo no deseba hacerlo.
Andrea volvió a romper a llorar amargamente. Parecía un juguete roto, sin vida.
El caballero, conmovido por el intenso dolor de Andrea, no pudo contener su impulso de acariciarla, pasó sus largos dedos por los enmarañados cabellos de la mujer, en intento de paliar el dolor que consumía la atormentada alma de la triste dama.
Andrea levantó el rostro y le miró a los ojos, como queriendo agradecer con aquella mirada la muestra de ternura que éste acababa de regalarle. Una ternura desconocida por ella hasta entonces. Se sintió sorprendida al aceptar aquella caricia.
Su vida había transcurrido exenta de cualquier signo de afecto, sólo conocía las caricias y los besos de su marido, siempre como preludio de una inevitable relación sexual, símbolo más de una obligación, que una devoción.
-No se angustie más. No se juzgue. Si yo no lo hago, no lo haga usted tampoco. Las palabras de aquél hombre le hacían sentirse bien.
-Es fácil aconsejar cuando no es uno el que sufre. Pero aún así le agradezco mucho lo que hace por mí. Valla noche que le estoy dando - exclamó enmarcado la amargura de sus palabras por una leve sonrisa.
-No debe preocuparse por eso. Todos necesitamos desahogarnos alguna vez. Yo también lo hice anteriormente. Le comprendo mucho mejor de lo que usted cree.
Tras unos segundos de silencio, el caballero continuó hablando:
- No debe guardar resentimiento a sus padres, ellos lo hicieron lo mejor que supieron, ni al hombre que le hizo algo tan monstruoso. A decir verdad, no debe guardar ningún sentimiento negativo en su corazón hacia nadie, ni hacia nada. Eso sólo le hará mal a usted. Se que la parece horrible lo que estoy diciendo, pero tal vez ese hombre sólo lo hizo lo que quizás, hicieron anteriormente hicieron con él. Ni a usted ni a mi nos corresponde juzgarlos. Esa no es nuestra función. El resentimiento no le hace bien a nadie y menos a quien lo siente. Tiene usted unos preciosos ojos. En ellos puedo ver todo el amor que siente su corazón, aunque bien es cierto, que nunca ha sabido brindárselo a los demás.
-Me gustaría tomar otro coñac - añadió Andrea queriendo dar por finalizada aquella parte de la conversación.
Aquel hombre había conseguido despertar los más ocultos recovecos de su alma, desencadenado emociones desconocidas por ella hasta entonces. Un potente conflicto entre el afán y el miedo acababa de desencadenarse en las entrañas de su alma.
El gentil varón, consciente de la batalla que comenzaba a desatarse en su interior, continuó hablando.
Andrea necesitaba tiempo para asimilar aquella tormenta de sentimientos encontrados. Tiempo, caudal de momentos felices o desdichados, caprichoso, huidizo y juguetón, que en el momento más inesperado, cual amante traidor, nos da la espalda para no regresar nunca más.
- Si es lo que desea, puede hacerlo. Pero eso no hará que se sienta mejor.
- Si, es cierto. Además, me siento un confusa y mareada. Me gustaría salir a tomar un poco de aire.
Una bocanada de aire fresco haría que todo fluyese más armónicamente.
-¿Desea que la acompañe? - añadió el caballero -, sabiendo de antemano la respuesta de Andrea.
-Sí, por favor.
El hombre caminó junto a Andrea hasta la puerta de la taberna. Al abrirla, una intensa ráfaga de viento azotó sus rostros. La lluvia continuaba cayendo de forma torrencial.
-Es muy tarde, me gustaría volver a casa.
- Está lloviendo con mucha fuerza. No tiene paraguas. No hay ninguna parada de taxis cerca de aquí y las líneas telefónicas están cortadas. ¿Recuerda?
-Sí, es cierto. Pero tengo ganas de regresar a mi hogar. Tengo mucho frío. Un frío profundo que me llega hasta los huesos.
El caballero se quitó su abrigo y cubrió con él el cuerpo empapado de Andrea.
La desvalida dama, se sintió reconfortada, protegida.
Sí, protegida, no dominada como había estado siempre Le resultaba muy grata aquella sensación. Cerró los ojos durante unos segundos, como si al hacerlo pudiese perpetuarla para siempre.
-No tema, cuando cese la lluvia yo la acompañaré.
Se dirigieron nuevamente hacia el interior de la taberna.
- Sabe, no sé por qué pero me siento muy a gusto con usted. Me inspira confianza.
-Sí, suele sucederme con frecuencia. Me alegro de serle útil.
Andrea sonrió. Ésta vez, más ampliamente. Se sentía más ligera, como si al desnudar su alma con aquel hombre su dolor hubiese aminorado.
-¿Llevaba mucho tiempo aquí? No le vi llegar.
-Cuando entré estaba usted de espaldas a la puerta. Ha habido un accidente atroz en la carretera, a escasos metros de aquí. Todos los pasajeros han muerto. ¡Ha sido terrible! Avisé a la ambulancia y esperé hasta que vinieron a recoger los cuerpos.
-¡Ah sí!, me pareció ver hace un rato las luces de la ambulancia. ¡Que espanto! ¿Cómo pudo avisar a la ambulancia si no funcionan los teléfonos? - preguntó extrañada Andrea, deslizando sus dedos de alabastro, por los desaliñados rizos de su cabellera.
Todo sucedió unos instantes antes de perder la cobertura. Pude hacerlo desde el móvil. Aunque lamentablemente, ya era tarde para todos. Al menos, los llevaron al hospital y podrán avisar a sus familias.
-Debe de ser horrible recibir una noticia así.
-Sí, debe de ser muy doloroso.
-La verdad, si tuviese que verme en una situación así, creo que preferiría ser yo la muerta, antes de ser quien recibiese la noticia. La muerte me aterra, pero creo que sería peor asumir la pérdida de un ser querido. Yo por suerte aún conservo a mis padres. Es poco frecuente, pero aún no ha muerto ninguno de mis seres queridos.
-Es un trago muy amargo. Pero le aseguro que todo se puede superar en la vida.
-Supongo que sí. Bueno, imagino que en parte, mi comentario ha sido muy egoísta. Pobre Mario, si le diesen una noticia así, no sé, si podría resistirlo. No sabe vivir sin una mujer a su lado. ¡Llevamos tanto tiempo juntos! Es muy aburrido, a veces pienso en dejarle. Estoy casi decidida, pero no encuentro el modo de hacerlo, sin herirle demasiado. Lo pensaré, todavía estoy a tiempo ¿no cree?
-No se preocupe ahora por eso. Deje que las cosas sucedan como deben de acontecer.
-Es usted tan comprensivo. Me alegro mucho de haberle conocido. Me gustaría volver a verle. ¡No me malinterprete, no pretendo tener una aventura! Sólo es que me agrada su compañía. Me gusta la forma que tiene de hablar. Es usted muy humano. Seguro que ya se lo habrán dicho más de una vez. Es usted un hombre especial. Un hombre con el que soñamos todas las mujeres.
-No crea, disto mucho de ser tan perfecto como usted cree. Le aseguro que he cometido muchos errores en mi vida. Algunos demasiado graves. Me ha costado mucho tiempo perdonarme a mi mismo. Es por eso que, cuando veo a alguien atormentarse como usted lo ha hecho, me recuerda mi propio sufrimiento, y trato de aconsejarle como debe de actuar, para no cometer los mismos errores que yo cometí primero.
- Bueno, usted seguro que supo rectificar a tiempo.
-¿A tiempo?, ¡Qué va! Yo, al igual que usted, me pasé la vida pensando que “todavía estaba a tiempo”, ja, ja, ja.
Andrea volvió a reír. Esta vez desde adentro, desde su corazón.
Se sorprendió a sí misma. Hacia tanto tiempo que no lo hacía. La gustaba esa sensación. Se sentía libre.
El caballero giró su cabeza hacia la puerta.
La lluvia había cesado. Los primeros rayos del alba asomaban tímidamente por la puerta.
- Mire, ya comienza amanecer. Venga conmigo, la acompañaré a casa.
-Gracias, es usted muy amable. No quisiera molestarle, pero la verdad es que prefiero que lo haga. No me gusta andar a estas horas sola por la calle. Soy miedosa. Se oyen tantas cosas. Podría encontrarme con algún drogadicto con el síndrome de abstinencia, o con cualquier loco.
- No se preocupe, le aseguro que no va a pasarle nada malo.
Andrea se cogió del brazo del caballero. Ambos salieron de la taberna con paso firme.
Parecía que iba a hacer un día maravilloso. La calle permanecía solitaria, tan sólo un gato remojado y hambriento transitaba por ella, sus insistentes maullidos parecían reclamar si no una caricia, al menos un poco de leche caliente para caldear su tembloroso cuerpo.
- ¡Pobrecito! - exclamó Andrea-, me lo llevaría a casa pero Mario es alérgico a los felinos.
- Es un gato callejero, no le gustaría perder su libertad.
Andrea miró al gentil varón. Ambos sonrieron y continuaron el camino hacia casa.
Al salir, Andrea pisó sin darse cuenta el primer diario de la mañana.
Un trágico titular encabezaba la portada.
Fatal accidente en la esquina San Fernando con Montemayor.
Ayer a las seis de la tarde, colisionaron dos vehículos, dejando cinco muertos, entre ellos la esposa del prestigioso empresario D. Mario de la Cruz.
FIN
MENCIÓN HONORIFICA DEL I CONCURSO DE RELATOS “BODEGA LA MONTAÑA”



Fantástico relato Cenicienta.
Una historia que regala mensajes, consejos a cada instante.
Inquietante, conmovedor, atrapante.
¡Y que bueno lo hallas compartido!
Maravilloso.
Un beso grande y un voto grande .
Muchas gracias querido amigo, Richard.
Me alegra que haya sido de tu agrado, temía que al ser tan extenso, el lector perdiera el interés antes de llegar al climax.
Un beso
Una historia plena de emociones y sentimientos, contradictorios pero humanos. Te felicito por el premio, muy merecido. Aunque creo que deberías darle una repasada para corregir errores de acentuación y gramaticales. (cómo, aun así, vaya noche, y algunas más) Quedaría perfecto. Un excelente relato de género realismo mágico. Mi voto
Querida amiga, Lidy; gracias por tus elogios y observaciones. Haré lo que me aconsejas. En verdad, siempre repaso y corrijo los posibles errores antes de subirlo a la red, pero hoy no lo hice; lo colgué directamente.
Muchas gracias de nuevo y un beso.
Has logrado atrapar mi atencion .Muy bueno
Muchas gracias, Laiya. Me alegra que haya despertado tu interés.
Un abrazo
Cenicienta literaria: una narración que no puede uno más que leerla con suma atención… porque al pasar renglones, va uno pensando ¿qué será,pues, de Andrea?
Y se llega al final en donde aguarda una terrible sorpresa que logra que el lector arroje por allá la tasa de café, que,por suerte, no cae en el teclado de la computadora.
Te felicito, maestra de la literatura, Qué torpes los señores del jurado DEL I CONCURSO DE RELATOS “BODEGA LA MONTAÑA”, al no darte el primer lugar y dejarte nada más como finalista.
Mi voto
Volivar
Muchas gracias, querido amigo, Volivar.
Siempre tienes elogios alentadores para mis relatos; no sabes cuanto me satisface que sean de tu agrado.
En efecto, Andrea, se pasó la vida esperando el momento oportuno de actuar, sin percatarse que la muerte pone fin a nuestros proyectos en el momento más inesperado.
Procuremos poner en práctica el sabio refrán: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.
En cuanto al fallo del jurado; ya sabes lo dificil que es obtener algún premio literario para la gente anónima como yo. Me siento muy satisfecha por la mención honorífica que recibí.
Un abrazo muy fuerte y muchas gracias por todo, amigo.
Excelente relato, amiga Cenicienta. Mi enhorabuena y mi voto.
Querido amigo, Vimon.
Muchas gracias por tu fidelidad hacia mis relatos, tus bellos elogios y tus votos.
Un abrazo.
Hola Cenicienta, dicen que la curiosidad mató al gato, pero en este caso no fue así, siempre leía tus comentarios y hoy decidí leerte, vaya sorpresa que me llevé.
Me encantó como manejas los tiempos y los diálogos, me atrapó tu relato, no me pareció extenso, dado la calidad del mismo. Muy bueno, te seguiré leyendo.
Un abrazo.
Muchas gracias, Moli por tu fidelidad y el tiempo que dedicas a mis relatos. Me hace muy feliz que nuevos escritores se asomen a mis cuentos y disfruten con ellos.
Te envio un abrazo muy fuerte.