A la muerte, nuestra muerte, la tenemos presente, la palpamos, y nos asusta.
Les contaré: eran los años ochenta, finales del siglo pasado. Yo me ganaba algún dinero viajando por diversos pueblos y ciudades del país vendiendo huarache de Sahuayo, muy apreciado por los turistas extranjeros, especialmente por los que llegan a los puertos, como el de Acapulco, en el Estado de Guerrero.
En uno de tantos recorridos a ese lugar, llegué a Taxco, pueblito famoso por la extracción de plata.
Visité a mis clientes, les dejé mercancía, que llevaba en una camioneta de la marca Nissan, tipo pick up, con camper.
Por la tarde regresé al cuarto del hotel que había rentado; abrí la ventana para asombrarme por aquella destreza que poseen las casas del lugar para adherirse a la montaña, una montaña que se inclina peligrosamente como para deshacerse del hombre y de sus cosas. Al otro día me levanté tarde, sin inquietud alguna, despreocupación que se hubiera ido barranca abajo de haber tenido una idea, una pequeñísima idea de lo que me esperaba en la carretera.
Después de que en el comedor dejé los platos sin brizna alguna de los chilaquiles y de los huevos estilo ranchero que me pusieron enfrente, me subí a la camioneta, la encendí (en realidad sólo le di vuelta a la llave para accionar el motor) y me metí a la cinta asfáltica que iba a Acapulco.
Después de bajar la montaña zigzagueando peligrosamente, llegué al llano, preludio de la costa. Es cierto que el terreno ya no era montañoso, pero no dejaba sus pequeñas barrancas, sus montículos, acompañados por un escurrimiento de agua, al que con atrevimiento se le podría otorgar el título de río, poseedor de tibias aguas cristalinas, que reflejaban los rayos del sol al chocar contra las piedras distribuidas sin ton ni son en la corriente.
Yo, bajadas las dos ventanillas de la cabina, con dificultad respiraba el aire, porque entraba resoplando; ese aire que contra el parabrisas aplastaba los insectos.
Lo que no penetraba en la cabina era el chillido de sabrá Dios qué animalitos escondidos entre los achaparrados y requemados matorrales, porque llevaba el esterero a todo volumen, reproduciendo música popular de aquellos tiempos, sin dejar a un lado la clásica, especialmente la de Mozart, y la de otros famosos compositores.
Dejé los montículos, es decir, los dejó la carretera, y se fue por un llano, curveado, pero llano. Po el lado derecho, a unos 15 metros de distancia, seguía corriendo el río, como retándome para ver quien llegaba primero al hermoso puerto de Acapulco.
Al salir de una pequeña curva, cambié de casset en el estereo; quité el de Guadalupe Pineda y puse el de Chopin; para este pequeña operación me había agachado un poco; y al terminar y levantar la cabeza, a unos cincuenta metros de distancia, en la raya amarilla, divisoria de los dos carriles de la cinta asfáltica, estaba una mujer, delgada, vestida de blanco, cabellos largos caídos a la espalda, con los que jugaba el viento; levantando los brazos ágilmente daba vueltas sobre su propio eje.
No me extrañé, pues creí que podría ser alguien que viviera por allí, en alguna de las muchas chocitas instaladas a la vera del camino; esas reconfortantes chozas con sus cocinas de adobe y fogones con lumbre de madera que a los viajeros ofrecen sus sabrosos productos comestibles, y bebestibles.
No me asombré, es cierto, pero aminoré la velocidad, como para no pegarle a la mujer, pues noté que no veía a ninguna parte, es más, ni siquiera me di cuenta de que tuviera rostro.
Lentamente me acerqué; le pasé a un metro de distancia, y seguí, igualmente, muy despacio. Esto, para verla por el espejo retrovisor, el anexo a la camioneta.
Pero, queridos, fue cuando en verdad el susto me tomó como elemento de su propiedad; las piernas me campanearon como badajos; a miles de ruegos los brazos agarraron el volante, se me arrugó la piel de todo el cuerpo, y como un chorrito de agua fría, un terrible frío me corrió por la espina dorsal.
Por suerte, a los pocos kilómetros encontré una fonda (casita de madera con techo de polole -varejones largos, secos, del ajonjolí- o de charabascas -matorrales exclusivos de la tierra caliente mexicana que crecen a las orillas de los ríos y de los arroyos).
-Doña Elodia, destápeme una cerveza bien fría –le pedí a la propietaria, una mujer gorda, de rostro moreno y redondo; con sus cabellos en dos largas trenzas; llamando la atención sus brazos, gruesos y rollizos, su caminar lento, como gallina clueca, y su alegre y franca sonrisa que nunca quitaba de sus labios, a no ser cuando roncaba acostada en los mecates de la hamaca colgada de los morillos del techo. Me sabía su nombre porque en mis continuos viajes al puerto, al pasar por allí me detenía para descansar o para platicar de mil tonterías con la mujer, tomando algo o comiendo bisteces de venado (eso decía ella, que eran de venado, aunque yo le reclamaba socarronamente que eran de puerco, considerando que hacía muchos años que los furtivos cazadores habían acabado con los rarísimos, veloces y cornudos animalitos a los que con gran entusiasmo se refería la mujer).
-¿Pues qué trae, don Jorge?
-Una… una mujer… doña… doña Elodia… estaba parada a media carretera… y cuando pasé junto a ella, desapareció misteriosamente… así como le cuento… si no me cree, ni modo… pero así fue…
-Le creo, por supuesto que le creo, don Jorge, pues eso mismo me han contado otros viajeros, que la han visto así como usted dice. Y es que hará cosa de un mes que se accidentó allí un autobús en el que hubo muchos muertos al irse a la barranca, en donde se hizo pedazos al chocar contra las enormes y picudas piedras del río.
-Ya, ya, doña Elodia, no siga con eso de los muertos… mejor destápeme otra cerveza… Ah, y me va preparando un bistec de puerco, digo de venado.



Menudo relato de miedo, amigo Volivar. Se me ha hecho el comienzo un poco largo, pero me ha gustado, a pesar del amplio y variado vocabulario que has usado. Y es que, allí donde se ponga un buen bistec de “venado”…
Como siempre, has creado una atmosfera de terror anticipado, especialmente con ese “de haber tenido una idea… de lo que me esperaba en la carretera”. Pero la primera seccion me parece parte de un relato mas largo, que necesita un poco mas de espacio para desenlazarse. Sin embargo, en los ultimos dos parrafos despachas todo rapidamente,como si hubieses querido salir de este relato antes de tiempo, como si el escritor se espantase de su propia creacion…
Gracias por seguir compartiendo tus cuentos- espero leer mas pronto!
querida y muy estimada Anarua: a escritores como tú, siempre debemos escucharlos; y eso hago, sigo muy de cerca cómo le haces para crear tan bellas obras.
Volivar
Fanathur: te aseguro (si es preciso ante notario público, siguiendo la costumbre de los políticos mexicanos) que hago lo posible porque mis relatos tengan algún atractivo… (Atrapar al lector, a como sea, dicen).
Es cierto que al principio me fui por las ramas…. una tontería, y grave error, pues según hemos comentado, un cuento debe de ser breve. Me esforzaré en ser mejor escritor, siguiendo los comentarios de los amigos que saben de esto.
Gracias, por todo.
Atentamente
Volivar
Muy buen relato, gracias por compartirlo. Un gran saludo desde Buenos Aires.
Al principio se me había venido a la mente la famosa historia de la chica de la curva, pero bueno, muy similar y de miedo, un accidente de un autobús y todo el mundo muerto…
Cuentas las cosas de forma tan familiar que se te hace bien amena la lectura
Tienes buen manejo de la pluma, Volivar.
Nanky, gracias, amigo, por leerme; he tratado de superarme, pero, ¡cómo se fracasa en los intentos de superación! ¡Cúanto hay que trabajar, y no desfallecer, a pesar de todos los vientos en contra!
Volivar
Beatriz Losilla: te agradezco tus bellos comentarios. Un saludo, deseando que todo vaya bien para ti, en todos los aspectos.
Atentamente
V olivar
Coincido con Bea: escribes de un modo familiar, lo que ameniza la lectura. También me ha gustado la descripción que has hecho del momento culmen del relato. Prácticamente me he subido al coche y he visto a la mujer que hacía aspavientos en la carretera.
¡Un abrazo, Volivar!
Jamuru: te agradezco tu opinión en relación a mi escrito; es un gusto inmenso saber que me leíste.
Gracias. Nos seguiremos leyendo y comentando.
Atentamente
Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán. México)
Mi estimado amigo Jorge, me parece que te bebiste las cervezas y pediste el bistec para pasar el susto de la carretera. Me imagino que los huaraches que vendías eran los calzados y no la comida. Saludos amigo, siempre me gusta esa forma de narrar que ubica a tus lectores en plena geografia mexicana, gracias por compartirlo.
Hegoz: un gusto inmenso saber de ti; saber que me lees; esto, no se puede pagar con nada; digo, con nada material, pero sí, con un sincero agradecimiento, bello sentimiento dedicado a las personas que forman parte de nuestra vida; y esto es lo que hacemos en Falsaria: darle vida a lo que nos inquieta, a lo que nos alegra, a nuestra fantasía.
Hegoz, gracias (así de sencilla la expresión, pero, una expresión que nace y brota del alma).
Volivar