¡Oh!, mi amada.
Qué será de mí sin tu compañía.
Puede que hayas sido pasto de las llamas (no lo recuerdo), quizá yazcas sepultada en camposanto. Quién sabe, si fuiste alimento de perros o de ratas.
Pero ya no importa.
Pues la soledad me turba como una deuda que he de satisfacer. Porque desde que no eres mía, la vida se ha dificultado en correspondencia al esfuerzo, y por ello vivo en obsesión.
Dime qué puedo hacer en esta casa que crece en tamaño cada día y que se me viene encima, cuando soy el crepúsculo de lo que conociste, un despojo que descansa en recodos, que conversa con los muebles de la salita para no peder el juicio, que se entretiene con los olores impúdicos del jardín, si tú no estás a mi lado.
Despertar cada mañana —sábelo allá donde estés—, boca arriba o boca abajo, en ocasiones con los músculos contenidos por una mala postura, no es sino una tragedia. Aún recuerdo las madrugadas de placer, entre sudadas, gorriones achispados, tú y yo suspirando, sin importarnos el aliento después del sueño, cuando culminabas como una prostituta cada orgasmo, adiestrada en las más perversas caricias y en arremetidas imperiosas que me estremecían la confianza en ocasiones, cuando tus dedos exploraban mi clítoris aún de noche y anhelabas mi saliva para impregnar con ella los dedos, mientras me lacerabas las carnes y recorrías la curva de mi espalda bajo la agonía del deseo jadeante; pero tú no.
Porque sin tu ayuda, mis temblores son el llanto inútil de la mujer mutilada. Acuérdate, puta, cómo me pajeabas bajo el chaparrón de cloro y niebla escaldada, deleite de dolor entre azulejos y jabones de baño. Aún me duelen tus dedos al explorar la geometría de mi cintura, tus dentelladas al besarme los pezones, evoco eternamente aquellas falanges en mi boca cuyo eco recorre aún los pasillos de mi memoria. Y tú me arañabas con tibieza, y los temblores de la piel eran terremotos de espuma y de sollozos, tus labios aplastados como varillas de paraguas.
Pero eran aquellas cañas deliciosas, gotas salpicando mi lengua que no encontraba otra lengua para enredarse, húmedas tus yemas entre secreciones de hidrógeno y de oxígeno desmoronándose por las sienes. Entonces me penetrabas con el ensañamiento de una novicia. Empujabas con la fuerza de un demonio hasta hundir los nudillos en mi vientre, me devorabas las entrañas bajo el ímpetu estremecedor, antes del final de todo.
Porque eras espléndida, con tus cinco dedos pálidos de nicotina, con tus cinco puntas de esmalte, tan azules las venas, tan lindas las líneas de la vida, tan expresiva, tan comedida porque la otra mano, más hostil que hermana, se te adelantaba a desvalijar primero mi alma; después mi cuerpo.
Y todavía te recuerdo pasando las páginas de un libro como si fuese el único objeto de la casa, y la casa la última roca salpicada por el oleaje, en el último quebrado de Finis Terrae, mientras acariciabas la punta del folio como si le escamases la piel a un monstruo de las profundidades.
Apenas dos semanas han pasado, amada mía, y ya no quiero respirar este mundo. Por eso, he decidido unirme a ti en la lejanía de la vida. Porque me dificulta la existencia no poder compartirte. Porque bajo el yugo de tu idéntica, vivo una existencia que ya no es la nuestra.
Dime pues, amor mío, que todo aquello aún lo recuerdas.



Algunas frases están realmente logradas. Enhorabuena y voto.
Antonio. Es un relato que tenía olvidado y que releí. No suelo escribir relatos eróticos, me alegro que te haya gustado. Mil gracias.
Hola Josefa.
Enorme pasion y sensualidad. Muchas sensaciones y sentimientos.
Me gustó.
Un beso y un voto.