Estimado Sr. Cupido:
Espero que cuando reciba esta carta se encuentre en perfectas condiciones físicas. Por aquí bien, gracias, aunque un poco molesto con usted, todo hay que decirlo. Y ahora le explico el por qué.
Mi primera novia, Margarita del Niño Jesús, era la niña más guapa del quinto curso. Todos mis compañeros me tenían envidia, lo que me costó aterrizar más de una vez en la fuente que había en la plaza, o caer rodando por las escaleras del colegio, víctima de una zancadilla más propia de un defensa central de Tercera que de un tierno y amable niño de colegio de curas. Pero claro, no todo iba a ser perfecto. Tanto Margarita del Niño Jesús como yo teníamos el mismo problema: exceso de libertad en el crecimiento de los dientes; por eso, los dos teníamos en la boca más metal que en un alto horno vizcaino. Así que el día que decidí lanzarme en plan piloto kamikaze a darle un beso en la boca, de la misma forma que había visto la noche anterior en una película de la tele, nos quedamos los dos enganchados, y fue necesaria la intervención de los bomberos para separar nuestros morros. A partir de ese día, nuestros caminos y nuestras bocas se separaron para siempre. Desde luego, aquel fue el beso más largo que he dado jamás.
Después llegó Amparito, ya en el Instituto. Era monísima, y tenía tantas curvas que uno no sabía si estaba dibujando su contorno o el trazado de un circuito de carreras. Me tenía revolucionado; las hormonas me salían por las orejas cada vez que ella se sentaba a mi lado y notaba como respiraba junto a mi cuello. Pero claro, no todo iba a ser perfecto. Cada vez que mis manos volaban bajo su jersey, o mis dedos se aventuraban por los dobladillos de su falda, Amparito empezaba a retorcerse, no de placer, que más quisiera yo, sino de cosquillas. Una noche que me quedé a estudiar con ella en su casa, tuve la feliz ocurrencia de intentar cogerle el culo, y claro, empezó a reír, y a reír, y el padre la oyó, y entró al cuarto, y allí estaba yo, con la mano en el cuerpo del delito, y tuve que salir por piernas, y bajar las trece plantas del bloque a oscuras, dándome con los talones en el cogote. A partir de entonces no hubo más risas con Amparito. Desde luego, aquel fue el día en que más rápido he corrido.
A continuación apareció Vanessa Jéssica, Cuqui para los amigos. Yo ya estaba estudiando en la universidad, bueno, más bien matriculado, porque aparecer por clase, aparecía poco. Cuqui era una niña bien, guapetona, delgadita, de ojos claros, con el pelo de peluquería todos los días, vamos, una de esas chicas que todas las frases las terminan con “¿o sea, no?” o “mola que te cagas”. Pero bueno, que le vamos a hacer, a mí me gustaba, y eso era lo importante. Me invitaba a las fiestas de su familia, gente estirada, como los acusados de blasfemia por la Santa Inquisición; allí me codeaba con lo más granado de la sociedad, y más de una vez, mi cara de pardillo apareció en las páginas de las revistas cardiacas, bueno, media cara quizás. Pero claro, no todo iba a ser perfecto; a pesar de que Cuqui era un ciclón en la cama, eran necesarios varios ciclones más para que el aire de la habitación en la que nos encontrábamos fuera respirable. La chica era limpia, más que limpia, repulida; pero lo suyo no era normal. Nada más levantar el brazo, quitarse los zapatos, o desprenderse de las medias, uno podía ahorrarse mil pesetas de peluquería, porque obtenías una decoloración de pelo gratis. Un fin de semana nos fuimos a esquiar a la sierra, que eso es muy in, y allí estábamos los dos, en nuestro apartamento, con nuestra chimenea encendida y entre sabanas de raso blanco. Yo, experto ya en toda clase de vicisitudes, tuve la prudencia de dejar las ventanas del dormitorio abiertas. A pesar del relente que entraba por la ventana, la cosa se fue caldeando, y pasamos de los besos a las caricias; fui bajando poco a poco, hasta que me perdí debajo de las sábanas. Y claro, para poder seguir avanzando, empecé a aguantar la respiración mientras continuaba descendiendo. Llegó el momento en que los pulmones me iban a reventar, me faltaba el aire y, por supuesto, tuve que respirar. Fue empezar a tragar aire y devolver mi estómago la fantástica cena que había tomado apenas hora y media antes. Y ahí terminó la sesión de submarinismo de alcoba. Desde luego, ese fue el día que más tiempo he estado sin respirar.
Y eso es todo. Así que, Sr. Cupido, le hago una advertencia, o le pido un favor, según usted prefiera. La próxima vez que beba, se fume alguna hierba prohibida e ilegal, o decida jugar a la ruleta rusa con los humanos, haga el favor de mirar, y si estoy cerca, se lo pido de rodillas, espere unos minutos para que desaparezca de su campo de tiro. Porque estoy hasta las ingles de su falta de puntería; si algún día se cruza en mi camino, juro por Dios que se va a tragar el arco, y le introduciré una a una las flechas por su angelical trasero, y con las plumas de sus alitas me haré un fabuloso edredón.
Sin más que reclamar, y esperando que mis peticiones sean oídas, se despide atentamente
Un desenamorado.



Que buen relato!!!!, me rei como nuncaaa ajajaja, gracias por compartir y suerte con tus conquistas!!!
Muchas gracias por tu comentario. Un saludo
Pero con tan buen sentido del humor, puedes aguantar esos tres y otros treinta dardos extraviados. Me recuerda el final de La Celestina. Pleberio dice del Amor: “Alegra tu sonido, entristece tu trato”. Y más adelante. . . “Tu fuego es de ardiente rayo, que jamás hace señal do llega. La leña que gasta tu llama son almas y vidas de humanas criaturas. . “
Qué relato tan tierno… Jajajajajaja. ¡Me ha encantado! Es divertido, entretenido, para nada aburrido. En pocas palabras: muy refrescante.
Me da gusto verlo por acá, y lo seguiré con más frecuencia; aunque me doy cuenta que está un poco retirado de la red. De todos modos, un saludo, y le dejo mi voto.
Hola Marta:
Gracias por tu comentario. La verdad, estoy un poco retirado, pero sigo escribiendo, cuando tengo tiempo
Espero que leas el resto de mis relatos y los comentes.
Saludos