Cochinos artistas
11 de Septiembre, 2012 7
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Me personé en la inauguración según las señas que me pasó Ferrante. Una galería de arte en la misma calle Serrano de Madrid. Gente guapa, glamour y actitudes más que pretenciosas. La autora, una tal Bárbara Visconti. Ególatra, snob por más señas. Posiblemente de una buena familia que pagaba el capricho de la niña, ser artista. Paseaba un escote de infarto entre los invitados, enseñando de vez en vez los duros y rosados pezones. Provocaba al personal, haciendo salivar muchas bocas que de buen grado hubieren catado tan deliciosos manjares, entre ellos yo, debo decir. La gente bebía vino y apenas si comía. Los canapés eran más que deliciosos y no deje de engullir desde que entré en la exposición. En cierto momento un tipo con aspecto de sacerdote amanerado se me acercó exigiéndome la invitación. Le despaché diciéndole que me la había dejado en coche y en cuanto saludase a un par de amigos iría a por ella. El tipo de mirar taimado se dio la media vuelta, pero por la expresión de su rostro entendí que aquel fulano no me iba a dejar en paz. Lo mejor era empezar cuanto antes.

—¡Barbara! —bramé en medio de la sala cortando prácticamente todas las conversaciones—. ¡Barbará Visconti! —La autora me sonreía como dando por hecho que me conocía, cuando ambos sabíamos más que de sobra que no nos habíamos visto en nuestra cochina vida.

—Querido —dijo lo de querido alzando un poco el hombro derecho y echando atrás el cuello, de forma que se elevó su mandíbula, su sensual boca entreabierta dejaba ver sus blancos dientes y su sonrosada lengua. Fue un gesto tan sofisticado y sensual que sentí ganas tirarla encima de los canapés para darla lo suyo… y lo del inglés—. Qué fantástico encontrarte aquí de nuevo- sus manos extendidas me decían que no sólo iba a seguirme el juego si no que además pretendía superarlo. Sus ojos buscaron la complicidad con los míos y rápidamente me adelanté diciendo:

—Permíteme que te diga querida… —agarraba su mano entre la mías sin apretar pero con firmeza— que es absolutamente impresionante lo que estás aquí mostrando —lo dije bien alto para que todos pudieran escucharme—. El riesgo que has asumido con este nuevo giro de estilo, con esta nueva tendencia es, permíteme que te diga, algo que ralla en el prodigio. Nos encontramos sin duda, permíteme que te diga —estaba abusando adrede de la coletilla permíteme que te diga, por que cuando lo decía dilataba exageradamente la primera E de permíteme, algo así como peeeereeemiteme… decir aquello de esa forma me hacía parecer más idiota aún, mimetizarme más con mi entorno— …nos encontramos con la punta de iceberg de lo que serán las nuevas tendencias de aquí a los próximos cien o doscientos años—. Mientras lo decía señalaba a una escultura realizada con material reciclado que imitaba la forma de un alienígena. Decir que aquello lo podía haber realizado mi sobrino no hubiese sido muy justo hacia el chaval. Colores estridentes, formas imposibles, caos, desequilibrios varios y en definitiva un fructífero paseo por cualquier vertedero por la Comunidad de Madrid, habían dado como resultado aquel dolor en los ojos, aquel insulto al oficio de cualquier escultor, aquel atentado al buen gusto, aquella larga tomadura de pelo que apenas sí sostenía sobre sí misma. No satisfecho proseguí:

—Ya me lo dijo el bueno de Clotis —señalé con el dedo pulgar hacia atrás como si el aludido estuviese entre nosotros, como si ese despliegue cobista fuese sobradamente secundado por alguien tras de mí—. Me dijo: Juan… Juan tienes que verlo con tus propios ojos, tienes que saborearlo de cerca…

La tipa estaba, no inflada, no. Bárbara Visconti hacía rato ya que no tocaba en suelo con los pies. Levitaba de puro placer al saberse celebrada de esa forma ante aquella banda de snob que apenas si levantaban la voz para no pedir otra cosa que no fuere “mas vino” con boca anhelante. Esa boca solícita propia de los pretenciosos que al terminar de hablar se mantiene siempre abierta.

Socialmente, ciertos seres humanos son idiotas por naturaleza y la despersonalización es algo muy común entre ellos. Después de mi intervención se tuvo a bien comenzar con una avalancha de impresiones a cual más exageradamente aduladora que la anterior. En menos de cinco minutos la buena de Bárbara había sido colocada en los museos más importantes del mundo, no sólo codeándose con los clásicos, sino haciéndoles literalmente sombra. Elevada al grado de iluminada, de tocada por la mano de Dios. Bárbara fue en ese instante más grande que el firmamento y las estrellas. En un instante, Bárbara Visconti fue el demiurgo que daría forma al mundo en los años venideros. Nos encontramos ante una diosa que nos regalaba no solo su obra si no su presencia. La gente se arremolinaba entorno a su figura para recoger un pedazo de atención que se le cayera de de las manos y llevárselo a la boca para engullirlo sin paladearlo. Las mujeres querían tocarla y no lavar nunca más ese miembro. Los hombres aferraban sus ojos a los pezones de ella, columpiando su imaginación hasta decir ¡basta! Los perros que pasaban por la calle depositaban generosa mierda a la salida del local a la espera de ser pisada y esparcida por el mundo bajo la huella de aquella musa.

Fue en ese fluir de masas cuando insistí en la foto de familia. Una foto juntos en la puerta del local, para que se viera en grande el nombre de la galería. La idea arrasó. Y todos ya salimos del local para, como buenos samaritanos, arropar con nuestras presencias a la artista. Participando en la inmortal instantánea que a buen seguro daría que hablar, y mucho, un siglo después en los libros de historia.

Salieron presurosos y aunque yo había propuesto dicha foto, me excusé con el excusado, es decir me escabullí a los urinarios hasta que salieron todos afuera. La foto se convirtió en una sesión de un largo cuarto de hora para fumar, beber mas vino y en definitiva montar la fiesta underground en la calle que era algo más que cool, era de lo más chic. Tiempo de sobra para extraer mi aerosol de color rosa, una nota de mi bolsillo y dibujar los extraños símbolos en varias de las obras de la amiga Bárbara. Los simbolos me los había pasado mi amigo Ferrante, que era quien quería boicotear a la artista.

Salía por la puerta cuando noté una mano en el hombro. Mi corazón dio un vuelco, hiperventilando me giré despacio esperando ver a Bárbara allí con el rostro desencajado por el destrozo realizado a su obra. En vez de aquello me encontré al tipo con pinta de cura que con cara de malestar me miraba iracundo.

—Puedo explicarlo —le dije no sin cierto nerviosismo.

—¿Puede? —arqueó una ceja.

—Claro —mientras decía aquello no podía dejar de observar el desaguisado por encima del hombro del fulano, a sus espaldas. La verdad es que aquello no podía explicarlo nadie. Símbolos muy parecidos a runas vikingas en cuadros, esculturas y paredes. Incluí de paso un falo y dos testículos de mi propia cosecha sobre un autorretrato de Bárbara para memoria de lo futuro y como generosa propina al haberme sentido tan vivo, estimulado y vigoroso ante los pechos de la señorita Visconti.

—¿Ha aparcado muy lejos? —su rostro se relajó.

—¿Er… perdón? —le dije extrañado mirándole ahora a los ojos.

—Me refiero a que ha aparcado muy lejos, no es necesario que me traiga la invitación. Ya he visto que es íntimo amigo de Bárbara —cerraba los ojos condescendiente, era esa clase de tipos que te perdonan la vida y conscientes de su magnificencia la comparten contigo para que sepas que si respiras en ese momento, es porque él quiere.

—He aparcado ahí mismo —dije con rapidez pidiendo al cielo que el fulano no notase el bulto del spray en mi chaqueta y que por supuesto no se diera la vuelta para ver el desaguisado que había a sus espaldas—. Venga, venga conmigo y le diré donde —le agarré por el antebrazo y sin esperar una respuesta, le arrastré fuera del local donde estaban todos aún poniendo poses para esa foto, una foto que les hacía parecer siempre un poco más gordos, un poco más bajos, un poco más feos. Una foto que les alejaba de lo apolíneo para siempre jamás. Creo que llevaban veinte fotos y ninguna era válida. Mi madre decía siempre “dale una tiza a un tonto y le tendrás entretenido toda la tarde”.

Me alejé despacio mientras le decía al cura que iba al coche a por la invitación. Después de varios pasos aquella gentuza seguía en la calle, posando eternamente ante una cámara digital que desechaba instantáneas una y otra vez por no ser del gusto de nadie. Aquella banda de idiotas, esclavos de su imagen, tardarían en darse cuenta del desaguisado. Me fui despacio calle abajo silbando aquella canción que decía algo así como que hoy no me he peinado a moda da da da… comprendiendo que hay ciertas vidas que siempre serán y vivirán en un eterno Dada.

 

 

7 Comentarios
  1. Una gran narración, Felipe Ferrante ¿Es parte de la novela? El final es prodigioso… acaso un solo detalle: no trabajr tanto los dialogos con descripciones en medio, a veces el tono del dialogo dice más que cualquier descripción (esto, por supuesto, te lo digo a vos porque yo jamás lo logré…)
    Un abrazo

  2. Jajajaja, Felipe, puedo explicarlo, ¿puede?, jajajaja. Muy buenos los golpes de humor. Habrá que ir a por más, más trocitos, más retazos.
    Te voto, te voto y en tu culo explo… digo, un saludo.

  3. Divertidisimo relato, Felipe, y muy bien escrito. Un saludo y mi voto.

  4. Muy, muy, muy divertido, Felipe. :D
    “Los hombres aferraban sus ojos a los pezones de ella, columpiando su imaginación hasta decir ¡basta!”
    Sin tacha alguna. Me ha parecido genial.
    Un abrazo!

  5. Hola Felipe.
    Un relato fantástico, maravilloso.
    Una visión de ese segmento de la sociedad tan carente de valores. Pero forman parte y debemos aceptarla.
    Ironía, sarcasmo, humor… No le falta nada.
    Saludos y voto.

  6. Muy bien escrito, con buen ritmo y bastante divertido. Enhorabuena y voto.

  7. Gracias por los comentarios y consejos. Es un fragmento de mi novela Nico. En cuando a las descripciones entre los diálogos tienes razón, cortan un poco el ritmo narrativo. Pero así es la vida, estaba ya construido y me dolía más quitarlos que dejarlos.
    Gracias Richard, Luna, Vimón y Paloma por leer, comentar y existir como seres bípedos, vertebrados, mamíferos y homínidos todos. Vosotros que os erguís sobre vuestras extremidades inferiores desde más allá del paleolítico dejando atrás la barbarie y la sin razón.
    Que las letras sean en vosotros y que no os falte un epíteto que llevaros a la boca.

    Muchos abrazos ;O)

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