Ayer compré un celular, es un Alcatel modelo OT708-A, me gustó porque es una versión ultra primitiva del iphone (además tiene un defecto del WAP 2.0 que conflictúa la red de Telcel, permitiendo el acceso a internet sin ningún costo).
Estaba muy feliz con mi Alcatel OT708-A: leí el manual con gusto pecaminoso, revisé el número que me corresponde y cargué los contactos que conservo en mi agenda física -esa invencible memoria de papel-. Luego fumé un cigarro y bailé un rato con los tonos hip hop predeterminados.
Me gusta mi Alcatel OT708-A.
Mi último celular duró seis años, era un Motorola infame, con forma de toalla femenina, en agosto del 2002 lucía moderno. A finales del 2008 la gente se reía de él, y de mí.
Pero era un Motorola muy estoico. Soportó golpes, chapuzones, injurias. Jamás se rompió. A diferencia de mí, que en esos días me quebré como una taza, y no tenía más opción que replegarme del mundo a revisar por qué aquella mujer que antes era como un ángel de Miguel Ángel, ahora era como un martillo que no paraba de estrellarse contra mí. Sé que yo no le era digno, y por eso la amé hasta alabarla; una palabra suya bastaba para sanarme…
Sé que debía olvidarla, así que comencé por los objetos: un día fingí que olvidaba mi viejo Motorola en la mesa de la cocina, y no pasó nada. Había dos llamadas perdidas, de ella, pero no pasó nada. Luego fingí olvidar el Motorola en la cama, luego en el baño; y un día fingí que mi pié lo pateaba debajo del sofá, no me atreví a rescatarlo.
A veces vibraba toda la noche, iluminando con sus focos antiguos la panza del sofá. Yo tampoco podía dormir, y también vibraba, pensando que fuera ella.
Mi buen amigo Iván se creyó la historia del teléfono roto (Siempre es más fácil decirle a los amigos que fue tu teléfono y no tu corazón el que se ha hecho pedazos) y como es un amplio ejecutivo de Iusacell, me regaló un teléfono que perdí a la siguiente semana.
Ya lo he dicho antes; no necesito un teléfono. ¿Para qué necesitaría un teléfono móvil alguien con una vida tan inmóvil como la mía?
Hace un mes, mientras me mudaba de habitación, encontré al viejo Motorola enterrado en una caja de libros. Por curiosidad presioné el botón de encendido, y para mi sorpresa el teléfono respondió, haciendo un ruido extraño; era el suspiro de un resucitado. Enseguida apareció la señal “Batería baja” y el icono de mensajes parpadeaba insistente. Sabiendo que no tenía mucho tiempo, abrí el último mensaje (¡Dios! esto es tan patético, pero así es como sucedió) era un mensaje de ella, escribiendo, a la luz de la distancia:
“donde estas?”
Lo escribió así, sin los acentos adecuados. Al menos tuvo el detalle de colocar el signo de admiración al final (todas las mujeres buscan un signo de admiración alfinal), signo inequívoco –además- de que su preocupación era genuina.
“donde estas?” Decía el mensaje.
Me dolió saber que después de tantos años me sigo preguntando lo mismo.
Quise contestar a su mensaje (de manera simbólica, claro), quise escribir “No lo sé” pero el mensaje de “Batería baja” apareció de nuevo, y el teléfono se apagó, ahora sí para siempre.
Otro amigo, Adrián me ha comprado este nuevo celular (me sigo preguntando por qué hay gente tan estoica que se empeña en mi amistad. Si me encontrara conmigo en la calle, no dudaría en cambiarme de acera). En realidad Adrián sólo me dio el dinero para que yo lo comprara, y eso fue bueno.
Deberían abolir el nefasto hábito de regalar cosas. Los amigos sólo deberían regalar dinero.
Como sea, mi nuevo celular Alcatel OT708-A salió defectuoso.
Hoy fui al lugar donde lo compré para hacer la reclamación.
-¿Qué falla presenta? -me pregunta el encargado, con aire receloso.
- Nada, que yo escucho a los que me llaman, pero ellos no me escuchan a mí -. El tipo hace un par de pruebas, luego desmantela el teléfono, y mirando a través de sus huesos de microchip me pregunta.
- Así que usted escucha a los demás, pero los demás no pueden escucharlo ¿Y desde cuándo tiene usted ese problema?
- Desde que nací.
Ahora el encargado me dice que debo ir a un Centro de Atención a Clientes.
Ahora regreso a mi casa, abro el refrigerador, me alimento de cualquier cosa, veo Bob Esponja, me fumo un cigarro.
Mi nuevo teléfono no sirve para hablar, yo tampoco, pero me consuelo bailando un rato con sus tonos de hip hop predeterminados.
Termino de bailar, enciendo la computadora, reviso el feisbuk y Ezequiel me da una gran idea: me recomienda escribir una súper aventura sobre mi interesante retorno a la vida celular. Así lo hago, mientras pienso en las palabras de Lezama Lima escritas en un libro que intenté robarme de una librería en la colonia Roma:
“El infierno existe, sí, pero está vacío”.


Pendiente de tus textos, hacía tiempo que alguien no me contaba las cosas tan bien. Y en verdad me encanta leer, así que… gracias por escribir.
(por cierto, la mejor utilidad de los móviles es su capacidad para que su pérdida u olvido sea utilizada como excusa. Si te quedó algo en el tintero, siempre puedes volver alegando que buscas tu móvil. Cuando ya se dijo todo, en cambio, es conveniente señalar que lo extraviaste).
Para eso se necesita un móvil, así que no ha sido del todo una mala compra : ).
(Escuché a un amigo decir que todo crimen debe tener un móvil, aún no entiendo qué quería decir con eso). Tienes razón, no fue una mala compra.
Me encantó tu cuento, lo cargo en mi celular ja!!
Jajaja…. es como un bucle extraño o una una metarespuetas: guardar un cuento sobre celulares en un celular…Gracias por leer.
ajajjja, que buena historiaaa!
“- Así que usted escucha a los demás, pero los demás no pueden escucharlo ¿Y desde cuándo tiene usted ese problema?”
- Desde que nací.” ajajajajja
A veces cuando paso por aquella tienda de celulares, el dependiente me mira con recelo. Yo sólo trataba de ser sincero, pero él decidió mandarme a Atención a Clientes, como un loco a quien le dan la dirección para ir al manicomio por su propio pie….
Gracias por leer.
Necesito un sombrero. Necesito un lindo y discreto sombrero para inclinarme y sacarlo ante ti.
El relato me pareció maravilloso (más allá que me sentí plenamente identificado, acabo de comprar un teléfono y pasar por lo mismo).
“Al menos tuvo el detalle de colocar el signo de admiración al final (todas las mujeres buscan un signo de admiración al final)”
Santa verdad del tamaño de un crucero encallado en las costas italianas.
Saludos!
Qué bueno que te haya gustado. espero que las próximas entregas sean de tu agrado.
Gracias por leer.
muy lindo relato, reconozco que no esperaba un relato de este calibre con un teléfono de protagonista…
A veces hasta los teléfonos tienen algo que contar.
Gracias por leer.
Fárrago: lo que has hecho con tu cuento “Compré un celular nuevo y el infierno está vacío”, es decir, narrar algo de nuestra vida ordinaria, lo hacía Antón Chejov, y como tú, lo ordinario lo convertía en algo maravilloso… mira que tú, en tu celular escuchas a los demás, pero los demás no te escuchan… y esto desde siempre. Qué ironía, amigo, qué forma de protestar contra lo que ya es parte intriínseca de nuestra cotidnidad, el celular, ese maldito aparato que había de estar en el infierno, como castigo por haber acabado con nuestrra intimidad.
Atentamente. Volivar Martínez. Sahuayo, Michoacán,México
(Algún día, creo, llegaré hasta donde tú estás, literariamente… tremenda tarea, pero al menos lo intentaré.
Leí en algún lado que si lo intentamos podemos perder, pero si no lo intentamos, hemos perdido todo.
Uno nunca está conforme con lo que escribe, y ojalá esta sea la mano que nos guíe en todo momento.
Por aquí seguiremos, leyendo, escribiendo y aprendiendo un poquito cada día.
Un saludo. Gracias por leer.
Siempre lo supe el talento es inato y un ejemplo claro y contundente eres Tu farrago si asi quieres llamarte peri aun espero la gran novela y me la debes sigue amigo ese es tu camino. Con mi admiración el afecto de siempre.
Eugenio
Maestro de maestros! Si a alguien debo agradecer este amor por la vocación literaria es a ti, mi querido Eugenio. Nunca he olvidado todos los momentos, las charlas, los consejos y la enorme sabiduría que en toda ocasión ofrecer sin recelo ni reserva.
La novela va, a jalones y empujones pero camina.
Más de una vez he querido sucumbir a la tentación de poner punto final, pero sé que no es tiempo.
Quizá todavía soy muy novato en el arte de la literatura, pero me he vuelto un experto en el arte de la paciencia.
Va un abrazo maestro, y que la vida nos encuentre en estos días.