Yo sabía que esto algún día iba a suceder, sólo era cuestión de tiempo. El malecón de Mazatlán además de ser jacarandoso, solemne, bonito, etcétera… es susceptible, taciturno, truculento y peligroso. Vaya doble moral. Aquella tarde que Cosme Ponce murió, en la playa los chanates revoloteaban lúgubres detrás de la isla; los camarones se escapaban de las atarrayas; había un lobo estepario converso sobre una islita, manando melancólicos aullidos; una tortuga salió a la playa y puso un sólo huevo, hueco y negro. Las nubes se divisaban grisáceas y tristes, untadas en la magnanimidad del cielo. No obstante, el instinto en los humanos fue paupérrimo y el día marchó muy cotidianamente antes y después de la trágica muerte de Cosme Ponce. Al fondo se escuchaban los cuchillos cebolleros golpeando el tablón en donde se ponía la carne para partirla. Sobre el cemento, en el malecón circulaban patinetas, corredores, galanes y gentes que vendían rosas para las galanas; había pescadores bebiendo alcohol, desafiando a la ley Cero Tolerancia; niños y familias enteras; mujeres con garbo en espera de un hombre que traiga la invitación a subir a una camioneta; comerciantes, turistas, manifestantes políticos; mujeres platicando, llorando, riendo; jóvenes de pelo tenso y piel bronceada y lentes oscuros, con una tabla de surf en el sobaco dispuestos a montar las humildes olas. Cinco kilómetros en media luna, desde los emblemáticos Monos Bichis hacia el clásico Valentino’s, bastaron como cabida de tal diversidad de gente. Mencionado por último, pero no menos importante, también estuvo el clan de Cosme Ponce y su novia: los ciclistas. El malecón podía presumir de muchos tipos de ciclistas, los radicales que manufacturaban piruetas en el aire, extrovertidos deportistas, los aventureros y los ociosos, es decir, Cosme Ponce y su novia Emilia Azcárraga, quienes con algarabía paseaban de punta a punta sobre el malecón.
La muerte de Cosme Ponce fue muy cruenta, y se hizo de fama; en consecuencia se corrieron varios rumores en el puerto, unos decían que Emilia lo empujó con sutileza y disimulo, haciéndolo caer sobre la carretera; otros dicen que Cosme Ponce tenía una vida poco emocionante y en busca de esa pizca de pimienta, se mató. Otros apuntaron hacia los narcos, pero los demás lo calificaron como simple paranoia. Los más ingenuos pensaron que se suicidó. Emilia no tuvo ánimos de concederme una entrevista. Tuve que convocar en internet a los testigos, encontré a nueve, quienes aseguraron que ningún poder fúnebre ni de peritaje los interrogó. Todos ellos dijeron que la pareja paseaba alegremente en el malecón, que Cosme Ponce, sin dejar de pedalear ni un sólo momento, mojó su cabeza con el agua de un bote y cuando menos esperaban, ya había gritos contaminando el aire porque Cosme Ponce estaba pereciendo, desbaratándose debajo de un camión urbano en circulación. Pero ¿qué o quién lo motivó a atravesársele al camión? Nadie vio.
Un día, recibí un mensaje sobre la convocatoria de Facebook que hice para esclarecer el caso de Cosme Ponce. Mi publicación convocaba aquellas personas que supiesen la razón por la que Ponce entró debajo de aquel camión. Decía el mensaje que recibí: “Yo vi todo. Yo sé exactamente lo que pasó. Se le llama la bici de Lucifer”, y firmaba un tal Francisco Robles. Le envié solicitud de amistad y enseguida la aceptó. Mientras precisábamos lugar, fecha y hora para charlar en persona, vi en su portal fotos de él fumando marihuana e infografías y textos que apoyaban la legalización y fundamentaban el vicio. Se le veían veinticinco aproximados años. Era moreno, chaparro y delgado. También tenía fotos con camisa de futbol, rodeado de un equipo. Me recordó a Bob Marley.
Nos reuniríamos en su casa. Estaba en los nuevos barrios, lejos del centro. Debía tomar la ruta Jabalíes y después caminar varias cuadras. Subí al camión en la universidad, junto con diez personas ensimismadas que se dirigían a los mismos lados. Una señora uniformada y yo, también uniformado, íbamos de pie cuando el camión arrancó, pues no había asientos disponibles. Sentados, habían jóvenes con ropa de escuela: hombres con la camisa desabotonada y fajada solamente de la hebilla del cinto, poseedores de mochilas infantiles rayadas con plumón, y mujeres con la falda recorrida con pequeños dobleces para mostrar con mayor efectividad las piernas. Pude observar también a un montón de universitarios. Supe que lo eran cuando vi en sus camisas el nombre de la facultad a la que pertenecían; además, con las axilas cargaban una libreta y un libro, con gafas negras y un par de auriculares en los oídos, conectados a un cable que desaparecía en sus bolsas. Una señora con canas, pero que no tenía repercusión de vejez o incapacidad, iba con una niña de cinco años al lado, quien supuse que era su nieta, y a la altura de sus pies un montón de bolsas de camiseta atiborradas de comestibles. Atrás de mí, estaban dos mujeres desaliñadas, pero seguras de sí mismas, con faldas, zapatillas y maquillaje, eran un esperpento de mujeres, parecían una fiesta andante de los ochentas, pero más que por su rimbombante ropa, era porque cantaban dicharachos de una canción que se reproducía del celular de un joven que estaba detrás de ellas. Pensé en qué música estarían escuchando los pasajeros con auriculares, “seguramente todos escuchan las mismas melodías, esas que oyen en la televisión, en la computadora y que bailan en el antro” pensé, y me decepcioné.
Me pareció tan uniforme todo, el camión, la gente. Eran tan lineales. Sentí la necesidad de drogarme con algo alucinógeno para así percibir la ambigüedad de la sociedad, lo fantástico. Antes creía que la verdadera diversificación de personas se encontraba en los camiones urbanos; quizá era más tarde o más temprano, pero en ese momento todos los pasajeros eran iguales. Una maquina con vida, un ser programado y organizado por ochenta por ciento a nivel inconsciente y el resto a nivel consciente. Bueno, al final de cuentos, todos somos diferentes, como todos los demás, recordé y seguí observando el camión, que aun con su multiplicidad invisible, o muy acostumbrada para mi cosmovisión, lo interpretaba como un universo de razones escondidas.
En las ventanas había unas fotografías que renombraban los oficios tradicionales del puerto: las changueras, el cantinero, el clavadista. Al fondo del camión, en donde habían nada más hombres y uno de ellos, con pantalones flojos, hacia reproducir también su celular, había una fotografía de la Plazuela Machado, pensé que muchos pasajeros y gentes de donde voy, no conocen verdaderamente el centro histórico o sólo han ido en ocasiones que se pueden contar con los dedos de una mano. Algún porcentaje de personas de los barrios de Mazatlán no conocen el centro histórico de su ciudad, qué tragedia. El camión se detuvo. Llegamos a un centro comercial para que más gente abordara, sentí de golpe el calor humano y un hilito de sudor descendió lentamente por mi espalda. El camión arrancó de nuevo y tras cuarenta minutos de pleno contacto humano, apretujones y un recorrido exhausto, el camión se vació con determinantes pausas. Me senté en un asiento que recién se había desocupado, estaba caliente. El aire de la ventana me alcanzó y sentí las soporíferas repercusiones del tiempo y del camión que, con sus arrullos, nos trataba a los pasajeros como bebés cansados de llorar. El operador encendió la radio y el locutor, con algarabía, decía que estaba transmitiendo desde el malecón, y que Mazatlán se encontraba muy despierto. ¿Mazatlán despierto? Difícil. Esta gente está más ahogada en su silencio que una montaña bajo el mar. Debajo del cemento maltrecho podría ocultar sus calamidades, incluso la historia y sus vergüenzas, pero jamás la sangre que ha manchado nuestro rostro y ha enchuecado nuestros hocicos. Sí, nuestros hocicos, tal como animales insensatos.
Bajé de camión Jabalíes donde Francisco me había dicho: en el Colegio Morelia, era imponente, contaba con dos edificios de tres pisos y un par de canchas con porterías y aros, sin embargo parecía cárcel, porque todos los pisos, salones y fachada estaban protegidos por aluminio y un implacable trabajo de herrería. Entré a la colonia, el sol impedía que mis ojos se abrieran con totalidad, al igual que unos niños que iban de regreso a sus casas, con zapatos y una mochila pesada en sus hombros, mientras yo, que ya había recorrido los doce juegos de la primaria, secundaria y preparatoria, llevaba una mochila liviana, y por un momento me sentí menos preparado en conocimiento. Caminé cinco cuadras hasta doblar a la izquierda, luego busqué el edificio #115 y después di con el holgar, perdón y, con el hogar de Francisco Robles, el departamento C. Antes de tocar la puerta, pude percibir un conocido y permanente olor a marihuana (conocido porque un vecino pasaba su vida fumando y mi padre siempre se quejaba del humo que entraba a nuestra casa, le gritaba acérrimamente y los demás vecinos escuchaban: “ya deja de fumar marihuana, vete al monte pa’ que huelas a guano, cabrón”, y yo de niño, no sabía qué era guano ni qué era marihuana, hasta que poco después lo comprendí cuando visité el monte por primera vez, que ahora ya no existe porque se construyó un Wal Mart. Y permanente, el olor de su casa, porque el humo no apareció y Francisco no estaba fumando cuando abrió la puerta).
No tengo prejuicios sobre los que fuman marihuana, ya no es como antes, cuando mi madre me decía “cuidado, no andes por ahí, andan unos marihuanos”. Quizá antes eran criminales, ahora no, por eso y por mi interés periodístico, toqué por fin la puerta de su departamento. Francisco Robles, quien presume haber presenciado la muerte desde un pilar del malecón mientras, según él, observaba la hermosura de las muchachas y del mar, vio todo lo sucedido, desde que Cosme Ponce llegó con su novia hasta cuando dejó de existir. Pero no sólo poseía la cronología de lo sucedido, sino también la respuesta del siniestro.
— Primero, cuéntame lo que pasó. Desde tu punto de vista –le dije con la autoridad de mi gafete de prensa, en su casa, un departamento de dos cuartos, uno para dormir y otro para drogarse. Tenía televisión, un videojuego, computadora, y una perra gorda en el patio.
— Primero, lo primero –dijo, y sacó de un cajón una bolsita como de cacahuates y pistaches, pero dentro había yerba, papeles blancos y un encendedor. En un clavo sobre la pared colgaba una camisa de la empresa donde laboraba: Tostaditas Jhony.
Salí de la habitación para tomar agua. La cocina sufría una ruindad mensual. Cuando regresé, él estaba ensalivando uno de esos papeles blancos, mientras prensada, se enrollaba la yerba junto con el papel. Luego se convirtió en cigarro. Lo prendió, y sin que se lo pidiera, empezó a hablar:
— En el barrio, la bici de Lucifer era letal. Todos los niños teníamos miedo de que la bici de Lucifer viniera por nosotros. Hay quien vendió su bicicleta para comprar un patín del diablo –Francisco Robles sonaba triste y se daba una nostálgica calada cuando en su cabeza aparecía una imagen del pasado-. La leyenda cuenta que, quienes no merecen las virtuosas mañas de la bicicleta, e intentan poseerlas a toda costa, la bici de Lucifer acabará con su vida, haciéndolos caer a un barranco. Es la primera vez que veo la bici de Lucifer en el malecón, haciendo caer en la carretera a ese pobre infeliz –finalizó, y luego tumbó la ceniza del cigarrillo en un empaque viejo de galletas partido por la mitad, en donde se encontraban semillas y pequeños tallos de cannabis.
Me estiró el cigarro, por costumbre de compartir. Lo acepté, no por aquella frase de adonde fueres haz lo que vieres sino porque pensé que estimularía la confianza, sospechando que realmente este hombre tenía la verdadera explicación. Le di un baisa al cigarro y mi garganta se entumeció, luego el pecho; empezaron a quemarse como si al paso del humo todos mis órganos y partes interiores se secaran hasta producir un enrojecimiento ardoroso. Sufrí una tosedera que duró no más de un minuto, y tomé bastante agua, hasta que mi garganta y mi pecho volvieron a la normalidad. Te regañó, dijo Francisco Robles, sonreí y dije profesionalmente:
— Entonces… ¿Cosme Ponce fue víctima de la maldición de la bici del diablo? –de Lucifer, me corrigió-. Sí, de Lucifer, ¿porque no contaba con las suficientes virtudes bicicleteras? por así decirlo.
— Así es –dijo Francisco antes de fumar empedernidamente. Sus baisas eran tres veces más fuertes que los míos, pero a él no le producían ni un mínimo sonido gutural. Comencé a sentir mis labios resecos, la saliva viscosa, un hambre que parecían dos y una indefinida risa que no podía ocultar-. ¿Ya te pegó verdad? –preguntó Francisco.
— ¿Ya me pegó? ¿Quién? –pregunté con manifestaciones banales de hilaridad.
— La mota –dijo Francisco, y se echó a reír. Luego no pude más y reí con él, hasta que, aprovechando mi jocoso ánimo, dijo que era mentira eso de la bici de Lucifer.
— No me hagas perder el tiempo –me enojé, mientras él seguía riendo-. No estoy para estupideces –me puse de pie e imaginé a Francisco frente a la computadora fumando y riendo igual, cuando contestó mi publicación. Después tuve un vértigo y caí de nuevo a la silla.
— Que buen mareo –dijo, y me quedé callado-. La verdad, es que eso fue pura faramalla, pero te diré ahora sí la neta del planeta.
— ¿Estuviste ahí sí o no? –pregunté mientras me untaba lentamente en la silla.
— Sí –dijo con mesura-. Hubiera deseado no estar, estuvo muy feo.
— Cuéntamelo.
— Yo acababa de fumarme cuatro porros.
— ¿Cuatro de estos? –señalé al cigarrillo, que estaba ya del tamaño de la uña del pulgar y para fumarlo se necesitaba cierta experiencia.
— Simón -contestó.
— Ha de estar dura la crisis existencial –dije en son de broma, pero su cara se tornó angustiada.
— Andaba yo así, relajado, mareado como tú pero en el malecón. Viendo las morras, ¿qué buenas están las mazatlecas, verdad? –asentí-. De hecho, me gustó la novia de ese Cosme Ponce, já, tenía nombre de espectáculo, me recuerda a Gaspar Pulgar, Jaime el Duende. Como sea. La vi venir en bicicleta, está guapa la muchachita, en el periódico vi que se llama Emilia Azcárraga, y la encontré en internet, le mandé una solicitud de amistad a su Facebook “Emily Az” –lo dijo con osadía, y ambos reímos-. Aparté la mirada de Emily cuando vi a Cosme Ponce, venía sonriendo y llevaba en la mano un bote con agua. Iba por la orilla de malecón, muy pegado a la carretera, por donde pasaban muchísimos carros a muchas velocidades. Miré de nuevo a Emily, es realmente hermosa. Pelo negro, lacio, morenita labios rojos, piernas almoroleadas, tú sabes. Pero de nuevo, pronto dejé de verla, la neta yo no acostumbro fijarme en mujeres de otros, soy un caballero, aunque los caballeros hayan muerto hace doscientos años –reí con delicadeza pensando en reproducir algún día tal chiste-, pero Emily me enamoró, no lo puedo negar, me enamoró en ese momento truculento. Quizá fue Cupido quien hizo caer a Cosme. Te hubiera inventado mejor eso, en vez de la bici de Lucifer -asentí de nuevo, mis ojos estaban muy pequeñitos y rojos- No te quedes dormido, chico prensa. Ahí te va. Cosme Ponce dejó caer un chorro de agua sobre su cabello, quizá lo viste, lo usaba más o menos largo, y el agua cayó sobre su rostro y el cuello, entonces agachó la cabeza por encima del cuadro de la bicicleta, la agitó tal como se sacude un perro el agua, y mientras hizo eso, se fue directo hacia la carretera, en donde iba pasando un Sábalo Centro, el único camión que pasa por el malecón, uno de esos verdes, y entonces pasó lo que pasó.
— ¿Qué pasó?
— Pues, ya sabes… ¿Quieres que te lo cuente? –asentí- Creía que mi mente lo había bloqueado hasta el día en que te mande el mensaje, que lo recordé como si lo estuviera asimilando apenas. La llanta de adelante, de la bici, tocó la carretera, Cosme levantó la mirada en cuanto el camión, que lo conducía un señor que estaba platicando con unos gringos, lo empujó unos tres metros. El camión atropelló la bici, y mientras esta pasaba por el mofle, luego atropelló a Cosme, pasando por encima de él, a la altura del abdomen. Pobre amigo. El chofer no supo qué había sucedido, para mí que pensó que era un nuevo bache que desenmascaró la lluvia, hasta que, con las llantas traseras, pasó por encima de la bici y luego por Cosme, esta vez por la cabeza. El bote de agua quedó sobre el malecón y Emilia se miraba en otro mundo.
— Ensimismada de verdad, abstraída, ya me la imagino, pobre. Y… ¿Qué más?
— Como que ¿qué más? Estás enfermo, mi hermano. Pues murió –dijo con estupor, me quedé callado y luego continuó-. Cuando las llantas delanteras pasaron por encima de Cosme, sobre el abdomen, imagino que el mierdero de su panza ya había salido del culo y de la boca, pero cuando el camión pasó por completo, que todo se despejó, en la calle estaban las tripas, los intestinos, el corazón, todo regado, nunca imaginé que el cuerpo humano tuviera tantas cosas ¿Cómo es que cabe todo? ¿Quieres saber cómo estaba la cabeza? Estaba aplastada, parecía de plastilina, parecía la cabeza de un maniquí defectuoso. De las orejas y de la nariz le salió un líquido gris. Y había sangre por toda esa zona. Es más, un zapato llegó al malecón, casi donde estaba yo parado, quien sabe cómo y por qué, pero salió votado un zapato. La bici quedó igual, doblada y quebrantada. En una parte de la carretera, había una línea horrenda como de lodo, quién sabe qué era de su cuerpo pero, era como si un perro con diarrea hubiera cagado en línea recta, y luego otro hubiera cagado exactamente por donde mismo, pero una mierda pegadiza y maciza. Pa mí que ese día comió frijoles –finalizó en voz baja pero sarcástica.
Francisco Robles se puso de pie y ensimismado casi como la misma Emilia, empezó a dar vueltas en la habitación. Yo tenía ganas de vomitar, pero me contuve. Ágilmente hizo otro cigarro y, apesadumbrados, fumamos en silencio. Él parecía estar tan lúcido como cuando llegué, pensé que el primer cigarro no lo colocó en lo absoluto; sin embargo, yo sentía que mis ojos desaparecían y vi el caso de Cosme Ponce desde una nueva perspectiva, otro ángulo, pero para nada excepcional, lo vi como un trágico accidente que debería olvidar y abandonar su investigación. Seguí fumando aunque supiera que estaba totalmente drogado y que en mis pulmones ya no había espacio para más humo cannabico, pero me gustaba, era una sensación de paz e indiferencia. Luego fui por agua y su perra me ladró, se llamaba Luna.
Cuando volví, Francisco estaba frente a la pantalla de su computadora, con una mano al mouse y otra a lo último del cigarro. Le pedí entrar al portal de Emily Az y así lo hizo. Su Facebook era pundonor puro y a la vez, condolencia infructuosa. Apareció una foto de ella mientras se besaba con Cosme, al lado de un montón de pésames.
— Entonces, ¿qué más pasó?
— Nada. Emily casi se desmaya. No sé por qué no lo hizo, maldita insensible. Pero eso sí, lloró infinitamente. Nunca dejó de llorar. Los pasajeros del Sábalo Centro se pusieron de pie, horrorizados. El camionero se detuvo más adelante y todos bajaron, luego se puso de nuevo frente al volante y huyó, ya te sabes esa, lo agarraron en su casa con las maletas ya listas para emprender la fuga, y lo encarcelaron. Creo que es una injusticia de tránsito porque el chofer, libre de culpa, no debía pagar por la ineptitud de Cosme. Luego… pronto se hizo un manchón de gente que se le hacia la cara amorfa al ver las partes regadas de Cosme Ponce. Después, a los ocho minutos llegaron dos patrullas y una ambulancia, no sé pa qué. Hasta después, llegaron los servicios funerarios, pero tampoco supe para qué, debieron llevar bolsas negras y limpiar la calle. Neta que se me antojó tremendamente entrar a los brazos de Emily y consolarla, jurarle inteligencia y experiencia, decirle que no sería tan pendejo como su ex novio. Neta que estuve a punto de decirle: “chiquita, ven conmigo, a mí no me pasará nada, yo sí viví la infancia”.
— ¿A qué te refieres con “yo sí viví la infancia”?
Pregunté arrepentido de haberlo hecho, pues sospechaba que yo tampoco había vivido mi infancia, de lo contrario ya sabría la razón por la que Cosme Ponce murió. Tampoco quería aceptar que un proletario adicto a la marihuana esclareciera todo, y no la policía, ni la prensa, ni académico o alguien más, no, sino un proletario adicto.
— Es lo que pasa cuando agachas la mirada, en dirección al tubo de la bici, mientras pedaleas con las manos sobre el manubrio, y luego sacudes la cabeza, con la mirada al piso –dijo mientras hacia la mímica de sus palabras-. Se te pierde la orientación, el piso se te mueve, te vas de lado hacia cualquier lugar que la corriente te lleve, ¿pero sabes qué es lo mejor? Que no te das cuenta de eso y cuando menos esperas ¡taz! estás en el suelo.
Suspiré abatido. Si Francisco tenía razón, sólo significaba que yo estaba investigando la muerte más absurda. -¿Y qué tiene que ver con la infancia?- Pregunté finalmente.
— ¿Todo esto… -fumó por última vez, brotó el humo desde sus pulmones de acero y dejó caer la colilla en la bolsa rota de galletas- …lo publicarías en el periódico?
— Quizás.
— Entonces págame.
— Está bien… ¿Qué tiene que ver la infancia aquí? –pregunté desconcertado.
— Es muy sencillo, vato… mira, yo y mis cuates le pedíamos hacer eso a los otros morros que no supieran lo que significaba, como broma, pues. Llegaba alguien nuevo al barrio y le pedíamos subir a la bici, que fijara la mirada hacia el suelo pero que no dejara de pedalear, y luego que sacudiera la cabeza como negando con avidez. Lo hacían porque se escucha fácil, pero inmediatamente se iban de lado, jalados por la corriente, hasta que, sin que se dieran cuenta de nada, chocaban contra un carro estacionado, contra la basura o simplemente caían al suelo. Claro que procurábamos hacerlo cuando no circularan carros o motos. Ya luego, que toda la cuadra sabia de esa broma, lo hacíamos nosotros mismos para divertirnos: montábamos nuestras bicis, agitábamos la cabeza con la mirada al suelo, y cuando menos esperábamos, estábamos ya en la tierra, luego reíamos. Deberías intentarlo, pero sobre el malecón –finalizó con una fingida risa macabra.
— Todo tiene sentido. Cosme Ponce no vivió en una cuadra de los barrios bajos de Mazatlán. De hecho, vivía en la zona rica de la ciudad, sus padres compraban papalotes ya armados en lugar de que él mismo los hiciera. Estudió en colegio y según lo que investigué de él, no tenía muchos amigos. Le faltó vivir. Era un niño rico, que vivía en la zona rica, en donde nadie sale a jugar, ni a hacer bromas de bicicletas.
— Pues ya ves, carnal… el que no vive, muere.



Julioko: amigo eres un excelente escritor; me doy cuenta de que es la primera narración que publiacas en Falsaria; y te auguro un gran éxito de seguir aquí, entre amigos. Felicidades.
Atentamente
Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)
Gracias Volivar, acabo recien de leer un cuento tuyo, aqui estaremos aportando y dando lo mejor de sí, gracias de nuevo por tomarte el tiempo de leerme.
saludos
Excelente relato, Julioko, muy bien narrado de principio a fin y muy realista. Te felicito, paisano y te mando un abrazo y mi voto. Ah, y como parece que estas recien llegado, te doy una afectuosa bienvenida a esta red literaria. Te vas a divertir.
Gracias por la bienvenida y por leerme, estare pronto leyendolo a usted tambien. Y en cuanto al realismo, me gusta describirlo pero no me gusta del todo vivirlo, pero como dice Woody Allen, es el unico lugar que puedo comer un buen filete jaja
saludos!
Tienes todo para ser un gran escritor.
Sigue puliendo tus relatos, verás que puedes llegar lejos.
Gracias por el elogio, que para mi es como un piropo, y gracias por leerme, seguire subiendo relatos. Pronto yo leere los suyos y a comentar, para que haya una libre circulacion de letras