Cristiano muerto
23 de Marzo, 2012 2
1
     
Imprimir
Agrandar Tipografía

El ómnibus que se dirigía a la Ciudad de Mendoza, salió con quince minutos de demora de la estación terminal de Retiro de Buenos Aires. Debería haber viajado en avión, pero un fuerte e interminable diluvio azotaba aquel abril porteño y las líneas aéreas habían suspendido todos los vuelos. Un alerta meteorológico anunciaba fuertes ráfagas de viento, lluvia y granizo, por lo cual decidí no ir en auto.
La petroquímica XFL para la cual trabajaba me agasajaba con un evento importante por mi diseño de avanzada de un de dispositivo de ultima generación. La ceremonia incluía una cena y debía dar un discurso ante toda la compañía. Eran exactamente las diez de la noche y poco podía verse desde la ventanilla debido al intermitente temporal. Doce éramos los pasajeros, nueve hombres y tres mujeres Nadie ocupó el asiento contiguo al mío, lo cual me permitía extender mi cuerpo con mayor comodidad. De mi bolso de viaje saque un esbozo referente a mi disertación, inútilmente intenté concentrarme en la lectura debido al intenso ruido del agua golpeando los vidrios. Los televisores no tenían intención de pasar video alguno y las luces internas del vehículo aún seguían encendidas. Las tres mujeres parecieron hacerse amigas (y enemigas) rápidamente ya que, el miedo provocado por el diluvio, les dio motivo de charla que luego derivaron en otros temas absolutamente intrascendentes. Tres asientos adelante mío, estaba un hombre solo. Parecía inquieto y bastante nervioso. Cada tanto giraba su cabeza y cada vez que lo hacía me observaba. Tendría unos cincuenta y tantos años, abundante cabello entrecano. Parecía alto y de buen aspecto. Creí conocerlo de algún sitio y supongo que el también. Luego de dudar un tiempo, recordé su rostro. Era el holandés Rosembrandt. Había sido encargado de una fábrica en la cual yo trabajé tiempo atrás, antes de recibirme de ingeniero. Sin duda era el. El mismo que una década atrás se encargó no solo de que la compañía comercializadora de agendas funcione, sino de destruir la existencia de quienes trabajábamos allí. Mi mente se empantanó con el recuerdo de todas sus virtudes. Soberbio, resentido, farsante y despreciativo. Era sumamente egocéntrico y omnipotente y los empleados le rendíamos cortesía cual monarca, por temor a ser despedidos, como buenos hijos de la clase media asalariada argentina. Sentíamos un profundo odio por Rosembrandt. ¿Qué hacía allí? Por un momento intuí que me reconoció. Si bien dicen que el tiempo repara las heridas, su presencia me hizo evocar terribles historias, antiguos rencores y viejos dolores. Tenía la capacidad de violentar psicológicamente a los que estaban por debajo de el y de arrastrarse como una larva ante sus superiores. Se había casado tres veces y su última mujer, una mediocre cantante de tangos agrietada por la vejez y el vino barato, lo había dejado por un obrero de la fábrica mucho menor que ella, el cual renunció al poco tiempo. La humillación que aquella situación provocó en Rosembrandt fue exterminadora. Recuerdo que varias veces los empleados le agregaban laxantes y hasta veneno para cucarachas en su comida. Pero nada, daba parte de enfermo y al tiempo volvía imperturbable, como si nada hubiera sucedido y a los pocos días se tornaba más agresivo y violento que antes. Según un compañero de trabajo de aquellos días, el cual me lo cruce hace algunos años, me comento que el holandés fue despedido de la empresa y con la indemnización se fue a vivir a Necochea, donde se instalo un negocio de pesca.
Las luces del ómnibus se apagaron. La lluvia parecía arreciar con más fuerza aún y destellos zigzagueantes desdibujaban las ventanillas. En ese instante creo haberme quedado dormido y soñé con la antigua fábrica. Era una casa vieja del barrio de Barracas, cerca del riachuelo. Me vi caminando hacía ella, descalzo y sobre el empedrado frío de la calle Santo Domingo en una noche cerrada de invierno y niebla. Al llegar se abrió la puerta de hierro y entré. Estaba en penumbras y supuse que no habría nadie, ya que estaba fuera del horario habitual de funcionamiento de la empresa. Recorrí lentamente sus pasillos laberínticos, subí su única escalera y sentí en mi mano el frío metálico de su baranda. Observé las paredes pintadas de marrón, percibiendo una vieja y conocida opresión en el pecho ante ese lugar tan ingrato y lúgubre. Finalmente llegué al recinto donde trabajábamos. Las viejas máquinas funcionaban desenfrenadamente, cada vez mas rápido, cada vez mas ruidosas. En el fondo, unos reflectores iluminaban a Rosembrandt, de espalda y completamente desnudo, con un látigo en la mano azotando a varios empleados apoyados contra la pared, desprovistos de ropa y con sus torsos y culos cubiertos de heridas sangrantes. En un momento vi como penetraba a uno de ellos con su enorme miembro del cual tanto se jactaba. Huí despavorido, bajé velozmente las escaleras, corrí por los pasillos y llegué a la puerta por donde había entrado. Intenté abrirla infructuosamente, ya que estaba tapiada con barras de hierro. Giré lentamente mi cabeza y observé como el sucio holandés, envuelto en una tenue luz y rodeado en bruma, se acercaba hacia mí. En aquel instante me desperté. Tenía la espalda empapada en sudor y la camisa adherida a ella. Las luces del ómnibus estaban encendidas anunciando algún descanso. Consecuentemente, el vehículo se detuvo en esas fondas típicas de ruta. Observé mi reloj. La una de la madrugada Me desperecé tratando de acomodar mis huesos y esfumar la pesadilla vivida. La lluvia había cesado y los pasajeros nos mirábamos unos a otros buscando complicidad para bajar del ómnibus. Al rato estábamos todos dentro del parador. Las zambas y la cumbia se fusionaban con los cueros de vaca, cuernos de toro y adornos propios de campo. Dos mujeres jóvenes, de rostros rosados gracias al clima libre de contaminación urbana, servían las mesas cubiertas de mantel de hule y algún que otro jarroncito con flores artificiales. Un hombre gordo y canoso las vigilaba atentamente detrás de la caja registradora. Me senté cerca de la ventana, pedí un café grande y me dirigí al baño. Al salir me topé frente a frente con Rosembrandt, quien acababa de entrar. Ambos cruzamos nerviosamente las miradas fingiendo desconocernos. Regresé a mi mesa. Miré a mi alrededor y noté que las únicas personas que estábamos en el restaurante éramos los viajantes del coche rumbo a Mendoza. Al rato, una de las camareras me trajo el café.
- Dígame… ¿Como se llama este pueblo? Le pregunté mientras depositaba la taza.
- Cristiano Muerto, me contestó con una sonrisa a medias y ojos adormecidos. Luego se retiró perezosamente. Jamás había escuchado semejante denominación para un lugar, me reía de solo pensar a quien se le habría ocurrido semejante nombre: Cristiano Muerto.
Me quedé mirando por la ventana, había empezado a llover nuevamente. Enormes relámpagos dibujaban la noche cerrada. El fuerte sonido de los truenos y del agua sacudiendo el techo asfixió el murmullo del recinto. Saqué el discurso e intente leer nuevamente. Permanecí con la vista fija en las páginas aproximadamente quince minutos. Luego observé a mí alrededor. La escena no había variado.Los mismos viajeros y adornos seguían enredándose con las empanadas, pastelitos de membrillo y el rancio olor de los quesos de la zona. Busqué su mirada. Giré lentamente la cabeza esperando encontrar y desencontrar aquellos ojos tan temidos. Rosembrandt no estaba en ningún lugar del salón. Tal vez su destino había sido aquel pueblo. O quizás estaba afuera, a pesar del diluvio. El era fuerte y jamás le temía a nada, o al menos de eso presumía diariamente en aquel espantoso trabajo. Tal vez hubiera sido bueno recordarle quién era y quién soy ahora, un profesional reconocido en mi ámbito. Refregarle en su repugnante rostro que no se cumplieron todos sus augurios de fracaso que, con profusa obstinación, pronosticaba años atrás.
Pero el holandés no estaba. El chofer del vehículo anunciaba que ya era tiempo de partir. Empezamos a subir al ómnibus. Tenía la esperanza de encontrármelo, para recordarle viejas torturas y escupirle en su cara mis nuevos triunfos. Pero su asiento estaba vacío. Demasiado tarde. Volví a mi sitio y seguí interiorizándome en el evento y tratando de despejar de mi mente del fantasma del holandés. El conductor contaba a todos los pasajeros una y otra vez. Una molesta inquietud se sentía entre los pasajeros, sobre todo porque el vehículo no salía y nadie nos anunciaba la causa. Las tres mujeres dejaron de cuchichear cosas inentendibles para gruñir al conductor el motivo de la demora. Este no respondía y tan solo se limitaba a contar los asientos ocupados.
Finalmente subió un oficial de policía de la zona. Su enorme panza delataba los litros de vino consumidos a lo largo de su vida. Entrecano, de piel oscura y ojos entrecerrados, como si recién se hubiera despertado, anunció, con cierta autoridad poco convincente, que uno de los pasajeros fué encontrado degollado en el baño de la fonda y que por el momento todos los pasajeros éramos sospechosos de homicidio hasta que se demuestre lo contrario. Fuertes rumores de espanto e indignación se escucharon en el recinto. Obviamente el muerto no era otro que el holandés Rosembrandt.
Infructuosas fueron las quejas de los ocho hombres que aún quedábamos con vida y de los interminables reclamos de las tres mujeres que no paraban de vociferar a viva voz, que nada tenían que ver con lo sucedido y que debían llegar a destino cuanto antes porque no se que miles de quehaceres urgentes debían hacer. De nada sirvieron mis credenciales y la invitación al evento, que empezaba a las nueve de la mañana. La basura de Rosembrandt me había cagado la existencia hasta el día de su muerte y vaya saber quién lo mató, pero, seguramente, bien merecido se lo tenía el muy hijo de puta y a mi que mierda me importaba su muerte si me perdía el homenaje que tan importante era para mi ascenso en la empresa. Lo cierto es que todos terminamos en la roñosa comisaría del pueblo, frente al no menos sucio comisario a juzgar por el olor que despedía, mientras una putita de esas que tanto saben revolotear a los uniformados, no dejaba de cebarle mate, a la vez que agitaba su achicharrado pelo platinado a fuerza de tanta agua oxigenada mientras el, cada tanto, le metía una mano en el culo y ella devolvía la gentileza con una sonrisa desdentada. Un suboficial o vaya saber si tenía algún cargo, pelado, descarnado y ecléctico, tomaba mis declaraciones en una enmohecida Olivetti. Poco y nada dije acerca del muerto, ni siquiera que deseaba profundamente el abrupto y feliz final de su perra vida. Obviamente expuse que no lo conocía, ni lo había visto nunca - apenas cruzamos un par de miradas desde que subimos al ómnibus- comenté, lo cual era absolutamente cierto.
- ¿Ya me puedo retirar? Pregunté al grasiento comisario al terminar, mientras, “la rubia” se acomodaba la bombacha por encima de un harapito plateado que apenas cubría sus varicosas y torcidas piernas.
- No amigo, nadie se va de acá hasta que declaren todos y por supuesto- el “por supuesto” acompañado con un ademán exponiendo superioridad que, poco o nada encajaba con su ridícula apariencia- hasta que el homicidio este resuelto. Durante unos diez inútiles minutos expliqué al aceitoso, los motivos por los cuales debía retirarme urgente, a lo que el mismo respondió: Que pase el que sigue. Foca ignorante, pensé, como si tu vació cerebral pudiera resolver el caso.
Una de las tres mujeres se acercó a la silla con tanta rapidez, que apenas me dejo levantarme. Tendría unos setenta y largos años. Se la veía nerviosa, huesuda, mustia, ansiosa por hablar. Y la vieja departía, gesticulaba, se mordía el labio, tosía, se atragantaba con su propia saliva, mientras el enclenque golpeaba con sus dedos el teclado de la Olivetti. La mujer hablaba cada vez mas rápido, la rubia iba y venía con los mates y el esqueleto parecía desarticularse en cualquier momento junto a la máquina de escribir. Yo estaba agazapado en un rincón, observando la vertiginosa escena como si se tratase de un viejo filme de cine mudo. Nada oía, como si las orejas me hubieran crecido hacia dentro y taponado los orificios. Los hechos sucedían muy rápido, cual gran teatro de marionetas hiperactivas. Los gestos del policía, la puta, el escribiente y la vieja declarante, se transformaron en grotescas imágenes. En algún momento debo haberme quedado dormido. Luego alguien me zamarreaba, mientras una voz femenina me decía suavemente “despierte hombre”. La puta estaba frente a mí, agitándome el brazo, mientras sus largos cabellos chamuscados arañaban mi cara.
- ¿Qué ocurre? Pregunté aturdido y molesto.
- Nada hombre, levántese que ya puede irse.
Observé a mí alrededor. En la comisaría solo estaba el comisario, la prostituta y yo. Una tenue luz atravesaba la miserable y amarillenta cortina de la ventana. Sentí frío. Busqué mi impermeable con la mirada.
- Tome hombre. Me dijo el oficial mientras me lo entregaba.” Váyase, ya no tiene nada que hacer aquí, además ya está amaneciendo y en cualquier momento hay cambio de guardia.
-¿Y el asesino?
- Ya atrapamos al asesino. Contestó arrogante.
-¿Quién era? pregunté confuso mientras me colocaba el abrigo.
- Un loco de mierda que se escapó de algún manicomio de Buenos Aires que vino a jodernos la noche justo acá, en este pueblo que nunca pasa nada. ¡Porteño tenía que ser para apuñalar a un hombre y ni siquiera robarle la billetera! -Ustedes están todos enfermos. Miré no me haga hablar y váyase de una vez, su valija la tiene la empresa Cruz del Oeste y tiene que reclamarla en Buenos Aires.
Salí de la comisaría sin saludar a nadie. Estaba furioso, no solo había perdido el evento, además la empresa de viajes se quedó con mi bolso y tenía que volverme con lo puesto.
Había cesado de llover y el viento frío y seco del sur disipó las nubes. Un sol tibio de otoño se asomaba tímidamente sobre el horizonte e iluminaba el campo sin estridencias, dejando atrás el irritable y presuntuoso resplandor veraniego. Mi rostro agradeció la fresca y tibia caricia. El pasto, aún mojado y la bosta de las vacas, olían bien. Me dejé invadir por aquella apacible y armoniosa mañana campestre, mientras mi mal humor se disipaba con el sonido de los álamos movidos por la brisa. Misteriosamente me sentí liberado de todas mis obligaciones. Poco importaba ya el circo honorífico de la empresa y hasta me sentí feliz de no tener que cargar mi tan pesado equipaje. Como un chico, comencé a correr por el campo, sin dirección alguna. Mi cuerpo y mente se embriagaron por una súbita alegría. Me saque el impermeable y lo tire lo mas lejos que pude, para poder correr con mas libertad. Todo había quedado atrás…¿que cosas renuncie para siempre me pregunte. sin importar la respuesta. Estaba a punto de comenzar una nueva vida, No sabia donde, ni como y poco me interesaba los medios con el que construiría un futuro distinto. Sin obligaciones, mandatos ni opresiones y presiones de ningún tipo. Corría cada vez más fuerte, me sentí niño otra vez, mis pulmones estaban llenos de aire puro y todo a mí alrededor era verde. Campo y mas campo, árboles frondosos, hierba fresca, el viento, el sol de otoño nos fusionábamos formando un ser único. Ya no existían éxitos ni fracasos, tiempo pasado, ni futuro. Solo un presente incierto sin frustraciones ni resentimientos. Hasta aquel momento viví equivocadamente,casándome con una mujer a la cual no amaba y cargaba con dos hijos que…Pero ahora no quiero pensar en ello, solo disfrutar de este cambio fantástico y repentino, y correr, seguir corriendo hacia la nada, rodeado de naturaleza, lejos de todo. A lo lejos creí ver algo. Parecía un caserío. A medida que me acercaba, comprobé que indudablemente se trataba de otro pueblo. Corrí aun más fuerte, quería llegar hasta ese lugar donde seguramente me esperarían nuevas y deslumbrantes experiencias. Fui reduciendo la marcha, hasta caminar a paso firme, seguro. Me sentía inmensamente dichoso. Finalmente llegué al pueblo. Camine lentamente por unas callecitas angostas y empedradas. Las casas de de construcción sencilla tenían las ventanas cerradas y parecían abandonadas desde hacia mucho tiempo, a juzgar por el deterioro. Seguí avanzando lentamente hasta lo que parecía ser la plaza principal. Al llegar, percibí que el lugar me resultaba conocido, la iglesia, el municipio…la comisaría.
Si bien la lluvia del día anterior había sido intensa, estaba seguro que la comisaría era exactamente igual que la del pueblo donde me detuvieron. Cristiano Muerto, el mismo que deje hace… Salvo que en los poblados de la zona hicieran todos los edificios públicos similares. Fui hacia la seccional e intente inútilmente abrir la puerta. Sin lugar a dudas era el sitio que deje hace…no se cuanto tiempo…porque ya había perdido la noción del mismo. A través de los vidrios cubiertos de mugre, pude ver con dificultad el mismo recinto, idénticos muebles donde estuve. La diferencia era que parecía abandonado desde hace mucho tiempo, anos quizás. Sentí la vieja fuerte opresión en el pecho que tenía en la fábrica y una urgente necesidad de escapar de allí. Un fuerte y ascendente espanto invadió mi mente, mis piernas empezaban a temblar, no obstante corrí hacia la estación de ómnibus. Al llegar, tuve que romper la puerta con una viga, para poder entrar. Reconocí inmovilizado por el pánico que era la misma de la noche anterior, pero llena de mugre y ratas que escaparon con el golpe. Los asientos rotos, las ventanillas donde expendían los boletos tenían los vidrios rotos, papeles y basura, por todas partes, techos hundidos, las cortinas carcomidas por las ratas…sin lugar a duda ese lugar fue abandonado hace…años. Enloquecí (o ya lo estaba) y corrí hacia la plaza gritando si alguien estaba por ahí. Nada. Silencio. Espanto. Repentinamente me encontraba en una vieja estación de tren, tan desierta y devastada como el resto del pueblo. Detrás de una corroída locomotora, aun se podía leer en un cartel de madera enmohecida sobre uno de los andenes, el nombre del pueblo: Cristiano Muerto. Demolido, camine lentamente hacia una calle adoquinada y cubierta de hojas. Un auto azul y viejo estaba estacionado justo en la entrada de la estación de ferrocarril. Me acerqué a el buscando a algún ser vivo en ese pueblo maldito. Estaba vacío. Lo observé detenidamente y aunque paso mucho tiempo, reconocí al viejo Ford Farlaine de Rosembrandt. El mismo color, el inolvidable tapizado imitación leopardo de nefasto gusto y hasta la misma terminación de la patente. Tenía las llaves puestas. El miserable estaba vivo. Sin pensarlo entre al vehiculo y apenas gire las llave, el motor se puso en marcha. Mientras acomodaba el espejo retrovisor, observé que en mi transfigurado rostro, se dibujaba una leve sonrisa.
- Seguí hasta Necochea, me dijo.

2 Comentarios
  1. Me gustó a la primer lectura, ahora no me queda otra que releer para absorber la savia de este magnífico relato. Al promediar el cuento encontré algunos defectos en la puntuación, tal vez obedezca a la importación de textos de un sistema a otro, no lo se. Felicitaciones, bienvenido a la red y espero seguir leyéndote.

  2. Federico Wuallers: “que uno de los pasajeros fué encontrado degollado en el baño de la fonda y que por el momento todos los pasajeros éramos sospechosos de homicidio hasta que se demuestre lo contrario”…
    Nuestro amigo Nanky tiene razón, creo yo; es bueno tu relato, pero sería mejor con algunas correcciones ortográficas y de sintasis.
    En tu expresión que he copiado en este comentario (de buena fe, no para desanimarte) quedaría mejor si el verbo “muestre”, lo pusieras en el tiempo: “demostrara”…
    Por otro lado, te felicito porque tienes muy atractivo estilo narrativo.
    Atentamente
    Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)

Deja un comentario