No diré que tuve una infancia privada de alegrías, llena de injurias o lamentos como la mayoría de la gente de esta ciudad, esto gracias a haber tenido la fortuna de nacer en medio de la melaza que forma la opulencia de las familias de buen nombre. Todo lo que pude querer en mi infancia lo obtuve.
Tampoco diré entonces, que apelaré a mis recuerdos y a algún trauma inventado para justificar mi accionar, dado que no me arrepiento de nada lo que he hecho o podré hacer en esta vida ya que he sido educado a nunca arrepentirse de las decisiones tomadas en conciencia puesto que no es digno de un hombre arrepentirse de algo que en algún momento le pudo haber causado placer y que por simple capricho del destino, éste se pudo tornar en espinas y enredaderas.
No.
Recuerdo mi casa al oeste de la ciudad, rodeada de un majestuoso jardín de media hectárea lleno de los más dulces frutos que las regiones aledañas pudiesen dar, con duraznos tiernos que florecían en marzo junto al aroma de azar. Los arbustos –que mi madre había dispuesto inteligentemente como un laberinto que se hundía en el pasto de Holanda- carecían de cualquier tipo de espinas que pudiesen lastimar a los afortunados transeúntes a los que se les permitía entrar al jardín, casi siempre debido a las fiestas que daba mi padre para jactarse de su poderío económico y de cómo sus habilidades en los negocios habían provisto a la ciudad de sus años más gloriosos de los que se tenga recuerdo alguno.
Había una escalera que conectaba la casa al jardín, y bajo ella un estanque cristalino de agua salada donde peces arcoiris jugueteaban entre corales y algas mediterráneas, entre caracolas y peñascos de roca de la costa sur. Para mantener el estanque limpio todas las tardes a las 7 pm los trabajadores de mi padre conectaban un motor auxiliar que quitaba el agua y la reemplazaba con una nueva cantidad de mar que burbujeaba y soltaba espuma tan blanca como la cal en la montaña. A la luz de la luna llena, el agua recién depositada era todo un espectáculo, diría inclusive que –si mi memoria no me traiciona y juega una broma despiadada- el estanque cobraba una vida nueva y elevada, más allá de toda vida que he podido ver sobre la tierra, con una personalidad propia que fascinaba. Muchas veces estaba seguro que el estanque de pálidas aguas plateadas podía incluso mirarme, hablarme, sentir mi presencia frente a él. Y me llamaba. Escuchaba como los susurros en el borde del estanque me llamaban.
Esta era una de las cosas que más me fascinaba de la casa y, tal vez, el único motivo por el que salía de mi cuarto y caminaba bajo la luz de las estrellas con los pies descalzos, con rumbo decidido, luego que los trabajadores fuesen a sus cuartos a descansar.
Como ven, mi vida ha estado teñida de comodidades. No tendría motivo alguno para quejarme y no lo haré, puesto que sólo aquellas personas que son tan miserables consigo mismas pueden acaso quejarse y no hallar soluciones a sus problemas, buscar y buscar motivos por los cuales les ciñe la desgracia y salir avante. Si bien esto puede parecer un argumento dicho por alguien quién no ha sufrido, pues no lo crean tan así, ya que he sufrido, tanto o más que cualquiera que esté leyendo esto, tanto o más como aquellos que están o estuvieron, los que el tiempo ha consumido y los que consumen el tiempo, todos aquellos que han sido castigados por sus actos o por los deseos.
He dicho que mi infancia durmió sobre los laureles de la gloria que proporciona un apellido afortunado, un nombre, palabras que nacen del hombre y toman vida fuera de ellos, palabras que pueden hacer crecer a una persona o derrumbar un imperio completo. Y es gracias a esto que mi niñez disfrutó de los beneficios educativos que sólo aquellos destinados a gobernar sobre otros hombres pueden recibir.
A la edad de 3 años aprendí a leer, lo que despertó el orgullo de mis padres, orgullo hambriento, sediento de demostrar la superioridad de la sangre y la carne de algunos, sangre que corría en mis venas, carne que me mantenía en vida. No diré que me molestaba tal conducta, puesto que nunca he creído en la igualdad de las personas ni me ha incomodado el ver gente en las calles, sufriendo por el hambre, mientras gasto mi dinero en alimentos que se pudrirán en las grandes alacenas de la casona. No fui criado como un filántropo sino como aquél que estará por encima del resto.
Anteriormente mencioné que no salía mucho de mi habitación. Si bien tenía a mi disposición extensos terrenos para deambular, así como un chofer que me llevaría a donde quisiese cuando lo ordenase, mi vida se desarrollaba en la oscuridad de una sala perdida en la mansión, un rincón descuidado donde sólo se me permitía entrar a mí y mis ensoñaciones. Perdía horas y horas, días enteros con sus lunas e inclusive semanas, solo, allí, en medio de las sombras y el delicado baile de la llama de una vela vestida con trozos de su misma esperma.
Como comenté, entre mis beneficios estuvo el que disponía de los mejores maestros de la región, exponentes dignos de las artes y las ciencias, gente de lenguas abstractas y mentes materiales, todos ellos con conocimientos suficientes para desarrollar el potencial de un país del tercer mundo y convertirlo en una potencia mundial, pero que por motivos conocidos, preferían el sabor del dinero que el de la gracia y la dicha de aquél que ayuda al otro sin interés más que el de ser humano.
Y ellos me educaron.
Vertieron todo su conocimiento en mí y me enseñaron a conocer, a saber. Mi hambre por conocer pronto se convirtió en gula, una adicción tan grande que mi mente se desesperaba por cada día que no pasara pegado, sumido, embebido en un libro que me contase sus historias más profundas. No diré que tenía un gusto en particular. Cada libro, incluso aquellos sin valor aparente, todos eran para mí hipnotizantes. Las letras, el papel, la tinta, las cubiertas. Cada vez que estaba con uno podía sentir como se encendía una llama en mi alma, pequeña en principio, hasta que luego me consumía por completo.
Y es en aquella habitación perdida donde mi alma era consumida por demonios.
La habitación estaba llena de estantes, cada uno más abarrotado de libros que el anterior, todos ellos perdidos en la negrura de las sombras que me acompañaban día a día, noche a noche, vida a vida. No había nada más que disfrutase que el placer de devorar un libro de principio a fin, releyendo cada una de sus partes e imaginando a las personas que tuvieron la gracia de, por un momento, ser algo más que ellos mismos y poder acceder a la gracia de las letras. Y los había de todo tipo: Allí estaba la colección completa de cuentos y poemas de Isaac Asimov, las obras perdidas de Will Shakespiere, los ensayos que Ser Isaac Newton no quiso publicar por miedo a la iglesia y las ensoñaciones macabras que la psicosis provocaba en Edgar Allan Poe, quien plasmaba su alma en la tinta con tanto placer y satisfacción como dolor y agonía. Estaban también las enciclopedias más extensas, que detallaban un mundo que escapaba a mi comprensión más absoluta. Y los libros religiosos, todos ellos. Aprendí tanto del ramadán como de la pascua, de la estrella de siete puntas y el círculo de trasmutación de la alquimia, de los dolorosos rituales africanos que marcaban la madurez de un hombre con tatuajes que asemejaban la piel de un cocodrilo y de la dicha musulmana que espera a un hombre que sacrifica su vida por el bien mayor de su comunidad. Todos esos conocimientos esperando por mí.
Y mis padres, ¡OH! Mis padres. Ellos nunca comprendieron mi amor por las lecturas profundas y mis largas jornadas sumido en las páginas amarillentas de libros que ante la más leve brisa podrían convertirse en nada más que polvo y olvido. Nunca comprenderían y nunca más podrán.
Mucho me temo que mi cuerpo nunca se recuperó de las golpizas de las que me volví victima por mi capricho. En su afán de crear a alguien digno de ser su sucesor, mi padre había insistido en que compartiese estudios con lo mejor que la sociedad pudiese dar, y me envió a un instituto ubicado cerca de los campos de tamarugal, a la salida de la ruta A-4 cerca del hotel Avenida. Dentro de aquél ente educativo (que a mi parecer era más un centro vacacional) mis dedicadas jornadas se veían mermadas, puesto más que nada que no me permitían el internarme en mis libros lejos de aquél murmullo fútil que producen las mentes inferiores de mis compañeros, aquellas aberraciones de la naturaleza a los que mis padres llamaban genios.
¿Genios? ¿¡Genios!? Ellos nunca podrían siquiera redactar una frase completa en medio de un enunciado particular, no podrían siquiera distinguir un Alce de un Ñú incluso si este les pasase por encima en medio de una estampida, ellos vivían en sus números mientras que el conocimiento del hombre residía en las palabras. Cómo podrían ser ellos genios si su conocimiento no abarcaba el dilema familiar de Hamlet, como podrían sus símbolos extraños siquiera comprender el porqué del sufrimiento de Alsino, quién dotado de alas y privado del sentido de la vista, a quién el amor lo traicionaba con amargura, cómo podrían ellos acaso saber cómo el alma humana puede sufrir… cómo podrían ellos ser genios?!
Creo que debo agradecer a mis padres por tal amarga experiencia, experiencia que –de no ser por las burlas y los golpes constantes de los que fui víctima- me permitió sofisticar mis gustos literarios, haciendo mi juicio más riguroso y abriendo un apetito exclusivo que hizo que de manera frenética devorara cada título escrito donde se retratara al hombre en su esencia y no en su forma. Así es como encontré textos tan extraños que hicieron que mi mente explotara, ya no sólo de alegría.
O era alegría.
No era una alegría normal, no. Esto trascendía. Llegué a crear un vínculo especial con los libros, ellos y yo. Me hablaban, me apreciaban. Pasaba tardes enteras con ellos luego del instituto, a solas, sin luz de vela alguna que danzase al viento que se colaba en las rendijas. Podía leerles sin la luz de las estrellas que se reflejaba en el estanque, me bastaba sólo con mis ojos y mis manos para entender todo lo que en ellos había. Y susurraban.
Podía escuchar sus susurros, sus palabras. Podía escuchar como me llamaban, como pronunciaban mi nombre, como lo pronunciaban en la oscuridad de los pasillos, como lo pronunciaban apilados en la mesita de una esquina, como bailaban en las sombras mientras no les veía. Susurraban.
Mi alma disfrutaba con ellos, reía. Los espacios siniestros de la habitación, la melancólica quietud del salón se quebraba sólo de vez en cuando, muy tarde en vez, con la risa psicodélica se escapaba entre mis dientes y volaba por todos los rincones de la sala, aprovechando los rincones y creando un eco que le alimentaba proporcionándole más tiempo de vida, provocando en mí un éxtasis total.
Pero mis padres, ellos no lo comprendían. No. Mi padre mucho menos. Ellos querían un hombre de negocios, un rey. Querían a aquél que mantuviese la sangre de su nombre en lo alto, aquél que fuese mejor que el hombre. ¡Pero a mí no me importa el hombre! Lo único que me importaba de las personas eran sus letras, sus historias extraídas de lo más profundo de la psique, aquellas historias tan fantásticas que podrían hacer viajar en el tiempo o llenar el corazón de pavor y angustia. Pero ellos… no…
Fue hace unos meses atrás cuando, oh, terrible destino, cruel jugarreta de Dios, aquél momento en que mi padre decidiese que la causa de mis males fuesen los libros. Maldito el día en que nació el hombre cuyas intenciones interfirieron con las mías, maldigo el día de mi nacimiento si es que el motivo de mi ser fue presenciar este momento trágico donde mi alma se parte en dos, donde mi corazón llora agarrotado, impotente ante la pira que se alzaba en el patio trasero, alimentado de aquellos con quienes compartí mi tiempo y mis sueños, quemando las páginas de las historias de mi vida, aquellas que nunca viví y nunca viviré.
Tan terrible fue la escena que preferí nunca más mencionarla, nunca más pensar siquiera en ella.
Y lloraba todas las noches, todas las tardes bajo las estrellas. La habitación donde me encerraba fue remodelada, restaurada, destruida. Ahora las sombras se habían ido, mientras rayos de luz tan cálidos desagradables deambulaban por donde otrora la oscuridad reinaba. Tanta era mi pena y amargura que pronto caí enfermo. Mi piel apenas y se despegaba de los huesos, y mi rostro guardaba algunos pequeños vestigios de cómo fui en un tiempo que ya no recuerdo. Mi corazón cada vez latía con menos fuerza y sentía como cada mañana las fuerzas me abandonaban, dejando a cambio el sopor de la muerte pronta, el olor del final de la carne y del alma.
Pero hubo algo que me motivó a seguir.
Una noche, de esas que vienen acompañadas de la luna llena en un cielo sin estrellas, luego de la visita regular del médico de la familia, mi madre dejó sobre mi mesa de noche un libro. Tal vez en su vago intento por devolverme algo que me habían quitado, tratando de con eso motivarme a vivir. Tal vez sólo lo olvidó allí.
Y es entonces cuando desperté.
No diré que me arrepiento de lo que he hecho, o de lo que podría hacer. Nunca he sido de aquellos que justifican sus fracasos, sus penas y sus glorias, para sentirse menos miserables de lo que son o podrían ser. Y tampoco diré que no quería hacer lo que hice, es más: Lo gocé.
Lo gocé tanto como aquellas noches de ensoñaciones a la luz de las estrellas al borde del estanque, lo gocé tanto como cuando recorría el jardín y veía esa capa de plata por donde peces tropicales se deslizaban como si fuesen patinadores sobre el hielo de una fría tarde de abril. Lo gocé como esos días donde la oscuridad me abrazaba, donde el crepúsculo se fundía con la luz de una vela danzante.
Y ahora escucho sus gritos, aquí, en mi cabeza. Los escucho gritar mientras escribo estas líneas. Escucho sus rezos, como imploran por una piedad que no supieron brindar, escucho sus gritos y llantos. Y lo disfruto.
La casa ahora se leva a los cielos, rodeada de un manto rojo que envuelve cada esquina, cada recoveco. Es hermoso. La madera rechina mientras se derrumba el piso superior, desplazando una bolsa de aire que explota con tanta fuerza como una bomba, repartiendo trozos de madera y acero por el jardín. Algunos tratan de escapar, pero es inútil. El abrazo del fuego es tan fraterno, tan cálido.
Veo el reflejo en el estanque como si fuese un cuadro de óleo moderno, con sus matices y sus figuras informes.
Cierro los ojos.
Escucho al estanque, me habla. Escucho al fuego, me llama. Escucho, a todos ellos, en mi cabeza. Escucho sus risas y río con ellos. Escucho sus murmullos, sus susurros…



Muy interesante, gracias por compartirlo.
Gracias por leer ^^
En algunos párrafos me arrancas sonrisas, y en otros me dejas pensando en el pasado….
Gracias por leer ^^
Intentaba trabajar en la atmósfera evocadora que me quedó en la cabeza luego de leer a Poe, espero haber llegado a los talones al menos xD
Reitero, gracias por leer, más aún por comentar (y si no es mucha la molestia, pudiesen criticar algo D:)
muy bonito… excelente… eres un gran escritor.
Atentamente
Volivar Martínez
Sahuayo, Michoacán, México