Acontecía una noche, una como tantas; a la sombra de la farola que la calle vecina alumbraba. Discurrían fulgores por un coloso de madera junto al lecho de la habitación; tan coquetas lucecillas mezcladas con el polvo y el dolor.
Bajo el retablo de su cama yacía inmóvil un cuerpo, no emitía ni ronquido o un solo movimiento; no estaba muerto, sólo pensando en las joyas que vestían sus mentiras.
Estaba solo en esto, se decía al cruzar otro rincón del pasado, convenciendo a su lucidez que las mentiras tenían sentido en el dolor a él antes causado. Muchas veces lo habían amado más su tajante rechazo había firmado cada una en sentencia a su amor olvidado.
-Oh, Cisne mío- se decía, mientras recordaba bellezas que jamás existieron en un sepulcro maquillado de lujosas piedras y algún perfume caro. No era coherente ya con los gritos que emitían al pasar por su ventana otras almas en cola por tocar un momento su sonrisa; las usaba como un pañuelo que en el piso termina cuando ya ha perdido inmaculada belleza.
Se decidió a romper su cárcel, a tomar el aire fresco de la madrugada que estaba delante; quiso salir del encierro del caballero andante, para poder refrescar las heridas bajo la armadura, dejarlas secar un instante.
No hubo caso, las ventanas se sellaban con las lágrimas de otros tiempos, las habían cerrado el polvo y el tormento; gritó a alguien por ayuda tras las puertas, hacia el cielo; pero no hallo ya a nadie que acompañe su tormento.
En el oscuro momento de su mayor agonía, las paredes de sangre se teñían; ya sin aliento escribía con su sangre en el muro muerto, esperando que al menos en la tumba alguien le quite el peso de haber jamás querido.



A veces es tarde, cuando uno se decide a vivir.
Profundo!!! La imaginación vuela con tus escritos Leo. Un abrazo y mi voto
Un melancólico y bello escrito, deja una senda por la que aprender.
Gracias por compartir, un abrazo y mi voto.