Corría el año 1782, un año de trabajo duro en el que la gente , no solo
para conseguir dinero, sino también para sobrevivir, tenía que llenar buenos
vasos de sudor al día. Al menos eso era lo que yo veía en las gentes que
trabajaban en el campo, pues yo no era uno de ellos. Mi trabajo consistía en
sentarme delante de un escritorio con un buen material de dibujo y plasmar
sobre finos y vacíos papeles mapas y mapas de tierras cuyas fronteras cambiaban
constantemente a favor de un gobernante u otro. Era cartógrafo, un trabajo
solitario, complicado a la hora de demostrar conocimientos intelectuales, y al
que hacía falta echarle horas para saber representar bien los límites de los
territorios. Pero no me importaba trabajar, ya que muchas veces me pedían, tanto
exploradores como científicos, que les acompañase en sus expediciones, dándome
la oportunidad de conocer mundo y culturas con las que yo jamás habría soñado y
que miles de personas nunca conocerían. Lo que realmente me disgustaba era la
soledad, reinante en cualquier despacho, en cualquier barco, en cualquier
carruaje. Aunque alguien se interesara mucho por mí, no era “por mí”, sino por
mi trabajo. Me trataban como una herramienta, algo que sirve de ayuda. Aparte, me
daban miedo las conversaciones con otra gente, en las que nadie me dirigía la
palabra, ni yo habría los labios. Podría decirse que era un poco tímido. Si yo
no hablaba y nadie se dirigía a mí, es lógico que no me sintiera cómodo delante
de mucha gente.
Ése era mi trabajo: sentarme, pensar y dibujar, sentarme, pensar y
dibujar. Pero un día cambió algo. No exactamente un día, pero, el momento en
que un científico llamado Roberto Zarzal entró en mi despacho, cambió el curso
de mis pensamientos. Me dijo que iba a hacer una expedición hacia unas islas
del norte cuyos mapas quería que yo dibujara. Tendría que ir en barco y
necesitaría una semana de viaje. La idea desde el principio no me pareció
tentadora, pues todos los que me hacían visitas me contaban la misma historia.
Lo miré durante varios minutos mientras hablaba, moviendo su bigote con el
tintineo de los labios; arrugando su envejecida piel cada vez que esbozaba una
sonrisa; cerrando sus claros ojos azules escondidos detrás de unas gafas
diminutas apoyadas sobre su aguileña nariz. ¡Qué ser tan sumamente extraño!. Oí
sus palabras, pero sólo escuché una frase que tenía algo de importancia para
mí: “Mi tripulación es pequeña, todo aquel que ha tenido interés en trabajar
por un salario digno pero escaso, y algunos viajeros, incluso una mujer, creo”.
¡Una mujer! Jamás había oído eso; las mujeres no solían apuntarse por sí solas
a viajes de expediciones por parte de
científicos. Curioso, extraño, diferente… tentador, sencillamente tentador.
Roberto se me quedó mirando durante unos segundos hasta que reaccioné de nuevo.
“Una tripulación pequeña… podré probar a relacionarme con gente, y escaparme
del silencio durante un tiempo.”, pensé para mis adentros. A los dos días,
zarparíamos. Cuando estuvo todo acordado, Roberto abrió la puerta dispuesto a
salir pero se giró para mirarme con una misteriosa sonrisa cruzando su rostro
mientras decía: “Será un viaje inolvidable”.
Tomé unos objetos personales que, pensé,
podría ser interesante usarlos: una pluma, un calendario y, lo más
importante, un diario. El mismo día que zarpamos, la negra y líquida tinta que
mojaba la punta de la pluma rozó las delicadas hojas del diario.
Jueves, 2 de Junio:
Nunca había viajado en un barco como este. Sus condiciones higiénicas
son pésimas y deprimentes; el suelo podrido y húmedo cruje como árboles viejos
en los bosques cuando lo pisas con las botas; los pasillos son estrechos,
sumidos en una luz mortecina proporcionada por unas escasas lámparas de aceite.
He dejado las maletas en mi estrecha habitación. Una cama, una mesa con
una silla y una lámpara, nada más se puede ver cuando abres la puerta; me
deprime tanto que he pasado la mayor parte del día en la cubierta, viendo ir y
venir a los tripulantes curiosos que se han ofrecido a cuidar este viejo barco.
Un viajero con barba por aquí, un joven de unos veinte años fregando el suelo
por allí. Ahora soy capaz de recordar que estaba arriba, viendo siempre lo
mismo, y, aunque lo intentara, me era imposible abandonar la cubierta. Algo,
una extraña sensación, me retenía ahí arriba: como si estuviera esperando algo…
pero en esos momentos mi mente no alcanzaba a encontrar ese “algo”. ¿Qué es?
Ahora escribiendo, recordando esos momentos, no lo entiendo, no entiendo por
qué no podía moverme.
Viernes, 3 de Junio:
El desayuno en compañía de unos pocos tripulantes no ha sido del todo
desagradable, pues he compartido algunas risas, risas que no salían de mis
labios hacía mucho tiempo, y me ha sentado muy bien sonreír otra vez. Me hace
sentir… feliz.
Después de salir de la cocina he estado otra vez apoyado en la
barandilla del barco viendo y estudiando el ajetreo que estas extrañas gentes
se llevan entre manos. Pero hoy ha sido diferente, hoy ha sido agradable, hoy…
ha sido… hermoso.
Entre las brutas y ruidosas pisadas de los escandalosos marineros,
alguien, un cuerpo ligero y frágil se ha deslizado con lentitud frente a mis ojos.
De largos cabellos castaños y rizados; voluminosos como las nubes que inundan
el cielo en los días oscuros, tintineantes, bailarines… los pasos de ese cuerpo
eran ligeros, como si no soportasen mucho peso; el sonido de las botas al rozar
el suelo era silencioso, agradable, tanto para la vista como para los oídos. Y,
al ritmo de esos pasos, se movía un cuerpo delgado, coronado por un rostro
blanco y puro.
Petrificado, paralizado, con las piernas entumecidas y la mirada
inmóvil. La he visto, por primera vez la he visto. Mi mirada la seguía, ajena a
mi voluntad, y ella, atenta a que alguien la observaba, se ha girado y… sí, me
ha mirado. Sus ojos negros, profundos como un insondable pozo, eran
inescrutables, infinitos; una mirada intensa y viva, bella y pura… ¡qué mirada!
Más tarde, a solas en mi habitación, he intentado concentrarme para
dibujar mapas y distancias, pero los puntos que debía trazar me recordaban sus
ojos. No podía concentrarme en mi trabajo.¿Cómo concentrarme si tenía en mente
algo que no debía dibujar?
Sábado, 4 de Junio:
He pasado una noche horrible. No he podido pegar ojo. La mirada de esa
preciosa mujer me ha deslumbrado en la oscuridad: cerraba los ojos y veía su
resplandor; un resplandor que yo quería tocar, perteneciente a un rostro que yo
quería… quería… besar.
En cuanto los primeros rayos del sol han atravesado mi ventana y han
deslumbrado mis ojos, me he levantado y he subido corriendo a la cocina,
esperando verla allí. Pero no estaba, he sido demasiado madrugador. Por ello,
el resto de la mañana ha sido similar a la anterior: me he comportado como un
búho, observando cada movimiento que se producía en la cubierta. Después de
haber estado tres días en este barco, en marcha hacia una tierra desconocida,
no he vuelto a ver al extraño hombrecillo que me invitó a venir. No he mostrado
el más mínimo interés por explorar el barco: no sé cuántas habitaciones tiene,
cuántos tripulantes van a bordo, qué hay en sus más profundos y oscuros
rincones… sólo he descubierto algo hermoso y me he dejado llevar por el fulgor
blanco que dejaba a su paso. Mis sentidos se han perturbado y mi mente no
piensa en otra cosa que no sea ese cuerpo perfecto, ese cuerpo perteneciente a
una mujer de cuyo carácter no sé nada.
Por la tarde he estado reflexionando sobre esto. Para qué engañarme: he
estado pensando en ella. No logro quitármela de la cabeza, me tiene hechizado.
Es posible… ¿es posible que me haya enamorado de ella?¿es posible enamorase de
alguien que no conoces? Pobre de mí, ¡nunca he estado enamorado! ¿Es esto amor,
o, simplemente, obsesión y curiosidad?
Domingo, 5 de Junio:
Por fin los rayos del sol de la mañana y el rugido de las olas acariciadas
por el viento me han despertado a la hora justa para verla en la cocina,
desayunando. La he encontrado allí, a ella sola, sentada frente a la mesa,
bebiendo leche en un pequeño cuenco de madera. He hecho lo posible por evitar
esbozar una sonrisa en agradecimiento a Dios por concederme aquellos momentos
de soledad con ella. Lentamente, intentando no molestarla, me he servido un
poco de leche y me he sentado a su lado, con las chispeantes y ardientes llamas
del fuego rompiendo el silencio de alrededor. He notado en su mirada un punto
de timidez. Durante un breve y dulce segundo me ha mirado y yo le he respondido
con la sonrisa más simpática que he podido aparentar.
Sin pensarlo, sin poder evitarlo, mis labios se han abierto como hechizados liberando mi
creciente curiosidad: “¿Cómo te llamas?” Ella se lo ha pensado un momento, y la
he notado un poco sorprendida por mi inesperada pregunta. Pero, finalmente, ha
respondido: “Me llamo Ana, y… ¿y tú?” En ese momento, el sorprendido he sido
yo, pues pensaba que ella no sentía el mínimo interés por mí; me había
comportado como una sombra y ahora ella me estaba preguntando. “Me llamo
Antonio, un placer haberte conocido, Ana”. He notado cómo se le han ruborizado
las mejillas. “¿Por qué estás en este barco?” hemos preguntado los dos al
unísono, mostrando la misma curiosidad el uno hacia el otro. Durante unos
interminables segundos hemos permanecido callados. Yo era incapaz de hablar,
sólo podía mirarla, mostrando una leve sonrisa. Ella todavía se reía por esa
extraña coincidencia.¡Qué casualidad! Hemos dicho lo mismo. Entonces le he
hablado con un tono más profundo: “Alguien me dijo alguna vez, que la
casualidad no existe, sólo lo inevitable.” Ella entonces se ha girado y sus
ojos se han clavado en los míos. Nos hemos mirado durante un momento y, de
repente y de manera brusca, un marinero de pelo grasiento y canoso, ha
irrumpido en la cocina sobresaltándonos. Mi corazón estaba a punto de estallar
de la ira. Desgraciadamente, ella se ha sobresaltado mucho más que yo y se ha
marchado. He intentado seguirla pero ha desaparecido en los mortecinos pasillos
del interior del barco.
Qué tarde más solitaria. El susurro del mar ha sido mi consuelo para
aliviar el silencio que su vacío ha dejado en mi interior. Su compañía cantaba
para mi corazón la melodía más hermosa. Tan hermosa, tan débil que solo se
puede escuchar en el silencio. He
esperado su compañía hasta el crepúsculo, hasta que las estrellas han anunciado
el final de un intenso y hermoso día.
Lunes, 6 de junio
El aire húmedo y el calor de la mañana han hecho que muchos marineros se
den un baño. Valientes, temerarios; no entiendo cómo se atreven a hacer
semejante insensatez. Pero no he temido por ellos, sino por un cuerpo más fino
que nadaba entre ellos, luciendo un pelo mucho más lustroso y brillante. Ana
nadaba en esas frías y peligrosas aguas, y yo he temido por su vida. Apoyado en
la barandilla, apretando la madera con fuerza entre mis dedos, he estado a
punto de saltar a por ella. Algunos viajeros me habrán notado tenso, pero esta
mañana he pasado mucho miedo.
He visto sus brazos luchar contra la fuerza del agua salada; he visto su
cuerpo retorcerse como un flexible y brillante pez; he visto sus cabellos
humedecerse y despeinarse para después arreglárselos ella con las manos. Hasta
después del medio día, muchos tripulantes han disfrutado de ese refrescante
baño, mientras que yo he estado temblando de miedo, a pesar del calor.
La tarde ha venido acompañada de una poca frescura, pues unas oscuras nubes han
cubierto el sol la mayoría del tiempo. No ha llegado a llover, pero yo me lo
esperaba. La ausencia de Ana ha sido peor que la peor de las tormentas. Las
olas chocaban una y otra vez contra la gruesa madera del barco; las velas se
movían al compás del viento, susurrante en mis oídos. Ni los sonidos más
tranquilizantes de esta naturaleza han podido hacerme olvidar que me hallaba de
nuevo solo en la cubierta del barco. Algún marinero curioso se habrá preguntado
qué hace un tipo como yo apoyado en la barandilla horas y horas, mirando
incansable el mar. Me recordarán como ese tipo de pelo negro y barba afeitada
que se pasaba todo el tiempo de este viaje mirando el agua, como deseando
lanzarse a ella. Y sencillamente sería capaz de hacerlo, pues la profundidad y
la oscuridad del mar todavía me recuerdan a sus ojos; y las nubes, rozando la
superficie a lo lejos, semejan su blanca piel. Abra o cierre los ojos, cuando
pienso en ella, aun escribiendo en este diario, me siento feliz.
Hasta la noche, todo ha estado vacío. Un joven marinero, el primero que
identifiqué como el más joven, se me ha acercado lentamente. Sus pantalones
azules estaban manchados de aceite y fuel; su camisa, marrón claro, mostraba un
tono más oscuro que el color real; sus cabellos marrones y cortos estaban
tapados por una pequeña boina. Tenía aspecto de un pobre joven al que el
trabajo le ocupaba mucho tiempo. Me ha inspirado un poco de pena y he sido yo
el primero en preguntar. “¿Qué tal, chico?”. Él se ha sobresaltado un poco pero
su sonrisa no ha desaparecido. “Nada, solo que me da pena verle a usted aquí
tan solo. ¿Sucede algo, señor?”. Su peculiar aspecto no coincidía con su
admirable educación. He pensado en la respuesta durante unos segundos; he
pensado en ella. “Sí, sí sucede algo: estoy enamorado.” He cerrado los ojos y
no he podido ver la cara de sorpresa que se le habrá quedado. Una sonrisa de
felicidad me ha curvado los labios y he podido oír su risa jovial y agradable,
mezclada con el susurro del mar.
Martes, 7 de junio:
Las olas rompían contra la rígida madera del barco, y mis oídos no se
pierden ese detalle a la hora de despertar. Cuando termine este viaje… lo
echaré de menos.
Durante el desayuno, mientras tomaba una manzana para refrescar mi seco
aliento de las mañanas, ha sido la primera vez que he vuelo a ver al
hombrecillo que me invitó a subir a bordo. Estaba sonriente, con su bigote y
sus diminutas gafas, como si no hubiera cambiado, al contrario que yo, cuyo
aspecto debería asustarme hasta a mí mismo.
Cuando se ha terminado el té, con una fuerte olor a melocotón, me ha
mirado sonriente, con una mirada que hablaba sin necesidad de mover los labios:
“Tengo una buena noticia”, pero el adjetivo de “buena” no era exacto para la
clase de noticia que yo me imaginaba. Nos hemos saludado, sonreído mutuamente y
por fin a entablado la dolorosa pero esperada conversación: “Como ya te dije,
el viaje duraría una semana aproximadamente, pero, por lo visto, el viento ha
ido a nuestro favor”. “Pues a mi me parece que ha ido en mi contra”, he pensado
para mis adentros, pero no me he atrevido a hablar en voz alta. “Puede que
lleguemos hoy a tierra. Quedan unas pocas millas. Espero que te lo hayas pasado
bien.” Sin esperar respuesta por mi parte, se ha levantado y ha abandonado la
cocina como un fantasma que solo llega para anunciar malas noticias. Ni
siquiera me he enterado de cuándo había dejado su taza de té en el fregador.
Qué curioso me ha parecido eso.
He subido a la cubierta para poder sentir la suave y delicada brisa del mar
en mi pálido rostro, ahora envejecido por una tristeza y una nostalgia que me
corroen como una enfermedad cuya cura no logro hallar; ¿o tal vez sí?
Era mi último día en el barco, ¡tenía que despedirme! He pensado en ello
y mis piernas no se han podido contener: he soltado los compases y los papeles
de mis manos; he recorrido los lúgubres pasillos del interior; he buscado una y
otra vez entre los rincones más oscuros y escondidos de la cubierta; he llamado
a todas las puertas de las habitaciones. Pero no la he encontrado. ¿Por qué
cuando buscas algo desesperadamente no lo encuentras? Es en ese momento cuando
te invade la oleada de pánico, nerviosismo y, sobretodo, dependiendo de la
importancia que tenga lo que estás buscando… terror.
En la comida tampoco la he visto. ¿Por qué?
Después de comer he estado en cubierta y, al mirar al horizonte, he
visto tierra. Los hombres se han puesto a gritar y abrazarse unos a otros,
sonriendo y dándose empujones de modo amistoso. Pero a mí no me hacía gracia
ver aquel punto marrón que se iba transformando poco a poco, en una pequeña
aldea, con su puerto y algunas casas.
Había muchos barcos amarrados, y el nuestro no se diferenciaba mucho al resto.
Una vez que el barco ha detenido su avance, hemos podido desembarcar,
tanto el equipaje como los instrumentos
para nuestro trabajo. Muchos hombres han cogido rápidamente sus maletas y han
tomado su camino sin apenas despedirse de los compañeros. Cada uno toma un
camino diferente en busca de su destino. Pero yo no tenía prisa por alejarme de
allí, es más, habría esperado toda la eternidad por ver entre aquella multitud
el rostro que mis ojos tanto ansiaban encontrar. Estaba aturdido, sumido
completamente en mi búsqueda, y un brazo me ha despertado de mi fantasía. El
hombrecillo de la mañana, mi “jefe”, me ha cogido del brazo para atraerme hacia
él. Debía comenzar a trabajar, debía conocer el sitio que debía dibujar. De
ahora en adelante, todo me parecería un sueño. He cogido mi equipaje, pero no
he podido evitarlo: he mirado atrás…pero nada…nada. No la he visto, ni siquiera
estoy seguro de si la he visto alguna vez; ¿era una ilusión?¿era una mujer real
o el simple fruto de una dulce fantasía? Jamás podré saberlo, pero aún así… la
echaré de menos.
Me he girado para comenzar, o mejor dicho, retomar el hilo de mi vida y,
de repente, todo se ha hecho oscuridad. Mi mundo se ha sumergido en la nada,
envolviéndome como una inmensa niebla en los días más fríos y oscuros del
invierno. Una ola de terror me ha recorrido de pies a cabeza, pero mi cuerpo no
ha reaccionado. No he intentado huir, ni correr, ni gritar… no estaba ella; no
me daba pena desaparecer. Pero no he desaparecido…
… he despertado.
Mi sueño terminó, de una manera tan brusca e imprevisible que me levanté
empapado en sudor, pero no solo por el calor asfixiante del verano, sino
también por mi… pesadilla. Por ello, me levanté frotándome la cara angustiado
y, a la vez, tranquilo de saber que estaba de nuevo en la realidad, en mi vida,
en el mundo… era mejor no pensar dónde me encontraba porque, después de todo,
el sueño no había estado tan mal.
Me aseé y disfruté como nadie ha disfrutado jamás lavándose la cara y
las manos, como si hiciera siglos que no hacía aquello. Me miré en el sucio
espejo del baño, enmohecido y roto: mi rostro parecía cansado, entristecido por
la realidad pero feliz por un agradable recuerdo: mis ojos revelaban aquello
que mi corazón sentía de verdad.
Paseé con tranquilidad por el puerto, contemplando curioso los enormes
barcos allí amarrados, listos para emprender sus largos y misteriosos viajes.
La gente que me rodeaba caminaba de un sitio a otro, ¿quiénes eran?¿dónde iban?
Esbocé una sonrisa al ver cómo la curiosidad infinita afloraba en mi mente.
Pero esta sensación procedía de una pregunta: ¿qué encontrarían durante sus
futuros viajes? Aquel “viaje” me había abierto los ojos durante la larga noche
que los mantuve cerrados. Pero ahora debía regresar a mi mundo. Por ello, me
encaminé decidido a mi despacho; debía trabajar y olvidarme de… olvidarme de…
ella.
Cogí unos cuantos mapas y empecé a repasarlos comprobando que no les
faltaba ninguna línea, ningún nombre, ningún punto… En ese momento, alguien
llamó a la puerta con suavidad. Entró un hombre algo bajito, con un bigote
sobre sus envejecidos labios y unas diminutas gafas apoyadas sobre la nariz.
Sus claros ojos azules me desconcertaron, y mi corazón se sobresaltó cuando me
dijo su nombre: Roberto Zarzal. Era un científico que quería viajar a unas
islas del norte. “Mi tripulación es pequeña… ¿vienes?… nos vemos entonces”,
la conversación que mantuvimos durante unos minutos ya me la sabía, ya la había
escuchado, ya había hecho esa expedición a las islas del norte. ¡No! Había sido
un sueño, un sueño, un sueño… intentaba convencerme a mí mismo. Me levanté de
mi escritorio y me aproximé a la ventana. Mi vista se tropezó con la estantería
de libros que había al lado de ésta y se fijó en un libro que sobresalía un
poco más, un libro marrón con un lomo mejor decorado que los otros. Lo tomé entre
mis manos con curiosidad y empecé a leerlo:
Jueves, 2 de Junio…



Muy buen final, hay una frase que a mí me impactó particularmente “La mirada de esa preciosa mujer me ha deslumbrado en la oscuridad”, felicitaciones. Saludos y nos leemos
Gracias por el comentario nanky. No se me da muy bien escribir en poesía, pero intento darles un tono poético a mis relatos en prosa.
Gracias de nuevo por tomarte la molestia en leer y comentar, es algo que siempre agradezco.
interesante historia!, Me gusto mucho, me atrapo!
Una historia demasiado larga para leerla en la pantalla de un ordenador.
Gracias por tomarte la molestia de leerla y de comentar, prichi8.
Has logrado que me interese más en la historia que en la forma en que está escrita. Creo que es este el objetivo de todo escritor.
Buen final. Bonita historia.
Gracias Luisa por leer y comentar. Cierto que es importante la historia en sí, pero también depende del lector: si preferir la historia o la forma de contarla. Una buena historia tiene que mantener el equilibrio, y eso es difícil.
Gracias por el comentario.
Estimado Café soplo y triste:excelente relato… la soledad nos hace imaginar…y has logrado que yo,al leerte.sueñe en algo agradable,en ellla, en la muuer, la que transtorma nuestro diario vivir en algo,ilusionándonos… un sueño, un sueño hermoso logra llevar alegría al alma, a veces, muy seguido, ensimismada en su monotonía.
Felicidades.
Te seguiré, dado que es interesante lo que relatas.
Atentamente
Volivar Martínez, Sahuayo, Michoacán,¨México
Gracias por tus comentarios volivar. Y no te preocupes por lo de “soplo”, sí que hay una gran diferencia, pero suponía que lo habías hecho sin querer. Quien tiene boca se equivoca.
Me alegro de que te haya gustado mi relato; le has sacado más de lo que yo quería mostrar, diciendo que la mujer que él se imagina era la que da alegría y pasión a nuestras vidas.
Gracias por leer y comentar; yo también leeré tus artículos.
Un saludo.
perdón, amigo, Café solo y triste, por el error al escribir en lugar de “solo”,”soplo”… Gran diferencia, ¿no crees”
Perdóname; pocas veces logro alejar de mí la torpeza, lo bruto.
Volivar Martínez. Sahuayo, Michoacán, México.