Extracto de la grabación tomada a Leonor Suárez el jueves 25 a las 09.00, realizada por A. P. J.
Era ya pasada media noche cuando me despertó un sonido áspero. Fue sorprendente aquel hombre dándome la espalda, acercándose sigiloso a la celda de Dominique. El sonido de alguien que arrastra los pies por el corredor, como les ocurre a los ancianos en los que asoma la gravedad y la fatiga y ya no disponen de la fuerza necesaria para mantenerse erguidos.
Dominique era francesa. Una niña consentida, malcriada en un distrito de clase alta de Toulouse. “Asesina de niños”, la llamábamos. ¿Quiere saber el motivo por el que la encerraron en este lugar olvidado? Escapaba de algo. Algunas aseguran que huía de su marido, yo no lo sé, el caso es que una noche de calor, incomunicada en una habitación de motel donde estuvo oculta varias semanas, sumergió en la bañera a sus dos criaturas hasta causarles la muerte. Llevo años encerrada y he pasado demasiadas horas observando su comportamiento. Dominique merecía lo que le ha ocurrido. Yo misma le habría extirpado el corazón con las manos si hubiese tenido oportunidad, pero ella era una mujer maltratada por el destino y estaba siempre bajo vigilancia.
Usted ya ha tenido oportunidad de visitar las celdas, aunque lo haya hecho de día. Lo digo porque algunas noches la luna grisea los muros y los pocos muebles que hay aquí adentro, también los barrotes repintados de verde. Aquella noche ella estaba tumbada en su cama muy estrecha. Solía despertar temblando. Supongo que sentía algo de compasión por los chicos. Un hombre con un profundo olor a humo de tabaco había logrado burlar la seguridad, y en silencio arrastraba las botas por el corredor, casi imperceptiblemente, un hombre muy alto, fúnebre, vestido con un peto oscuro de granjero, creo que marrón, con un sombrero que le cubría la cabeza y aumentaba su aire de desamparo. No tuve ocasión de verle el rostro y no articuló una sola palabra al principio. El silencio era notorio. Laura y Paquita, las reclusas cuyas celdas lindan con la de francesa, descansaban plácidamente. Tal vez ellas hayan tenido la oportunidad de verle el rostro al hombre. Por mi parte, yo solo yo puedo contarle lo que le ocurrió a Dominique.
Cómo le digo ella estaba durmiendo. Inmediatamente sintió la presencia del extraño. Pude verla despertar, cómo se sentaba en el borde de la cama y tapaba su cuerpo con la sábana con un gesto que imitaba algunas escenas del cine. Descubrí sus brazos muy estirados y casi trasparentes, su camisón turbio como la superficie de un lago en invierno. Su cabello flotaba sobre los hombros. No me pregunte qué fue lo que ocurrió, porque no lo sé, pero cuando el hombre se agarró a los barrotes con sus grandes manos, pensé que iba a doblarlos sin esfuerzo. Sin embargo cambió de posición y se acodó en las rejas como si estuviese en la barra de un bar. Entonces se hizo más viejo y empezó a lloriquear al inclinar la cabeza. «Madre», dijo varias veces.
No tiene sentido que un hombre viejo llame “madre” a una mujer más joven que él. Por eso Dominique se puso en pie, alerta. El camisón le resbaló por los muslos. El viejo todavía sollozaba frente a ella. Su ropa chorreaba agua y se había formado un charco en el cemento bajo sus grandes botas de goma. Dominique retrocedió hasta que sus dedos rozaron la ventana en el muro. Sus ojos brillaron de terror, o de odio. También yo estaba nerviosa, así que me acurruqué, aunque no pude resistir la indiscreción de asomarme a la celda por entre las barras de hierro. Dominique había bajado la cabeza, rehuí su miedo al darle la espalda, mientras ella se había cubierto el rostro con la tela vuelta del camisón. Se desplomó al suelo, sin llorar, arropada en la tela. El viejo dejó de gemir, se irguió y se quitó el sombrero. Alguien encendió las luces, entraron precipitadamente varios agentes en el corredor. Se echaron sobre él como perros de presa. Lo redujeron en cuestión de segundos. Se lo llevaron esposado, al viejo. «¡No se mueva señor, estamos armados!» «¡Sáquenle de aquí, pónganle las esposas!» «¿Dominique se encuentra usted bien?» «Llamen inmediatamente al médico de guardia» «Dominique…»
Extracto de la grabación tomada a Laura Sañudo el jueves 25 a las 11.20, realizada por A. P. J.
A diferencia de los hombres, las mujeres poseemos un sentido evidente para saber cuando estamos en peligro, por esa razón supe que había alguien en mitad del corredor. ¿Ha sido Leonor quién le ha contado la historia del hombre viejo? No le haga caso a esa mujer chocha. Hace años que deberían haberla trasladado al pabellón para enfermos mentales. En todo lo que cuenta siempre hay un hombre viejo, muy alto, prófugo de su pasado. Sin embargo la pasada madrugada algo sucedió en la celda de Dominique, algo que quedó fuera de mi campo visual. Estaban apagadas todas las luces, excepto las de emergencia, y el aliento de la luna se filtraba por las ventanas, acentuando la irrealidad de aquellas horas. No quiera saber el motivo, ya que ni yo misma lo sé, pero esa especie de facultad de la que antes he hablado me hizo despertar en mitad de la noche. La galería olía raro, como a bosque después de la lluvia. Había alguien al otro lado del pasillo y yo me sentía muy sola. Es curioso, ya no hay centinelas al otro lado del corredor. Ahora nos vigilan a través de monitores. Me acerqué a los barrotes, tanto que pude distinguir una sombra junto a la celda de Dominique. Tal vez no me crea, pero había un chico desnudo y desamparado, su cuerpo chorreando agua. ¿Quién era ese chico? No lo sé, tal vez fuese hijo del director, tal vez el sobrino de algún vigilante, aunque usted y yo sabemos que es improbable lo que acabo de decirle, ¿no le parece?¿Era la sombra del muchacho el hijo muerto de Dominique? Personalmente desconfío de las apariciones. No se puede construir la vida de alguien a partir de las experiencias que haya podido mantener con el más allá. El chico, próximo al llanto, permaneció quieto largo rato. Me acerqué a la reja con la intención de preguntarle si se encontraba bien, cuando separó los brazos como si reclamase una caricia, y dio un paso cenagoso hacía adelante. Escuché cómo con los dedos palpaba los hierros de la celda. Escuché cómo Dominique se revolvía, y oí el rumor de sus pies al caminar. Oí al muchacho llamarla “madre”. Lo escuché varias veces. En la celda de enfrente, Leonor observaba aterrorizada al muchacho. Todas sabemos lo mal que Dominique se había portado con sus hijos.
Escúcheme, señor. Jamás podré borrar de mi memoria el sonido que produce un cuerpo al desplomarse, por eso supe que la francesa se había desmayado. Indiferente, el chico no se movió de su sitio y volvió a llamarle “madre” a Dominique. Las luces del pasillo se encendieron, entraron precipitadamente varios agentes, seguidos del director del centro. «¿Chico, te encuentras bien?» «¿Cómo te llamas, quiénes son tus padres?» «¡Lleváoslo, darle ropa seca y algo de alimento!» «¿Dominique, se encuentra bien?» «Deprisa. Avisen al médico de guardia», «¡Llámenlo inmediatamente!»
Extracto de la grabación tomada a Paquita Dulce el jueves 25 a las 13.25, realizada por A. P. J.
¿Leonor le ha dicho que vio un viejito alto y desgarbado, y la Laura que vio un chiquillo desnudo, quietos en mitad del corredor, frente a la celda de la franchute? No debería creerlas. La mayoría de las reclusas pasan la mitad de su vida en prisión, acaban medio locas y no son de fiar. No lo haga si lo que busca es la verdad de lo que le sucedió a esa mujer. ¿Sabía usted que procedía de una familia adinerada del Sur de Francia? ¿Sabía usted que su esposo era un tipo notable que trabajaba en asuntos para el gobierno? ¡Vaya un espectáculo! Había venido de muy lejos y era guapito de cara. Iba bien vestido, calzado con zapatos de rejilla de empeine blanco. Ella era una mujer sensible y se negó a mantener un encuentro con él más allá de los barrotes. El tiempo que estuvieron frente a frente, los oí hablar en voz baja, aunque no pude descifrar lo que decían. Pasados unos minutos el hombre se marchó sin despedirse de ella, entonces supe que habían estado juntos por última vez.
Si me da un cigarrillo, le contaré algo que vi la tarde de la visita, algo que he preferido mantener en secreto. Cuando el esposo se alejó por el corredor, en el suelo vi el rastro de agua que había dejado al caminar. Se lo cuento porque ayer a la noche yo estaba despierta (desde hace una temporada duermo mal) y casualmente una muchacha apareció en el corredor. Se detuvo frente a la celda de la franchute. Tardé en darme cuenta de su presencia. Iba vestida con tejanos y con una camiseta, y llevaba zapatillas blancas. Se daba un aire demasiado tangible a la franchute, aunque de perfil no me recordaba nada. Era muy hermosa, corpórea como la luz de una vela, y tenía la nariz afilada, y la piel acuosa, y puede que fuese un poco desgarbada. Estaba a punto de toser, cuando la llamó “mami” a la franchute. La joven había dejado en el suelo las mismas gotas de lluvia que había dejado el hombre la tarde anterior. ¿No le parece una coincidencia? Mi padre decía que no existen las coincidencias. Decía que todo ocurre siempre por un motivo. Tal vez sea un milagro, aunque yo no creo demasiado en esas cosas. Lo cierto es que me pregunté quién era la muchacha, cómo había alcanzado la celda durante el turno de noche, y lo que es más inquietante, me pregunté por qué le había dicho “mami” con cierta urgencia a la franchute, y por qué la franchute se había mantenido en silencio y no había sido capaz de darle una respuesta. Algunas compañeras aseguran que hace varios días una joven había logrado escapar del manicomio que hay al otro lado de la montaña. Dicen que podría rondar la edad que hoy tendría la hija de la franchute. Yo no lo sé. El caso es que la muchacha seguía parada frente a la celda. Me pareció que era sacudida por un escalofrío, y yo estaba muerta de miedo y sentía como la angustia crecía dentro de mí. Entonces la muchacha se lanzó contra la celda, agarró los barrotes con sus manos blandas, frías y grises. «Mami», dijo antes de sollozar un par de veces. «Tampoco sé quién eres», le respondió la franchute con voz inesperada, algo dolida, tajante.
No sé que puñeta hacía la franchute en ese instante, no lo sé, el caso es que había un brillo juvenil, malicioso, en la mirada inmutable de la muchacha. De nuevo me dio un sudor frío. La muchacha había comenzado a darse la vuelta, justo cuando alguien encendió las luces del pasillo y entraron a la carrera varios médicos seguidos por algunos de la pasma. Uno de los médicos cubrió a la muchacha con una bata. Otro se acercó a ella, le introdujo varias pastillas en la boca, obligándola a beber de un vaso con agua. La muchacha bebió delicadamente del vaso y el médico se la llevó por el pasillo mal iluminado. Luego, la pasma abrió la puerta con una especie de llave maestra y la celda de la franchute exhaló una bocanada de podredumbre. Escuché voces confusas, pasos precipitados por el corredor. «¿Se encuentra bien, Dominique?», «¡Pidan una ambulancia!» «Dominique…»
Dominique Cottrez, francesa de 34 años fue inculpada por “homicidios voluntarios de menores de 15 años”, mientras que su marido fue dado por desaparecido sin que hasta hoy nadie conozca su paradero. Tras el macabro hallazgo en un pueblo del sur de Francia de los cadáveres de sus dos hijos, y durante el interrogatorio al que fue sometida, por agentes de la gendarmería, la mujer confesó que era la madre de un niño de 9 y de una niña de 13 años, y explicó que fue ella quien asfixió a los muchachos sumergiéndolos en una bañera llena de agua. La mujer fue detenida después que descubrieran los restos en dos sitios diferentes de Charlemagne, cerca de la ciudad de Carcassonne, en la parte sur del país. Los vecinos del barrio de Toulouse, donde vivía la mujer, la describieron como una persona de clase alta, delicada y muy atractiva.



Me gustó el relato y me llamó la atención la calidad de redacción.
Gracias Daniel por tu comentario. Espero al menos pasar de los 10 votos!
Y tú, Josefa Mendoza, ¿quién eres? desde tu primer relato en esta red me tienes intrigado con tu prosa tan bien realizada; ese estilo tan especial, ese talento descriptivo… la correcta aplicación de las reglas tanto ortográficas, prosódicas, de sintaxis, todo hace pensar en alguien muy especial. He buscado en tu perfil, y he encontrado una especie de ironía. Falsaria… adjetivo que falsea…en fin, para mí eres un misterio, un bello misterio con esa mirada tan enigmática, de esas que en mi país,México, se les denomina como “valemadristas”.
¿Qué has hecho para lograr ese talento descriptivo?
Mi voto
Volivar
Gracias volivar. Todo lo que dices es muy hermoso y tiene un valor incalculable para mí. Por cierto, me gusta el misterio y las personas misteriosas, tanto en la vida real como en los cuentos.
Josefa Mendoza: me parece bien,pero, amiga, agrega algo más a tu perfil… el lector necesita saber quién es el autor de tan excelentes narraciones.
Volivar(Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán,México)
Excelente relato, Josefa, felicitaciones y mi voto.
Gracias Vimon por tus palabras. Un abrazo.
Eres increíble. Que forma de escribir. No hay forma de dejarte de leer.
Me fascinó.
Me encanta que sigas conservando el misterio. Seas quien seas, eres estupenda.
Un abrazo y mi voto.
Hola Lucia. Muchas gracias por haberme leído, y por votar mi texto. Seguiré tu consejo y mantendré el misterio. Un abrazo.
Maravilloso texto; me has dejado sin plabras.mi voto y mi enhorabuena¡¡
Hola halize. Qué más quisiera yo dejarte sin palabras. Para eso todavía queda algún tiempo. Gracias por tu voto. Besos.
Perfecto! Me encantó
Hola jasamagno. Me alegra mucho que te haya gustado el relato. Muchas gracias y un gran beso.