Más me hubiera valido no ir a Morelia aquella vez, porque desde entonces no he podido bien a bien conciliar el sueño, a pesar de que los meses han pasado.
No creo que ustedes conozcan a doña Juanita, porque ella es moreliana y ustedes, habitantes de otras regiones del mundo, y, además, porque la mujer no ha salido nunca de su ciudad, siendo la colonial e impresionante catedral de cantera rosa, que se encuentra a tres cuadras de su casa, el sitio más alejado que ha visitado en su vida, al asistir diariamente a misa.
Y con la premisa de que ignoran que existe doña Juanita, les contaré de ella.
Es una mujer sobre la que estoy dudando en serio si decirle o no “viejita”, dado que, aunque calva, sin pestañas, y larga como vara de carrizo, es alegre, y ágil al realizar sus actividades.
Por eso no puedo señalar que sea viejita, aunque lo parezca, especialmente al reírse, que es cuando se arrugan sus carrillos colorados, como manzanas.
Y que es activa y entusiasta, quedará completamente demostrado al decirles que es dueña de una finca que su difunto esposo acondicionó como “casa de estudiantes”, en donde, con esmero, atiende a cinco jóvenes universitarios originarios de la llamada Tierracaliente Michoacana, en la república mexicana; creo que dos son originarios del poblado de Tepalcatepec, otros dos de la ciudad de Apatzingán y una joven del rancho llamado La Huacana, que quiere ser odontóloga.
Pero insisto, lectores amigos, si ustedes son diabéticos o hipertensos, les sugiero que no lean esto, porque voy a seguir contándoles de doña Juanita, y no es nada apropiado para diabéticos e hipertensos lo que sabrían de ella. Pero, de seguir leyendo, demostrarían que son valientes, decididos y nada pusilánimes.
Así, animoso, en un fin de semana de hace unos meses, en mi pequeño carrito iba yo por la carretera rumbo a la capital de Michoacán, Morelia; a las dos de la tarde había salido de la ciudad de Sahuayo y quería llegar antes de que el sol se retirara a dormir, para entregar unas pinturas al óleo en un hotel y regresarme al otro día, temprano, para seguir con mis labores artísticas.
Para dormir, me quedaría en el cuarto que a mi mujer le renta doña Juanita; se lo renta con pagos mensuales, pues muy seguido visita a nuestras hijas, casadas, radicadas en esa ciudad capital.
Se habían quedado atrás las comunidades de los Once Pueblos, y empezaba yo a subir la montaña, cuando escuché el espantoso estruendo de un rayo, por lo que me concentré en los preparativos para enfrentar una soberbia borrasca; encendí las luces de los faros, chequé el limpiabrisas, y cuando se soltó en serio el chubasco, ya había yo encontrado por allí la franela para desempañar el parabrisas.
Por fortuna las balatas de los frenos eran capaces de detener el auto en las pendientes al pasar los ríos lodosos que arrastrando piedras y ramas bajaban del cerro cruzando la cinta asfáltica.
Cuando a eso de las once de la noche llegué a Morelia, muy tarde, a decir lo cierto, pues tuve que lidiar con los cincuenta mil problemas que otros tantos demonios me pusieron en el camino, luego de estacionar el auto junto a la banqueta de la “casa de estudiantes” de doña Juanita, toqué el timbre, y esperé unos minutos en lo que la mujer abría.
—¿Quién es? —dijo, con voz gutural e ininteligible, que parecía brotar de una olla de barro para cocer frijoles de las que se venden en todas las tiendas de artesanías de Quiroga, y no de la garganta de un ser humano.
—¡Soy yo, doña Juanita!
—Ah, es usted, señor. ¿Por qué ya no había venido?
Y sin contestarle, caminaba yo a mi cuarto, cuando muy amablemente me invitó a que pasara a su comedor. Encendió la estufa y puso un jarro de aluminio con avena, que luego me sirvió en una taza, arrimándome, asimismo, un plato con dos sabrosos panecillos.
—¡Lo agarró la tormenta, caramba! Debió de ser terrible ¿verdad? Aquí, en Morelia, el estruendo de los rayos estremecieron toda la casa —me dijo, riéndose, como era su costumbre, sentándose junto a mí.
—Así es, señora; con decirle que por poco no llego, pues a la altura del Puerto del Tigre, en el preciso momento en el que pasaba yo bajo un añoso pino, el viento achiflonado le tumbó una gruesa rama que tapó la carretera; no me cayó encima nada más por buena suerte y seguramente porque alguien me cuida desde el cielo.
—Este té caliente le quitará el frío; y como es de tila, también le calmará los nervios para que duerma tranquilo.
—Gracias, doña Juanita, lo necesitaba en serio, se lo aseguro.
Y al terminar de tomarme el último trago me paré y subí las escaleras rumbo al segundo piso donde está el cuarto que renta mi mujer cuando visita a dos hijas casadas que viven en tal ciudad, durmiéndome de inmediato para despertar como a eso de las diez de la mañana del día siguiente.
El sol se daba gusto calentando cualquier cosa que sus rayos encontraban; el viento era mansito, la casa estaba vacía, pues, según creí, los estudiantes se habrían ido a sus lugares de origen a disfrutar el fin de semana, y como no vi a doña Juanita por ninguna parte, me fui a desayunar con una de mis hijas que viven en esa ciudad.
Después del saludo me senté a la mesa, conversando sobre temas familiares. Que la mamá, es decir, mi esposa, estaba bien de salud; que el trabajo, que la pintura al óleo a la que me dedico, que mis nietos y sabrá Dios de cuentas cosas más platicamos.
—¿Y dónde te quedaste a dormir? ¿Por qué no llegaste a mi casa, papi?
—Preferí no molestarlos; ya pasaba de las once y le toqué la puerta a doña Juanita para pasar la noche en el cuarto que le renta a tu mamá.
—¿En la casa de estudiantes de doña Juanita?
—Sí, querida, aquí, a la vuelta de la esquina…
—Pero… si esa casa…
—¿Qué tiene esa casa?
—Que ha estado cerrada; que los estudiantes se fueron a otra parte.
—Con razón no escuché el ruido que esos jóvenes hacen casi siempre hasta a las tantas de la madrugada, ora cantando acompañados con el sonsonete de una guitarra, ora a capela, pero siempre tomando cervezas o tequila con limón y sal. Pero tuve buena suerte, pues la señora aún no se dormía y me abrió la puerta de la calle.
—¿Quién dices te abrió, papi? —me preguntó mi hija, poniendo en su rostro un gesto de extrañeza.
—Ella, doña Juanita… ¿Quién más?
—Andas mal, muy mal, querido padre mío. La señora se murió hace veinte días; los herederos corrieron a los estudiantes mientras se ponen de acuerdo en el asunto de la herencia.
Al escuchar esto, con los dedos crispados de las dos manos me agarré la cabeza que me daba vueltas, y al poco rato me levanté del comedor, pálido como vela.
CxF



¡Bienvenido a Falsaria!
Gracias por publicar en la red social literaria.
Un saludo,
El equipo de Falsaria.
Me parece una vivencia de esas que ponen en entredicho, la separación entre el mundo que conocemos y el otro mundo, o el mundo de los muertos. El autor redacta de manera clara y ligerita, el relato.
Gracias, piscis; es un gusto saber que hay gente que le gusta leer, así, para analizar, y para luego expresar su opinión, que en este caso me favoreció, lo que agradezco infinitamente
Volivar Martínez
Sahuayo, Michoacán, México
Excelente relato felicidades a su autor.
Losé Luis, en verdad que ccon sólo seis palabras has impulsado esto a lo que me dedico, con gran gusto. Gracias. Espero leer algo tuyo.
Volíar Martínez
Sahuayo, Michoacán, México
José luis Armendáris, no he podido encontrar nada tuyo en Falsaria… ¿me podrías ayudar?
Al parecer eres mexicano; y he ahí el motivo por lo te haya gusto lo que escribí, Tu comentario me impulsa a seguir e esto, tan difícil, de crear literatura, porque tiene uno, desde México que competir con tantos obstáculos; uno de ellos es el lenguaje, por ejemplo; los españoles no saben el significado de infinidad de términos que uso, yo, en mi caso.
Y así, me desechan mucho.
Pero, volviendo a tu comentario sobre lo que escribí, te diré que, como es natural, me entusiasmó que alguien como tú me haya leido; alguien de quien no he podido encontrar sus colaboraciones en Falsaria… espero tu ayuda para tener el gusto de leerte.
Piscis: gracias por tus comentarios; creo que este foro está sirviendo para conocernos, nosotros los que nos dedicamos a las letras; al saber que alguien nos lee en alguna parte de esta pequeñita bola de fútbol que es nuestro planeta, nos alegramos al darnos cuenta de que no estamos solos, porque alguien comparte nuestros sueños, nuestras frustraciones y al mismo tiempo nuestras alegrías.
Por mi parte, bucaré lo que tú has enviado a Falsaria, pero… ¿me podrías adelantar el nombre de tus escritos? gracias, un saludo desde el convulcionado estado de Michoacán, en la república mexicana, más concremente desde la ciudad de Sahuayo, una ciudad casi metida en las aguas del lago de Chapala.
Felicidades!!, es un excelente trabajo. No tengo el gusto de conocerlo, pero tenga la certeza que tiene en mi una seguidora de su trabajo. Usted sabe transmitir esa experiencia de vida que es necesaria en los grandes autores, porque en ocasiones la prosa puede ser perfecta en gramática, pero sin alma, es sólo un conjunto de oraciones. Los artistas como usted, saben imprimir en un lienzo o en una hoja de papel, un trozo del corazón.
Sonia Angeles, le agradezco sus expresiones; lo que usted escribe le hace a uno tanto bien, como los aplausos a los actores teatrales.
Sería muy interesante saber de usted.
Atentamente
Volivar Martinez
Sahuayo, Michoacán, México
Sonia Angeles, gracias por tus conceptos, tan alentadores.
Volívar Martínez
Sahuayo, Michoacán, México
Muy agradable forma de narrar, permite una ágil y amena lectura; aprecio este tipo de escritura, bien puede hacer una novela y nos tendría muy entretenidos, al final me quedo con la duda fue real ??
Pepe Mancera, te agradzco tu comentario; a tu pregunta de si fue o no real, te respondería, lo que dicen los maestros literarios: es muy estrecho el hilo que divide lo real de lo ireal
Atentamente
Volívar Martínez
Sahuayo, Michoacán, México
Agradezco tu opinión; en realidad, como aconseja Edgar Allan Poe, el escritor adapta la realidad a la hilazón en el relato.
Y esto, porque es mejor la coherencia, que una yuctaposición de cosas.
Te agradezco que hayas leido esto; en verdad que, como a los artistas les son indispensables los aplausos, los escritores necesitamos esos impulsos que nos hacen nuestros críticos.
Gracias, Volivar Martínez
Sahuayo, Michoacán, México
Una breve historia, pero muuuuy interesante. Creo que mis hijos les encatará. Espero siga escribiendo. Esta historia me encantó. Verdad o mentira no lo sé, pero muy buena.
Gracias, Eva Bailón; eres muy amable; tus comentarios para mí son muy valiosos, me entusiasman.
Atentamente.
Volivar Martínez. Sahuayo, Michoacán, México
Excelente digno exponente de las tierras benditas de Juan Rulfo !!!
Muy interesante el relato. Bien escrito y con ritmo. Pero si algo me ha gustado ha sido el uso de los “mexicanismos”, que son la prueba de la riqueza de nuestro idioma. Y sobre todo por lo bien usados que están aquí. Lamentablemente en muchas ocasiones la gente se avergüenza de sus localismos y emplea un vocabulario pobre, o en otras ocasiones abusa de ellos, haciendo incomprensible la lectura.
Magnífico.
Me parece que escribes muy bien, me gusta la historia, pero me ha resultado bastante lenta porque no me son familiares los mexicanismos, y he tenido que parar a buscar donde están los lugares de los que hablas, pues conozco bastante poco de mexico. Al no resultarme familiares los mexicanismos me ha resultado algo pesado leerlo, pero creo que escribes bien. Sigue así.
Estimado Yarek: gracias por comentar lo que escribí en el cuento Doña Juanita; y a propósito de las fiestas de fin de año, deseo que tú, tus amigos y famliares hayan disfrutado; te deseo mucho éxito en tudo, pero, en especial, en la literatura, en donde he leido que te mueves como un palito en agua mansa, es decir, a sus anchas (o sea, dominando el tema).
Si has escribo más en esta red, te pido, si tienes a bien, dedcirme la clave para entrar a tu página web.
-0-Por otro lado, en cuando a los términos que utilizo en mis cuentos, pues, son regionalismo que debo utilizar para que mis lectores (dirijo un periódico con distribución en la Ciénega del lago más grande de la república mnexicana, el de Chapala (cerca de Guadalajara).
Esto, de utilizar los términos locales, entiendo que a los escritores y lectores de países de Europa, de otros continentes, así como en Argentina, les sean deswconocidos; pero, amigo Yarek, ¿Qué hacer en este caso? a mí me pasa lo mismo cuando leo lo que escriben los españoles, por decirte de algún país.
Te agradezco tu comentario, y por aquí nos encontaremos (en esta red que tan amablemente Falsaria pone a nuestra disposición).
Atentamente
Volivar (En realidad me llamo Jorge Martínez Martínez). Vivo en una pequeña ciudad michoacana de nombre Sahuayo, muy cercana al lago de Chapala.
Tengo otra oportunidad de leerlo en el escrito que más ha sido leído. Debo confesarle que adiviné el final cuando la hija tartamudea: es PEDRO PARAMO. Aquel tipo no estaba en Morelia sino en Comala, la uberrima tierra de la media luna. Juan Rulfo, su gran novela y sus cuentos están dispersos en este cuento, de lo cual deduzco que lo ha influenciado. Los localismos son su fuerte (y ahí está su veta, su riqueza) Un saludo.
Gabriel Rodriguez-Paez, en realidad Juan Rulfo es mi escrito favorito mexicano.
Me gusta Antón Chejov, Guy de Maupassant…. ¡Qué contrastes!… Antón, con sus cuentos familiares, tranquilos y el señor Maupassant, con sus obras generalmente de terror, que tanto me han impresionado.
Amigo Gabriel, no he leído tu curriculum (tu perfil, pues), y ya creo que has tenido una gran preparción académica en esto de la la literatura. Felicidades.
Atentamente
Volivar (me llamo Jorge Martínez; soy de Sahuayo, a unos cuantos kilómetros de Ciudad Guzmán, y de las tierras que conoció Juan Rulfo para escribir su magnífica obra, que tanto admiro. ¿Estarás de acuerdo conmigo de que aquello de “Diles que no me maten”, es lo mejor de este insigne escritor?
Sanyuro: por una torpeza imperdonable no había leído tan motivador comentario que has hecho a esta narración. Te agadezco inmensamente tus palabras de aliento. Yo siempre estoy pendiente de lo que publicas, para alegrarme el día.
Atentamente
Volivar (Jorge Marínez Sahuayo, Michoacán, México)
Me ha gustado tu cuento, está muy bien escrito. Lo único, si me permites, el dato de que la habitación la alquilaba la mujer cuando iba a ver a las hijas casadas aparece en tres sitios diferentes, y yo creo que queda claro la 1ª vez que lo dices, por lo que no es necesario volver a decirlo más.
Un saludo, y te sigo leyendo
Paloma Benavente: Es un inmerecido honor el que tú me hayas leído; tú, precisamente, a quien tanto admiro. Te aseguro que a causa de los comentarios como los tuyos se me está quitando lo bruto literariamente (y “bruto”, tal vez no sólo en esto de escribir).
He leído todo lo que pones en la red, soy uno de tus más fieles seguidores, por lo que me doy cuenta de tu enorme talento literario.
Gracias por indicarme los errores que cometo, por atarantado (bruto, sonso, y todo eso).
Volivar
estimado volivar, vuelvo a leer tu cuento, y lo compartí por mis correos y medios electrónicos.
Un abrazo
Natalia
Me gusta la sencillez y claridad de su narración.
Natalia villalva, mi inolvidable amiga…. te escribo agradeciendo que me hayas leido este cuento, Doña Juanita. Estoy en Morelia, capital de mi estado, Michoacán. Viajo continuamente de Sahuayo a la capital de mi estado, por razones de salud de mi esposa; sufrió una caída, se enrentó a la muerte, pero, después de casi tres meses aún está en rehabilitación, pues se le quebraron dos huesos.
Por desgracia, no he podido estar en lo que me gusta, leyendo lo que publican mis amigos falsarios; lo tuyo me encanta; pero, espero que en breve pueda regresar a lo mío con más tranquilidad, y dedicarme a la felicidad leyendo lo que tú escribes.
Un abrazo. (estoy escribiendo en un ciber público en donde las computadoras están todas descalanchadas, como sucede en casi todas las cosas y hechos que ocurren en mi país, México.
Volivar
Nora: hasta hoy me he dado cuenta de que leíste este cuento y te agradezco.
Un saludo.
Volivar
Nanky, te agradezco que hayas ocupado una parte de tu valioso tiempo en leer esto de Doña Juanita. Un saludo.
Tan bruto soy que hasta hoy he visto esto que comentaste a mi narración.
Volivar