Donde se acaba el olivar
16 de Marzo, 2012 4
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Recuerdas con una sonrisa esas claras mañanas de invierno en las que bajabas con tu padre del pueblo a la almazara, en la furgoneta citröen dos caballos que heredaste de tu abuelo, por esa carretera con precipicios a los lados y el río en lo hondo, con escarcha en el parabrisas y los dos callados.

Abajo el valle era amplio y te gustaba ir mirando las laderas con casas blancas y almendros, olivares interminables más arriba y allá en lo alto las siniestras peñas.

En el pueblo solían decirte que a esas rocas nadie sube, que cuidado con los cortijos abandonados, siempre oíste que a donde terminan los olivares no se va y menos al atardecer. Y como te estremecía ese dicho de que “no quieras ver las sombra de un olivo viejo bajo la luna de invierno”. Todas esas cosas las sabías, ¿por qué subiste esa tarde?, ¿por qué no te quedaste en el pueblo con la abuela?

Ella te contaba junto a la chimenea esa leyenda de la viuda que vive sola en un cortijo abandonado, en la Peña, donde nadie se atrevía a subir. Y los viejos del pueblo repetían en el bar aquella historia de una ciudad de grandes piedras funerarias de varios siglos de antigüedad, rodeada de una pradera de hierba todavía sin pisar. Tu padre te contaba poco, lo de tu madre casi lo enmudeció.

Una tarde acompañé a mi padre y mi primo mayor en su cacería, las perdices subieron a las lomas altas del olivar, yo perseguía una liebre y me cambié de calle, de repente sonó un estruendo de escopeta y oí gritos. Salí despavorido, huyendo ladera arriba, los pies hundiéndose en la tierra arcillosa, hasta que encontré el camino que bordea el monte, y maldita sea, lo tomé en sentido equivocado. Entonces el sol cayó sin crepúsculo.

-Dime cómo te llamas.

-¿Para qué?

-Para no olvidarte.

-no me acuerdo ya.

-Da igual, te quedas conmigo.

-¿Dónde estamos?

-En el cortijo de la Peña.

-¿ese del que hablan en el pueblo?

-Sí - y me clavó una mirada negra.

- ¿y usted vive aquí sola?

-No me repliques más.

-¿Cuándo puedo volver al pueblo?

-Me suena tu cara, niño, yo creo que conocí a tu madre.

-¿puedo salir un momento fuera?

-Claro que sí, pero vuelve pronto, que la noche es un laberinto.

El silencio era inmenso, sólo el aire pasaba entre las piedras. La peña era una gran terraza dominando el valle, pero no distinguías la carretera allí abajo, ni había casas cerca del río, y tampoco veías el pueblo encaramado a tu derecha, ni el castillo detrás, Alla Agoreum.

4 Comentarios
  1. Me gustó mucho el relato, al final adquiere mucho ritmo. Felicitaciones.

    • Gracias Nanky, hay gente que opina que debería haber quitado el diálogo, pero no he podido, no sé porque, me parece rotundo, el diálogo con la muerte….y la salida a la peña para corroborar que ya no está en este mundo…

      Un abrazo Nanky.

  2. Me ha gustado el relato, me recuerda a los paisajes de pueblos que hay por aquí. Pero el final no lo entiendo muy bien, la verdad.

    Gracias por compartir.

    • Gracias por tu comentario David, te aclaro que este relato es una alegoría que habla de la muerte, el niñp protagonista muere en el olivar y se encuentra con la muerte (diálogo) y al salir fuera a la peña no ve nada del paisaje que debería estar allí….

      Saludos, Jose María

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