El maestro del pueblo era una persona malhumorada, siempre seria, callada y con el ceño fruncido. Vestía habitualmente de color negro y sus ropas contrastaban con los colores del pueblo, ocres, verdes, azules. El maestro acudía cada mañana a la escuela, impartía sus clases y se volvía a su casa, de la que rara vez salía hasta el día siguiente. Nadie le conoció familia y amigos; nadie lo escuchó palabras amables. Cuando murió, sólo el alcalde y un puñado de vecinos asistieron al entierro.
La vacante fue ocupada por un profesor venido de la ciudad; llegó al pueblo con su jovial esposa y sus dos niños, y se instalaron en la casa que había dejado vacía el anterior maestro. Hicieron una pequeña remodelación en la casa: abrieron nuevas ventanas, tiraron tabiques, cambiaron muebles. Durante las obras apareció un libro manuscrito: se trataba de un diario del anterior maestro. El profesor lo llevó al Ayuntamiento pero nadie mostró el menor interés por el mismo. Movido una mezcla de compasión y curiosidad, el profesor leyó el diario: sus páginas relataban la vida diaria de un poeta que contempla la vida con alegría: los colores de cada estación, la paz del campo, el canto de los pájaros, la sabiduría del agua y de las piedras. También los rigores de la tempestad y las nevadas, pero siempre de forma positiva. El estilo era florido y poético, alternando prosa y verso, ritmo y rima. Y las mejores páginas hablaban de amor: el maestro amaba a una dama de una aldea cercana; le escribía cartas de amor y cultura, dejando entrever la vasta erudición de este hombre enamorado. Entre las páginas del diario había cartas manuscritas que el maestro había recibido de su amada; estas cartas reflejaban un espíritu femenino sensible y amoroso, y con gran sentido del humor a pesar de la soledad en la que vivía. Eran dos amantes en la distancia, dos amores por correspondencia, letras escritas con fuego amoroso, besos de papel y tinta. La última página del diario estaba incompleta: “Te escribiré en cuanto llegue al cielo…”. Estaba fechada pocas semanas atrás. El maestro sabía que la muerte rondaba su casa y que estaba a punto de llamar a la puerta. La feliz historia de amor terminaba.
El profesor habló de nuevo con el alcalde y le comentó el contenido del diario. El alcalde respondió que el anterior maestro nunca habría podido escribir tales cosas. Desde entonces, el profesor está buscando por las aldeas cercanas a la amante del maestro, aunque sólo sea para decirla que no está sola en la contemplación de este mundo tan lleno de poesía.




Que hermosa historia,me hizo pensar en que erróneamente nos creamos el concepto de alguién ,sin darnos la oportunidad de conocerlo. Que no, nos atrevemos a observar más allá de lo que miramos por fuera.Hermosa historia de amor y dolorosa a la vez. Felicitaciones y saludos,mi voto. Bonito día.
Muchas gracias Musa, efectivamente ese es uno de los mensajes de mi relato. Gracias por tu voto y comentario. Nos leemos.
Hermosísima historia de un poeta y un amor ocultos. Mi voto
Gracias Lidy, cuánto me alegro de que te haya gustado.
Antoniosib: como dice el pueblo: “por el agua mansa corre la mejor corriente”.
Bello relato, y te felicito.
Mi voto
Volivar
Gracias Volívar por tu voto, tu felicitación y por tu bello refrán que no conocía.
buen relato de anciano conocedor que atestiguó el cenit de un amor que trasciende a un paralelo mundo artístico, y a la inmortalidad.
saludos
Julioko, tu comentario en sí es un buen microrrelato. Enhorabuena por el mismo. Gracias por tus palabras.
¡Qué emotivo! tienes mi voto
Muchas gracias Saraiba, espero leer pronto tu próximo relato.
Que bonita historia de amor; una pena que se quedara en amor platónico. En muchas ocasiones juzgamos a la gente sin bases para hacerlo.
Felicitaciones y, por supuesto, mi voto.
Muchas gracias Cenicienta, estoy de acuerdo con tus palabras.