Siempre la observaba a hurtadillas, de lejos, sin que ella me viera, separando tímidamente los visillos. Tal vez si me hubiese visto tampoco la hubiera importado lo más mínimo. A decir verdad poco más sabía yo de ella que ella de mí, pues tan solo era consciente de su existencia, como si esto fuera bastante para dotarla de identidad propia. Ella ni siquiera sabía que formaba parte de este desierto existencial como único hábitat en el que coexistíamos. Me encantaba ser tan inocuo en estos casos.
El asesinato de la mujer - gaviota
Éramos madera carcomida de una muñeca rusa. Ella llegaba, lo observa todo, llevaba a cabo el ritual diario en el mismo lugar de siempre, a la misma hora todos los días. Y yo la observaba a ella. A mí nadie me tenía en cuenta en este juego, y de este modo quedaba concluida la progresión.
Llegaba aún de noche frente a mi ventana. Y pacientemente, sentada sobre una roca, esperaba a que se apagase la luciérnaga que había quedado revoloteando dentro de la luna. Así apenas la veía, pero la imaginación me decía que tal vez así fuera porque cuando nacía el día siempre de este modo la encontraba.
Después el mar trataba de invadir la arena con trinos de flauta nambiquara, respirando el oxigeno que quedaba como reminiscencia de otros tiempos en los que tenía cabida. Y allí estaba ella, que aún no lo sabía, pero el otoño se había quedado a vivir al fondo de sus ojos, bien al fondo. Y tanto era así que ya solo lograba ver hojas caducas yacentes en la tierra. Los muchos huesos que tenía trataban de romper la piel a cada movimiento para ver la luz. Sobre ella descansaba una tela finísima, blanca, casi como un matiz, porque el hecho de llevarla o no, no hubiera cambiado nada.
Se inclinaba y llenaba una pequeña garrafa con la espuma del mar, y la volvía a dejar en la roca donde estuvo sentada.
Siempre hacía lo mismo y yo siempre la observaba.
Después olvidaba su talismán para siempre, o para nunca, y saltaba de roca en roca con pasos que parecía iban a ser rotos por el suelo mientras se iba internando en la playa ¿mordería la playa sus pies?
Es cuando se quedaba varada, como un bote sin marinero, mirando al infinito. Parecía perder la conciencia de quien era, tal vez jamás lo hubiese sabido o que el hecho de cambiar tantas veces de yos superpuestos en páginas arrancadas la hubiesen hecho carecer de sí misma. Podría haber creído, no lo sé, en que de un instante a otro podría caer muerta en medio de su escenario y nacer de su vientre flores muertas.
Era tan difícil haber querido siempre ser quien no se era, y una vez se había sido quedar tan decepcionado… Ser humano quedaba tan degradado por el propio estatus impuesto por el resto de los de la especie que era lo mismo que ser nada.
Yo quería que saltara, que cayera tumbada boca abajo y extendiera su vestido e hiciese de vela hasta fundirse con el infinito. Que cayera una escalera del cielo y subiese despacio pero sin parar hasta que hubiera apagado con dos dedos el sol.
Pero nada de esto sucedía, un día, y otro, y otro quedaba allí quieta con el otoño que había robado en sus adentros. Y yo la seguía vigilando viendo pasar de un salto del invierno a la primavera.
Hasta que un día por fin, y a fuerza de mirarla, me pareció verla coger impulso, pero eran tantos los días que no había hecho nada que no sabía si sería capaz o derivaría en un fatal traspiés. Hasta que por fin sus brazos de candelabro se fueron hacía atrás y empezó a volar. Muy al fondo, quería que llegara muy al fondo y no verla nunca más.
Y allí me quedé, en la ventana, esperando a que llegara el próximo otoño.
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me tienes entusiasmada.