La última semana de las pasadas elecciones federales, había sido en extremo agobiante para el Licenciado Rigoberto Andrade, Candidato de acreditado partido político a la diputación federal por el cuarto distrito electoral con cabecera en la ciudad de Jiquilpan, Michoacán, al que también pertenece Sahuayo, tierra natal del Licenciado Andrade.
Eran diarias las reuniones en las colonias marginadas de las ciudades, los discursos en los clubes de servicio, o en las asambleas de los hermanos protestantes; los desayunos, que consistían, nada más, en chilaquiles y café, se repetían cada tres o cuatro días con los periodistas de la región.
Las ideas del Candidato expresadas con arrebato inusitado, denotaban un carácter fuerte, debajo del que florecía una delicada corriente de debilidad humana, pues a las claras se vislumbraban sus nobles sentimientos para los más desprotegidos de la sociedad. Con mil dificultades lograba contener las lágrimas que querían rodar por sus mejillas cuando escuchaba que los niños tenían que acudir a las escuelas con los zapatos enlodados, o empolvados, según las estaciones del año.
Asimismo, sufría intensamente al darse cuenta de que las colonias de las ciudades no contaban ni con los servicios más indispensables, como agua potable, alumbrado público, drenaje, pavimento, y se comprometía, de corazón, firmando ante notario público, a sacar de tales condiciones a sus conciudadanos olvidados de las autoridades insensibles –así las calificaba él-.
Acompañado por los que formaban su planilla, según agenda elaborada previamente en su casa de campaña, el sábado anterior se había dedicado a recorrer las comunidades cerranas, como El Güirio, El Poblado de las Gallinas, La Barranca del Aguacate, La Flor del Agua y El Rincón de San Andrés.
A esta última había llegado con la luz del sol ya tenue, a punto de extinguirse, para dejar su lugar al manto negro de la noche.
Don Juanito Manso, un vecino de El Rincón, le había ordenado a su mujer que preparara una gran olla de tamales rellenos con chile verde, con su inseparable atole de guayaba, para invitar a cenar al Candidato, que en la mesa había hecho a un lado tan deliciosos antojitos mexicanos, pues, según le habían contado, para cocinar los tamales, se les agregaba un zope de manteca, lo que a él le producía flatulencias; y para que la familia de don Juanito no le notara ni una pizca de desaire, había pedido, por favor, un vaso de leche y un pedazo de pan, que había comido lentamente, y luego le había solicitado al hombre que esa noche le hiciera el favor de hospedarlo en su casa, pues por unas horas deseaba olvidarse de la política, durmiendo a pata tirante (disculpando la expresión prosaica), y le había comunicado que sólo en una casa de campo, como la suya, podría hacerlo, ya que su coordinador de campaña, en las ciudades no lo dejaba en paz ni un momento del día ni de la noche, llevándolo a hacer acto de presencia hasta en los velorios; ¡y vaya que en su distrito electoral se morían las gentes! Mínimo dos muertitos llegaban todos los días a los panteones, según informes de los administradores de tales lugares de descanso eterno, o de banquete de gusanos.
Hacía un buen rato que los hombres de la “avanzada proselitista” se habían trepado en sus lujosas camionetas y habían tomado el rumbo de Sahuayo, puesto que el cielo se había cubierto de gruesos y negros nubarrones augurando una tormenta sazonada con chicoteos luminosos en el cerro de Cristo Rey, que da marco a la ciudad por el oeste.
Al saber lo anterior, con gusto la mujer de don Juanito le había preparado la mejor de las recámaras, la del gran ventanal con vista al llano por donde corría el río, previa orden tajante de su esposo de que la cama no tuviera la colcha anaranjada, ni la de colores verde y rojo, rematada con motitas blancas, y de que escondiera también la azul.
-Se trata -le había dicho al oído don Juanito a su mujer -de que por lo menos esta noche el señor Licenciado se olvide hasta del color su partido, especialmente de los de sus aborrecidos contrincantes.
Después de agradecer con efusión las atenciones de la familia, se había retirado a su cuarto el Candidato. Se había quitado los zapatos, la camisa y el pantalón.
Estaba a punto de apagar la luz para meter la cabeza entre las cobijas cuando unos golpes desesperados en la puerta hicieron que se levantara a toda prisa.
Era don Juanito, que, jadeando, le comunicaba:
-¡Disculpe usted, señor Licenciado, pero ha ocurrido algo pavoroso! ¡Se ha derrumbado la cortina de la presa de Las Fuentes, la del rancho de El Güirio! ¡El ímpetu del agua arrasa rancherías, y los cadáveres de animales y de gentes bajan flotando entre gruesas ramas y troncos de pinos y abedules! ¡Con decirle a usted que hasta la sirvienta afirma que ha visto pasar, despatarrado, al novio que tenía en El Poblado de las Gallinas! Y como nuestra casa está construida sólidamente en lo más alto del rancho, al correr peligro en sus hogares, los vecinos, que vinieron a saludarlo, señor Licenciado, me han pedido posada, pues no quieren ir a parar a la laguna de Chapala, arrastrados por las torrenciales aguas; y, con el debido respeto, le suplico me permita acomodar a algunos en su cuarto.
-¡Don Juanito, por el amor de Dios! Le repito que por lo menos esta noche quiero dormir tranquilo, para, mañana por la tarde, lanzarles un mensaje lleno de esperanzas en un futuro sin zozobras a los habitantes de una de las colonias más abandonadas de Sahuayo, a la llamada Ciudad Perdida! ¿No puede usted acostarlos en el piso del comedor o de la cocina?
-Perdóneme, señor Licenciado, pero ya no hay ni un rincón desocupado.
-Bueno, ¡qué le vamos a hacer!
Y aunque a regañadientes, el señor Candidato aceptó lo que el hombre le había propuesto.
Así es que algunos entraron precipitadamente a la recámara del Candidato queriendo contarle sus problemas; pero al darse cuenta de que no les hacía caso (pues mientras ellos hablaban acaloradamente, él llevaba la mirada de un lado a otro del tejado) decidieron tenderse en el piso buscando el sueño.
Una ancianita que se había negado a tirarse en el suelo, sin pedirle permiso al Licenciado se había hecho bolita en un extremo de la mullida cama, por lo que el Candidato no pudo dormir ya que, además, la mujer lanzaba ronquidos tan alarmantes como si se tratara de los trompetazos del Ángel de la santa Biblia convocando al juicio universal.
Por otro lado, el aire se había vuelto irrespirable, dado que sus inesperados compañeros de habitación se habían quitado el calzado, inundando la habitación con aromas desagradables.
-Gente incomprensiva, digo yo - se lamentaba el Candidato, sentado en el borde de la cama con los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos-. Tan cansado que me encuentro después de dirigirles a mis conciudadanos mis mensajes más humanitarios, ¿y qué obtengo a cambio? ¡Incomprensiones! Aquí me tienen sin dormir al no poder estirar las piernas, pues además de la mujer, también se subió a la cama ese otro sujeto que despide el horrible olor del estiércol de las vacas.
La aurora, por fin, dio visos de asomarse en cualquier momento por algún resquicio del cerro de Pajacuarán, habida cuenta de que uno de los gallos de la casa, trepado en una gruesa rama del mango más frondoso de la huerta, había lanzado su tercer canto acompañado con fogosas sacudidas de alas.
Al clarear el nuevo día, la criada intempestivamente entró en la recámara del Candidato.
-Usted disculpe, pero aquí le manda mi patrona este cafecito caliente, que para el frío.
-Déjalo en la mesa –contestó con indiferencia el Candidato, yendo a abrir la ventana para que entrara el aire y que se saliera, cuanto antes, el fétido olor que despedían sus compañeros de habitación.
-¡Pero, Teresa! Así te llamas, ¿verdad, jovencita?
-Sí, señor Licenciado.
-¡Alcohol es lo que necesito para desinfectarme, pues anoche uno de estos amigos tuyos me saludó de mano! Y dime, ¿por dónde bajó el agua de la presa que se derrumbó? No veo señal alguna del desastre que don Juanito me contó.
-Perdone usted, pero no entiendo.
-¡Jovencita, que por dónde pasó el agua torrencial que ocasionó tantas desgracias! ¡Sí, sí, la creciente de anoche, Teresita, cuando viste pasar animales y gentes muertos!
-¿Yo, señor? ¡No, pos no doy con bola!
-¡Ay, muchachita; mira, ve a llamar a don Juanito!
-Sí, sí, señor.
Mientras, sus compañeros de habitación que también se habían despertado, estiraban los brazos para desentumirse; se enderezaron, y poniéndose unos los zapatos y otros los huaraches, se salieron del cuarto, cabizbajos.
Al poco rato entró el dueño de la casa.
-¿Me mandó llamar, Licenciado?
-¿Qué significa esto, don Juanito? ¿Por qué sus mentiras sobre el derrumbe de la presa?
-Disculpe, no fue de mala fe; es que usted quería olvidarse de la política y de esas cosas, por lo menos esta noche; así nos lo hizo saber, ¿recuerda?
-Bueno… eso dije.
-¡Pues lo logró! ¡No creo que haya usted tenido tiempo de pensar ni en lo que dirá hoy, en la tarde, en la colonia de Sahuayo, a la que dice que le llaman La Ciudad Perdida!
-¡Bah! –exclamó el Candidato, acostándose de nuevo, con los ojos irritados y de punta los cabellos.



Una obra de arte, con todas las letras, sin faltar ni sobrar, ninguna de ellas. Muchas gracias por compartirlo. Me lo guardo.
Un logrado ejercicio de literatura satírica y costumbrista.
Sobresale la manera en la que caricaturiza ( o más bien evidencia) a los extraños e ineficaces políticos de nuestro país.
Saludos!
Nanky, muchas gracias, amigo, por tus palabras de aliento.
Se te extraña caundo falta tu comentario a alguno de los escrios de nuestros compañeros,
Voilivar
Jesusademir: mi actividad económica (tal vez ya te he contado), es la dirección de un medio escrito de comunicación social regional (en la llamada Ciénega del lago de Chapala, por el lado de Michoacán, abarcando algunas ciudades y poblaciones de Jalisco), por lo que estoy enerado e las decepciones se subren los ciudadanos cuando los candidatos llegan al poder.
Son otros, en todos los aspectos.
Cuando están en sus campañas, abrazan y besan niños… yo he cubierto infinidad de actos procelitistas de todos los partidos… y es grande mi sorpresa cuando veo, que al regresarles los niños besuqueados a sus madres, al irse a reunir con sus compañeros de presidium, van con una horrible cara, de fastidio, de hipocrecía.
Amigo, si nuestros políticos sólo sufireran esa enfermedad de la ineficacia, el asunto no llegría a mayores; lo preocupante es que se convierten en coyotes matreros, en seres temibles y temibles, en opresores, en bandidos… ¡La decepción completa, Jesusedemir), como bien lo sabes.
Volivar