El Capitán Ibérica
9 de Agosto, 2011 28
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Miguel se miraba el ombligo todas las mañanas y después de un monólogo interno, no muy extenso, decidía que aquel era el centro del mundo.

Miguel había hecho muchas cosas en la vida, pero por encima de todo era actor.

Para Miguel solo había una cosa perfecta en la vida y era él mismo.

El azar quiso que Miguel y yo compartiésemos asiento en el ave Madrid-Málaga. Un breve comentario sobre la velocidad del tren bastó para que me contase la historia de su apasionante y actoral existencia. Fue entre líneas donde descubrí al verdadero Miguel, porque si de algo pecaba él era de Narciso. Miguel resultó no ser solo actor sino además Todólogo”; dícese, el que todo lo trata. Lo mismo te vale para un roto que para un descosido. Política, Religión, Economía, Mecánica e incluso “Física Tuántica, como él decía. Para todo tenía un comentario, un arreglo, una salida y reflexión.

De repente el tren se detuvo pasado Ciudad Real. Estuvimos un tiempo especulando qué podría ser. Ambos dejamos de hablar cuando una señora de buen ver que estaba delante de nosotros sugirió la idea de que aquello podía ser un atentado terrorista. Nos miramos extrañados descartando esa posibilidad cuando de repente escuchamos la primera detonación. La histeria se apoderó de todo dejando a aquella mujer con su acertada impresión en los labios. Congelando en un rictus de estupidez un rostro que no daba crédito a lo que estaba pasando unos vagones más adelante. El gatuperio, griterío y la sinrazón se apoderaron del vagón cuando Miguel, sin previo aviso, gritó el nunca ponderado ¡Calma, soy policía, manténganse en sus asientos! Girándose hacia mí me guiñó un ojo y me dijo siempre quise decir eso. Mientras se situaba en el medio del vagón llamando a la calma me dirigió un par de miradas cómplices y es cuando supe de verdad que a Miguel le faltaba un veranito, un último hervor y tres vueltas de tuerca a algún tornillo mal ajustado en su sesera. Durante un momento me sentí tentado a gritar la verdad, que Miguel solo era actor, pero viendo el perfil del mismo con su corte de pelo al raso y la ausencia de inteligencia en su rostro me dije: sí es cierto… podría pasar por uno de ellos.

Aquello me pareció divertido… algo había explotado unos vagones más adelante y un “colgao fingía ser agente de la ley. El supuesto agente se manejaba bien, se acercaba a las personas mayores pidiéndolas que mantuvieran la calma que todo estaba bajo control. Echaba mano al bolsillo interior de la americana cada vez que ojeaba a través de los vagones fingiendo que allí había algo, ¿algo como un arma de fuego?

Un alopécico caballero, hartado de comer solomillo ibérico y con ojos de anfibio, se puso en pie llevándose las manos a la cabeza gritando el ya clásico, histérico y archiconocido: ¡vamos a morir todos! Mientras gritaba, golpeaba el cristal de la amplia ventana con las manos desnudas primero y después con la cabeza. El cristal parecía más duro de lo normal porque el paisano se estaba dejando los cuernos allí sin que sucediese nada. Permanecimos mirando la escena como en un sueño hasta que alguien dijo al supuesto policía que hiciese algo porque aquel hombre iba a terminar rompiendo el cristal y con un cristal roto no llegaríamos nunca a Málaga. En cierta forma tenía razón; con un cristal roto dudo mucho yo que la aerodinámica del tren permitiese coger la velocidad adecuada. En ese momento no caí en que algo había reventado unos vagones más adelante y posiblemente no llegaríamos a Málaga a la hora del almuerzo.

Contemplando la histeria de aquel individuo que no atendía a razones, al supuesto agente de la ley se le ocurrió que lo mejor era darle un golpe en la nuca para dejarle fuera de combate como en las películas. Y así lo hizo, o mejor dicho, así lo quiso hacer poniendo su mano rígida cual verga, gritando como un cochino en matanza y trazando un barrido con el brazo hasta la nuca del alopécico. En un extraño requiebro el paisano de ojos saltones perdió el equilibrio y aquella mano proyectada con una velocidad de crucero fue a parar a la cara de una ancianita que dormía plácidamente ajena a toda la escena, libre de todo mal. La ancianita basculó hacia atrás como un muñeco de futbolín y después cayó hacia delante sin emitir sonido alguno. Miguel reaccionó rápido. La incorporó, la volvió a sentar y dirigiéndose al resto del vagón dijo: ¡no la he tocado…casi, tan solo duerme! Todos respiramos aliviados mientras veíamos crecer un moratón en el pómulo de la mujer. No pudo terminar la frase. El caballero histérico, en un descuido, había agarrado un extintor y lo estaba estampando contra el cristal como si le fuera la vida en ello. El cristal cedió al tercer golpe resquebrajándose sin llegar a caer del marco. Alguien agarró el extintor por detrás del histérico haciendo que este perdiera el seguro.

Todos sabemos que cuando el infortunio se ceba con alguien lo hace con saña.

Con el forcejeo aquello empezó a soltar polvo blanco sobre la ancianita que, indiferente a todo, se cubrió de una capa blanca arruinando su vestido y la peluquería. ¡En caso de incendio al menos no morirá carbonizada! dijo Miguel gritando a la concurrencia.

Entre cuatro reducimos al tipo del extintor y conseguimos sentarle mientras Miguel se hizo con un palo de cricket a modo de porra que sacó de alguna maleta. Le puso la parte plana sobre la mejilla y le dijo aquella mítica frase: como te arree con esto… te van a tener que operar la cara para sacarte el palo. Al parecer la amenaza tuvo su efecto porque el histérico se calmó de inmediato al sentir los quince centímetros de madera plana, fría y pulida en la cara.

Declarándose de esta forma líder absoluto del vagón, un Miguel ya crecido sobre sí mismo, pletórico en su rol de salvador de la humanidad, comenzó a organizar un grupo de hombres valientes; hombres con dos cojones. Su intención era hacer una incursión en terreno enemigo. De esta guisa un grupo de bravos e ibéricos nos hicimos con un montón de improvisadas armas para nuestra gesta caza al terrorista. Con Miguel a la cabeza comenzamos a caminar hacia la parte delantera del tren atravesando vagones y entre las miradas de los pasajeros que alarmados se levantaban hacia la parte de atrás del tren. Todo el mundo nos decía que la explosión había sido delante, pero no se veía humo. Fue cuando lo vimos, un tipo en el vagón final con aspecto marroquí, venía corriendo hacia nosotros gritando algo en un idioma que se me antojó un árabe clásico. Antes de que nos diese tiempo a interpretar lo que decía el marroquí, Miguel se nos adelantó a todos: ¡Se va a inmolar! La histeria corrió como la pólvora y todos cambiamos nuestros roles de perseguidores a perseguidos. Dimos la vuelta y comenzamos a correr vagón atrás con más gente que se nos iba añadiendo. Cerca de cincuenta personas se abrían camino hacia la parte final del tren mientras Miguel en un vil acto de salvar su propio pellejo daba palazos de cricket a todo hijo de vecino que se ponía por el camino… Una ancianita cubierta de polvo blanco golpeaba con el bastón en las rodillas de todo el que pasaba, sumando más caos a la situación.

Yo miré hacia atrás un momento y vi al joven marroquí parado, mirándonos extrañado y, por qué no decirlo, algo asustado. Me pareció raro y decidí pararme, fui hacia él y me habló en un español perfecto: señor al parecer se ha averiado algo, ¿por qué corren?

Miguel con más de veinte personas habían forzado la puerta trasera del tren y corrían por las desnudas vías dirección Madrid entre gritos.

De repente, en medio de la debacle, se escuchó una voz femenina por megafonía. Anunciaba que había reventado un condensador en la parte delantera del tren. Estaban subsanando la avería. Que nos mantuviésemos en nuestros asientos porque en menos de cinco minutos saldríamos para Málaga y que nos agradecían el viajar con RENFE en aquella línea. Durante un momento me sentí tentado de avisar a Miguel a gritos diciéndole que todo era un error. Pero después comprendí que aquella era la película personal de Miguel. Si él había decidido salvar su vida de un supuesto atentado que nunca sucedió… ¿quién era yo para decidir lo contrario? Si Miguel quería jugar a ser el salvador americano, salvador que pone su culo a buen recaudo primero y después el de los demás ¿por qué detenerle? ¿Por qué detener a más de veinte personas o diez mil que huyen de nada si así lo han decidido ellos?

Le vi alejarse con el palo de cricket en la mano con veinte seguidores tras él mientras una ancianita le golpeaba cuando podía en las costillas con un bastón. La única frase que me vino a la cabeza fue una de las películas que tanto gustaban Miguel, en concreto la mítica Harry el Sucio en la que el asesino en un momento de la misma le dice a Clint Eastwood:

“al trote, al trote… cerdo policía”

27 Comentarios
  1. Jajaja, este Miguel sí que es un antiheroe, una especie de Torrente pero sin ser policia siquiera. Hay algo que me pregunte durante todo el cuento: realmente te pasan estas cosas Felipe?? porque quien sabe, en este mundo, esto bien puede ser ficcion, bien puede ser realidad, cada uno de los personajes encarna alguien que posiblemente existe. El loco del matafuegos, el pobre marroqui y hasta la vieja. Siempre me he preguntado como es que los norteamericanos no tienen nuestros heroes tan valientes y varoniles, bueno, ellos se lo pierden…

  2. La línea Málaga-Madrid siempre da que hablar, sin dudas. Yo no me la tomo ni con pasaje gratis. Me pregunto si el Gran Miguel aún corre por las estepas ibéricas….

  3. Yo trato de evitar la linea sarmiento, si Miguel viniera para estos pagos, harian una pelicula de el.

    • Noooooooooooooo, la Sarmiento no por dios, todavía tiene locomotoras que hacen chú-chú…

  4. Entre el “Calma, soy policía” y el “no la he tocado, casi” me muero de la risa. Este tipo se ha convertido en un universal. Asquerosito, pero universal.

  5. Ahora que Falsaria te permite imprimir los cuentos este me lo imprimo, le paso resaltador cada vez que sale el nombre Miguel, lo mando a encuadrar y lo pego en el salón para que me recuerde hacía donde debo ir en momentos de duda!!!

  6. Hola a todos, en primer lugar muchas gracias por vuestros comentarios. Papo algunas de las cosas sí me han pasado y otras me las invento. Aunque en un mundo como este todos las hemos visto en un lado u otro. Los personajes son arquetípicos. Seres imperfectos que se creen mejores que el resto. El caldo de cultivo está servido sólo hay que juntarles y dejar que surjan los conflictos.

    Un abrazo.

  7. Jajaja muy bueno!!! Al leerlo me parecía ver que toda la escena tenía lugar en la línea Sarmiento, así que creo que la oomparación es muy acertada! Ese tipo de cosas bien podría pasar en un tren como el de esta línea.
    Te felicito! Me encantó!

  8. Me recuerda al camarote de los hermanos Marx pero a lo largo, a lo estrecho, y a lo loco…

  9. jejeje Me encanta¡¡¡¡ breve pero intenso. Cómico como la vida misma y sobre todo ibérico y de pata negra.

  10. No pude dejar de reirme ni un momento. Si esta es la clase de magia que haces Felipe, bien valen los trucos y hechizos!!! Aplausos!

  11. Genial, me gusto mucho! :D

  12. Está genial, me reí muchísimo! Mantiene el interes del lector constantemente.Fundamental.

  13. La idea es genial: una parodia típica, una comedia armada a los machetazos por el azar, muy convincente. Revisar algunos puntos, algunos pasajes, nada más. Saludos, es bueno.

  14. Más allá de su calidad formal (que la tiene, y bastante), he de decir que me he reído de verdad leyendo este relato, que es algo que no suele pasar. Gracias por esta risa de madrugada. ¿Quién no tiene a un Capitán Ibérica en su vida?

  15. Hacia tiempo que no me reía tanto con buena literatura. Enhorabuena.

  16. Muchas gracias celebro que te guste…yo cuando lo escribí me lo pase en grande…
    Un abrazo!!

  17. Me ha gustado, muy divertido, literario y con ritmo. Me leeré otros cuentos tuyos.

  18. Muy bueno. grax papo por la recomendación.

  19. como me he reido!!!!
    ais… y es que no hay nada mas entrañable que un capitán ibereica…pero porfi..quedatelo pati y luego nos sigue contando.

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