El Carretero de la muerte
5 de Julio, 2012 15
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El pueblo se preparaba para la mayor celebración del año. San Silvestre, Coahuila, festejaba no solamente un aniversario más de su Santo Patrono, que de manera por demás significativa caía el día último del año, sino también el advenimiento, no solo del nuevo año, sino también del nuevo siglo, el tan esperado y relumbrante siglo XX.

En la capital de la República, el presidente Don Porfirio Díaz había ordenado las más fastuosas celebraciones de su reinado: Inauguración de nuevos edificios públicos, creación de múltiples y bellas plazas y hermosos jardines, el estreno del Angel de la Independencia en plena Avenida de la Reforma, y muchas cosas más; pero ninguno de aquellos eventos se comparaba, en la mente de los sansilvestrinos, con la esplendorosa celebración por ellos mismos organizada en el gimnasio de la escuela preparatoria del pueblo: El Baile de San Silvestre.

El alcalde del pueblo y presidente del Patronato Organizador de los Festejos de San Silvestre, Don Justo Benavides, había logrado la contratación de dos de las bandas de música regional más famosas del país. De igual manera se había conseguido surtir las mesas con las más exquisitas comidas de la zona: tamales de chile, de dulce y de manteca, así como tortas ahogadas de chivo y de conejo. La cerveza, el pulque y el tequila circularían en la fiesta con la misma libertad con que lo harían el Bordeaux, el Champagne y el Cognac, en el Gran Baile organizado por el Presidente Díaz en el Castillo de Chapultepec, en la ciudad de Mexico, para acompañar las viandas más exquisitas, de origen europeo, que deleitarían el paladar de los múltiples y distinguidos invitados del señor Presidente.

A medida que la fecha se acercaba la algarabía y el entusiasmo crecían de manera exponencial, tanto en la capital de la República, como en el pintoresco y siempre alegre pueblo de San Silvestre.

Y como no hay fecha que no se llegue ni plazo que no se cumpla, el esperado fin de año se coló inadvertido una mañana cualquiera.

Rosita, que era la joven más linda del pueblo, se acicalaba afanosamente lo noche del 31 para llegar a la fiesta lo más hermosa posible, mientras Chela, su amiga más querida, la acompañaba emperifollándose también. Desde la cocina, la mamá de Rosita no dejaba de darles consejos y señalarles advertencias: “No vayan a tomar alcohol, ni nada que les ofrezcan si no se los sirven ustedes mismas, nunca se sabe lo que la gente mal intencionada pone en los tragos”, “Y nada de bailar apretaditas, siempre la distancia prudente, la cercanía es peligrosa… ustedes no saben”.

En el palacio de Chapultepec los numerosos meseros se afanaban por arreglar todo de la mejor manera. Las mesas cubiertas de manteles de lino bordados a mano, con sus correspondientes servilletas elegantemente dobladas en triángulo; los cubiertos de plata esmeradamente pulidos; floreros con orquídeas en cada una de las más de cien mesas; los candelabros con sus innumerables luces listos para ser encendidos. Y en la cocina, los más exquisitos manjares preparándose para el momento supremo. En su lujosa habitación, Don Porfirio daba el último golpe de cepillo a sus largos bigotes, perfumados y peinados con cera natural aromatizada.

Rosita y Chela llegaron al baile luciendo realmente esplendorosas. Con sus vestidos típicos de la región, eran dos dignas representantes de la belleza regional. Más alta y más delgada, Rosita destacaba especialmente, para ser, sin duda, la flor más bella de la comarca. En el salón se escuchó un rumor de admiración y sorpresa cuando ambas lo cruzaron de punta a punta. Los jóvenes del pueblo, reunidos en grupos afines, se arrinconaban en las cuatro esquinas de la sala esperando que empezara el baile y lanzando furtivas miradas a las muchachas, inquiriéndolas con los ojos para saber si sería aceptada su invitación para empezar el baile.

El salón de fiestas del Palacio lucia esplendoroso cuando los invitados empezaron a llegar. El paje real mostraba a cada uno el mapa indicativo de la mesa y el lugar que les correspondía. A medida que el salón se fue llenando, nadie notó la presencia de un misterioso personaje que discretamente se instaló en una de las esquinas del salón con el propósito de observar detenidamente el desarrollo de los acontecimientos. Elegantemente vestido de levita y frac, el hombre, de unos cuarenta años, tenía un aspecto tenebroso y lúgubre.

En el baile de San Silvestre, las muchachas enviaban discretísimos mensajes, con los ojos, a sus ansiosos pretendientes, indicándoles la afirmativa o negativa de concederles bailar una pieza. Hipólito Cienfuegos, enfundado en su elegante atavío regional de color negro, rematado por un par de botas nuevas y un hermoso sobrero negro de media ala, dirigía insistentes miradas hacia Rosita, sin obtener una clara respuesta.

Al momento de la entrada triunfal del señor Presidente todos los invitados se pusieron de pie para saludar y rendir homenaje al Jefe de la Nación. Don Porfirio, acompañado de la Primera Dama, caminaba displicente, dirigiendo indiferentes miradas y sonrisas hacia los invitados, quienes se consideraban transportados casi al paraíso al suponer que el saludo era para ellos.

Una de las bandas regionales contratadas por la autoridad municipal de San Silvestre inició la música, dando pie a que los jóvenes seleccionados atravesaran el salón para ir por su pareja. Hipólito se quedó recargado con un pie en la pared del salón, mientras Rosita desviaba intencionalmente la mirada hacia otra parte.

Como era costumbre, después de la opípara cena el Presidente Díaz, en compañía de su esposa, se dirigió al centro del salón con el objeto de iniciar el baile. En ese instante, uno de los invitados que estaba en primera fila se levantó, esgrimiendo una enorme pistola que apuntó hacia el señor Presidente. Antes de que pudiera disparar, sin embargo, dos enormes guardias cayeron sobre él, sometiéndolo de inmediato. Sigilosamente, sin ser observado por nadie, el misterioso personaje de frac y levita que se ubicaba al fondo del salón, abandonó el lugar por una puerta lateral.

Hipólito Cienfuegos no resistió más y con paso firme y seguro se encaminó al lugar donde estaba Rosita. Aunque por el sonido de la música nadie escuchó el diálogo, es de suponer que el joven recriminó a Rosita por el rechazo para bailar con él y le urgió a que aceptara para no quedar en ridículo delante de todos los participantes. Desde lejos se pudo ver que la bella Rosita se negaba una vez más moviendo su cabeza hacia los lados.

Mientras los dos jóvenes discutían, nadie se percató de que un misterioso personaje, vestido de frac y levita, ingresaba al salón de baile. Antes de que nadie pudiera evitarlo, Hipólito sacó su pistola y a quemarropa disparó tres veces contra la joven. Discretamente, el misterioso sujeto vestido de negro se acercó a la escena del crimen con una disimulada sonrisa en el rostro. Rosita Alvires murió a las doce de la noche del 31 de diciembre de 1899. Dicen las gentes del pueblo que el día en que la mataron Rosita andaba de suerte, porque de los tres tiros que le disparó Hipólito solo uno resultó mortal.

Fuera del salón de la fiesta de San Silvestre una carreta dirigida por el personaje de frac y levita esperaba para llevarse el cadáver. Todos lo conocían como el Carretero de la Muerte.

15 Comentarios
  1. La Santa Muerte Mejicana.Ya os pasaré yo, un cuento similar.

  2. No, mi estimada Mafalda, la Santa Muerte es otra cosa. El Carretero de la Muerte es una leyenda antigua, en cambio, la Santa Muerte es una realidad factual en el México de hoy: es la Santa venerada por los delincuentes y los narcotraficantes. Yo también tengo un relato sobre “la niña blanca”, si quieres contamos hasta tres y los subimos…Gracias por leer. ¡Un abrazo!

  3. ¡Que buen cuento Vimon! el relato me atrapó, y el final me sorprendió.
    Me encanto, tienes mi voto.

  4. ¡¡Va un voto¡¡Saludos

  5. Vimon: estimado compatriota, la narración es magistral, pero me quedó la duda de que en dónde, por fín, mataron a Rosita Alvirez, si en el palacio de Chapultepec, o el poblado de San Silvestre, Coahuila.
    Un saludo, mi querido amigo, y mi voto, por supuesto
    Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)

    • Amigo Volivar, como veras me tome algunas pequenas licencias literarias, porque segun el corrido, Rosita Alvires murio “en un barrio de Saltillo”. Gracias por tus comentarios y tu voto. Un abrazo.

  6. Estimado Vimon.
    Excelente.
    Además el relato me permite conocer un poco mas, la fantastica cultura mexicana.
    Un abrazo.

  7. Yo no conocía la leyenda. Me ha gustado mucho. Y la forma en que la relatas es brillante. Enhorabuena y voto.

    • Que bueno que te ha gustado, Antonio, en realidad es la conjuncion de una leyenda y un corrido mexicano. Gracias por tus comentarios y tu voto.

      • Interesante cuento, muy bien relatado, con frases originales.
        Gracias por publicar..
        Voto y felicitaciones
        manuc

  8. Interesante cuento bien relatado, con frases originales..
    Me gusto.
    va mi voto y mi felicitaciones
    manuc

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