El cofre sagrado, 1ª parte
25 de Junio, 2012 5
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Érase un país lejano, llamado Armonía. La dicha y la alegría podían respirarse a la vez. El rey, al que todos amaban y respetaban, guardaba fama de persona justa y generosa. La reina, dama bondadosa, atendía gustosamente las muchas peticiones que llegaban a palacio. En este venturoso paraíso, corriendo el florido mes de mayo, los monarcas anunciaron el nacimiento de su primogénita, una linda princesita de cabellos color de fuego, cuyos cristalinos y verdes ojos eran los más hermosos espejos que nadie hubiese podido imaginar.

Al cumplir quince años, los reyes organizaron un fastuoso baile en honor de tan adorable hija. Su radiante sonrisa había cautivado el cariño de los habitantes del reino.

Acudieron príncipes y caudillos de las regiones vecinas, pero la rica doncella quedó prendada de un apuesto infante que procedía de remoto lugar.

Desde el primer momento, la muchacha se sintió arrebatada de amor por aquel joven. Pronto contraerían nupcias y tendrían herederos. En el romántico idilio, la dulce heredera pensaba que nada podría empañar tanta dicha.

Sin embargo, el destino, imprevisible y caprichoso, urdía algo muy distinto. Cierta tarde de verano, cuando apenas faltaban horas para el que suponía día feliz de su existencia, sus padres murieron en trágico accidente, dejándola sumida en profunda tristeza.

Quebrada la vida, carente de ilusiones, sólo el cariño del amado conseguía aliviar el hondo pesar.

Permanecía mucho tiempo en silencio, perdida la vista en las estrellas. Buscaba, inconsolable, alguna razón que le hiciese comprender el porqué del cruel revés.

En noche de luna llena, cubierta de ropaje tan negro como el luto de su alma, la enamorada descubrió lo inimaginable.

El hombre al que amaba, aquel que iba a desposarla, la traicionaba y se dejaba caer en brazos de una hermosísima cortesana.

En un arrebato de ira e incapaz de soportar tamaño infortunio, la soberana arrojó del reino al amado infiel y a la ingrata amiga.

Cabizbaja y abstraída, la reina paseaba las penas de un lado a otro del palacio. Su extrema palidez contrastaba con el púrpura de las ojeras, otorgando al lívido rostro aspecto fantasmal.

Tras pasar días sumida en profunda agonía, encaminó los pasos hacia las entrañas del bosque.

Se detuvo frente al árbol del amor, el cercis. Las primeras flores comenzaban a despuntar, anunciando el final del invierno. Aspiró el aroma profundamente y deslizó sus trémulos dedos por el tronco oscuro y rugoso del árbol, que asemejaba lo que había sido su triste existencia en los últimos meses.

Elevó la mirada al cielo, en desesperado intento para demandar justicia divina, y prometió con énfasis:

- ¡No volveré a sufrir jamás!

Dicho esto, se arrancó de cuajo el corazón. Un lastimero quejido le surgió de la garganta, quebrando el silencio crepuscular, a la par que dos lágrimas negras, en señal de silencioso duelo, brotaron de sus ojos.

Caminó durante horas con el pequeño órgano cardíaco latiendo entre sus manos. Por fin y casi sin mirarlo, lo escondió allá donde nunca pudieran encontrarlo.

A partir de ese momento, quien fuera alegre y dulce infanta se transformó en una mujer cruel, incapaz de conmoverse.

Los súbditos sufrían en silencio la ira desproporcionada de la pérfida gobernante. Dado que su mirada tornóse glacial, comenzaron a llamarla Frialdad.

Deseaba conquistar posesiones, como si la tenencia de bienes materiales pudiese paliar la ausencia de los dones espirituales.

- ¡La Tierra entera será mía! – exclamaba con soberbia.

Los siervos clamaban piedad, mas ella permanecía insensible a las súplicas del vulgo.

Harta de murmuraciones y críticas, una lluviosa tarde de otoño reunió a toda la corte y, prepotente, anunció:

- Mañana, de madrugada, hablaré al pueblo. Tengo noticias que darle.

Se retiró estremeciendo el lujoso vestido que lucía.

Apenas rayó el alba, la malvada reina vistió sus mejores galas y salió al balcón presidencial a pronunciar el ensayado discurso.

Los vasallos permanecían arrodillados. Mirándoles despectivamente durante unos minutos, comenzó a increparles.

- Estoy cansada de escucharos gimotear por los rincones. Formáis un cuadro desolador. Sé que no me amáis; pero, queráis o no, dependéis de mí. Supongo que os gustaría ser libres, ¿no es cierto? ¡Está bien, ganároslo! - continuó chillando la soberana -. Oídme, porque tendréis oportunidad de vencerme. Si alguno lo consigue, podréis disfrutar de nuevo.

Un murmullo recorrió la plaza principal. La voz de un joven hízose oír en medio de la multitud.

- ¿Qué hemos de hacer para redimirnos, Majestad?

- Aquel que encuentre el cofre sagrado será el triunfador - informó -, aunque todos obtendréis recompensa: la libertad. Sólo uno de vosotros percibirá la señal premonitora establecida. Pronto comprobaré quién osa desafiarme y enfrentarse a mi enorme poder. ¡Ja, ja, ja!

La siniestra risa retumbó en los confines.

Una vez que abandonara el marfileño balcón, el consejero Odio, acercándose hasta ella, la preguntó:

- Majestad, ¿por qué ponéis en peligro vuestro reinado?

- ¿En peligro, dices? Quiero divertirme viendo cómo se destruyen unos a otros pretendiendo vencerme. Acaso no ves lo patéticos e infelices que son.

A continuación marchó a los aposentos reales, dispuesta a maquinar su siniestro plan.

 

***

 

Victorio encarnaba al hombre valiente y aguerrido. Ganador de innumerables batallas, era admirado y reconocido como noble y justiciero.

Aquella noche las constelaciones brillaban de modo especial en el atezado manto que cubría el firmamento. Mientras dormía, la visión tomó forma, inquietándole.

Se vio a sí mismo esgrimiendo una fantástica espada de luz. Luchaba contra un espectro. La pelea resultaba desigual y sangrienta. Casi vencido, tocó con la punta del acero el corazón de su rival. Al instante, un reluciente rayo brotó del insólito enemigo, iluminando el entorno; las tinieblas comenzaron a disiparse, dando paso a un maravilloso e inverosímil ser.

Despertó sobresaltado y envuelto en denso sudor.

Había recibido la predicción que le anunciaron. Debía ir a palacio inmediatamente

Acompañado por los primeros rayos del sol, llegó a la puerta de la mansión real para solicitar audiencia.

Le recibieron con sarcasmo y desprecio.

El joven hizo reverencia a los pies de la soberana y habló:

- Disculpad que me presente temprano. He tenido un raro sueño. Bueno, más que sueño ha sido revelación.

- ¿A qué revelación os referís?

Narró la extraña ensoñación con toda suerte de detalles, pero el inexpresivo rostro femenino desconcertaba a Victorio. Le resultaba imposible imaginar los maquiavélicos y soberanos pensamientos. Terminado el relato, esperó ansioso la respuesta. El silencio confirmaba lo acertado de su desconfianza.

Transcurrieron minutos que parecieron horas. Al fin, la reina se dirigió a él en los siguientes términos:

- Oí que erais inteligente y arrojado. Veo que no exageraban al ensalzar vuestra singular gallardía. Identificasteis el símbolo que os puse y, además, aceptáis el reto sin dudar.

- Nada temo, Majestad. La gente confía en mí - respondió -. Mas deseo haceros una pregunta.

- ¿Qué deseáis saber?

- ¿Por qué me habéis elegido para llevar a cabo tan peculiar aventura?

- Alardeáis de que nunca cedéis. Decís que en el alma no guardáis resentimiento, que el amor todo lo puede. Quiero comprobar si seguís opinando igual cuando, habiendo probado el sabor del fracaso, regreséis derrotado y hundido.

- Mi espíritu rebosa esperanza - argumentó el denodado guerrero -. No desfalleceré, por duras que sean las etapas a cubrir.

- Vuestra osadía raya en la impertinencia – le recriminó, indignada.

Tras unos segundos de denso silencio, siguió hablando:

- Tenéis que superar cada una de las siete pruebas puestas en el camino. Durante el largo peregrinar contaréis con tres elementos orientadores. El primero es éste reloj. Deberéis hallar el cofre antes de que la arena que encierra pase por completo a la parte vacía. Si lográis encontrar el tesoro oculto en su interior anticipándoos a la salida de la séptima luna menguante, vuestro pueblo volverá a sonreír.

La flemática mujer clavó sus frías pupilas en los serenos ojos del varón, explicándole:

- El segundo de los medios a que me refiero lo escogeréis vos - advirtió, acercándole varios pergaminos que estaban enrollados -. Elegid uno. Contiene la pista que os conducirá al éxito.

Victorio extendió la mano izquierda y, sin titubear, escogió el pergamino atado con el lazo rojo, que siempre fue su color preferido, pues representaba la pasión, la fuerza; en definitiva, la vitalidad

- Abridlo y leed lo escrito - ordenó la reina.

Procedió a desenrollarlo lentamente. Había un solo renglón que rezaba: “Jamás pierdas el norte”.

La soberana prosiguió:

- El tercer objeto que portaréis está relacionado con la frase del pergamino. En este caso se trata de una brújula. Os ayudará a seguir la dirección correcta.

El campeador recogió los tres objetos, limitándose a decir:

- Gracias, Majestad.

- No me lo agradezcáis. La contienda será dura, muy dura. Si utilizáis bien los símbolos, tal vez consigáis vuestro descabellado propósito.

Ensortijando con los lánguidos dedos su ahora grisácea cabellera, le dio la espalda.

“No dispongo de mucho tiempo. No obstante, estoy seguro de que puedo conseguirlo”, murmuró para sí Victorio.

Regresó al pueblo; familia y amigos le esperaban ansiosos.

Después de narrarles lo acontecido en palacio, se dedicó a los preparativos del penoso viaje que le aguardaba.

 

CONTINUARÁ

5 Comentarios
  1. Cenicienta literaria: ¡ah, qué amiga!… ¿Hasta cuándo nos dejarás esperando el desenlace?
    Eres un buena escribiendo… te las sabes de todas todas… felicidades
    Voto.
    Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán México)

    • Me encanta que te intrigue el final del cuento, pero te advierto, que falta mucho todavía, en breve enviaré el segundo capítulo.
      Hasta entonces, imagina y sueña con diferentes finales.
      Un abrazo, Jorge

  2. ¡¡¡Ya quiero lo que sigue!!!! +<3

    • Gracias, ya he enviado, con fecha del 26 de junio, la segunda parte; queda bastante todavía.
      Un abrazo.
      Cenicienta literaria

    • Gracias. En brebe enviaré la tercera parte, ¿has leído el segundo capítulo?.
      Un abrazo
      Cenicienta literaria

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