El cofre sagrado, 2ª parte
26 de Junio, 2012 2
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No temáis, retornaré victorioso - prometió.

- Hijo mío, cuídate - susurró entre sollozos su madre mientras le despedía.

La besó con ternura, abrazó a su padre y montó sobre “Destino”, el caballo blanco compañero de fatigas. Iniciaba el que sería arduo cometido.

El sol asomaba por Levante. La aguja de hierro magnetizado señalaba el norte.

Llevaba horas cabalgando cuando divisó la refrescante cascada. Al igual que la fiel montura, estaba sediento.

Una hermosa dama, envuelta en tules rosas, salió de la catarata portando en sus manos un cántaro dorado por el que rebosaba el purísimo líquido del manantial.

- Debéis estar agotado. Descansad aquí, a mi lado, y calmad la sed.

El joven aceptó, agradecido. Bebió ansiosamente.

- Sois amable al compartir conmigo el agua.

- Conozco vuestra gallardía, y os admiro y respeto.

La ninfa hincó las rodillas en el suelo y le acarició los pies con sus finos dedos.

- Levantaos, señora - rebatió Victorio, ruborizado -. Sólo soy el guerrero que busca la libertad.

- ¿Cómo podéis decir eso, siendo el elegido para salvar a todo un pueblo? Jamás conocí persona más valiente e intrépida.

- Estáis exagerando.

- ¿No ambicionáis recibir honores y gloria? ¿Quién, sino vos, merece ser nuestro futuro rey?

El joven, que empezaba a sentirse abrumado ante el desmedido servilismo, pidió.

- Incorporaos, os lo ruego. Hombre humilde, tengo aciertos y, asimismo, errores.

Aludida la “humildad”, la dama emitió un intenso gemido, esfumándose en el aire que refrescaba la tarde.

He ahí la primera prueba. Sí, había vencido a la “soberbia”.

Era el comienzo; aún le quedaban seis pruebas para derrotar a la temible reina.

 

***

El cansancio comenzaba a cebarse en el jinete, que decidió bajarse del también fatigado corcel. La noche daba comienzo, cubriendo el cielo con un manto azabache cuajado de diminutas perlas de luz.

Necesitaba un lugar, entre la pradera y el bosque, donde poder tumbarse.

Victorio miró a todas partes, escudriñando. El humo de una chimenea, al final del sendero, atrajo su atención. Se aproximó a la que parecía modesta pero limpia posada.

La pesada puerta de entrada, de doble hoja, permanecía entreabierta. Con prudencia, accedió al interior.

De inmediato, acercándose solícito, el anciano posadero le preguntó:

- Buenas noches, señor. ¿En qué puedo serviros?

- Llevo días sin probar alimento. Necesito lavarme y descansar un rato.

- Cierto es que dais impresión de encontraros exhausto. Enseguida prepararé el aposento para que podáis refrescaros antes de que cenéis.

No se entretuvo.

Tras adecentarse, bajó al comedor. En la angosta mesa de madera destacaba una jarra de vino fresco.

Apuró vaso y medio. Le supo a gloria.

El mesonero le sirvió un plato de queso de oveja y varios trozos de pan moreno, y deseó:

- Espero que os guste.

- Muchas gracias - respondió.

Paladeando cada bocado de aquella exquisitez con devoción religiosa, advirtió que un distinguido comensal, situado a escasos metros, le miraba atentamente.

El desconocido, levantándose despacio, dirigió sus pasos hasta la mesa que ocupaba Victorio.

Se situó frente a él. Observándole, dijo:

- Buen provecho. ¿Qué os trae por acá?

El muchacho, sonriendo, agradeció la cortesía del ilustre cliente y, después de beber unos sorbos del preciado néctar, habló:

- Vengo a librar la batalla que salvará a mi pueblo de la tristeza y del sufrimiento.

- Resulta misión interesante - estimó el caballero -, pero puede tornarse demasiado larga. A lo mejor envejecéis, o a lo peor morís en el intento. ¿De qué os habrá servido entonces? Pensadlo; parecéis inteligente.

- Agradezco la lisonja.

- Cuento con reputación de serio y prestigioso comerciante - continuó el hidalgo -. Si venís conmigo podréis haceros rico. Sabéis lo importante que es el dinero para triunfar, y si lográis convertiros en hombre poderoso ganaréis la guerra en que andáis metido.

- No debo distraerme del objetivo - se disculpó.

- Olvidad esa quimera. Yo os ofrezco la posibilidad de obtener algo auténtico y práctico, de transformaros en persona acaudalada y famosa.

- Gracias, señor, mas no soy ambicioso. Mis padres me enseñaron a ser generoso y a compartir con mis semejantes lo que tuviere.

Al escuchar la referencia a “generosidad”, el prócer montó en cólera y se evaporó en la noche.

Victorio comprendió que acababa de superar la segunda prueba, consiguiendo derrotar a la “avaricia”.

Se sentía satisfecho, pero era consciente de que el trabajo no había hecho más que empezar.

CONTINUARÁ

 

 

2 Comentarios
  1. Cenicienta literaria: hoy, viernes 20 de julio, me he puesto, con gran dedicación, a estudiar tus publicaciones.
    Veo que posees mucho oficio en esto de escribir, como dices, promoviendo los valores, con la pluma, con la palabra.
    Aunque, te diré que me extraña que poco voten por esto tan hermoso.
    No sé qué nos pasa; a veces damos puntos y más puntos a algo que promueve las pasiones que degradan al ser humano.
    Pero, así es esto, querida; a ti te reconocen en tu tierra, a otros nos ignoran en nuestro terruño. Aunque, hablando popularmente, a mí me vale (¿lo digo? ¡Si lo digo!) madre que no me pelen.
    Atentamente
    Ahí va un voto más, y ojalá los demás compañeros de red valoraran lo que merece la pena.
    Volivar

    • Querdo amigo, Volivar.
      Me agrada mucho que mis cuentos “te acaricien el alma” y reconozcas su mensaje, como algo valioso.
      Es cierto, que a mucha gente le pasan desapercibidos; los seres humanos parecen motivarse con la codicia, la envidia, el odio y la ambición, dejando a un lado el amor y la solidaridad; pero por muy oscuera que sea la noche, la luz siempre prevalecerá.
      En cuanto al reconocimiento, he de reconocer que los libros son bien acogidos, pero no consigo encontrar un editor que apueste por ellos; mi situación económica actual, no me permite seguir editando por mi cuenta.
      Un fuerte abrazo, amigo

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