El cofre sagrado, cuarta parte
29 de Junio, 2012 2
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Victorio creyó que le envolvía un tornado. Giró y giró sin rumbo hasta que, de pronto, aterrizó en la ladera de la misteriosa montaña.

Como consecuencia de la batalla que acababa de librar, y también de la inanición de los últimos días, sintió que la tierra retumbaba. Sujetándose a un añoso árbol, respiró hondo.

Al poco rato, el delicioso aroma invadió su olfato.

“¡Umm!… ¡Cómo huele! ¿De dónde vendrá tan rico olor?”, se preguntó.

Fijándose, al final del camino divisó una lujosa construcción de piedra.

“No sé si podré llegar. Creo que está muy lejos”, pensó con desaliento.

Todo pareció oscurecerse alrededor. Perdió el conocimiento, cayendo en medio del sendero.

Cuando recuperó el sentido estaba recostado en lujosa cama. Un criado le miraba atentamente.

- ¿Qué ha ocurrido? - preguntó.

- Os habéis desmayado.

- ¿Dónde me encuentro?

- En la mansión de piedra.

- Creo que la divisé justo al perder la conciencia - comentó el exhausto joven.

- Nuestro señor, al veros tendido en el bosque, ordenó que os trajesen al aposento de invitados.

- Gracias – respondió.

- ¿Os halláis aliviado?

- ¡Sí, mucho! Siento recobrarme, pero estoy algo mareado.

- ¿Cuánto tiempo hace que no probáis bocado?

- No sabría decíroslo a ciencia cierta. He estado alimentándome con frutos silvestres.

- Sois afortunado. El dueño de esta residencia palaciega es persona generosa, que proporciona alimento a los caminantes. Seguidme, la cena está dispuesta.

Una mesa cubierta de suculentos manjares presidía la suntuosa estancia.

- Pasad y sentaos - ofreció el anfitrión. Me disponía a tomar un aperitivo.

“¿Un aperitivo?” Victorio pensó que jamás había visto tantos manjares juntos.

Por doquier, los criados presentaban dulces y demás exquisiteces, regado ello con excelente vino tinto.

El espectacular y sabrosísimo asado de cordero que le sirvieron a continuación estimuló sus jugos gástricos.

- Comed y bebed. Disfrutad tomando lo que deseéis.

Victorio, prudente, comprendió que debía ser morigerado. Su educación se lo imponía.

- Comí demasiado - declaró al acabar -. Además, el licor me ha sumido en dulce somnolencia.

- Dormid, si eso es lo que deseáis.

Cansado, aceptó gustoso la invitación.

Por fin podría dejarse caer en cómodo lecho. La alcoba, amplia y decorada con cortinones de lino, invitaba al sueño reparador.

Se recostó plácidamente, protegiendo el rubí debajo de la almohada.

El descanso le ayudaría a reponer la energía consumida durante el fatigoso peregrinaje. Sí, aprovecharía la ocasión que le brindaban.

Esa noche su sueño fue pesado. Una mala premonición le acuciaba. Las voces del pueblo, clamando angustiadas, resonaban en la lejanía.

“¡Despierta!, ¡despierta! No te dejes engañar.”

Agitado y sudoroso, buscó la apreciada gema. Ocupaba el mismo lugar en que la dejara. Sin embargo, la intranquilidad no le permitía concentrarse.

Comenzaba a amanecer. El movimiento en el corral alegraba el ánimo.

Desayunaría antes de decidirse. Según solía decir su padre, con el estómago restaurado la toma de decisiones cuesta menos.

El dueño de la casa, como adivinando sus deseos, le aguardaba en el amplio comedor.

- Buenos días. ¿Habéis reposado a gusto?

- Más bien con desasosiego, pues me he desvelado. A fuer de sincero, reconoceré que no estoy acostumbrado a dormir en lechos tan cómodos.

El hidalgo sonrió, asintiendo a las palabras del joven.

- Despreocuparos; gozad de las comodidades y lujos que siempre habéis soñado. Acercaos.

Un tazón de leche, endulzado con purísima miel de abeja, y varias rebanadas de pan harían las delicias del desayuno.

- Gracias, señor, la verdad es que tengo apetito - admitió Victorio.

- Comed, comed - animó de nuevo el caballero -. Debéis alimentaros; si no lo hacéis, podríais enfermar.

- Lo haré con vuestro permiso.

- ¿Adónde os dirigís?

- Busco el cofre sagrado. Contiene un tesoro capaz de devolver la felicidad a mi pueblo.

- Parece tarea difícil. Tomaos tiempo. Es importante programar las paradas. Así acumularéis fuerzas.

Las voces que atormentaron el sueño de la anoche anterior volvieron a martillearle en las sienes. El recuerdo de la fantasía nocturna llenó su espíritu de inquietud.

- Creo que es el momento de reanudar la búsqueda - rechazó la amable propuesta.

- No tengáis prisa, aprended a disfrutar de los placeres de la vida. Sois demasiado inexperto. Tal vez no estéis preparado para emprender tan arriesgada encomienda.

La terquedad del hombre avivó el ansia de Victorio por partir.

- Gracias, pero reanudaré la marcha de inmediato.

El aristócrata se sentía furioso ante las reiteradas negativas. No podía consentir que superase la prueba.

- Encontraréis muchos peligros ahí afuera. Podéis fallecer de hambre y de frío - objetó, insistente.

- Confío en la Providencia, señor. Estoy seguro de que sobreviviré.

- Aquí tendréis manjares para el paladar más exigente - porfió el noble varón, contrariado por las reiteradas negativas del joven, que lejos de claudicar, continuó argumentando:

- La opulencia no hará que me sienta feliz. Presumo de templanza, estimo lo bueno que la vida otorga y reparto con los demás cuanto poseo.

Al escuchar la palabra “templanza”, el colérico ricohombre empezó a descomponerse en el aire.

Evitando la tentación de la gula, Victorio pasaba airoso la quinta prueba.

 

***

 

Las montañas estaban teñidas de blanco; los copos de nieve azotaban su gélido rostro; la ventisca zarandeaba las ramas de los árboles. Era penoso seguir caminando; pero, pese a tanto impedimento, debía conseguir el ansiado objetivo.

La intensa claridad, proveniente de lo que parecía la boca de una cueva, reclamó la atención de sus enrojecidos ojos. Se aproximó, tambaleándose entre las fuertes ráfagas de viento. La cabalgadura mostraba signos evidentes de cansancio.

Ya en la entrada, Victorio examinó la caverna y la consideró suficiente y buen cobijo. Reparó en las ramas secas que permanecían amontonadas en la sombra. Las frotó con vigor; una débil llama fue tornándose en larga lengua escarlata que iluminaba la estancia. Se acercó a calentarse las manos.

Enseguida recobró la temperatura.

El súbito y sorpresivo reflejo despertó su curiosidad. Se trataba de un antiguo espejo, arrinconado. Notando que fuerzas sobrenaturales le impelían, lo cogió.

Al instante, una viva luz dio paso a llamativas representaciones de su pueblo. Del mágico cristal brotaron reveladoras palabras.

- Soy la reverberación del porvenir. A través de mí podréis ver lo que de nefasto ocurrirá si no procedéis sabiamente. Pensad antes de actuar; de la decisión que toméis depende el futuro de vuestros conciudadanos.

Victorio permaneció inmóvil y callado, contemplando las escenas visionadas.

En efecto, los paisanos le olvidaban, como si nunca hubiese existido. Claudio habíase convertido en el brazo derecho de la reina despiadada, a cuya opresión la gente parecía resignarse.

- Querido Claudio, seréis mi veedor - proponía la soberana -. El reino entero os rendirá pleitesía. Habéis demostrado ser ambicioso, prefiriéndome al vulgar desertor. Recibiréis puntual recompensa.

Claudio besaba con entusiasmo la mano de la mujer.

- Majestad, podéis contar conmigo - concedía.

Las imágenes desaparecieron del espejo; pero la voz que provenía de su interior prosiguió hablando.

- Veréis que nadie os guarda fidelidad; todos se aliaron a la implacable y feroz regente. Vuestro camarada Claudio goza de privilegios. Por suerte, disteis conmigo. No desalentéis, y recordad que la actitud audaz evitará nefastos sucesos. Sería injusto que Claudio se llevase los honores, siendo vos el que habéis arriesgado la vida para salvar a los demás.

A Victorio le resultaba costoso dar crédito a lo que sus ojos veían. Claudio era como un hermano; no le creía capaz de tan horrible traición.

El espejo, adivinando los sentimientos contradictorios del caballero, intervino de nuevo:

- Pecáis de crédulo. Claudio es ambicioso; estaba esperando a que partieseis para adueñarse de todo.

- Quizá sí – admitió.

- Os mintió y utilizó. Debéis reconsiderar en quién depositáis la confianza.

A Victorio le vencía el desconcierto. ¡Cuánto esfuerzo baldío!

- No sufráis - animó el cristal encantado -. Creyendo en la sinceridad de las personas, vuestra ingenuidad os impide entrever las oscuras intenciones y los falsos halagos.

A pesar del dolor que atenazaba su alma, Victorio manifestó:

- No puedo rendirme ahora que he superado cinco pruebas. Estoy a punto de conseguir el objetivo. Todavía hay arena en el bulbo superior del reloj.

- Si aceptáis mis consejos, alcanzaréis la victoria - aseguró el espejo -. No consintáis que el falso amigo gane la batalla.

- ¿Qué debo de hacer? - preguntó Victorio.

- Me alegra comprobar que sois sensato. Lo primero que haréis será restableceros físicamente - y recomendó -: Dormid hasta que asomen los primeros rayos de sol; cuando despertéis, mirad dentro de mí y observad con atención las pistas que iré dándoos.

Victorio asintió con leve movimiento de cabeza. Sus párpados se tornaron pesados, sumiéndole en profundo sopor.

Corrieron las horas.

Una vez despierto, no acertó a precisar el tiempo transcurrido.

- Buenos días, joven ¿Qué tal estáis? - preguntó la voz del espejo.

Sentíase aturdido. Haciendo un esfuerzo, respondió:

- Es extraño - comentó -. Reposé sin sobresaltos.

- No os preocupéis. Velé vuestro sueño, impidiendo que las visiones pudiesen perturbaros.

- Creo haber dormido demasiado - murmuró Victorio entre bostezos.

- Justo lo que necesitabais. Llegó la hora de marchar. No olvidéis llevarme con vos, y al acostaros debéis miraros en mí. Yo os cargaré de energía.

El intrépido joven depositó a su ángel protector en la talega y salió de la cueva tirando del caballo. La visión de lo que sucedía en la distancia le había alterado.

El sol resplandecía sobre las copas de los árboles.

Durante el día caminó y caminó, pero tenia la sensación de estar en el mismo sitio. Las sombras del anochecer comenzaron a abrazar la montaña. Buscó donde poder recuperar las fuerzas consumidas.

Ató a “Destino” y sacó la vieja manta que transportaba en una de sus alforjas.

Cogió con desgana el cristal azogado, mirándose en él. Claudio se proyectó de inmediato en el escenario, rodeado de numerosos nobles del pueblo que le agasajaban.

Adivinando la huella de pesadumbre que las imágenes provocaban en el guerrero, el espejo intervino afablemente.

- Aunque es normal que estéis dolido ante semejante vileza, no desesperéis.

A Victorio se le veía incapaz de articular palabra; su lengua, ágil donde las hubiere, quedó muda de repente. Separó de sí el espejo, tratando de olvidar lo que sucedía. Quería reposar; ya recapacitaría.

La dama mágica, respetando el dolor de su protegido, guardó silencio. Mas advirtiendo que Victorio se abandonaba en los brazos de Morfeo, entonó una cadenciosa nana que contribuyó al descanso del esforzado peleador.

La noche pasó deprisa, por lo menos esa fue la impresión que tuvo Victorio. Hallábase agotado; parecía que, en lugar de reponerse, se hubiera extenuado.

- ¿Amaneció? - preguntó el somnoliento joven a la dama del cristal.

- Hace rato - asintió ésta -. Inspiraba tanta ternura veros dormir que no quise importunaros. ¿Cómo os encontráis hoy?

- Estoy triste, sin ganas de obrar - confesó el muchacho-. No entiendo qué me pasa.

- El futuro que visteis reflejado no debe desanimaros. Acaso debáis regresar y poner orden antes de proseguir la misión.

- No, no puedo malgastar ni un minuto.

- ¡Oh, no me malinterpretéis! Pretendía deciros que, dada la dimensión y gravedad de los acontecimientos, quizá deberíais preocuparos de Claudio. Previo a tomar decisiones, comprobad si conviene que volváis a casa. Después de resuelto el problema, yo os enseñaré los atajos secretos que llevan al cofre.

Victorio puso su cansada mirada en el espejo, que le devolvió la visión del amigo desposándose con la temible soberana. Unidos, iniciaban un auténtico reinado de terror.

Los escalofríos le recorrían la médula, desazonándole; pero impediría, a toda costa, que su pueblo cayera para siempre en el dolor.

- ¿Os sentís indispuesto? - preguntó la mujer del vidrio.

- Estoy dolido por la forma de proceder de Claudio. Siento gran pena al comprobar que ha olvidado lo que significa la lealtad. Sin embargo, le profeso afecto.

- ¿Afecto y pena, decís? - recalcó la voz del espejo en tono hostil -. ¿Os compadecéis de él pese a su infidelidad? ¿Es que no tenéis sangre en las venas?

- Sólo sé que mi corazón está repleto de amor. Espero que sea dichoso, mas no concibo su comportamiento.

- ¿No deseáis vengaros de el?

- No sé lo qué es la venganza. Mis padres me inculcaron el amor al prójimo.

Apenas hubo terminado de pronunciar las últimas palabras, el espejo estalló en mil pedazos.

 

***

 

Desapareció el cansancio, la claridad volvió a su intelecto y Victorio se preguntó: “¿Cómo no me di cuenta? Era la sexta prueba. La dama del espejo quería confundirme. Proyectando situaciones falsas que despertasen en mí la “envidia”, pretendía encubrir mi sentido caritativo.

Buscó nervioso el reloj de arena. Transcurrían los días y no avanzaba. En las últimas horas estuvo girando una y otra vez sobre sí mismo, tanto que temió extraviar el rubí.

Miró en la alforja y, verificando que permanecía intacto, repitió la prodigiosa frase: “Confío en la fuerza que me das”.

Su energía sanadora le envolvió.

El viaje tocaba a su fin. La última colina era la más dificultosa de todas; el denso ramaje, que iba cortando con el filo la espada, impedíale caminar.

Estaba lleno de desgarraduras, y la sangre brotaba de ellas.

Después de muchas horas de esfuerzo llegó a la gruta del ermitaño.

Un viejo de luenga y blanca barba, quijada en la mano, le miraba con detenimiento.

- Hola, joven. ¿Qué buscáis? Este es sitio apartado; hace muchos años que no veo a nadie por acá.

- Estoy buscando el cofre sagrado. Si consigo localizarlo podré devolver la felicidad a mi pueblo.

- Hermoso sueño. Realizarlo requiere sabiduría, y creo que todavía carecéis de experiencia mundana para alcanzarla. ¿Habéis meditado en alguna ocasión?

- ¿Meditado? Creo que no.

- Ningún hombre puede considerarse sabio si no lo ha hecho. Necesitáis hallar la paz interior.

- Y eso ¿de qué forma puedo conseguirlo?- preguntó.

- Deberéis sentaros ahí - manifestó el anciano, señalando la roca situada a unos pasos -, y quedaros en absoluto silencio. Permaneceréis así hasta que quedéis libre de pensamientos negativos.

- Si elimino todos los pensamientos, ¿cómo reconoceré que soy sabio? Constatarlo requiere reflexión - rebatió el muchacho.

- Le dais demasiadas vueltas a las cosas, y es más sencillo: procurando que ninguna falsa idea o perverso recuerdo enturbie vuestra alma, os sentiréis en absoluta armonía con el universo circundante; y cuando esto suceda, sabréis que alcanzasteis la sabiduría. Entonces descubriréis la senda que conduce al cofre sagrado.

- Necesito encontrarla ya.

- En primer término curaremos las lesiones - agregó el eremita-. No podréis sanar la mente si no habéis sanado antes la materia. Untaré las llagas con esta mezcla de hierbas y barro. Mantendréis el ungüento para que las heridas cicatricen. Luego comeréis fruta y beberéis abundante agua. Entonces será momento de meditar.

- Perderé mucho tiempo - argumentó Victorio.

- ¿Y cuánto creéis que tardaríais en malograr la vida si continuáis porfiando? Estáis desnutrido y deshidratado. Perdisteis mucha sangre. Si no aceptáis lo que os digo, jamás llegaréis al anhelado destino.

Los argumentos del ermitaño no estaban exentos de cordura, por lo que Victorio decidió poner en práctica sus consejos.

- Creo que tenéis razón. Haré lo que recomendáis.

Sanadas las llagas de su maltrecho cuerpo, comió y bebió en abundancia. Al quinto día se sentó en la roca e inició la meditación.

Al principio le era difícil permanecer en la misma postura intentando no pensar; pero, poco a poco, aquello que al inicio le resultaba gran sacrificio fue haciéndose costumbre.

Una penetrante sensación de bienestar le invadió. Las ganas de reemprender la marcha desaparecieron del pensamiento, dando paso al vacío mental.

La joya, que permanecía en uno de los bolsillos del desgastado pantalón, cayó de súbito al suelo. De la hermosa piedra brotó un rayo cegador que descargó su potente ráfaga de luz en el tercer ojo del luchador.

-¡Salva a tu pueblo! - oía -. ¡Salva a tu pueblo!

Victorio se desperezó. Guardó el rubí, y le preguntó al ermitaño, que entreteníase recogiendo moras:

- ¿Desde cuándo llevo en éste lugar?

-¿Qué es el tiempo? Tan sólo existe el momento presente. Veo que todavía no habéis obtenido la sabiduría. ¿No os sentíais feliz meditando?

- Sí que me hallaba en absoluta paz, pero no es menos cierto que la desidia estaba apoderándose de mí. Por fortuna, he recobrado el conocimiento. Debo reemprender el camino con prontitud.

El ermitaño perdió la aparente calma y comenzó a gritar. Enfurecido, se esfumó en la atmósfera.

Con su acto de diligencia, Victorio acababa de superar la séptima prueba: la “pereza”.

 

***

 

El horario de arena había avanzado demasiado. Apenas quedaban granos en el bulbo superior. Debía apresurarse.

Los cuervos que graznaban le anunciaron el sitio adonde dirigirse.

Sí, aquella sobre la que revoloteaban los carroñeros pajarracos era la “cueva del olvido”, allí donde, a buen seguro, encontraría la inviolable caja.

A pesar de la densa niebla que envolvía el entorno, Victorio se apresuró sendero abajo. Ya en la entrada, notó un intenso olor a humedad. Cerciorándose de llevar consigo el reloj y la mágica piedra, entró en la caverna con aire decidido.

¿Cómo buscar el misterioso tesoro si no atinaba?

El caso es que tropezó. Incorporándose, palpó el mugriento y pegajoso rededor. Extendió los brazos, orientándose. Una fría pared cerraba la espalda.

Caminó torpemente en la oscuridad. El vapor ambiental le penetraba en los huesos.

Algo descendió a sus pies e iluminó de color bermellón la gruta, permitiendo al joven divisar la hondura de la misma.

Al comprobar que la claridad provenía del rubí, la sonrisa le afloró al rostro.

Lo recogió, agradeciendo en silencio la ayuda recibida. Recorrió la cueva, obsesionado en descubrir el cofre.

De improviso, una araña negra y peluda se posó encima de su cabeza.

Sintió que el mundo temblaba, a la par que la confusión le obstruía la mente.

“¿Dónde estoy? ¿Qué me está sucediendo?”, preguntábase, sin vislumbrar respuesta comprensible alguna.

Como el débil junco que el viento mece, se balanceaba de uno a otro lado.

Incoherentes, las frases morían en silencio antes de brotar labios afuera. Los pensamientos, alborotados, carecían de sentido. El sudor empapaba sus frías sienes. Descontrolado, no entendía qué hacía en aquel lúgubre paraje.

Tratando de adquirir cordura, en gesto desesperado, se llevó las manos a la cabeza.

“No puedo recordar”, repetía, angustiado.

El repugnante insecto permanecía inmóvil, con la vista desplegada en órbita y las ocho patas asentadas sobre el cráneo del indefenso hombre.

Agitó la cabeza enérgicamente, pero la araña no quería soltar la presa. Tejió y tejió, envolviéndole en los hilos de su tela.

Victorio permanecía inmovilizado. Se sentía perdido. Por primera vez experimentaba el miedo.

Sin pensárselo, frotó el rubí. Unas diminutas chispas brotaron de su interior. El calor no parecía dañarle, mas se expandía amenazante por la gigantesca red que le oprimía.

El misterioso fuego alcanzó al perverso arácnido, encerrándole en interminable espiral hasta fulminarle.

La clarividencia empezó a abrirse paso en el intelecto del denodado guerrero. Imagen a imagen, rememoró los sucesos acontecidos desde que tuvo el sueño premonitorio.

EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO: EL DESENLACE

2 Comentarios
  1. Cenicienta literaria: ya compadécete de Victorio, amiga; qué de pruebas ha superado.
    Admiro a tu personaje (generalmente éste represente al mismo autor) y aguien así, esforzado, valiente, que no se deja ilusionar, a pesar de todos los pesares, seguramente consigue su objetivo
    Admiro esa fluidez, esa pericia narrativa de la que eres dueña y señora.
    Cenicienta, qué belleza de cuento.
    Mi voto
    Volivar

    • Muchísimas gracias Volivar.
      Es cierto, que intento cada día ser una mejor persona, pero no siempre consigo, tan árduo objetivo; pero, al igual que Victorio, no me rindo facilmente ante la adversidad.
      Un beso.

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