Liberado del encantamiento, Victorio miró, nervioso, el reloj de arena. El plazo concedido expiraba.
De pronto, al fondo de la cavidad subterránea, un baúl dorado reclamó su atención. Por fin halló lo que perseguía.
Corrió presuroso para, de repente, detenerse en seco. No podía ser cierto lo que veía.
Había dos arcas iguales, doradas y con preciosas incrustaciones.
Una extraña mujer, de aspecto diferente a lo vulgar, apareció de la nada.
La mitad de su túnica era impoluta y blanca; la otra mitad, negra; la mitad de su larguísima cabellera, rubia y brillante; la otra mitad, azabache. Parte de su cara resultaba sonriente y angelical; el resto se tornaba triste y lacrimógeno.
- Soy la “duda”, celadora y habitante de la cueva - expuso la impertérrita señora, que continuó hablando -: ¿Qué deseáis?
- Vengo en importante misión - respondió Victorio-. Debo de recuperar el tesoro que guarda el cofre sagrado.
- Conocía la aventura - confesó la dama bivalente -, y me siento sorprendida al constatar que habéis superado los obstáculos que nuestra soberana sembró en el camino.
Tras unos segundos, la figura femenina prosiguió el discurso:
- Derribasteis la fría la niebla que os impedía avanzar. Sometisteis a la temible araña del olvido, pese a que el contacto de sus temibles patas hace perder la memoria. Pero no cantéis victoria; aún queda una prueba.
- ¿Una prueba más? - preguntó el audaz combatiente -. Ya he logrado la recompensa.
- No tan rápido, arriesgado caballero. Como bien dijisteis, habéis encontrado dos cofres completamente iguales; mas sólo uno contiene lo que buscáis. El otro corresponde a la réplica. Escoged. Si la elección es correcta, ganaréis. Si erráis, regresaréis a casa humillado y vencido. Disponéis de una sola oportunidad, y recordad que el tiempo concluye. ¿Cuál de ellos elegís? - preguntó.
Victorio inspeccionó minuciosamente las arcas; no existía siquiera marca o rasguño alguno que las diferenciase.
Invocó la intervención del rubí, esperando ansioso la señal que le ayudase a resolver el enrevesado enigma; pero éste cayó de su mano, transformándose en piedra carente de poder. Apenas contaba con sus propios recursos.
Victorio dudaba entre los cofres, titubeando por cuál decidirse ¿Cómo distinguir el verdadero?
- ¿Puedo acercarme a ellos? - inquirió.
- Sí, tenéis permitido utilizar la vista y el tacto - respondió la singular figura.
Victorio comprobó de nuevo el reloj. Vencía el plazo; debía tomar rápida decisión.
Arrodillándose junto a la primera caja, la examinó a conciencia y deslizó los dedos por todos los recovecos, tratando de descubrir referencias que le sacasen de la angustiosa vacilación.
Sin conseguirlo, se dirigió a la segunda, e hizo lo mismo que con la anterior, presagiando el fracaso.
Un intenso dolor le partió el alma. No sabía qué hacer. Había perdido la contienda. Su pueblo no volvería a sonreír nunca.
Abatido, lloró amargamente.
Las angustiosas lagrimas, cuales diminutos puñales, penetraron a través de las rendijas del cofre, consiguiendo que unas tímidas palpitaciones dejáranse oír. Los latidos cardíacos comenzaron a escucharse cada vez más fuertes. Sonaban a eco en medio del silencio; pero no nacían de su pecho, según creyera. Las pulsaciones provenían del arca sagrada.
¡Sí! ¡Esa era!
El descubrimiento pareció revitalizarle. Observó el reloj. Los últimos granos de arena se deslizaban por el cristal.
- ¡Este es el cofre que escojo! - exclamó Victorio con la voz entrecortada.
Emocionado, lo abrazó como si temiese que desapareciera.
Entretanto, la dama bivalente se desvaneció, presa de un humo rosado que olía a incienso de sándalo.
Victorio abrió la caja de madera y admiró el delicado y latente corazón.
Lo cogió entre sus temblorosas manos. Se le veía tan desprotegido que no pudo evitar besarlo. Al sentir la caricia humana, la pequeña entraña cardíaca comenzó a despedir una luz de intensísimo color grana.
El valeroso guerrero la envolvió en un pañuelo de hilo y la colocó pegada a su pecho.
Montó a lomos de “Destino” y emprendió el viaje de retorno. Al cabo de un rato le saludó la séptima luna menguante; tenía toda la noche para llegar al palacio real.
***
Envuelto en profunda bruma, el reino de la Tristeza parecía aislado del resto del mundo.
Los vecinos del pueblo, al verle gallardo sobre el corcel y brillándole la mirada, comenzaron a emitir gritos de júbilo:
- ¡Victorio ha regresado! ¡Victorio ha regresado!
En pocos minutos, la multitud se concentró en la plaza principal. Le levantaron en volandas y comenzaron a vitorearle:
- ¡Viva Victorio! ¡Viva Victorio!
El héroe rogó:
- Permitidme que en primer lugar visite a nuestra soberana. Pronto podréis disfrutar la buenaventura prometida.
Le custodiaron hasta la puerta de palacio y se retiraron confiando en la ansiada libertad.
- Solicito audiencia; quiero ver a su Majestad.
- ¿Qué razón alegáis para requerirla con semejante exigencia?
- Anunciadle que soy Victorio y que traigo el tesoro del cofre sagrado.
El centinela, sorprendido, le respondió:
- Esperad.
El joven estaba ansioso por comprobar la reacción de la reina. El guardián volvió a los pocos minutos.
- Acompañadme, señor.
La soberana le aguardaba acomodada en un sillón de oro tapizado en terciopelo esmeralda. Intentando disimular la ansiedad, preguntó cortés:
- Bienvenido, Victorio. ¿Qué tal fue la odisea?
- Ha sido duro, señora, muy duro, conforme previnisteis. Hubo momentos en que estuve a punto de claudicar en el empeño, pero la voluntad superó al desánimo y me sobrepuse.
- ¿Queréis decir que lo habéis logrado?
- ¡Sí, Majestad! - exclamó el héroe, procediendo a devolverle a su dueña el tierno corazón encontrado en el baúl -. He aquí lo que queríais.
Frialdad se levantó con vehemencia.
- Tomad - Victorio tendió su mano izquierda, presentando la asombrosa ofrenda.
La reina palideció, retrocediendo unos pasos.
- ¿Qué sucede? ¿Por qué el reflejo del pánico en vuestro rostro?
- ¡No os acerquéis! - profirió, horrorizada.
Sus manos temblaban. La faz cambió de color, como si fuera a desmayarse.
Victorio intentó calmar su arrebato.
- Majestad, ¿a qué la desazón que os perturba?
En un impulso irrefrenable y sin esperar contestación, el joven acercó el corazón al frágil seno de la reina. Ésta, notando la llama de aquella fuente de vida, comenzó a reponerse.
Las lágrimas recorrieron su aún lívida cara. Preguntó con débil hilo de voz:
- ¿Qué ha ocurrido?
Obviando la respuesta, Victorio la contemplaba atónito. Frialdad habíase convertido en una muchacha de hermosos cabellos cobrizos y lindísimos ojos verdemar.
La ahora atractiva dama miró a su alrededor.
- ¡Traedme un espejo! - pidió, nerviosa.
El lacayo le presentó uno de plata. Al mirarse en él, sonrió complacida.
- He recobrado mi anterior aspecto - manifestó, entusiasmada.
Sus pupilas buscaron las de Victorio, que permanecía perplejo ante la súbita transformación experimentada por la mujer.
- Vos habéis hecho el milagro. Recuperasteis mi corazón, aquél que antaño me arranqué del pecho.
- ¿Cómo os sentís? - inquirió Victorio.
- ¿Cómo me veis? - temerosa.
- Radiante. ¿Qué digo radiante? ¡Os noto feliz y dichosa! Vuestra sonrisa es caricia que alivia los pesares; vuestro semblante ilumina las tinieblas; vuestra presencia transmite alegría.
- ¡Qué galante sois!
- Majestad, disculpadme la osadía de la pregunta: ¿Por qué rechazasteis el corazón en un principio?
- Por miedo. Tenía pánico de sentir - reconoció -. En su día me comporté de forma cobarde. No supe luchar contra la adversidad. Al extirpármelo desaproveché la oportunidad de valorar las cosas hermosas que tiene la existencia humana; pero, en lo más recóndito de mi ser, anhelaba volver a gozarlas. Debido a eso, provoqué nuestro reto. Únicamente el caballero desprendido que encarnáis podía enmendar mis desatinos.
- ¡Me halagáis, señora!
La dulce soberana suspiró y continuó hablando:
- La lucha entre el deseo y el temor a vivir, confundiéndome, condicionó que pretendiera distraeros del objetivo. Sólo el hombre seguro de sí mismo podría transmitirme la fe perdida.
- Tuve algunos momentos de debilidad, Majestad - admitió el intrépido joven -. En la cueva, amedrentado, el temor al fracaso me impedía ver, paralizaba las reacciones y creaba gran confusión, pero el ansia de triunfar superaba los recelos que asaltaban mi mente.
- ¡Victorio, qué bella e importante lección la vuestra! He comprendido que la magia del amor lo puede todo. Hoy soy mujer libre. Me habéis devuelto la felicidad, y anhelo compartir ese maravilloso sentimiento con el pueblo.
La hermosa reina tomó la mano de su gentil salvador.
- Venid conmigo al balcón presidencial. Tengo importantes nuevas que propagar.
Salieron al níveo mirador de mármol. La multitud permanecía expectante.
- Queridos ciudadanos, como prometí, voy a concederos lo que tanto apetecéis. Por fin os veréis libres de males. Gracias al noble y generoso Victorio, he recuperado el corazón, y con él la satisfacción de vivir. Al igual que a cualquier otro ser humano, el destino me deparó momentos de dolor y momentos de gloria. A partir de ahora sabré afrontar los acontecimientos y las vicisitudes que acarree la vida. Pase lo que pase, sé que siempre habrá esperanza. Pido perdón público porque hice bandera del egoísmo y de la venganza, causando sufrimiento a quienes no lo merecían. Lejos de aliviar la amargura que albergaba mi alma vacía, la acentué más. Agradezco a Dios haberme puesto a Victorio en el camino y tener súbditos fieles y pacientes.
La bellísima reina y el valeroso paladín, al unísono, entrelazaron las manos e intercambiaron dulces besos. Ambos vislumbraron que sus corazones permanecerían unidos en la eternidad de los tiempos.
El coro de sonoros aplausos puso broche de oro a la emotiva escena. Un diminuto colibrí cruzó el cielo moviendo vertiginosamente las alas. Durante breve instante permaneció estático en el cielo, mostrando el hermosísimo abanico de colores que formaba sus aterciopeladas plumas. Conmovido, dejó caer una de ellas sobre la joven pareja. Quería proteger su amor.
Un haz de purísima luz blanca envolvió el reino de norte a sur y de este a oeste, disipando la neblina de tristeza que lo había cubierto hasta entonces.
F I N



Cenicienta literaria, en verdad que eres una formidable escritora, que promueve los valores humanos, que, según muchos, se han perdido, pero no faltan los Victorinos que los rescatan, para bien suyo y de los demás.
Al leete, se experimenta alegría, ganas de vivir, y, por supuesto, llegar a escribir como lo haces tú, tan delicadamente, con tal belleza que, yo, me he quedado asombrado de ese talento literario, creyendo, en ocasiones, que estoy leyendo a Oscar Wilde.
Felicidades. Ya decía yo, tus premios son bien merecidos. Que ese talento para escribir pocos lo poseen,
Te admiro, Cenicienta.
Felicidades
Volivar (mi voto). (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)
Estimado Jorge, no tengo palabras para agradecerte tan bellos elogios. Efectivamente, mi corazón rebosa alegría y esperanza por despertar aquellos valores que, “dormidos”, habitan en lo más profundo del corazón humano. Creo en las buenas personas, y ansío el momento en que la humanidad se reconcilie consigo misma.
En cuanto a mis premios, son pocos y de poca relevancia, pero me siento muy orgullosa de haberlos recibido.
Me siento satisfecha, si a una sola persona en el mundo, mis cuentos le tocan el corazón y le hacen comprender el verdadero sentido de la vida: “el amor incondicional”.
Espero poder dar a conocer mis libros por el mundo.
Muchas gracias, de nuevo.
Te envío un fuerte abtrazo.
Cenicienta Literaria (María del Mar Gómez Guerra, Santander (Cantabria)- España.