El cofre sagrado, tercera parte
27 de Junio, 2012 4
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Saciado el apetito, subió a la alcoba. Necesitado de dar reposo a su maltrecho cuerpo, apenas tocó el virginal lecho entró en un reparador sueño.

En cuanto oyó el primer canto del gallo, se levantó para saludar al nuevo día.

Después de alimentarse con una gran rebanada de pan y un tazón de leche, reanudó el viaje.

El tórrido sol hacía insoportable el trayecto. Miró detenidamente la brújula; la aguja de hierro indicaba la dirección del bosque encantado.

Cientos de plantas silvestres y flores multicolores adornaban el comienzo del sendero. La fragancia que desprendían impregnaba de perfume aquel paradisíaco e inmenso jardín.

Victorio penetró a pie en las profundidades de la flora, sujetando las bridas de “Destino”.

Una pequeña ardilla retozaba frente a él, como queriendo orientarle a determinado lugar.

Victorio sonrió ante el juego del animalito, y decidió seguirle.

El afable roedor se paró frente a un gigantesco manzano. De seguido, corrió tronco arriba, ocultándose.

El caballero puso la mano sobre una jugosa manzana roja. Apetecible, la arrancó con sumo cuidado y abrió su hambrienta boca, dispuesto a comérsela; mas al hincarla el diente, el fruto desapareció por encanto. La intensidad del mordisco le produjo un pequeño corte en el labio inferior.

Irritado durante unos instantes, entendió que enfadarse no le reportaría beneficio alguno.

A lo lejos, Victorio entrevió un inmenso lago. Pensó que un baño le vendría bien. Dejó la ropa en la orilla y, sin pensarlo dos veces, se lanzó entusiasmado a las nítidas aguas, las cuales se disiparon de golpe. En consecuencia, el héroe estrelló sus bruces contra el barro.

Aparte de no poder bañarse, quedó rebozado con el pringoso lodo.

Le dominaba la confusión. En aquel paraje todo podía ser verdadero o falso. ¿Cómo distinguirlo?

Atisbó el entorno; la blanca paloma le miraba fijamente desde las ramas de un frondoso álamo. Llevaba una ramita de olivo en el pico. De pronto, emprendió el vuelo.

Victorio consultó la vieja brújula. La aguja giraba descontrolada; parecía haberse vuelto loca, síntoma inequívoco de que debía abandonar el bosque encantado si quería retomar el buen camino.

La albina mensajera se había detenido a pocos metros. Un sutil arrullo acarició el silencio del atardecer.

El muchacho sabía que las palomas tienen extraordinario sentido de la orientación. Por consiguiente, siguiéndola lograría volver al mundo real. Pero las dudas le royeron la mente. Si se tratase de alguna fantasía, tal vez no saldría nunca de aquella especie de laberinto.

La desesperación comenzaba a anidar en su ánimo. El gorjeo del pájaro le sacó de elucubraciones.

Allí estaba, escrutándole con sus penetrantes ojos. Decidió seguirla, pues quien está acostumbrado a mentir es incapaz de mirar de frente a la persona a la que intenta engañar.

Confiando en la inesperada guía, el intrépido guerrero subió a su montura.

El ave aleteó de nuevo. Para no perderle de vista, Victorio tenía que cabalgar velozmente, a galope tendido.

Llegaron al desfiladero; la paloma siguió volando; “Destino”, frenado por las dificultades del terreno, se detuvo en seco.

Si continuar, debía dar un salto que le situase en la colina de enfrente. La distancia a salvar parecía excesiva.

- ¡Adelante, caballito! ¡Tú puedes hacerlo! – murmuró el jinete, acariciándole y forzándole a la acción.

Obedeciendo a su amo, el noble bruto saltó… Sus patas aterrizaron en suelo firme.

“¡Uf! Por poco caemos al precipicio”, reconoció Victorio para sí, agradeciendo al cielo la venturosa suerte deparada.

Miró alrededor. Una abrupta senda abría el panorama.

Consultó la brújula, cerciorándose de la situación ¡Si, había conseguido regresar a la realidad!

El viento sur comenzó a soplar, levantando polvaredas que impedían divisar con claridad hacia dónde desplazarse. El crepúsculo teñía de color naranja el cielo; los pájaros cantaban, despidiendo al día y anunciando la noche.

A punto de desfallecer de hambre y sed, descubrió un atajo. Al final del mismo divisábase la reluciente casa de cristal. Bajó del corcel, adentrándose en el hermoso jardín que rodeaba la vivienda.

Escultural, de cabellos rubios y enormes ojos azules; así era la dama que se asomó sonriente a la puerta.

- Pasad, señor, pasad - invitó -. El viento es cegador. No temáis por la montura; mis criados la cuidarán.

Victorio fue obsequiado con selectos frutos de huerto.

Al fondo de la estancia, un muchacho de rostro afable pero de expresión ausente, tocaba el arpa, haciendo que el ambiente fuese acogedor y sensual.

- ¿Os sentís cómodo? - se interesó la damisela.

- Sí, claro. Os agradezco mucho las atenciones.

- ¡Oh!, no tenéis nada que agradecerme.

Tocó las palmas en señal de llamada. Al momento aparecieron varios criados. Le acompañaron a un lujoso aposento, le refrescaron y le cambiaron los harapos por riquísimos atuendos. Después le escoltaron a un majestuoso salón donde, sobre el amplísimo diván de colores, reposaba la bella cortesana.

- Venid, acercaos - le sugirió.

Acató lo que era orden y deseo.

La joven posó sus jugosos labios en los de Victorio y le besó apasionadamente.

- Si permanecéis a mi lado seréis el hombre más feliz del mundo - prometió, incitadora -. Teniéndome para vos, gozaréis como jamás imaginasteis.

Las sugerentes palabras y el embriagador perfume femenino iban quebrando la voluntad del guerrero.

El dulce y prolongado trino de un ruiseñor devolvió a Victorio al presente.

- He de marcharme - decidió -. Seguiré mi camino. Gracias por la ayuda prestada.

- ¿Qué os ocurre? ¿No me encontráis atractiva?

- Es difícil no sucumbir a vuestros encantos - se disculpó -, mas cumpliré la promesa hecha.

- Compartir el amor nos reconfortará a ambos. Parecéis hallaros muy solo - insistió la exuberante mujer.

- No es amor lo que brindáis; es simple y efímero placer.

- ¿Acaso conceptuáis ilícito o amoral disfrutar de los deleites carnales? - rebatió la dama con leve signo de indignación.

- No quisiera ofenderos, señora. Es seductor lo que me ofrecéis, pero ahora procuraré mantener la cabeza despierta. No debo caer en actos lascivos. Antes realizaré el cometido de proteger a mi pueblo.

La cortesana, enfurecida por el fallido intento de persuadirle, salió huyendo como alma que lleva el diablo.

Dominando el apetito sexual, Victorio había superado la tercera prueba. No sucumbió a la tentadora “lujuria”.

 

***

 

Calmado el viento, el canto de grillos y cigarras acompañaba al silencio del bosque, liberándole de sobrecogimiento.

La noche tapizaba de estrellas refulgentes el cielo, dándole aspecto de encantamiento.

Se recostó debajo de un tupido árbol. Advirtió que un viejo búho le miraba con sus redondos y enormes ojos ámbar.

“Apenas he rebasado tres pruebas y casi cedo. Dudo poder cumplir mi propósito”, pensó Victorio.

El ave, que percibió el lamento, aleteó hasta situarse junto a él.

- Sé lo que pensáis - dijo -, mas no debéis rendiros.

- ¿Y tú quién eres? - extrañado - ¿Cómo puedes leer e interpretar mis pensamientos?

- Vengo a ayudaros - anunció el animalito -; a daros vigor en los momentos de flaqueza para que no perdáis la fe.

- Es fácil aconsejar - arguyó -. Pero hay que estar en mi piel y comprender lo que siento.

El búho sacó de su alita izquierda un precioso rubí en forma de corazón y se lo entregó.

- Esta valiosa piedra os dará la resistencia necesaria cuando advirtáis que merma la energía y, ya cansado, estéis a punto de claudicar. Llegado el caso, cogedla, miradla y, presionándola contra el pecho, repetid tres veces “Confío en la fuerza que me das” - y añadió -: Es la poderosa joya del amor. Bajo su amparo saldréis indemne de los más graves apuros y podréis recuperar el cofre sagrado.

Victorio cobijó la gema entre las manos. Sus intensos y áuricos reflejos semejaban tener vida propia.

- Conservadla – recomendó el búho -. Si la extraviáis o alguien se apodera de ella, perderéis su protección. Os deseo suerte; y no menospreciéis la magia del rubí, gentil caballero.

- No olvidaré lo que dices.

El búho se alejó volando.

Victorio acarició con la mirada la resplandeciente piedra. La abrazó y sintió como si una potencia especial penetrase en su interior y diera paso a un relajante adormecimiento.

Aquella noche sus sueños fueron hermosos.

Los primeros guiños del alba comenzaron a filtrarse entre el verde ramaje del bosque.

Reemprendido el camino, vio unas jugosas e invitadoras fresas. Comprobó que tan exquisita carne se deshacía al contacto con el calor del paladar. Eran realmente deliciosas.

“Pronto alcanzaré la ladera que me llevará a la montaña del misterio”, caviló el muchacho.

El terrible rugido que ensordeció sus oídos le sacó del ensimismamiento. Un enorme dragón asomaba su larga lengua de fuego, intimidándole.

- ¿Cómo os atrevéis a venir aquí? - increpó el saurio -. ¿No sabéis que esta es la colina de la diosa Ira?

- Lo ignoraba. ¿La diosa Ira? - repitió, sorprendido, Victorio -. Lamento haberte molestado. ¿Quién eres?

- Yo soy el guardián Furia. Nadie puede pisar este territorio si no paga tributo.

- ¿Tributo? No poseo cosa alguna de valor.

El fabuloso reptil se colocó frente a él y con sonrisa socarrona, indagó:

- ¿Qué escondéis en esa pequeña bolsa?

Un estremecimiento recorrió el cuerpo del guerrero. No podía enseñarle lo que ocultaba en ella.

- Vamos, dádmelo - insistió el monstruoso animal -. Quiero verlo.

Alargó la pata delantera y se apoderó del saquito morado, abriéndolo de inmediato.

- ¡Ah, qué veo! ¿Con que no teníais nada valioso, eh? Mentisteis, y lo pagaréis caro.

Victorio enmudeció al instante. Debía recobrar el rubí, o estaría perdido.

Cerró los ojos, concentrándose en la figura del viejo búho. Mentalmente, solicitó: “¡Te necesito, amigo!¡Ven presuroso a ayudarme!”

El dragón le encerró entre las patas delanteras y le llevó al reducto de su pérfida señora.

- Este intruso quería infiltrarse en vuestros dominios, Majestad - informó.

Ira, que iba envuelta en encajes gris platino, se acercó gesticulando.

- ¿A qué tanta osadía? - recriminó -. Ningún mortal puede entrar en mi reino.

- Lo siento; no sabía que me encontraba en propiedad ajena. No pretendía molestaros.

- ¿Molestarme, decís? Habéis despertado mi cólera. No sois más que un gusano inmundo. Os destruiré, como destruyo lo que a mí se enfrenta. ¡Trasládale al calabozo! - ordenó, elevando el metálico tono de voz.

- Sí, Majestad - asintió el temible dragón -. Por cierto, llevaba escondida esta hermosa piedra.

- ¡Oh, qué maravilla! La mandaré engarzar para colgármela del cuello.

Por el ventanal situado a espaldas de la soberana, entró raudo y veloz el búho. En un pispás rescató el todopoderoso cristal.

La dea embaucadora, rabiosa, pataleó y pataleó.

- ¡Furia, coge a ese pajarraco! No le dejes escapar.

- Sujétala, deprisa – avisó el ave, dejando caer la joya sobre las manos de Victorio, que susurró las palabras mágicas: “Confío en la fuerza que me das”.

El rubí se transformó en elefante, enorme y blanco. El dragón odiaba a los elefantes. Eran sus peores enemigos.

El mayor de los animales terrestres, arrinconándole, le hizo salir de la fortaleza. Furia intentaba arremeter contra el imparable enemigo, que iba empujándole hacia el parque próximo.

Al dragón, que tenía pánico a la sombra que proyectaban los árboles, le abandonó la fiereza y se quedó llorando entre el copioso ramaje, igual que criatura indefensa y asustadiza.

Cumplida la misión, el elefante volvió a convertirse en preciosa gema. Victorio la recogió del suelo. Un centelleante brillo inundó de sosiego su alma.

Ira echaba espuma por la boca; sus punzantes uñas parecían el filo de una siniestra tijera cortando el aire de la tarde. Situándose frente al joven, presa de intenso resentimiento, exclamó:

- Vamos, luchad.

Manteniendo consigo la gema, Victorio demostraba sentirse inmerso en gran serenidad.

- No pelearé con vos. Si en algo he ofendido, pido disculpas.

-¿Es que no malgastáis nunca la flema? - rugió la malvada, clavando sus irritadas pupilas en los ojos masculinos.

- Procuro conservar la calma ante la adversidad. La paciencia resulta arma inmejorable para solucionar los problemas.

Apenas hubo escuchado la palabra “paciencia”, haciendo honor a su colérico nombre, Ira se retorció sobre si misma, esfumándose.

El guerrero cubría con éxito la cuarta prueba.

CONTINUARÁ

4 Comentarios
  1. Qué buena historia :) . Sin duda mi voto +1

  2. Cenicienta literaria: yo te apuesto a que Vitorino saldrá triunfador en su cuarta ´prueba.
    Por otro lado, es admirable que haya quien escriba como lo haces tú, con un excelente dominio del lenguaje, de las reglas para hacer historias… que cada expresión precida a algo inesperado… todo un arte literario.
    Felicidades.
    Mi voto
    Volivar

    • Muchas gracias Jorge, no sabes lo que me alegra que estés disfrutando del cuento, así como que te agrade mi modo de escribir.
      Acabo de colgar la cuarta parte, y en unos dias… ¡EL DESENLACE!
      Muchas gracias, de nuevo; te envíoun fuerte abrazo.

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