Venía la oscuridad, se acercaba reptando a paso lento por el cielo y con ella la ciudad se llenaba de pesadillas. Eran las siete de la noche del tercer día de toque de queda y en las calles sólo merodeaban el silencio y el ulular del viento. Los rezagados corrian a casa envueltos en un sudor frío y pegajoso, a cada tanto volvían el rostro sobre sus hombros, o alzaban los ojos llorosos para ver la muerte de los últimos rayos del sol crepuscular, con sus nubes llenas de fuego y sangre. Todos le huían a lo que se ocultaba entre la penumbra.
Le decían El Coleccionista de Almas, como lo había bautizado la prensa, y ya llevaba ochenta y siete asesinatos. El cadáver 88 recibió la mañana del cuarto día colgado en lo alto de un poste de luz, con sus intestinos a modo de sogas enrollados alrededor de su vientre abierto y bajo sus axilas. Oscilaba en la fresca brisa matutina sobre un imposible charco de sangre, con los ojos desorbitados, la boca abierta enun grito que le había roto en pedazos la voz y los dedos erizados como tratando de aferrar el alma. La misma expresión que todos los cadáveres anteriores.
Nadie lo había visto matar, pero todos creían oirle dar pasos al otro lado de sus puertas y ventanas atrancadas durante las horas más oscuras, sentían su aliento fantasmagórico sobre la nuca. Se decía que no era humano, que era una bestia escapada de la garganta del infierno con apetito voraz para el miedo, una criatura con piel hecha de sombras que robaba almas con su aliento. La policía seguía pensando que se trataba de un lunático, o al menos eso querían creer.
Nadie lo había visto matar, pero al menos una de cada dos personas había escuchado a las víctimas morir.
A la 87 la sedó, le abrió la espalda, le amarró un arnés a la columna vertebral y le volvió a cerrar la piel con precisión quirúrgica. Cuando el hombre despertó se vio al borde de la azotea de un edificio de veinte pisos, con una soga amarrada al gancho que sobresalía de su espinazo.
El Coleccionista lo empujó al vacío.
El alarido desesperado del sujeto, el violento ¡crack! de su espalda al tensarse la cuerda y el estallido de su cuerpo roto contra el pavimento formaron una comparsa sanguinolenta que recorrió la calle de arriba abajo. Desde ese día los oídos de los habitantes del lugar se llenaron de fantasmas, la locura les mordió las entrañas. La lluvia de sangre de la víctima 87 que cayó sobre la acera y el asfalto se precipitó también en sus almas.
La noche en que todo empezó, en que la oscuridad se llenó de pesadillas y el hombre anónimo se convirtió en leyenda maldita, la ciudad dormía su sueño intranquilo de siempre, lleno de sexo, sangre y alaridos. Pasaba la medianoche cuando la policía recibió una llamada anónima que guió a dos oficiales a un callejón angosto en un extremo olvidado de la urbe. Ambos se adentraron en la callejuela con las armas alzadas, sin notar el delgado hilo que pendía a la altura de sus pies desde una pared hasta un interruptor oculto.
La trampa se accionó y unas poderosas luces se encendieron sobre un escenario improvisado encima de un basurero, donde un sujeto anónimo, sin piel y con su pene cercenado metido en la boca, danzaba un baile frenético, sanguinolento y pestilente gracias al flujo eléctrico que los cables y electrodos le inyectaban en la carne muerta.
Desde que leí en la prensa sobre esa primera víctima tuve una intensa certeza de que El Coleccionista de Almas vendría a buscar mi espíritu y el de mi familia.
Yo siempre fui un hombre impresionable y lleno de fobias, temeroso hasta de asomarme a un espejo por miedo a lo que pudiese aparecer más allá de mi reflejo. Creo que fue el pánico el que me acercó al asesino, tenía tanto que todas las tardes al llegar a casa abría con mucho cuidado la puerta, giraba la llave muy despacio, sostenía la respiración en un delgado hilo de nervios y hasta me temblaban los labios al echar una tímida mirada hacia adentro de mi hogar. Mi esposa y mis hijos me recibían con risas por mis temores “exagerados”.
Ah mi hermosa mujer de piel de porcelana y cabellos de sangre, mis hijos de carcajada fácil y espíritu alegre.
Nunca nadie había visto el rostro de El Coleccionista, pero la noche que me lo topé supe que era él.
Ya pasaba de la medianoche cuando una vívida pesadilla me arrancó el sueño a mordiscos. Me revolví sobre el lecho con los nervios hinchados y la piel helada. Extendí el brazo para rodearle la cintura a mi esposa.
Su lado de la cama estaba vacío y gélido.
Me incorporé con el ceño fruncido, aun aturdido, asustado y soñoliento. El silencio me aguijoneaba los tímpanos con sus intensos zumbidos y al otro lado de la ventana ni siquiera el viento se movía, como atrapado en una densa oscuridad que parecía haberse filtrado dentro de la casa. La apremiante quietud cerraba sus manos alrededor de mi cuello y mis entrañas.
Alcancé la lámpara de mi mesilla de noche y la intenté encender con mano temblorosa, pero no reaccionó. El miedo me recorrió el espinazo como un látigo de hielo, reptó desde la boca del estómago hasta mi garganta y me dejó un sabor a bilis sobre la lengua seca. Los minutos pasaban, sentía las frías y pegajosas gotas de sudor perlando mi frente. Al fin reuní valor suficiente para sacudirme las sábanas y andar hacia la puerta de la recámara. Tanteé la pared en la oscuridad en busca del interruptor de la luz de la habitación.
Sólo encontré el click sordo del botón muerto.
Salí de allí y me adentré en la oscuridad del comedor.
La noche muda emborronaba la silueta de las cosas, apenas podía distinguir la figura de la mesa junto a la puerta, del sofá frente al televisor, de la gran estantería con todos mis libros achacosos. La aridez de mi garganta impidió que el nombre de mi esposa volara libre de mi boca hacia aquella penumbra aterciopelada. Podía sentir una presencia que flotaba entre las sombras silentes, algo que me observaba desde lejos con una mirada que pesaba toneladas y que me encorvaba el alma. El sonido de mi respiración acelerada rebotaba de las paredes, mi corazón lanzaba alaridos desde mi pecho.
Había una silueta agazapada en una esquina al fondo de la recámara.
Quedé rígido un instante que pareció durar horas. Luego me acerqué tembloroso y con sigilo al interruptor de la luz del comedor con la extraña certeza de que allí sí encontraría electricidad, de que sólo la de mi recámara había sido desconectada.
Vomité una y otra vez al encontrarme con el amasijo de miembros de mi esposa y mis hijos. Los huesos rotos, la carne despedazada, las venas cercenadas y supurantes, todo amontonado en una gran pila sanguinolenta coronada por las tres cabezas aterradas. Las arcadas me derrumbaron de rodillas al suelo con el aliento entrecortado, de pronto el hedor de la sangre y la mierda inundó la habitación entera, se metió entre mis poros, me mordió el espíritu y me lo robó. El enorme charco de sangre extendía poco a poco sus dedos por todo el comedor.
Entonces alcé la mirada y lo vi, lo vi… El Coleccionista de Almas me observaba sonriente desde el otro lado de un pequeño espejo, uno de los pocos que aún quedaban en mi casa.
Su cara era la mía, sus ojos eran los míos, el calor de su rostro conocido abrazó mi corazón y calmó mi aliento. Sentí su sonrisa burlona en mis labios, la saboreé, la disfruté, entendí que yo era mis miedos, que yo era mi víctima y mi monstruo. Dejé de temerle a todo, me fundí con las pesadillas y con toda la fuerza del asesino que corría desesperada por mis venas como un delicioso fuego.
Mierda, creo que hasta eyaculé.
Y lo comprendí todo, comprendí que el humano es un ser virulento que se come el mundo a mordiscos enormes, sentado tranquilo en su trono en la cima de la cadena alimenticia. Necesitamos desesperadamente depredadores naturales que nos mantengan bajo control, que nos salven de nosotros. Hay mucha gente que aún persigue su razón para vivir, personas asustadas de su propio anonimato en un planeta cada vez más poblado, aterradas ante el abismo de la ausencia de motivos para respirar y de la prisa que tiene el tiempo por pasar sobre nosotros, pero esa noche en que maté a mi familia yo encontré mi motivo. Yo soy el depredador necesario, yo soy el héroe moderno.
Llamé a la policía con mi mejor voz de terror y dolor. Llegaron a mi casa, rompieron la puerta y me hallaron escondido en el armario de mi habitación con el rostro cubierto de lágrimas, víctima de un genuino ataque de pánico. Incluso engañé al psicólogo que me dio asistencia para superar el trauma de encontrar a mi esposa e hijos cortados en pequeños trozos. Detrás de mis pupilas me reía con ganas, aún lo hago.
La noticia del primer asesinato ocurrido dentro de la seguridad de una casa penetró como un puñal envenenado en los nervios de la ciudad. Hordas aterradas cruzaron las fronteras como pudieron mientras yo me seguía divirtiendo con la víctima 92, la suculenta 93, la hilarante 94 y, ah, las inolvidables 95, 96 y 97, auténticas piezas de arte.
Pero en mi mente nació mi amado monstruo y mi la mente estaba destinado a morir. Ocurrió cuando me entretenía con la 99, colgada de cabeza con un gran gancho clavado en el vientre. La sangre chorreaba a borbotones hacia las botellas en el suelo (pensaba hervir con ella a la 100), y yo le pasaba su lengua cercenada por el rostro, las orejas, los pechos, las piernas… en fin, me divertía mientras la vida se le escapaba gota a gota. En ese instante, como una ráfaga repentina de verdad absoluta, me di cuenta de que jamás podría calmar mis ansias de matar, de que ya no era un coleccionista de almas sino un goloso y obseso devorador de espíritus. Sentía que era el rey del mundo, y pronto no sería capaz de detenerme a mí mismo.
Pero yo también soy humano, parte de la plaga virulenta, lo que quiere decir que también debo ser eliminado. Entendí que era la hora de parar, así que decidí que hoy yo seré mi cadáver número 100 y dejar esta carta como testimonio de mis actos. Quién sabe, quizás un día alguien me construya una estatua.


volivar
Diegoaznar: tengo el honor de se el primero de la red en dar la bienvenida a un estupendo escritor. Seguramente es muy ineresante tu currículum, te felicito por ese estilo que logra que uno haga a un lado la taza de café, y no al revés.
en fin, que eres un escritor extraordinario.
Te felicito
Mi voto
Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)
DiegoAznar
De verdad que muchísimas gracias por todos sus comentarios, su apoyo y su tiempo, y sobre todo gracias por ese apetito por la lectura. No puedo más que agraecer una y mil veces cada palabra.
LUCIA UO
Me imaginé que el coleccionista de almas era el mismo que estaba relatando el suceso.
Escribes genial, no pude dejar de leerte.
Un abrazo y mi voto.
DiegoAznar
Muchísimas gracias, me alegra que a pesar del hecho de haber descubierto al asesino el relato aún la haya podido mantener enganchada. Un abrazo.
lourdes lasheras
Todavía tengo “carne de gallina”, muy buenas las descripciones sangrientas, me ha recordado a la película “Seven”. Genial, un saludo y mi voto.
DiegoAznar
Wow, Seven, una de mis películas favoritas. Mil gracias por esa comparación, un gran saludo.
elpotro
Diego: Ante todo este artículo merece estar en portada!!!!!!!! Excelente descripción, extraordinaria narración a pesar de lo terrible de la temática. Chapeau!!!!!!!!!!! Voy con mi voto 10….
DiegoAznar
¡Muchas gracias por tu lectura, tus comentaros y ese voto 10!
Jon.Igual
Muy bueno Diego, me enganchó la historia, me pareció muy completa: atrapa al lector desde el principio, un giro inesperado y un final genial.
Bienvenido y mi voto.
Margarita Lacouture Baldy
Es una historia para no dormir, interesante desde el comienzo hasta el final. Mi voto.
Richard
Hola Diego.
Sumamente impresionado por el relato.
Gran obra de terror. Muy buenos recursos para lograr una atmosfera sobrenatural que no era tal.
Muy buena.
Saludos y voto.
Florencio Malpica
interesante….buena narracion..esta fluye libremente entre la tematica aterradora….voto
Musa Peregrina
DIEGOAZNAR felicitaciones escribes sensacional,manejas perfectamente lo descriptivo logrando con ello que tus lectores se internen a imaginar. Mi voto y recibe mi admiraciòn y respeto para tu obra.
Liana Suárez
Excelente Diego. Vaya personaje!! Lo tuve que leer completo, imposible dejarlo a medias. Un abrazo desde Venezuela
Lu.Hoyos
Impresionada me has dejado con este terrorífico relato. Es cierto que escribes muy bien, Diego, felicidades.
CHARIS.CAVERA
Me había perdido este relato. Me parece sublime tú manera de escribir.
Voto y un saludo.
Diminutio
¡Vaya! es tan bueno, que deberé releerlo varias veces antes de poder comentarlo con un mínimo de objetividad. Mientras tanto: corazón un seguir y por que no, un aplauso
1000Luna
Tremenda trama la que has creado, chico. Enhorabuena, es una historia genial, escrita muy bien, con un vocabulario muy amplio y cuidado. Me ha encantado.
Si me permites y esperando que no te moleste te apunto un par de cosas, la primera son unas letras que se te juntaron en esta línea “la boca abierta enun grito” y la otra es “Ah mi hermosa mujer de piel de porcelana y cabellos de sangre” ese “Ah” no lo entiendo.
Ha sido un placer leerte, este relato desde luego que merece ver la luz en papel. Tienes un estilo que me recuerda al compañero, David Rubio, el cual escribe genial.
Un saludo y mi voto.