La muerte había sufragado al vacío, vendita oscuridad, decía él día tras día en la colina donde tiempo atrás habían compartido maravillosas tardes de lúdica diversión, de profunda felicidad. Su débil y pequeño cuerpo se había convertido en un pozo de sabiduría del dolor, pero jamás había experimentado aquella soledad tan amarga, aquella impotencia que reventaba su alma con punzadas de culpabilidad.
¿Qué sentido tenía pues la existencia en la nada? Sin él, su alma ya no podía despegar, extender sus alas y volar libremente sintiendo la suave brisa. Así que, poner fin a todo fue su solución más lógica, la más fácil. No sentiría deshonra alguna pues siempre había sido un cobarde, seguiría su rumbo natural por el cual él seguía vivo, la huida.
Entre sus manos sostenía un pequeño recipiente con un mortero con el que machacaba la cicuta que terminaría con su sufrimiento, sus movimientos eran lentos y pausados. Su cuerpo instintivamente intentaba detenerlo, su corazón en cambio, se había convertido en piedra.
Una vez que tuvo una pasta más o menos uniforme se lo intentó llevar a la boca varias veces, pero cada intento se volvía más pesado y costoso. Las manos le temblaban cada vez que acercaba el mejunje a sus labios, su debilidad aparecía incluso en el cobarde acto del suicidio.
Se concentró nuevamente, esta vez estaba decidido, en una rápida acción de sus manos se llevo el veneno a la boca, apenas tocó su labio inferior cuando una voz ronca le llamó desde su espalda.
-¡Ey chaval!
El muchacho se sobresaltó y el cuenco con la cicuta se precipitó al suelo desparramando su contenido mientras comenzaba a rodar lentamente por la ligera ladera de la colina, un frío remolino de viento removió ferozmente la hierba a su alrededor suspendiendo varias hojas en el aire, el tiempo pareció detenerse por un instante, la muerte parecía burlarse de él con la congoja de la hiel recorriéndole el paladar.
La voz que lo llamaba se hacía tangible ante su mirada, era una figura desaliñada ataviada con un gran abrigo negro abrochado hasta el mentón y un pantalón de cuadros negros y rojos corroído y absorbido por unas botas llenas de barro. La capucha del abrigo apenas dejaba entrever unos mechones negros que se deslizaban alborotados sin llegar a la altura de la clavícula.
-Muchacho ¿tienes agua…? - una extraña tos ahogó la pregunta.
Se intentó levantar al ver como el desconocido iba desgastando la distancia, el muchacho no se fiaba, aquel ser le producía asco y terror, su agonía le recordaba al oscuro pasado de la guerra, al tormento de las noches en vela y a la podredumbre de los cuerpos sin vida en las cunetas.
Sin embargo algo se encontró con la esquiva mirada del niño, aquel ser era el propietario de los ojos más desconcertantes que jamás había visto, una visión que lo sumergió en un océano recóndito envuelto de un esmeralda deslumbrante.



Zusions: muy buen relato. Bonito estilo, que mantiene al lector muy atento a lo que sigue, hasta el final. Mi voto.
Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México
Mil gracias!Este comentario me ha subido mucho la moral. Todavía hay que trabajar mucho, pero bueno, el camino es lo más bonito de todo. Muchas gracias de nuevo en serio
Un relato con mucho misterio. Felicitaciones y mi voto.
Siniestro, y determinante. Tienes mi voto.
No me quedó claro: ¿El extraño sujeto era la muerte?
Sí, eso es exactamente.