El día que Zeus lloró
13 de Julio, 2012 6
7
     
Imprimir
Agrandar Tipografía

La batalla había cesado.

Los muertos se contaban por miles, el inmenso campo se había teñido de rojo sangre, cuerpos mutilados, desfigurados. Un escenario dantesco.

Algunos Dioses tomaron parte de la misma; Apolo, su hijo Faetón, Hermes, Afrodita y Atenea habían luchado codo a codo con los griegos, Hades, Atenea, Artemisa y Ares, del lado de los súbditos del Reino de Macedonia.

Ninguno había ganado. La pérdida de vidas humanas era abominable, aberrante, criminal, inconcebible.

Zeus, al ver ese campo, lloró. Varios días de doloroso llanto. No entendía como los humanos podían llegar a tal extremo. No entendía como sus hermanos e hijos, los Dioses, pudieron haber participado de tan atroz batalla.

¿Porque? Era la gran pregunta.

¿Por algo tan insignificante como una extensión de tierra? Como si la tierra del mundo no alcanzara. ¿Por algo tan insignificante como esclavizar a otro pueblo, someterlo? ¿Para que? ¿Cual era la recompensa? ¿Poder? ¿Qué poder? ¿Poder sobre el otro, sobre el prójimo? No es descabellado pensar que el que tiene el poder y el sometido no terminen compartiendo la misma tumba. Porque ambos morirán. Es una ley natural.

Todo esto provocó el llanto de Zeus. Y siguió llorando. Hera intentó vanamente detener tanto sufrimiento. No lo logró.

Las lágrimas bajaban por el Monte Olimpo y se volcaban al mundo. Los ríos y mares comenzaron a subir.

Ciudades enteras y puertos comenzaron a quedar bajo las aguas. Muchos murieron ahogados. Otros comenzaron el éxodo a tierras más altas.

Las cruentas batallas de hombres contra hombres cesaron y dieron paso al instinto natural de sobrevivir.

Y los enemigos habían desaparecido, el hombre era ayudado por otro hombre, no importaba la nacionalidad, el color, la religión, los intereses, el poder. Solo importaba sobrevivir.

Y un día, Zeus dejó de llorar al ver que el hombre manifestaba un cambio.

Pero medio mundo murió ahogado.

Y medio mundo sobrevivió en las altas montañas.

Se transformaron en una sola nación. La de los sobrevivientes. Todos, absolutamente todos colaboraban entre si, se ayudaban, se asistían, se consolaban, se arrepentían. Se habían hermanado, habían entendido el mensaje del Dios.

Con el paso del tiempo las aguas bajaron.

Algunas ciudades comenzaron a aparecer, totalmente destruidas como era lógico.

Los sobrevivientes comenzaron a recorrerlas. La devastación era absoluta. Acordaron reunirse para, entre todos, decidir los pasos a seguir.

Con unanimidad, la decisión fue regresar a estas ciudades para reconstruirlas.

Estaban felices. La esperanza renacía. Festejaron toda la noche con música y baile.

En los años que siguieron, las ciudades fueron reconstruidas. El esfuerzo, el tesón, la convicción, la unión y fundamentalmente, la esperanza de un mundo mejor, produjeron un gran trabajo, titánico, enorme. Y todo con una gran alegría.

Las manos de todos se utilizaron para construir, no para destruir. Jóvenes, ancianos, niños, mujeres y hombres. Herreros, vendedores, maestros y soldados. Todos juntos.

Finalizada la tarea, los humanos comenzaron a poblar nuevamente la ciudad.

Estaban felices. Los Dioses también.

Comenzó a sentirse nuevamente el ritmo de cualquier ciudad que se precie de tal. Regresó el trabajo, los murmullos, los ruidos, la música a sus calles, los gritos, los vendedores ambulantes, el comercio, las prostitutas, las tabernas…el alcohol.

Con el tiempo los griegos se quedaron con la parte norte de la ciudad.

Los macedonios con la parte sur.

Una noche, en una taberna griega, un griego y un macedonio, ambos bajo los efectos del alcohol, comenzaron una riña que terminó con la muerte del griego de una certera puñalada en el corazón.

Al día siguiente, los padres preocupados porque su hijo no había regresado comenzaron la búsqueda. Un amigo les narró lo sucedido. Llenos de dolor y de ira, el padre y algunos familiares se dirigieron a la casa del macedonio y lo mataron sin piedad.

También a su familia. Fue una masacre.

Enterados los macedonios, decidieron reagruparse todos sin excepción para abandonar la ciudad y dirigirse a los bosques. Allí planearon su venganza. Construyeron armas, catapultas, escudos e iniciaron a los más jóvenes en el arte de la guerra.

Decidieron atacar la ciudad donde se encontraban los griegos.

Era de mañana. Un sol espléndido.

De pronto se hizo de noche en la ciudad griega. Una lluvia de flechas surcaba el cielo, tapando el sol…

Poseidón, Dios de los mares presenció el acontecimiento.

Preso de dolor, clavó en el suelo su tridente para provocar manantiales caóticos, terremotos, hundimientos.

Su ira se había desatado.

 

F I N

6 Comentarios
  1. Richard, te felicito por tu gran erudición para realizar una narración fantástica, fiel reflejo de la ambición de los poderosos dominadores de la tierra.
    Mi voto
    Saludos

  2. Interesante la fábula que relatas, me gustó el estilo, el planteamiento, el ritmo, literariamente te doy mi corazoncito.
    Pero en el mensaje discrepo, no me imagino al gran Zeus llorando por la iniquidad humana. Yo lo veo más bien triunfante, disfrutando del sacrificio humano, esa vil especie a quien condenó a la eterna búsqueda de la verdad. Siempre lo he entendido como la gárgola triunfante sobre la torre de Babel construida en su honor para confundirnos. Humanos somos…
    Mi felicitación Richard.

    • Muchas gracias por tus conceptos Oscar.
      Y es verdad lo que dices sobre el soberbio Zeus.
      Pensé humanizarlo un poco.
      Espero puedas continuar ayudandome a crecer en esto que es una de mis grandes pasiones.
      Un gran abrazo.

  3. Bellísimo relato; representa los ciclos de la vida de los seres humanos; tras la muerte y la miseria, renace el verdadero “humano”, es decir, siguen la voz del corazón; pero apenas despiertan sus ansias de poder y gloria mundanas, comienza la destrucción.
    Un abrazo muy fuerte y mi voto.

    • Estimada Cenicienta.
      Muchas gracias.
      Lo que dices es el corazon de la fábula.
      Muchas gracias nuevamente.
      Permiteme enviarte un beso.

Deja un comentario